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 Asunto: De la guerra.-
NotaPublicado: 03 Jul 2025 10:15 
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Alessandro Barbero: "Las guerras han recuperado el papel geopolítico del que gozaron antaño"

¿En qué se parecen los actuales conflictos bélicos que asolan el mundo a los de épocas pasadas? El historiador italiano, autor del ensayo ‘La guerra en Europa’, explica los secretos y las reglas básicas de un fenómeno "consustancial al ser humano"


La entrada de tropas rusas en Ucrania en febrero de 2022 reencontró a Europa con la realidad de la guerra, la más atroz forma de conflicto sociopolítico, que casi parecía desterrada del lenguaje del Viejo Continente y que se ha recrudecido paulatinamente desde entonces casi a diario con la invasión Israelí de Gaza, el contencioso entre India y Pakistán, las amenazas chinas en el Pacífico y la escalada de violencia en Irán.

Y es que la guerra, como defiende rotundo el mediático historiador, profesor y escritor italiano Alessandro Barbero (Turín, 1959) "es, lamentablemente, algo consustancial al ser humano". Dedicado a su estudio, especialmente en época medieval y moderna, desde hace más de 40 años, ahora llega a España su libro La guerra en Europa. Del Renacimiento a Napoleón (Alianza) un breve pero enjundioso ensayo que no sólo reflexiona sobre aspectos técnicos, como la evolución armamentística y logística de los conflictos, sino también sobre la esencia metafísica y la concepción social de una realidad bélica que lleva acompañando al ser humano desde sus orígenes.

"Lo interesante de la época que estudio en este libro, esa Edad Moderna que, grosso modo, abarca desde finales del siglo XV hasta principios del XIX, es que la guerra en Europa se consideraba algo normal, algo que no sólo existe, sino que es legítimo", explica el profesor. "Los Estados tienen la responsabilidad de decidir cuándo una guerra es necesaria, pueden hacerla, no hay nada criminal en el hecho de hacer la guerra, es una parte de las relaciones entre poderes".

Un cambio de mentalidad fundamental que supone uno de los pasos decisivos para dejar atrás la Edad Media. "En el siglo XV si un rey poderoso como el de Francia o Inglaterra quería ir a la guerra tenía que recaudar impuestos, conseguir dinero para comenzar a reclutar soldados", expone Barbero, que parafrasea a Raimondo Montecuccoli, un general italiano del siglo XVII que sirvió a los Habsburgo y fue considerado por muchos como el mejor de su época: "Para hacer la guerra necesitan tres cosas, dinero, dinero y dinero". "Sin embargo, el auge del absolutismo derivó en los ejércitos permanentes, en la figura de soldados profesionales y de partidas presupuestarias constantes para la guerra, lo que supuso una transformación social considerable", afirma el historiador.

En efecto, más allá de analizar aspectos como el declive de la caballería y el auge de la artillería, su libro desmenuza la compleja intendencia de estos ejércitos profesionales siempre necesitados de fondos, una realidad que, asegura, no ha cambiado en los últimos 300 años. "También hoy, en las guerras actuales, quien tiene más dinero es quien gana. Sin dinero se puede ganar una batalla, pero difícilmente una guerra. Además, en nuestra época el precio de las armas, de un avión de guerra o de un tanque, ahora de los drones, es increíble".

A pesar de centrarse en la historia, el tenso momento global actual hace imposible no enhebrar paralelismos con el presente que hace 10 o incluso 5 años no tendrían lugar. En este sentido, Barbero opina: "En realidad, hoy en día no vivimos guerras. Por ejemplo, lo de Ucrania es una operación militar especial", dice irónico citando la fórmula escogida por Putin hace ya tres años. "Todo el mundo le llamó hipócrita, pero nosotros los occidentales llevamos décadas haciendo lo mismo con esas operaciones para destruir dictadores terribles", matiza. "A diferencia de en el pasado, hoy nos parece impensable considerar la guerra legítima, pero esto tiene sus peligros y puntos negativos. Si la guerra es normal y legítima hay reglas, leyes y maneras de hacerla aceptadas por todos, algo que hoy ha desaparecido".

