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NotaPublicado: 21 Ene 2019 12:50 
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"¿Sabéis disparar?", pregunta el jefe de brigada al fotógrafo y a este periodista. No bromea. Adrede o no, sus hombres han colocado en el asiento trasero del todoterreno, cerca de los reporteros, un kalashnikov. Encima del cañón hay incrustada una bala. Es la última. Entre los combatientes que se han enfrentado al Estado Islámico de tú a tú circulan todo tipo de historias en torno a su función. Unos juran que será para el último del Daesh en pie; otros que, de verse acorralados por los radicales, será para ellos mismos.

Arrancamos hacia el último frente contra el califato del Estado Islámico, del IS, del Daesh.

Salimos de Hasaka. Dos miembros del Consejo Militar Asirio (CMA), la única brigada cristiana en liza, pilotan el vehículo. Nos escolta una ranchera, con una ametralladora doshka montada, lista para emplomar al enemigo. En medio del desierto de Deir Ezzor, adonde nos adentramos, este está en todas partes y en ningún sitio. Los minutos se extienden hasta lo inexplicable hasta que, de repente, el convoy se topa con un Éufrates amansado por la llanura.

Cuesta creer que este vasto pedazo del este de Siria esté bajo control. La base de Busaira, cuartel del CMA, está fuertemente protegida por imponentes taludes de tierra. Basta cruzar el centro del pueblo cercano, que da nombre al fortín, para constatar la desconfianza en los ojos de los lugareños. Sus miradas se clavan como bayonetas. Tantos años, tanta guerra, que la bandera del Daesh ha echado raíces hondas en sus corazones. Durante nuestro estacionamiento en Busaira, una moto bomba atentará contra la base.

Nuestro destino final es Hayín, en lo más recóndito de la ribera este del Éufrates. Una serie de meandros dorados por un sol invernal tibio, franqueados por majestuosas palmeras datileras y bordeados por casas bajas. Un paraíso terrenal, si quienes lo han dominado hasta hoy no creyeran que el mejor vergel está allende la vida. Hayín es la mayor de las tres aldeas que conforman el último retazo de califato. Es el escenario de la batalla final. Cerca de cinco kilómetros cuadrados que se están peleando palmo a palmo.

En la base más avanzada del frente, a unos pocos cientos de metros de los insurrectos, nos espera Sinku Shkaki, el jefe de las operaciones que allí se realizan. «Combatimos al IS con cautela para evitar bajas innecesarias», explica, como justificación por la lentitud de su ofensiva. Se estima que podría durar más de un mes. "Debemos limpiar de minas cada metro", asegura, "y, de noche, sufrimos contraataques a manos de grupos pequeños, que nos lanzan coches bomba. Su único objetivo es matar todo lo posible".

"Lo más terrorífico de combatir al Daesh en Hayín es que han excavado túneles que comunican una casa con otra. De esta forma, cuando avanzamos, aparecen de repente por detrás y se abalanzan sobre nosotros con chalecos explosivos", describe Nur, uno de los brigadistas asirios que nos acompañan, mostrando un mapa de los escondrijos hallados en Hayín. "Esta es la batalla final. Los barbudos no pueden ceder más metros. Por eso, para ellos, ésta es una batalla a vida o muerte", concluye.

El sol alcanza su cénit cuando los hombres de Shkaki empiezan a martillear la moral de los insurrectos a base de proyectiles de mortero de cien milímetros. El rugido de los cazas de la coalición occidental contra el IS acompaña aquella sinfonía explosiva que culminan las bombas que descargan sobre la aldea de Shafa. El estruendo es seco, contundente. Los bombardeos ocupan la mayor parte del día; al llegar la noche, los aliados penetran en territorio comanche y pelean cuerpo a cuerpo.

Al amanecer, el sol empieza a colorear los desastres de la batalla: decenas de edificios partidos por la mitad, nuevos cadáveres aplastados por los cascotes, coches calcinados aquí y allá, un silencio asfixiante inundando toda esta escena. En las guerras también mueren los pueblos. Quienes han sobrevivido en la oscuridad ya están en manos de los atacantes. Algunos leales al falso califa Abu Bakr Bahgdadi, y sus familiares, recalarán en campamentos y prisiones especiales.

