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NotaPublicado: 23 Feb 2020 09:09 
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La huelga de policías militares en el Estado de Ceará, al noreste de Brasil, ha evolucionado en una escalada de tensión que tuvo su auge el pasado miércoles, cuando Cid Gomes, un prominente senador de dicho estado y opositor al Gobierno de Jair Bolsonaro, recibió dos disparos. La escena entera fue un síntoma de la situación casi surrealista que se vive. El senador, que conducía una excavadora, intentó entrar en un área militar ocupada por encapuchados —supuestamente policías militares— en la ciudad de Sobral y arremetió contra la valla que los separaba y contra los manifestantes que había detrás de ella. Gomes evoluciona favorablemente, pero el episodio ha agravado una crisis que se empezó a dibujar a finales del año pasado, con las negociaciones por el ajuste salarial para un sector que, debido a la posesión de armas de fuego y su carácter militar, tiene prohibido ir a huelga.

En medio de una corporación dividida y una crisis que ha sido explotada hasta la saciedad por los políticos locales y nacionales, el ala más radical de la Policía ha emergido como un nuevo y fortalecido protagonista. El sector más radicalizado está formado principalmente por jóvenes soldados que abanderan un discurso autoritario. Su postura es cada vez más popular entre los policías desde que resurgieron las protestas el pasado martes y su visión de mano dura ha sido aupada por la llegada a la presidencia del ultraderechista Bolsonaro.

Camilo Santana, gobernador de Ceará y militante del Partido de los Trabajadores (la principal formación de oposición) incorporó el año pasado algunas de las demandas de los policías para tratar de aplacar las protestas. Aunque algunas asociaciones ligadas a los agentes aceptaron llegar a un acuerdo, parte de la base lo rechazó y se rebeló. Desde entonces, varios batallones han sido ocupados en diferentes ciudades. Y el clima de pánico se ha apoderado del Estado en vísperas del Carnaval. Hasta este sábado, cuatro policías han sido detenidos y otros 300 son investigados por delitos que van desde la toma de coches patrulla al incendio de vehículos de ciudadanos críticos del movimiento. Se han producido al menos 51 muertes en las últimas 48 horas en la región, cuando el promedio era de seis asesinatos diarios en 2020 hasta entonces, según un estudio de la web G1.

"Ha sido la primera vez en la vida que hemos visto un cuartel ocupado de esa manera. Todos encapuchados. Es imposible saber cuántos de ellos son policías, y si son realmente policías", relató el senador por São Paulo, Major Olímpio, que visitó uno de los batallones ocupados, en Fortaleza. Su declaración sorprende porque, además de haber sido elegido por la base bolsonarista, mantiene vínculos con los policías de São Paulo. Olímpio integró la comitiva de senadores que se desplazó hasta Ceará para buscar una salida a la crisis. El grupo teme que la situación que se vive en Ceará provoque un efecto dominó que desate la violencia en el resto del país, dado que policías de al menos seis Estados también exigen mejoras salariales.

Cuando se ponen los reflectores sobre Ceará, se hace evidente que las distintas estrategias de políticos locales y nacionales han ayudado a que la crisis se trasforme en una bomba de relojería difícil de desactivar. Bolsonaro, principal autoridad del país y elegido con el apoyo de sectores policiales y militares, todavía no ha condenado los motines en las unidades militares de Ceará. En su mensaje semanal en Facebook, el presidente anunció el jueves pasado que había autorizado el envío de las Fuerzas Armadas al noreste y volvió a defender la aprobación en el Parlamento de una amnistía legal anticipada para los militares que participaran en la crisis. Si se aprueba esa amnistía, quienes eventualmente maten a alguien durante la operación, no podrán ser investigados ni castigados.

Horas antes, el exministro Ciro Gomes —militante del Partido Democrático Laborista, hermano del senador tiroteado y rival de Bolsonaro en las últimas elecciones presidenciales— ya había acusado al presidente de apuntalar a los manifestantes más radicalizados. "¿Acaso se atrevería un chico de veintipocos años a disparar así a alguien si no creyese que está al servicio del mayor poder en Brasil?", cuestionó.

