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NotaPublicado: 27 Dic 2011 20:18 
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Guapísima :grin:

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Este mundo es una $%&ª mierda, sí, pero estoy vivo y no tengo miedo.
"La chaqueta metálica"


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NotaPublicado: 04 Ene 2012 17:39 
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Muy chulo, de paso FELIZ NAVIDAD Y FELIZ AÑO NUEVO 2012

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SOLO MERECE VIVIR, QUIEN POR UN NOBLE IDEAL, ESTA DISPUESTO A MORIR

HONOR, LEALTAD Y SACRIFICIO


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NotaPublicado: 08 Feb 2012 14:25 
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Sobre los ERE y la junta de Andalucia.
http://www.perezreverte.com/articulo/patentes-corso/663/urbanismo-de-genero-y-genera/
Casi una dictadura 27 años y esto.

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Sabed pues,que el origen de mi patria
lo forman espada y saña.
La cual hundire en las entrañas
Hasta dejar su cuerpo sin vida
del bastardo que la miente o la maldiga.
sin el respeto y los honores
de aquellos tercios españoles
Que lucharon por España


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NotaPublicado: 11 Feb 2012 14:14 
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Artículo de Don Arturo publicado en EL PAIS hace 2 semanas. Sobre el caso del Costa Concordia

Lo titula "Capitanes Intrepidos", que gran película son Spencer Traicy !!!!

ARTURO PÉREZ-REVERTE 25/01/2012

http://www.elpais.com/articulo/opinion/ ... opi_12/Tes


La noche del 14 de abril de 1912, 99 años y nueve meses antes de que el Costa Concordia se abriese el casco en un escollo de la isla toscana del Giglio, el Titanic se hundió en el Atlántico Norte llevándose a 1.503 personas. El abandono del barco fue desastroso. El capitán Edward Smith, que pese a 34 años de experiencia profesional se comportó más como torpe gerente de un hotel de lujo que como marino, tardó 25 minutos en lanzar el primer SOS. Además, retrasó la orden de abandonar el barco, disimulando esta de modo que la mayor parte de los pasajeros no advirtió el peligro hasta que fue demasiado tarde. Después, la falta de botes salvavidas, el mar bajo cero y los 25 minutos perdidos en la llegada del primer barco que acudió en su auxilio, remataron la tragedia.

Cuatro semanas más tarde, en un artículo memorable publicado en The English Rewiew, Joseph Conrad confrontaba el final del Titanic con el hundimiento, reciente en aquellas fechas, del Douro: un barco más pequeño pero con proporción similar de pasajeros. El Titanic se había hundido despacio, entre el desconcierto y la incompetencia de capitán y tripulantes, mientras que en el Douro, que se fue a pique en pocos minutos, la dotación completa de capitán a mayordomo, menos el oficial al mando de los botes salvavidas y dos marineros para gobernar cada uno, se hundió con el barco, sin rechistar, después de poner a salvo a todo el pasaje. Pero es que el Douro, concluía Conrad, era un barco de verdad, tripulado por marinos profesionales y bien mandados que no perdieron la humanidad ni la sangre fría. No un monstruoso hotel flotante lanzado a 21 nudos de velocidad por un mar con icebergs, atendido por seis centenares de pobres diablos entre mozos, doncellas, músicos, animadores, cocineros y camareros.

Escrito hace un siglo, el comentario conradiano podría aplicarse casi de modo literal al desastre del Costa Concordia. Pese al tiempo y los avances técnicos que median entre uno y otro barco, muchas son las lecciones no aprendidas, las arrogancias culpables y las incompetencias evidentes para cualquier marino, aunque no siempre para los armadores e ingenieros navales: desmesura en los grandes cruceros, escasa preparación de tripulaciones, fe ciega y suicida en la tecnología, o competencia profesional de los capitanes y oficiales al mando. En este último aspecto, ciertos detalles en el comportamiento del capitán del Costa Concordia, Francesco Schettino, quizá merezcan considerarse.
Todo capitán de barco tiene dos deberes inexcusables: gobernar su nave con seguridad y destreza y, en caso de incidente o naufragio, procurar el salvamento de pasaje, tripulación, carga y, a ser posible, del barco mismo. Esa es la razón de que, en otros tiempos, un capitán pundonoroso se hundiese a veces con el barco, pues su presencia a bordo era garantía de que todo se había procurado hasta el último instante. Y así, a un capitán capaz de gobernar bien un barco y asegurar en caso de incidente o tragedia la mayor parte posible de vidas y bienes, se le considera, hoy como ayer, un marino competente.