"Encontramos a muchos radicales extranjeros", explica Mahmud, un desactivador de explosivos. Entre las últimas capturas en Hayín hay alemanes, estadounidenses, rusos o centroasiáticos. Es fácil concluir que todos ellos comparten rasgos que no les permiten camuflarse entre los locales, huir a la retaguardia donde poder aspirar a convertirse en células durmientes. Una mayoría de estos son mujeres, junto a sus hijos. "Les permiten irse a nuestros campamentos para vengarse en un futuro", dice Shkaki.

Hay otro tipo de civiles: los locales. Quienes trataron de conservar sus vidas bajo el yugo del califato y que del mismo modo tratan ahora de preservarlas durante la batalla por Hayín, huyendo a pueblos cercanos. Cuando Um Nariman Spejan regresó a su hogar junto a sus 12 hijos, sólo acertó a llevarse las manos a la cabeza. "Nuestro corazón sangra ante lo sucedido, nuestras vidas se han roto", clama, en las puertas de un hogar arruinado. "Pero, pese a que nuestra casa está destruida, estamos contentos de poder volver aquí. Ésta es nuestra tierra, a la que estamos conectados. Incluso si no tuviésemos nada regresaríamos aquí. Aunque tengamos que vivir bajo un techo destruido", sentencia la matriarca, cuya voz se acongoja hasta quebrarse al explicar la razón de muchos de sus convecinos para adaptarse a los rigores del IS. Su prole la flanquea. Escoba en mano, tratan de imponer cierto orden en un caos que los supera. Ellos, como muchos otros civiles nativos, están siendo las víctimas sin voz de la última batalla por el califato. "Imagina el haber tenido que irte de casa dejando atrás a una hija o a un hermano muertos, sin ni tan siquiera haberlos podido enterrar". Nariman llora.

Mohamed, el farmacéutico de Hayín, también está de vuelta. Su suerte ha sido adversa. "Mi farmacia ha quedado completamente destrozada, pero mi hogar sigue en pie", se cogratula vanamente, en el asiento de una furgoneta que transporta a su mujer, a sus tres retoños -Muyid, Asma y Esra-, varias maletas, una cama de matrimonio y dos ovejas. "Necesitamos limpiar la casa de explosivos y no hay quien nos ayude", lamenta. Una única nota para la esperanza surge de sus labios: "Poco a poco, recomenzaremos".

A pocos kilómetros de Hayín, algo más alejados del frente, los ánimos andan más caldeados. La colina de Tal Achabi hace no tanto un nido de ametralladoras, hace las veces de cementerio para la aldea más próxima cercana y de vertedero de víctimas a las que el IS no concedió la gracia de la sepultura.

Más de cinco cráneos ruedan por el suelo en su falda. "Colegas decapitados", musita Nur, con una sonrisa esforzada. Bilal Salih Faraj, un líder vecinal, aborda a este periodista entre gritos y aspavientos.

"Aquí han muerto cuatro mujeres y 17 niños, y absolutamente nadie se ha preocupado por ellos", enhebra su soliloquio. "Sufrimos muchísimo. Los niños tienen hambre. Antes de la guerra tenía un buen salario. Ahora, a mis 60 años, he tenido que hacer cosas deshonestas para alimentar a mis hijos. Ya no no fiamos de nadie más que de este río. Juro que las etnias, las sectas, nada de esto importa. Todos somos patriotas sirios. Daesh trató de dividirnos. Ahora, es crucial educar y proteger a nuestros hijos".

¿Cicatrizará alguna vez la herida que ha provocado el Estado Islámico en Oriente Medio? Puede que el tiempo y la educación alumbren una generación capaz de sellarla. Pero, por el momento en Hayín es la hora de las retribuciones. Dentro de las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), la alianza paraguas multiétnica, de mayoría kurdosiria, que acabará con el califato de la mano de la coalición internacional liderada por EEUU, hay numerosos grupos a los que los radicales han agraviado de forma trágica. El CMS es sólamente uno de ellos.