La discusión sobre la amnistía ha acaparado tantos reflectores como el motín. El gobernador Santana ―aliado de los hermanos Gomes― ya ha rechazado la propuesta. El Gobierno no ha despedido a ningún huelguista hasta la fecha, pero ya ha anunciado que recortará los sueldos de quienes no acudan a trabajar. Aun así, los policías han decidido que mantendrán los paros. "Los que pueden solucionarlo se están equivocando de estrategia. Ellos [los policías] ahora necesitan luchar para garantizar al menos la amnistía", dice el concejal de Fortaleza, Sargento Reginauro, que construyó su carrera política apoyando movilizaciones policiales en el pasado en Ceará.

La propia existencia del concejal Reginauro demuestra que las tensiones que explotan ahora no son nuevas. La actual crisis reverbera otro movimiento huelguista, de hace casi una década, que influyó en las políticas de seguridad y en la vida política de Ceará. Desde entonces, líderes surgidos de asociaciones policiales compiten por cargos públicos en las elecciones.

Cuando los policías militares de Ceará anunciaron una huelga en diciembre de 2011, Capitão Wagner ―un diputado suplente hasta entonces desconocido más allá de las corporaciones policiales― empezó a despuntar como principal líder del movimiento. Wagner, muy presente en las redes sociales, aglutinaba a su alrededor varias fuerzas de un sector que cuenta con al menos ocho asociaciones representativas. La huelga lo catapultó. Ese mismo año se convirtió en el concejal más votado de la historia de la capital del estado, Fortaleza. Después, conquistó mandatos en la Asamblea Legislativa y en la Cámara Federal. Y, además, ayudó a que al menos otros tres policías ocuparan cargos parlamentarios. Esta semana, Capitão Wagner ha usado las redes para denunciar la "falta de diálogo" del Gobierno con los policías mientras se prepara para disputar la alcaldía de Fortaleza, la quinta ciudad más grande de Brasil, en las elecciones municipales de este año.

"No hay una representación homogénea [en el movimiento de los policías militares de Ceará]. No se puede tratar como si fuese una sola cosa", explica el diputado local Renato Roseno, del izquierdista Partido Socialismo y Libertad, muy activo en el área de seguridad y derechos humanos. Para él, un sector más radicalizado de ese movimiento, compuesto en su mayoría por soldados, estaría operando principalmente en la periferia de la capital y en ciudades del interior. "Hay policías actuando como grupos milicianos, aterrorizando a la población", acusa.

El investigador Luiz Fábio Paiva, de la Universidad Federal de Ceará, insiste en otro punto: el histórico proceso de intervención política en las policías. "Cada nueva gestión tuvo como objeto a la Policía Militar. En Ceará, tuvimos a políticos probando programas de seguridad que interferían en la estructuración de las policías. Eso produce efectos", explica Paiva. El investigador le agrega el peso del escenario político nacional: "Tenemos un Gobierno Federal que estimula la violencia, la agresión contra políticos de la oposición, contra periodistas, contra quienes piensan diferente. Hay que estar pendientes de la repercusión de este discurso en las bases de las policías", advierte.
https://elpais.com/internacional/2020/0 ... 52112.html

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NotaPublicado: 26 Jun 2021 09:58 
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Todavía quedaba más de una hora para el amanecer cuando llegó a la casa. Comenzaba en Brasil el Día de los Enamorados cuando el hombre más buscado de Río de Janeiro llegó a visitar a su esposa y sus tres hijos. Circunstancias clásicas para una emboscada. Un comando de 21 agentes cazó a Ecko, un antiguo narco aliado en los últimos tiempos a policías criminales. Sobrevivió a un primer disparo en el pecho. Una foto policial le muestra vivo. Pero le quedaban minutos de vida porque esta operación policial del sábado 12 de junio acabó como tan a menudo ocurre en Brasil. Murió en ruta al hospital. Cuando era evacuado, una segunda bala en el pecho lo mató, “después de intentar arrebatar el arma a una agente”, según explicó un comisario de la Policía Civil en la comparecencia de aquel día.

Cuando la prensa aún informaba de que el capo se había rendido, un enjambre de agentes armados con fusiles tomó un hospital cerca de la playa de Ipanema y las tiendas más lujosas de Río. Una testigo oyó en los pasillos que Ecko acababa de morir y minutos después vio pasar una camilla con un cuerpo en una bolsa mortuoria. Sospecha que era él, Wellington da Silva Braga, alias Ecko, el jefe de la milicia carioca más poderosa. Un final de aroma cinematográfico en una ciudad hedonista donde el hampa está en transformación continua mediante disputas a tiros, alianzas y rupturas.