"Las guerras que están librando hoy Rusia e Israel son conflictos casi medievales, pues no buscan acuerdos sino exterminar totalmente al enemigo"

Como explica el historiador, en el siglo XVIII, por ejemplo, un Gobierno decidía hacer la guerra y esta se anunciaba públicamente, se llamaba a los embajadores enemigos y se les comunicaba una fecha y una hora, amén de otras formalidades. Es decir, todo el mundo de un país sabía que estaba en guerra, algo que contrasta mucho con el mundo actual. Además, añade, "era mucho más sencilla de terminar, pues había fórmulas para ello, tratados, negociaciones, capitulaciones y todo eso. Era una forma más de diplomacia".
La guerra en Europa. Del Renacimiento a Napoleón
Alessandro Barbero



El fin de estas reglas bélicas llegaría tras la Segunda Guerra Mundial, cuando las grandes potencias emergentes comenzaron a saltarse las tradiciones. "En aquel entonces se inauguró un hacer bélico mucho más similar al medieval, que es el estilo que usan hoy Rusia e Israel, en el que no se sabe cuándo un conflicto comienza y termina, como ocurre con guerras como la de Corea [iniciada en 1950], que nunca terminó, o con Ucrania, que no fue declarada", señala Barbero. Pero la característica más abominable para el historiador es el afán de destrucción del contendiente. "Esto también viene de la Segunda Guerra Mundial, ese deseo de exterminar al enemigo totalmente sin que importen las víctimas civiles. Por fortuna, no hemos llegado al punto de que la opinión pública y la prensa celebren como buenas noticias la muerte de cientos de miles de personas, como ocurrió con los 25.000 alemanes de Dresde o los más de 200.000 japoneses quemados vivos con las bombas atómicas".
Historia frente a propaganda

Un rechazo de la población, por ejemplo, hacia lo que ocurre en Gaza que no siempre es tan entusiasta desde el plano político, lo que entronca con el creciente debate sobre el rearme europeo y sobre si en unos años unos años podríamos volver a ser, por voluntad o necesidad, una sociedad más proclive a las guerras. "Creo que en España no es mucho mejor, pero la clase política de Italia no sabe nada ni entiende nada porque no ha leído nada. Y en ese sentido consideran incluso probable la guerra contra Rusia. Pero sería de nuevo una guerra de esas del siglo XX, en las que se lucha contra alguien que es muy malo para destruirlo, no para negociar", lamenta el profesor. "El problema es que ya lo vivimos con Gadafi o Saddam, y sabemos que la destrucción de un dictador también implica la destrucción de su país, si no que se lo digan a Irak, a Libia o a Siria".

"El autoritarismo actual no es de masas como fue el del siglo XX, lo que pretende es que la gente no participe en política. Ni sepa, ni discuta, ni piense"

La desconfianza de Barbero hacia la clase política no es algo reciente, sino que viene de lejos. El episodio más notorio fue cuando se pronunció en contra de la Resolución del Parlamento Europeo de 19 de septiembre de 2019 sobre la importancia de la memoria europea para el futuro de Europa, que condenaba y equiparaba todos los totalitarismos del siglo XX, sobre la que aseguró: "Los parlamentos jamás deberían expresarse sobre la historia ni sobre la memoria, ni siquiera con las mejores intenciones. En este caso, el Parlamento quedó atrapado en una resolución proveniente de países con una historia totalmente diferente a la nuestra [...] y en su concepción distorsionada, puede surgir la idea de que la hoz y el martillo son tan aterradoras como la esvástica". Y es que, según defiende el profesor: "la memoria es una mala bestia. No es buena cosa decidir políticamente siguiendo la memoria de un pueblo o de un Estado. Es lo que hacen en Europa Oriental o en Oriente Próximo, y las consecuencias son las que vemos".


También denuncia que no es posible enfrentarse a los conflictos de los que venimos hablando sin conocer el pasado. "Nuestra política y nuestra prensa creen que los problemas entre Rusia e Ucrania comenzaron en 2022 y no saben nada de, por ejemplo, la guerra de Crimea del siglo XIX, que en Occidente apenas ha dejado huella -si bien los periódicos franceses e ingleses estuvieron tres años publicando barbaridades sobre los rusos-, pero que allí sí recuerdan", explica. "Como narró Tolstói, que fue oficial de artillería sobre los muros de Sebastopol, para ellos era una guerra santa, la defensa de la madre patria contra los invasores. La misma propaganda está vigente hoy en Rusia, pero sin conocer la historia no puede saberse".