La batalla final contra el Estado Islámico es, para los uniformados que nos acompañan, un asunto personal. "El IS secuestró a muchos de los nuestros", recuerda Abgar Daud, portavoz del CMS. "El ánimo de esta gente es matar cristianos. Creen que deben morir por no ser musulmanes". No son los únicos que en los estertores del califato buscan su retribución. El Estado Islámico extendió su dictadura del terror a costa de granjearse enemigos en todos los cantones de esta tierra.

Deir Ezzor es un territorio fuertemente tribalizado que las huestes del IS hicieron suyo cooptando a sus cabecillas y enfrentando a unos con otros. Los peor parados resultaron ser los del clan Shaitat. En agosto de 2014, los radicales ejecutaron a entre 700 y 900 de ellos por rebelarse contra su yugo. "Hemos pasado momentos malísimos. Ahora, nuestra misión es luchar para que los del Daesh no vuelvan, capturarlos y llevarlos ante la Justicia. Si hacemos lo mismo que ellos, nos convertiremos en ellos".

Quien así habla es Rifai Abu Hama, uno de los miembros del clan de los Shaitat que se ha unido a las SDF para devolver el honor a los supervivientes de su estirpe. Junto a él, asegura, hay 1.500 parientes más combatiendo. «Se enfrentaron a nosotros por confrontar su mentalidad, su versión errática del islam y su corrupción», recuerda. "A uno de mis primos lo decapitaron sólo por hallar en su móvil un vídeo del Ejército Libre de Siria. Perdí a dos familiares más. No descansaremos hasta acabar con el último Daesh".

El pseudocalifato se agota. El Estado que el iluminado de Bagdadi, todavía desaparecido, anunció hace casi un lustro hoy sucumbe en Hayín a los envites de la aviación occidental y a los asaltos a pie de las SDF. El peligro, advierten todos sin embargo, permanecerá agazapado en la retaguardia. Mahmud: "Tendremos que luchar todavía mucho hasta finalizar esta guerra. Para un futuro sin terrorismo. Para un futuro en paz en Siria".
https://www.elmundo.es/internacional/20 ... b4598.html

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NotaPublicado: 06 Feb 2019 08:40 
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Esta historia empieza con un final: el del pseudocalifato global que un iluminado iraquí, Abu Bakr Bagdadi, proclamó desde un minbar en Mosul hace cuatro años y medio. Debía abarcar desde el sureste asiático hasta Al Andalus, pero está a punto de mo rir en la orilla este del Éufrates, en Siria, cerca de la frontera iraquí. «Sólo quedan tres semanas», repiten, como un mantra, algunos de los combatientes cristianos apostados en el frente. Otros, algo más: «Un mes, como mucho».

Nadie en las líneas de Ash Shafa, o en las posiciones avanzadas colindantes de Ash Shayla o de Baguz Hawkani, duda de que el califato está en sus estertores. Al también conocido como IS o Daesh -aquí, los kurdos prefieren llamarlos chete, algo así como banda, en tono peyorativo- le quedan, explican a Crónica varios implicados, no más de mil fanáticos. Quizás unos trescientos, matizan otros. ¿Está el autoproclamado califa Bagdadi entre ellos? La mayoría cree que huyó hace tiempo de aquí, y que se esconde entre las dunas iraquíes.

El pseudocalifato pronto será ceniza y polvo, depositados sobre las desérticas llanuras de la provincia de Deir Ezzor, el reino de la nada. Entonces, llegará el momento de las celebraciones, y muchos honrarán aquel dicho que recuerda que las victorias tienen muchos padres. Si va a ser así, que entre los nombres ilustres de quienes acabaron con la vorágine islamista radical figure el de este cristiano: Kino Gabriel, el ángel que vengó a los cristianos, añaden, venciendo al pseudocalifato del IS.

Kino Gabriel es el cristiano con más poder en las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), la alianza multiétnica que ha luchado, codo con codo, con la alianza internacional liderada por Estados Unidos contra el IS. Aunque no es raro toparse cerca del frente con soldados estadounidenses, británicos y franceses, la ofensiva terrestre corre a cargo de las FDS, que reciben el respaldo aéreo constante de la aviación de la coalición anti Daesh. Dentro de las FDS, que funcionan como un paraguas que abarca mayormente a brigadistas kurdos, pero también árabes, turcomanos y a unos 2.000 cristiano asirios, Kino lidera el Consejo Militar Siríaco (CMS). Es el ariete de los cristianos contra el califato.