Milicia es como llaman en Brasil a las bandas criminales más pujantes hoy en Río, cuna política del clan Bolsonaro. Su principal diferencia con la competencia —los narcotraficantes y las mafias del juego ilegal que patrocinan algunas escuelas de samba— es que sus miembros están o estuvieron a sueldo del Estado: son policías, bomberos, guardas de prisiones, etcétera que se han pasado al otro bando. Algunos fueron expulsados del cuerpo, otros simultanean uniforme y crimen.

La periodista Cecília Olliveira, especializada en seguridad, desgrana su enorme ventaja sobre el resto de los criminales. “Tienen información privilegiada, acceso a armas, a municiones, el poder de negociación que da ser un agente público para negociar con otros organismos públicos”, explica en una entrevista telefónica.

Las primeras milicias llegaron a las favelas hace dos décadas con una oferta tentadora: tranquilidad para el vecindario. Prometían mantener al narco lejos a cambio de un dinerillo. El negocio original sigue vivo. Un vecino de Jaraquepagua, un barrio periférico de más de 150.000 habitantes, cuenta que en su edificio “cobran 50 reales de tasa de seguridad por apartamento. La paradoja es que les pagas para defenderte de ellos mismos”. Exige quedar en el anonimato por seguridad. La omertá reina en la llamada ciudad maravillosa.

En los primeros años las autoridades, la ciudadanía y la prensa los vieron con buenos ojos. Una comisión de investigación que en 2008 puso nombre y apellidos a 200 sospechosos y el secuestro de unos reporteros contribuyeron a que aquella actitud cambiara. Entre sus muchos defensores iniciales, Jair Bolsonaro. Los uniformados son desde siempre una de sus principales bases electorales y Río, el feudo político familiar.

Más allá de los discursos, Adriano Nóbrega -extraordinario como policía y como asesino por encargo— es el nexo más directo del clan con estos grupos. Flavio Bolsonaro, hijo del presidente y senador, lo condecoró y empleó durante años en su gabinete a la madre y esposa de Nóbrega, que se llevó los secretos de las cloacas cariocas a la tumba cuando fue abatido en una operación policial poco antes de que estallara aquí la pandemia que acumula medio millón de muertos.

A partir de la extorsión a vecinos y comerciantes, las bandas de policías criminales han ido acumulando barrios y poder. Sus negocios han crecido como una hidra en el Estado de Río. En la capital, ya controlan más territorio que el narco: un 57% frente a un 34%, según el mapa de los grupos armados elaborado por una alianza de universidades con Fogo Cruzado, un grupo fundado por Olliveira que avisa en tiempo real de dónde hay tiroteos, y Disque denuncia, un consolidado sistema oficial de denuncias anónimas. La Policía Civil ha detenido en ocho meses a 700 milicianos.

Opulencia y miseria se cruzan constantemente en Río, donde pocas pistas bastan para que cualquier forastero entienda quién controla algunas barriadas. Las zonas donde manda el tráfico de drogas suelen estar acotadas por pivotes para dificultar el paso de la policía y controlar quién entra y quién sale. En los de milicianos, la vigilancia está ahí, pero es invisible.

Los grupos como el que dirigía el abatido Ecko imponen su ley y sus servicios: tasas de seguridad, transporte clandestino en furgonetas -que muchos vecinos prefieren porque funciona mejor que el público—, suministro de gas, televisión por satélite, Internet… Ofrecen servicios básicos y seguridad, como si fueran el poder público. También se dedican al asesinato por encargo, con la singularidad de enterrar los cadáveres en cementerios clandestinos para no dejar rastro.

Otra vecina anónima explica que vivir bajo su dominio significa olvidarse del temor a sufrir un hurto o a verse afectado por las espectaculares y cotidianas operaciones policiales con decenas de agentes a tiro limpio en calles abigarradas. “A veces, una operación policial legítima sirve para que luego entre la milicia y tome ese lugar”, advierte la periodista Olliveira.

El perjudicado suele ser el Comando Vermelho, golpeado el pasado mayo en la favela de Jacarezinho en una operación en la que murieron 28 personas. Lo que sospechaban muchos vecinos de favelas controladas por el Comando Vermelho u otros grupos que trafican con drogas lo han confirmado unos académicos gracias al cruce de bases de datos. Resulta que en los barrios sometidos a las milicias, las incursiones policiales son menos frecuentes. En 2019, fueron solo el 6% mientras la mayoría de las operaciones se concentró en territorio de áreas disputadas y en las dominadas por el narco, según revela un informe de la Universidad Federal Fluminense. La escasa presión policial y “el aumento de sus ganancias en el mercado inmobiliario mediante construcciones irregulares que después son legalizadas” supone lo que estos académicos describen como “la doble ventaja (política y económica)” de estas bandas de policías delincuentes.