En la varada del Costa Concordia, en mi opinión, el concepto de incompetencia se ha manejado con cierta ligereza. No creo que el capitán Schettino fuese un incompetente. Treinta años de experiencia y una óptima calificación profesional lo llevaron al puente del crucero. Hacía una ruta conocida, y la maniobra de acercarse a tierra es común en esa clase de viajes. Además, una vez producida la vía de agua casi en la aleta de babor -lo que significaría que ya estaban metiendo a estribor para evitar el peligro-, la maniobra de largar anclas a fin de que, con las máquinas anegadas y fuera de servicio, el barco bornease 180º con su último impulso para acercar el costado a tierra y no hundirse en aguas profundas, parece impecablemente marinera y propia de buenos reflejos. El exceso de confianza, una mirada superficial a los instrumentos, pulsar dos veces una tecla en lugar de hacerlo tres, pudieron bastar, a 16 nudos y en tan poca sonda, con una mole de 17 pisos y 114.500 toneladas, para que del error al desastre transcurriesen pocos segundos. Ningún marino veterano puede afirmar que jamás cometió un error de navegación o maniobra; aunque este no tuviera consecuencias, o estas no sean las mismas en aguas libres de peligros que en un paso estrecho, en la noche, la niebla o el mal tiempo, con una piedra o una restinga cerca; o, como en el caso del Costa Concordia, a solo un cable de la costa.

En los casos mencionados, incluso aplicando al capitán de una nave todo el rigor legal que merezca su error, es posible comprender la tragedia del marino. Simpatizar con él pese a su desgracia. Pero lo que sitúa a cualquier capitán lejos de cualquier simpatía posible es su incompetencia o cobardía a la hora de afrontar las consecuencias del error o la mala suerte. Una desgracia puede ser azar, pero no encararla con dignidad es vileza. Si un capitán está para algo, es sobre todo para cuando las cosas van mal a bordo. Ahí un marino es, o no es. Y Francesco Schettino demostró que no lo era. Escapar a su deber y su conciencia fue una cobardía inexcusable, que en tiempos menos políticamente correctos, frente a un tribunal naval de los de antes, lo habría llevado a la soga de una horca.
Tengo una impresión personal sobre eso. Con el auge de las comunicaciones fáciles vía Internet y telefonía móvil, la responsabilidad de un marino se diluye en aspectos ajenos al mar y sus problemas inmediatos. El oficial del Costa Concordia que fue a comprobar cuánta agua entraba en la sala de máquinas informó repetidas veces al puente, y no obtuvo respuesta porque el capitán estaba ocupado con el teléfono. De hecho, buena parte de los 45 minutos transcurridos entre el momento de la varada (21.58), las mentiras a la autoridad marítima de Livorno (22.10) y la confesión final de que había una vía de agua (22.43), así como el cuarto de hora siguiente, hasta que sonaron las siete pitadas cortas y una larga para abandonar el buque (22.58), Schettino los pasó hablando por teléfono con el director marítimo de Costa Crociere. Dicho de otra forma: en vez de ocuparse del salvamento de pasajeros y tripulantes, el capitán del Costa Concordia estuvo con el móvil pegado a la oreja, pidiendo instrucciones a su empresa.

Mi conclusión es que el capitán Schettino no ejercía el mando de su barco aquella noche. Cuando llamó a su armador dejó de ser un capitán y se convirtió en un pobre hombre que pedía instrucciones. Y es que las modernas comunicaciones hacen ya imposible la iniciativa de quienes están sobre el terreno, incluso en cuestiones de urgencia. Ni siquiera un militar que tenga en el punto de mira a un talibán que le dispara, o a un pirata somalí con rehenes, se atreverá a apretar el gatillo hasta que no reciba el visto bueno de un ministro de Defensa que está en un despacho a miles de kilómetros. El capitán Schettino era patéticamente consciente aquella noche de que el tiempo de los marinos que tomaban decisiones y asumían la responsabilidad se extinguió hace mucho, y de que las cosas no dependían de él sino de innumerables cautelas empresariales: cuidado con no alarmar al pasaje, ojo con la reacción de las aseguradoras, con el departamento de relaciones públicas, con el director o el consejero ilocalizables esa noche. Mientras tanto, seguía entrando agua, y lo que en hombres de otro temple habría sido un "váyanse al diablo, voy a ocuparme de mi barco", en el caso del capitán sumiso, propio de estos tiempos hipercomunicados y protocolarizados, no fue sino indecisión y vileza. Además de porque era un cobarde, Schettino abandonó su barco porque ya no era suyo. Porque, en realidad, no lo había sido nunca.