Tal enjundia hace de Kino Gabriel una pieza de caza mayor para yihadistas u otros enemigos en Siria, Irán o Turquía, donde la administración autonomista extendida por el noreste sirio -dominada por kurdos leales a la guerrilla kurdoturca PKK-, es vista como una amenaza política. Kino lo sabe. Por eso se cita con Crónica en una base secreta instalada en medio de un páramo. Allí nos recibe un hombre que, por maduro, desmerece sus 29 años; de hombros anchos, comedido, parco al hablar, críptico a rabiar.

Cuesta arrancar palabras a Kino, quien reconoce, en un elegante acento british, que «te sientes más fuerte» envuelto en su uniforme de camuflaje. «Creo que es algo cultural, que cuando luces un uniforme y tomas las armas, te sientes más fuerte». Eso hizo exactamente cuando, un lustro atrás, los adeptos del IS se abalanzaron contra las apacibles aldeas del río Jabur, hogar de la minoría cristiana asiria. Miles de vecinos huyeron de allí, como habían hecho del genocidio otomano un siglo antes. Docenas fueron secuestrados o murieron bajo la daga del califato. Las iglesias fueron destruidas. Sus cruces, liquidadas.
Las tornas cambian

Hoy, gracias al soporte internacional y a la alianza con el resto de fuerzas de la zona, las tornas han cambiado. Ahora es el IS quien huye en desbandada ante los embates de Kino Gabriel y de sus hombres, que buscan venganza. «A mi hermano lo degollaron en pleno desierto sólo por colaborar con la coalición», lamenta Jabur, un combatiente afiliado al CMS que ha jurado luchar hasta la desaparición total del IS.

Pero ¿desaparecerá el IS si pierde su feudo del Éufrates? Kino no lo ve tan claro. «Aunque estemos llegando al final de la campaña militar, no significa que la guerra contra el Daesh se esté acabando», alerta. «Hay una amenaza de células durmientes ocultas, capaces de atacar y tomar el control de algunas áreas». Su respuesta, más que a nosotros, parece dirigida a EEUU, cuyo presidente, Donald Trump, ordenó en diciembre el repliegue de sus 2.000 soldados en Siria lo antes posible. Malas noticias para las FDS.

El adiós de Washington va a sacudir la administración regional y debilitar el sistema penitenciario de las FDS. Las financiación de las cárceles que albergan a los combatientes del IS capturados depende de EEUU. «Tenemos más de 830 combatientes extranjeros, de 45 países distintos, además de 1.600 familiares suyos», explica Kino, quien no revela el número de españoles. Nadie con responsabilidad en Siria lo hace, pero todos confirman que los hay. Quizás porque en este instante, como Kino afirma que ocurre con otros países, se negocia su deportación.

«No tenemos ni los recursos ni la autoridad requerida para juzgarlos», sentencia Kino Gabriel. «De eso deben encargarse la coalición y la comunidad internacional». De no suceder, el cristiano teme lo peor: «La seguridad con estos prisioneros está en riesgo. Podríamos sufrir fugas en caso, por ejemplo, de atentados contra nuestras prisiones. Podrían escapar a otros sitios o regresar a sus países y provocar ataques terroristas en ellos», subraya. «Así que no es un problema de seguridad sólo para Siria, sino para todo el mundo».
En arameo

Las últimas palabras de Kino Gabriel suenan graves. La mayoría de los países se está desentendiendo de las mujeres, los niños y los soldados del pseudocalifato. Por el momento, sólo Francia se ha comprometido a devolver a su país natal a 130 combatientes del IS. Entre ellos, uno de los impulsores del atentado de Niza de julio de 2016. Human Rights Watch ha denunciado el traslado de presos del Daesh, asistido por EEUU, de Siria a Irak, donde sí se los juzga y, en ocasiones, se los condena a muerte.