La diversificada cartera empresarial de estas bandas incluye en los últimos tiempos el lucrativo negocio inmobiliario. Construyen viviendas en terrenos de los que se apropian gracias a fraudes o conexiones políticas. Se mueven con destreza en los fluidos contornos entre lo legal y lo ilegal. Varias torres se les han desplomado y matado a vecinos.

El asesinato de la concejal Marielle Franco, por el que hay dos expolicías militares encarcelados pendientes de juicio, dio notoriedad en 2018 a estas bandas. El sospechoso de asesinar a la política izquierdista era uno de los mejores tiradores del cuerpo antes de convertirse en asesino a sueldo; le descubrieron un arsenal y que tenía un chalé en la misma urbanización que Bolsonaro padre.


El Río más fétido afloraba tras una época aparentemente dulce. Mientras Brasil desplegaba a los militares en las favelas del narco para garantizar la tranquilidad en el Mundial y los Juegos Olímpicos, estas bandas se expandían lejos del foco, explica Olliveira. Esta periodista sostiene que “los policías expulsados son mano de obra muy cualificada y barata para la milicia, el narcotráfico, para quien mejor pague”.

Las bandas que nacieron para ahuyentar al narco se han asociado en los últimos tiempos con él. Ecko es un ejemplo de ese vínculo y de las mutaciones del hampa. Llegó a la milicia desde el tráfico de drogas, no desde las fuerzas de seguridad. Un dato que, el día que fue abatido, Flavio Bolsonaro se apresuró a destacar. “Ecko nunca fue policía”, escribió en un tuit que incluye “apoyo incondicional a los verdaderos policías de todo Brasil”. Y el gobernador de Río, Cláudio Castro, proclamó: “Es un día histórico. Celebramos que sacamos de la circulación a alguien que simbolizaba la impunidad” antes de correr a fotografiarse con los artífices de la caza, aún con el traje de faena y las armas. Y acorde a las normas, todos con mascarilla.

Parabéns aos Policiais Civis do Rio pela eliminação do miliciano “Ecko”, que nunca foi policial e era o mais procurado do país!
Todo respeito e apoio incondicional aos verdadeiros Policiais de todo o Brasil! #policia pic.twitter.com/IqgcpQdHtD
— Flavio Bolsonaro (@FlavioBolsonaro) June 12, 2021

El sociólogo Jose Cláudio Alves interpreta la eliminación del capo, que supuestamente ya tiene sustituto al frente del Bonde do Ecko, de manera bien distinta. Estudia estos grupos desde los noventa, además de vivir y trabajar en el corazón de la Baixada Fluminense, la zona metropolitana donde más arraigados están. “Creo que [Ecko] era un soldado, gerente de un territorio. Él no es la figura clave”, explica una tarde de junio en el bello campus donde da clase, el de la Universidad Federal Rural de Río de Janeiro, ahora desierto por la covid-19. Queda en una ciudad anodina, Seropédica, donde la milicia tiene múltiples negocios, desde la clásica tasa de seguridad, a los mototaxis o el contrabando de arena.

Sostiene este especialista que la operación contra Ecko y otras en el último año se han concentrado en los llamados narcomilicianos con dos objetivos: “Exonerar a los funcionarios del Estado” y fortalecer el discurso de que “matando resuelves los problemas”. Bandido bom é bandido morto (Bandido bueno es el bandido muerto) es un lema aplaudido en Brasil. Y metódicamente la amalgama de policías criminales aliados a políticos y empresarios turbios amplía sus negocios mientras va conquistando poder en distritos y alcaldías. “Río es el laboratorio de la extrema derecha, el gran escaparate”.
https://elpais.com/internacional/2021-0 ... bando.html

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NotaPublicado: 29 Oct 2025 09:29 
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28/10/2025. 2.500 agentes de la Policía Militar del Estado de Río de Janeiro y Polícia Civil del Estado de Rio de Janeiro en una operación contra el "Comando Vermelho" en Río de Janeiro (6.211.223 hab.) 64 delincuentes han sido eliminados:
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Comando de Operações Táticas (COT) de la Policía Federal:
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