Retirado de la enseñanza desde octubre del año pasado, cuando dejó su cátedra de Historia Medieval, Barbero no sólo ha defendido el valor de su disciplina desde las aulas. Las visitas de su canal de Youtube, donde cuelga sus ponencias y vídeos que van más allá de asuntos medievales -adentrándose en el fascismo, los Años de Plomo, las guerras mundiales o los conflictos de actualidad- alcanzan los cientos de miles. Además, continua impartiendo conferencias multitudinarias, como la que ofreció el pasado 1 de mayo en Turín para más de 500 jóvenes y en la que habló de la deriva represiva de Occidente y de la paradoja de armarse en nombre de la seguridad.

"No podemos reducir lo que pasa a un relato de buenos y malos, como hacemos en Europa. Es una renuncia brutal a la inteligencia colectiva"

"El historiador necesita ser riguroso, analítico y objetivo, pero, en mi opinión, no es necesario ser neutral. Uno puede ser neutral en el conflicto entre Atenas y Esparta, aunque seguro que muchos no lo son, pero hay cuestiones ante las que es necesario no serlo, por ejemplo, al hablar del nazismo y el Holocausto", defiende. "Cualquier historiador serio puede analizar los motivos, las ideas, las tradiciones, las memorias, los intereses materiales e inmateriales que han producido las guerras de Gaza y Ucrania, pero eso no quiere decir que debamos lanzarnos a hacer propaganda, que es en lo que se ha convertido hoy la historia. No podemos reducir lo que pasa a un relato de buenos y malos, como estamos haciendo en Europa, porque esto supone una renuncia brutal a la inteligencia colectiva de una ciudadanía, y eso es algo muy triste".
Si vis pacem para bellum

Esta situación maniquea nace, a entender de Barbero, de otro rasgo innato de la naturaleza humana: tener enemigos. "Por mucho que lo hayamos intentado, no es natural amar al prójimo, pero para eso está la civilización. Mi naturaleza me indica que mate a quien me ofende, pero las normas sociales y morales me frenan. Eso no ocurre con los Estados, para los que tener enemigos muy malos, cuanto peores, mejor, es algo cada vez más necesario", ironiza el profesor, quien lamenta: "Igual que hemos decidido que comer seres humanos, matar gladiadores en un anfiteatro o tener esclavos son cosas malas, podríamos decidir que tener enemigos no es bueno. Pero, como digo, para la propaganda política los enemigos son algo maravilloso que hace olvidar otros problemas".


Una reflexión que el historiador hila con la citada charla sobre el auge actual del autoritarismo un poco por todas partes, en especial en el mundo occidental. "Obviamente la idea del enemigo, exterior o interior, no es algo que haya inventado el autoritarismo populista actual, pero sí que se sirve de ella. Estamos plenamente inmersos en el mundo post 11-S y desde este presente es difícil decir si vivimos simplemente una oscilación de la libertad y la democracia o algo más profundo", opina. "La historia es cíclica, pero es muy preocupante esta regresión que nos lleva a ver a jóvenes que se manifiestan casi como terroristas o a mucha gente a esconder sus opiniones si son diferentes a las del poder por miedo a represalias en redes o en los medios".

"Espero que los políticos europeos sean más cínicos e inteligentes de lo que parecen y no nos lleven a una guerra que, ganemos o no, cambiará el mundo"

Pero a pesar de esto, el profesor recomienda huir de las simplificaciones banales como la tan cacareada de que estamos reviviendo el tránsito del siglo XX hacia los totalitarismos. "Es ridículo, por supuesto. Para empezar, el autoritarismo actual no es como el de hace 100 años, pues aquel tenía interés en la participación de las masas. Fuera con una camisa negra o parda, se quería al pueblo gregario jaleando y adoctrinado", recuerda. "El de hoy en día es más elitista en el sentido de que piensa que el pueblo no debe participar en política. Es más, cuanto menos sepa, discuta e incluso piense, mejor", denuncia.