Por el momento, explica Kino, su principal obsesión, y la de sus camaradas cristianos, es suprimir el califato físico. El CMS tiene su base en Busayra, a una hora del frente. Sus combatientes acuden a diario a la ribera del Éufrates para vaciar sus cartuchos sobre el enemigo. «Nuestra misión es proteger a los hermanos cristianos de Irak y Siria, guardando las fronteras para evitar infiltraciones del IS. Aparte, tenemos un grupo desplegado en el frente contra Daesh», explica Abgar Daud, un mando del CMS.

La afinidad religiosa llevó a un nutrido grupo de ex marines estadounidenses, y a otros cristianos extranjeros, a unirse al CMS. Daud, mano derecha del Ángel Vengador, explica que todos se fueron tras la campaña que liberó Raqqa. «Estamos orgullosos de ellos, pues dejaron sus vidas en sus países para luchar junto a nosotros. Esta tierra les pertenece también a ellos, como a nosotros, desde hace miles de años. En primera línea de frente uno debe enorgullecerse de ser cristiano».

Bajo las órdenes de Kino Gabriel, los soldados del CMS liberaron las 35 aldeas cristianas cruzadas por el Jabur hasta llegar a la ciudad de Hasaka, donde reinstauraron la cruz en 2015. Luego, se unieron a la ofensiva para expulsar al IS de Raqqa, su capital, en una batalla que finalizó en octubre de 2017. Finalmente, en otro alarde de cooperación entre distintas etnias y religiones, se han unido a árabes y kurdos --ambos musulmanes suníes- en los metros finales de la carrera contra el Daesh.

«Es muy importante preservar este clima de colaboración», enfatiza el combatiente cristiano asirio Jabur, recordando que una de las tácticas del IS fue injerirse en las brechas étnicas y religiosas, poner a unos contra otros, para extender su imperio del terror a costa de las divisiones fratricidas. Es la única forma, cree Abgar Daud, de conservar su lengua vernácula, el arameo -lo más parecido al idioma que hablaba Jesús de Nazaret- y la marca de la cruz en Siria, donde se estima que viven dos millones de cristianos. «Nuestro objetivo no es sólo combatir al Daesh, sino luchar por los derechos de los cristianos», apostilla Daud. «¿Por qué los cristianos asirios no pueden hablar su lengua? Bajo el régimen sirio, nuestro idioma moría. Luego, llegó Daesh y lo confrontamos. Ahora, Daesh está destruido. La misión siguiente va a ser proteger y garantizar nuestra cultura y nuestros derechos en este país».
https://www.elmundo.es/cronica/2019/02/ ... b4604.html

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NotaPublicado: 13 Feb 2019 11:25 
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Ha pasado de estar al volante de un camión realizando portes por las carreteras de la Región de Murcia, la Comunidad Valenciana y Almería, a recibir formación militar en la abrupta orografía del Kurdistán con el objetivo de plantar cara al Estado Islámico y de ayudar a que salga adelante la conocida como Revolución de Rojava. A mediados de noviembre del pasado año, Joaquín cambió su nombre español por uno kurdo: Baran Guivara. “Baran significa lluvia; me lo puse en honor al gallego Samuel Prada”, explica este vecino de Alcantarilla, de 45 años. Con este gesto ha querido homenajear al primer español no yihadista fallecido durante un bombardeo en la región noroccidental siria de Afrín, y de cuya muerte se cumplió un año el pasado domingo 10 de febrero.

“Actualmente estoy integrado en las YPG (Unidades de Protección del Pueblo)”, confirma a EL ESPAÑOL Baran –antes Joaquín- sobre su papel en las mismas milicias en las que sirvió el difunto Samuel Prada, bajo el alias de Baran Galicia. “Como voluntario estoy en un proceso de educación militar e ideológica, basado en el conocimiento del confederalismo democrático y la historia del Kurdistán”.