Sé que puede hacerse una objeción comparativa a esta hipótesis, y que precisamente es de índole histórica: el capitán del Titanic también se comportó con extrema incompetencia en el abandono de la nave, y su pasividad tuvo relación directa con la muerte de millar y medio de pasajeros; sin embargo, Edward Smith no tenía teléfono móvil. En 1912 solo había telegrafía de punto-raya en los barcos. Eso permitiría suponer que, en ese caso, las decisiones erróneas sí fueron suyas. Quizá lo fueran, desde luego; nada es simple en el mar ni en la tierra. Pero no por falta de comunicación directa con sus armadores de la White Star. La noche del iceberg y la tragedia, a bordo del Titanic viajaba el presidente de la compañía naviera. Que estuvo en el puente y sobrevivió ocupando un lugar libre en los botes.

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NotaPublicado: 17 Mar 2012 10:52 
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Saludos y a cuidarse.

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NotaPublicado: 09 Abr 2012 15:51 
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Arturo Perez Reverte

El sable y el granadero
XLSemanal - 09/4/2012

Hoy toca vieja batallita. Con ésta, además, saldo una deuda. O lo intento. Iba en tren cuando un joven me abordó con mucha educación. Traía en la mano un objeto largo y estrecho en una funda de paño. Soy teniente de Infantería de Marina, dijo, y voy a incorporarme a un destino. También soy lector suyo desde que empecé a leer. Por eso, como éste es mi sable de oficial, quiero que lo tenga usted. Pasado mi estupor, y tras la natural resistencia a permitir que se desprendiera del sable, insistió y no hubo otra. Bajé del tren con su regalo bajo el brazo, que ahora está en mi casa, en compañía de dos docenas de sables y espadas vinculados a la historia de España de los cuatro últimos siglos. Agradecido, envié al joven un libro también un par de veces centenario, y con el acuse de recibo llegó una petición: que dedicase un artículo al granadero Martín Álvarez, infante de Marina español en el combate naval de San Vicente. Y aquí me tienen. Cumpliendo con el sable.

El 14 de febrero de 1797, una escuadra española mandada por un cobarde incompetente, el almirante Córdoba, fue derrotada por otra inglesa cerca del cabo San Vicente. A los ingleses los mandaba el almirante Jervis, que tenía menos barcos pero tripulaciones mejor adiestradas y con más ganas de pelea. Además, la escuadra española estaba mal dispuesta, mientras que los británicos conservaban la línea. De manera que nos dieron las suyas y las del pulpo. Sólo siete navíos españoles entraron en combate, y perdimos cuatro. Dos de ellos, el San José y el San Nicolás, tomados al abordaje por el Captain, con el comodoro Nelson dirigiendo el ataque. El resto de barcos españoles se dio a la fuga sin socorrer a los compañeros apresados; y si no perdimos también al Santísima Trinidad, que con Córdoba a bordo arrió bandera, fue porque el brigadier Cayetano Valdés, un duro e inteligente marino que ocho años más tarde se batiría con mucha decencia en Trafalgar, fue al rescate con su navío Pelayo, y dijo al Trinidad que o izaba la bandera de nuevo y seguía combatiendo, o lo cañoneaba.

Cayetano Valdés no fue el único español decente ese día. Y como no son precisamente los ingleses quienes mejor hablan en sus memorias de los sucios spaniards -que pasan las batallas tocando la guitarra y oliendo a ajo-, tiene aún más valor que los datos que siguen provengan de la relación de un marino llamado sir John Butler. Durante el abordaje británico del San Nicolás, el comandante don Tomás Geraldino sitúa en la toldilla, donde ondea la bandera, a un infante de marina con orden de que nadie la arríe y rinda el navío. La misión ha recaído sobre un granadero extremeño de 31 años que se llama Martín Álvarez Galán. Y a esas alturas del combate, con el navío inundado de ingleses, el comandante muerto y los oficiales rindiéndose, el granadero sigue en su puesto, sable en mano, defendiendo las drizas de la enseña porque nadie le ha dicho que se quite de ahí. Así que cuando el trozo de abordaje inglés llega a la toldilla, y el sargento mayor de marines William Morris pretende arriar la bandera, Martín Álvarez, que anda flojo de idiomas para explicarse hablando -ni siquiera sabe leer ni escribir-, le pega un sablazo al tal Morris que lo clava en un mamparo, con tal fuerza que no logra liberar el sable; así que agarra un fusil como maza, mata a golpes a un segundo oficial inglés y deja heridos a otros dos rubios antes de que lo frían a tiros. Y es ahí donde el comodoro Nelson, que ha presenciado la escena -siempre odió a los franceses, pero respetó a los españoles cuando eran caballerosos o valientes-, se porta como un hidalgo: cuando están recogiendo a los muertos para arrojarlos al mar con una bala de cañón como lastre, ordena que a Martín Álvarez lo envuelvan en la bandera que con tanto valor defendió. Y surge la sorpresa: el granadero no está muerto, sino malherido. Y lo evacuan a un hospital portugués, donde salva la vida.