Por eso, Barbero confiesa no tenerlas todas consigo sobre la entrada de Europa en la guerra. "En Italia no se para de repetir la famosa cita latina si vis pacem para bellum, pero la historia muestra que cuando uno se prepara para la guerra lo que acaba teniendo es justamente guerra", advierte. "Ese es el camino que parece haber tomado Europa, pero de momento el coste, tanto económico como social, les parece inasumible a los políticos. Sólo espero que sean más cínicos e inteligentes de lo que parecen y no nos lleven a una guerra que, ganemos o perdamos, cambiaría para siempre nuestros países tal y como los conocemos", sentencia el historiador.
https://www.elmundo.es/la-lectura/2025/ ... b457e.html
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NotaPublicado: 20 Ago 2025 09:00 
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De Salamina a Stalingrado: 25 siglos de las batallas que han forjado Europa
Juan Carlos Losada recorre en un libro 21 enfrentamientos decisivos en la historia del continente, de los que analiza sus causas, desarrollo, consecuencias y mitos.

De Salamina a Stalingrado, un recorrido de 25 siglos por 21 batallas decisivas en la historia del continente europeo. Esta es la propuesta que hace el historiador Juan Carlos Losada en su nuevo libro, Las batallas que forjaron Europa (Pasado y Presente, 2025).

Con un enfoque crítico, "cuestionando las interpretaciones tradicionales" y las visiones preconcebidas y con un esquema de trabajo que incluye el análisis de los antecedentes de cada enfrentamiento, el desarrollo del mismo, las causas de su resultado y las consecuencias políticas, militares, territoriales, económicas, culturales y religiosas, con especial atención a los "mitos" que algunos de estos acontecimientos han generado y al papel desempeñado por los elementos azarosos.

También, en un ejercicio de historia contrafactual, se pregunta en cada caso qué habría pasado si el desenlace hubiera sido otro. Y aporta respuestas.


Empezamos en Salamina (480 a. C.), donde el triunfo griego sobre los persas (con influencia del azar en forma de tormentas que se cebaron con la flota de Jerjes) ha sido interpretado por muchos autores con cierta desmesura maniqueísta: la victoria del Occidente civilizado y democrático frente al Oriente bárbaro y oscurantista.

Por otra parte, las únicas fuentes existentes son griegas (Heródoto y Esquilo). Para Losada, "Grecia y su cultura no dependieron de Salamina", que no obstante se incorporó "como elemento trascendental en el imaginario colectivo de la construcción de una determinada Europa".


Metauro (207 a. C.) representa "el fin del sueño de Cartago" en su enfrentamiento con Roma. Las fuentes son Tito Livio, Apiano y Polibio. En el intento de reunirse con su hermano Aníbal con fuerzas de apoyo, la derrota de Asdrúbal, cuyo ejército era excesivamente diverso y estaba lleno de mercenarios, permitió a los romanos recuperar la confianza militar en su objetivo de expulsar a los cartagineses de la península itálica.

De nuevo los historiadores occidentales consideran (de manera muy cuestionable según Losada) el resultado de esta batalla providencial para "la salvación de la verdadera Europa". Grecia frenó a los asiáticos en Salamina y Roma, continuadora del mundo helenístico, cumplió su misión preservadora del legado clásico venciendo a Cartago. Pero, para el autor, en caso de victoria cartaginesa "es bastante probable que los europeos no fuéramos muy distintos a como somos hoy".


En Teutoburgo (9 d. C.), al norte de Germania, "los arios entran en la Historia" con una victoria frente a los romanos que pone fin a su expansionismo por el norte de Europa, para desesperación (lo cuenta Suetonio) del emperador Augusto. En "la construcción del mito de la nación alemana y en su nacionalismo", la importancia de Teutoburgo y del jefe militar Arminio ("el primer arquitecto de nuestra historia", según Hitler) resulta evidente.

Adrianópolis (378) representa "la expresión final de la primera gran invasión de un pueblo bárbaro que culminó con éxito". Para algunos historiadores supone el inicio de la Edad Media. En los siglos IV y V el Imperio romano de Occidente asiste a su dolorosa y progresiva descomposición, con los pueblos germanos instalándose en su interior y fusionándose con su cultura.

En el año 451, los hunos de Atila, de procedencia remota y misteriosa, entran en la Galia sin apenas resistencia y una alianza entre alanos, visigodos, romanos y otros les derrota en los Campos Cataláunicos. Una victoria que no frenó la caída del imperio pero sí preservó la cultura europea, la civilización y el cristianismo frente a la amenaza asiática y salvaje. "La joven Europa frena al anticristo", habría titulado hoy algún periódico. Para Losada, "una exageración".