Este camionero al que muchos de sus amigos conocían cariñosamente como El Seco, ahora recibe clases de kurdo, realiza ejercicios militares como en sus días de mili en Ceuta y también colabora en labores de construcción y rehabilitación de instalaciones pertenecientes a las YPG y a poblados de la región del Kurdistan sirio, que están distribuidos a lo largo de tres cantones a los que coloquialmente se conoce como Rojava.
Joaquín posando con un retrato del fallecido Samuel Prada


-¿Qué le empujó a recorrer más de 5.000 kilómetros para enrolarse en las YPG como voluntario internacional?


-En España llevaba una buena vida, tenía trabajo, casa, un buen coche, familia y muchos amigos, pero tenía la sensación de un vacío, quería darle un sentido a mi vida que fuese distinto al que rige la sociedad capitalista, conocí el proyecto de Rojava y decidí dejarlo todo para venir aquí.
"Mi cabeza tiene un precio"

Tras intercambiar varios correos electrónicos con las YPG, a las que algunos medios definen como Unidades de Protección del Pueblo y otros como Unidades de Protección Popular, decidió hacer la maleta y partir de tierras murcianas para “colaborar como voluntario en alguno de los distintos proyectos civiles de Rojava”. La conocida como Revolución de Rojava pretende, entre otros objetivos, la implantación de asambleas populares para la toma de decisiones y promulgar cambios de carácter feminista en la sociedad.

“Puede parecer una utopía, pero es el proyecto que se está llevando a cabo”, admite en la entrevista realizada a este diario vía WhatsApp, debido a las dificultades propias del terreno para establecer una comunicación fluida a través del teléfono.

No existen cifras oficiales sobre el número de voluntarios internacionales que, al igual que Joaquín, se han marchado de España, Francia o Alemania para alistarse en las YPG, unas milicias armadas cuya labor es la autodefensa de la población que vive en el norte de Siria y que cuentan con el respaldo de Estados Unidos en su lucha contra el Estado Islámico. Una información de la BBC aseguraba que, según datos de la web especializada en seguridad internacional Globalsecurity.org, existen 65.000 combatientes, pero tampoco ofrecía estadísticas del número de milicianos procedentes de la Unión Europea.


-¿Puede decirme si hay más españoles con usted y en qué zona del Kurdistán se encuentra?

-No quiero comprometer a ningún compañero. Hay cosas que no puedo comentar por seguridad, tales como mi ubicación exacta o cualquier dato que pueda provocarme represalias tanto judiciales en España como de seguridad, ya que el Daesh está muy atento y mi cabeza tiene un precio. También debo tener cuidado por mi familia. Se tiene la idea equivocada de que el Daesh está fuera de combate pero hay cientos, seguramente miles de ellos, sean combatientes o colaboradores, que viven infiltrados tanto en Rojava como en occidente esperando su momento.

-¿Ha matado a algún terrorista?

-Hasta la fecha no he tenido la opción de entrar en combate, mi barrera con el idioma y mi escasa experiencia militar no me dan opciones para ello.
Un viaje sin billete de vuelta

En el perfil de Facebook de este exconductor profesional se entremezclan sus fotos vestido de militar con imágenes de Rojava y del difunto Samuel Prada, al que definen como un mártir de la guerra en Siria. Todo ello acompañado de decenas de comentarios de apoyo de amigos y familiares que ha dejado a miles de kilómetros en Alcantarilla y Murcia. “Cuídate Joaquín, ¡por favor!”, clama Isabel Guijarro mientras Luis Villa reflexiona: “La distancia separa cuerpos, no almas. Hermano Joaquín, siempre aquí para lo que te haga falta. Haz lo que te dicte la conciencia. ¡Grande!”.

En este viaje la peor parte la está sufriendo su familia, que convive desde hace meses con la incertidumbre de no tener noticias de Joaquín, tal y como él mismo lamenta: “Como es lógico no es una situación agradable para ellos, no estaban de acuerdo cuando se lo comenté, pero fue mi decisión y la respetaron. Intento mantener comunicación de forma regular y mantenerlos informados dentro de lo posible”

-¿Este viaje al Kurdistán tiene billete de vuelta a España?

-De momento no pongo fecha, vine por convencimiento y soy feliz aquí. Tiempo al tiempo…
https://www.elespanol.com/reportajes/20 ... 454_0.html

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