Martín Álvarez volvió al mar y murió cuatro años después, tras un accidente que degeneró en tuberculosis. Se ahorró, quizás, repetir su hazaña en Trafalgar. Pero tuvo la satisfacción de ser ascendido a cabo y premiado con una pensión vitalicia de cuatro escudos mensuales. Lo que nunca supo es que, por decreto real, siempre habría un buque en la Armada española que llevaría su nombre, ni que en Gibraltar quedaría un cañón con la placa: «Hurra por el Captain, hurra por el San Nicolás, hurra por Martín Álvarez». Tampoco supo que en el Museo Naval de Londres se conservaría hasta hoy, con veneración y respeto, el sable con el que, bajo la bandera del navío vencido pero no rendido, un humilde infante de marina español clavó en un mamparo al sargento mayor William Morris.

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"Nobleza y Valentia"

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NotaPublicado: 09 Abr 2012 19:12 
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Manda los P**** c****** que le rindan homenaje, no "más homenaje" simplemente Homenaje, en Gran Bretaña que en su patria... que aquí nadie lo recuerde salvo cuatro "idos de la perola" y que aun encima se intente por todos los medios borrar las historias, hazañas y gloria de los miles de Martín Álvarez de la historia...

Pero bueno... nada destacable en la patria de Caín... nada nuevo que no dijeran ya en el viejo Cantar del Mio Cid...

Por cierto que me gustó la acción del Brigadier Cayetano Valdez... "o le haces hue*** o te los reviento yo a cañonazos"... con dos y un palito... si señor

Cuidense y cuiden de los suyos... ya ven que nadie lo hará por uds...

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NotaPublicado: 09 Abr 2012 19:48 
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Ubicación: walhalla
Asi es y siempre sera en nuestra tierra Maese Cecilio,creo pero no recuerdo si Pizarro o Hernan cortes mando quemar sus naves cuando desembarco en el nuevo mundo por si alguien dudaba,ud. me entiende :cool:
En las aulas no se da en historia ni de pasada las hazañas de nuestros antepasados, vaya a despertarse el ardor guerrero de los españoles y acabemos con nuestra hermosa chupipandi de margaritas ,al cine nada de estos temas tampoco que molestamos e incomodamos a los que antaño se las vieron con estas "personas belicosas" ,algun dia y no muy tarde nos acordaremos de ellos y los que ahora tapan todo esto necesitaran este tipo de personas para que les saquen las castañas del fuego,y como siempre estaremos ahi todos al pie del cañon olvidaremos cuanto tiempo llevan marginando y apartando a personas que piensan como los de esta casa. :(

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Sabed pues,que el origen de mi patria
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NotaPublicado: 09 Abr 2012 21:43 
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Registrado: 18 May 2007 17:46
Mensajes: 1346
Ubicación: Al otro lado de un Gran Charco
Hoy mismo escribí a un compañero una cosa sobre este asunto....

Decía que se avergonzaba de ser español... Le conteste que no debería, muy al contrario debería sentirse orgulloso de ser uno de los que pone sus valores y principios por delante en una tierra que lejos de ser agradecida se comporta, parafraseando a Don Arturo, mas como madrastra mala que como amorosa madre, y sus hijos mas como Caines que como verdaderos hermanos... Pero que aun así debe sentirse orgulloso de saber que la libertad que disfrutan esos egoístas e interesados Caines de insultar, despreciar, usar a su antojo y sacrificar a sus intereses, pasa por el sacrificio y sangre de gentes como el, un legionario.

El tema era el honor, nosotros nunca lo perdimos porque siempre lo cuidamos, ellos nunca lo tuvieron ni tendrán porque no les interesa. Somos los viejos perro lobo ovejeros que nadie quiere hasta que los borreguil los necesitan ser defendidos.... Ni mas... Ni menos....

La historia no es un cumulo de fechas y hechos crudos, es el día a día de gentes que aportaron ínfimos hechos, como ladrillos, al gran edificio que representa lo que hoy somos, para bien o para mal, egoístas y traidores no levantan nada, solo retrasan al humilde albañil que con paciencia y tesón, sin mirar si llueve o quema el sol sigue con su trabajo. Ellos son los que hacen la historia real, ellos son los que que hacen firmes y estables los cimientos y los muros de carga, algunas veces alguien levanta una bella torre, pero sin esos cimientos estables y muros sólidos no habría torres.

Bellacos y traidores, egoístas y rufianes solo retrasan la colocación de esos ladrillos, a veces logran agrietarlos, pero jamás derribarlos, pues al fin y al cabo, esos ladrillos no son mas que sacrificio, esfuerzo, tesón, valor y principios, en definitivas cuentas es el honor de cada cual que sumado es el honor de una sociedad...

Cuídense, cuiden de los suyos y jamás desfallezcan... No dejen que ganen los equipos de demolición... Hagamos.o por todos los viejos albañiles que dejamos en el pasado.....

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