Del este llegaron en el siglo IX los magiares, con la guerra como costumbre, para hostigar el occidente europeo, y fue Otón I el que organizó una fuerza para marchar contra ellos. La contundente derrota húngara en Augsburgo (955) "acabó con sus correrías en Europa" y el Sacro Imperio Romano Germánico "se pudo consolidar como entidad política".



Inglaterra dejó de ser danesa en Hastings (1066) y Guillermo I unificó y organizó con visión autoritaria el país, convirtiéndolo en "una prolongación de Normandía", de donde procedía, e introduciendo el feudalismo al estilo francés. Es "la batalla más importante" de la historia de Inglaterra, que rompió sus vínculos con los pueblos vikingos, se implicó en la política de Europa occidental y dio un salto adelante en términos militares.

Solo dos años separan las batallas de las Navas de Tolosa (1212) y Bouvines (1214). La primera, en la provincia de Jaén, fue la más grande de la Reconquista y "una de las más sonadas de la Edad Media europea" y supuso "el principio del fin" de la presencia musulmana en la península ibérica, donde los reinos cristianos siguieron ganando terreno en un proceso que culminaría en 1492.

En Bouvines, "Francia se forma como nación" al derrotar a la alianza entre ingleses, alemanes y flamencos. Normandía quedó bajo soberanía francesa, el emperador Otón tuvo que abdicar e Inglaterra comenzó su andadura "hacia la construcción de un país democrático y constitucional". Una batalla que marcó el futuro de los reinos francés e inglés, que se reforzaron en términos de cohesión e identidad cultural.

Saltamos al siglo XV, del que Losada selecciona dos batallas. En Azincourt (1415), en el marco de la Guerra de los Cien Años, el ejército inglés, con sus eficaces arqueros y el liderazgo de Enrique V, derrotó al francés, sin unidad de mando y que se equivocó al escoger el campo de batalla.


La victoria final de la guerra sería de Francia, que logró eliminar la presencia inglesa en el país con la excepción de Calais, pero Azincourt representa "el primer gran mito militar sobre el que se levantó el nacionalismo inglés y su identidad nacional". La guerra acaba en 1453, que es el año de la caída de Constantinopla, tras una defensa "heroica y suicida" y sin ayuda occidental frente a los otomanos de Mehmet II, y el fin del Imperio bizantino.

Las conquistas otomanas continuaron hacia el norte, ocupando gran parte del continente europeo, sometiendo pueblos y condicionando la política exterior de los Estados italianos y de España. Este expansionismo político y militar es "uno de los acontecimientos que más decisivamente han forjado la historia de Europa".

Más de un siglo después, el turco, que no había dejado de adueñarse del Mediterráneo desde la caída de Constantinopla, se la pega en Lepanto (1571). El triunfo de la Liga Santa, con España al frente, detuvo su avance, si bien el Imperio otomano mantuvo su fortaleza y sus conquistas. Una batalla que tuvo importantes consecuencias políticas, económicas y religiosas (Lepanto fue, como apunta el historiador, "la gran gloria militar del catolicismo").

En la larga sucesión de guerras entre España y Francia desde principios del siglo XVI, Rocroi (1643) se presentaba como un choque menor, pero tuvo repercusiones importantes. Marcó el inicio del reinado de Luis XIV, durante el cual Francia "se convirtió en la potencia hegemónica de Europa, desplazando para siempre a España". Y es señalado como símbolo de la decadencia del Imperio español. Un "mito histórico" que marcó "la memoria colectiva" de los dos países.

En Poltava (1709), "Rusia irrumpe en Europa" como potencia al derrotar a Suecia, el reino más poderoso y expansionista del norte. Los suecos se deshicieron de polacos, sajones y daneses y emprendieron la invasión de Rusia: era la primera vez que un ejército europeo lo hacía y, como señala Losada, cometió un error que repetirían Napoleón y Hitler: no tener en cuenta los factores geográfico y climatológico.

Ucrania tiene un pésimo recuerdo de esta batalla, que incrementó su rusificación. De finales de siglo es la de Valmy (1792), poco cruenta pero importante porque constituye "el reflejo de un cambio de era": el primer triunfo militar de la Francia revolucionaria, frente a Austria y Prusia, que invadieron el norte del país y querían restaurar a Luis XVI.



El siglo XVIII supuso "un cierto paréntesis" entre los episodios belicistas provocados por el fanatismo religioso y el nacionalista. Pero a partir de ahora las guerras, apoyadas en "el culto fanático e irracional a la patria", adquirirán "una dimensión sangrienta inédita". Nace la guerra total.

Entramos en el siglo XIX y volvemos al sur de España. Trafalgar (1805) es "otra gloriosa derrota" española, el último gran enfrentamiento de barcos de vela de la Historia, "un mito romántico más que una batalla" tanto para Inglaterra, ganadora, como para España, perdedora junto a Francia: un relato lleno de "épica y leyenda".

El primer gran fracaso de Napoleón, que anuló cualquier posibilidad de invasión francesa de Inglaterra, país que afirmó su supremacía marítima y consagró al almirante Nelson como héroe nacional, mientras España glorificaba el honorable fracaso, lloraba y dedicaba calles a mártires como Gravina, Churruca o Alcalá Galiano.

El lector adivinará que Napoleón sigue un rato más como protagonista. Austerlitz (1805) supone su "clímax", el histórico triunfo frente a la alianza ruso-austriaca. El autoproclamado y expansionista emperador derrotó a su futuro suegro, Francisco II. Y se creyó invencible.


La hegemonía francesa en Europa, con su agresividad imperialista, duró una década, hasta las pifias en España y Rusia. Y llegamos a Waterloo (1815), el fin de Napoleón, que venía de escaparse de Elba y recuperar el poder tras un confinamiento de un año y con problemas anímicos y hemorroidales. Su pérdida de facultades era evidente y resultó letal frente a los aciertos estratégicos del duque de Wellington.

La batalla supuso el adiós de Bonaparte, marcó el inicio de la hegemonía de Gran Bretaña como primera potencia mundial durante un siglo y permitió a ABBA ganar Eurovisión.

Sedán (1870) es "la primera gran batalla de la Revolución Industrial". Otra vez Francia-Alemania, como si fuera la semifinal de un Mundial. Y también ganó Alemania. Pero no es oportuno bromear, porque, como apunta el autor, Sedán "fue el germen de las dos guerras mundiales del siglo XX".

Consecuencias: unificación de Alemania, proclamación del Segundo Reich, cambios en la escala de poderes en Europa, periodo de Paz Armada, unificación de Italia y extinción de los Estados Pontificios, Comuna de París, redefinición de los ejércitos, germen de revanchismo y odio francés hacia Alemania (muy confiada en su potencial) que se manifestará en el estallido de la Primera Guerra Mundial.


A la que pertenece la batalla de Verdún (1916), "la carnicería más inútil". No fue decisiva pero sí larga (diez meses) y sangrienta, "la última gran gloria militar de Francia". Según el historiador británico Alistair Horne, citado por el mariscal Montgomery: "Ningún bando venció en Verdún. Fue una batalla indecisa en una guerra indecisa; una batalla innecesaria en una guerra innecesaria; una batalla sin vencedores en una guerra sin vencedores".

Acabamos en Stalingrado (1942-1943), donde Alemania volvió a ser derrotada. Es la batalla más célebre de la Segunda Guerra Mundial y marcó el retroceso de las fuerzas del Eje. El desprecio de Hitler hacia sus enemigos resultó fatal para sus intereses. No obstante, Losada apunta que un triunfo alemán no habría cambiado de manera sustancial la evolución de la guerra, en la que la suerte estaba echada con la implicación de Estados Unidos.

Stalin, que fue felicitado por Churchill y Roosevelt, sacó todo el partido posible, en términos políticos y propagandísticos, de la batalla de Stalingrado, elevada a un territorio mítico en el que la realidad y la ficción se confunden.

En su reflexión final, Losada hace una defensa de "la historia crítica y fundamentada" frente a la irracionalidad y la falsificación, herramientas principales de la manipulación política. No hay que ser un fan de la historia militar para disfrutar de este libro, que seduce por su claridad, su manera ecuánime de contar el pasado, de desarrollar los temas, de explicar y contextualizar, por su clarividencia pedagógica y su capacidad expositiva.
https://www.elespanol.com/el-cultural/h ... 934_0.html

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