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NotaPublicado: 21 Feb 2008 10:57 
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EL DESAFÍO DE LOS PARIENTES CERCANOS: EL ISLAM DE LA MEDIA LUNA
1. Islam/
Es una observación del cardenal Martini, arzobispo de Milán, una diócesis donde los inmigrados de África y Asia son ya cientos de miles: el enfrentamiento que en décadas anteriores mantuvieron los católicos con los marxistas se trasladará hacia los musulmanes. Así, desmintiendo todas las previsiones de quienes pensaban que el problema del tercer milenio sería –para los creyentes que quedan- el desafío del ateísmo y la secularización, aquí vemos que será el desafío de otra religión. Y la menos “secular” de todas ellas.
No se ha recalcado lo suficiente que mientras el marxismo era un judeocristianismo laicizado, el islamismo es un judeocristianismo simplificado. De ambos puede decirse que, sin el mensaje de los profetas de Israel –desde Abraham hasta Jesús inclusive-, no habrían tenido lugar o habrían sido muy diferentes. Así, el desafío para el cristiano es nuevamente un “asunto de familia”, lo cual no es un consuelo, dado que precisamente éstos son los enfrentamientos más insidiosos y encarnizados.
Empezando por estas líneas, quisiéramos apuntar algunas de las reflexiones que hemos recogido a lo largo de muchos años sobre la fe proclamada por Mohamed, “el digno de elogio”, al que nuestra lengua llama da forma aproximada “Mahoma”. Nos parece que la histórica migración, de la que ahora sólo vemos el principio, y que está llevando a una nueva invasión musulmana de Europa, justifica el espacio que pretendemos conceder al tema. Pero, dejando aparte la actualidad cotidiana, interrogarse acerca del islam es desde siempre uno de los deberes principales del cristiano consciente de su fe.
El Corán, en efecto, es ante todo un escándalo; el escándalo de un “Novísimo Testamento”, que declara superado el Nuevo Testamento cristiano. Mientras los creyentes en Jesús estaban seguros de que con él terminaba la revelación divina empezada con Abraham y Moisés, vemos aparecer una religión que no sólo despoja a Jesús de su carácter divino sino que, aun deshaciéndose en respetuosos elogios hacia él, lo relega a la condición de penúltimo profeta, de anunciador de una parte pero no de toda la voluntad divina, sólo completada con las palabras que nos llegan a través del último y definitivo de los reveladores, Mohamed. Con éste, los cristianos quedan relegados al pasado, gente a la que hay que compadecer porque, aunque avanzaron del Antiguo al Nuevo Testamento, se quedaron allí, sin pasar al Corán, que se presenta como la tercera parte de las Escrituras, que empiezan en la Torá judía.
Así es, allí donde en los primeros siglos de expansión llegaban las hordas musulmanas, sólo a los politeístas, a los paganos, se les presentaba el dilema de convertirse y abandonar a los ídolos o ser exterminados. No ocurría lo mismo con los judíos y cristianos, “la gente del Libro”, que eran sometidos a tributo y encerrados en sus anacrónicos guetos a la espera de que se decidieran a aceptar la realidad y reconocer que la historia de la salvación había dado un paso adelante, que Abraham y Jesús no debían ser abandonados sino superados.
Este es, pues, el escándalo –y el misterio- del Corán y de la poderosa fe que logró suscitar. Acostumbrados a mirar a los judíos que han seguido siéndolo como gente con la visión empañada, incapaces de vislumbrar los nuevos tiempos, los cristianos se han visto a su vez considerados como si estuvieran parados en la penúltima etapa, sin saber alcanzar la última.
Por esta razón el islamismo podría aparecer como más creíble que el cristianismo a los occidentales que ahora conviven con aquél. Tiempo atrás era la religión delos despreciados pueblos coloniales, y convertirse habría parecido una extravagancia indigna de un civilizado europeo. Ahora, en cambio, han empezado las conversiones y en algunos países, como Francia, ha devenido casi un fenómeno de masas.
Y esto sucede también porque, bajo nuestra perspectiva “pro-gresista”, lo último que llega nos parece siempre mejor que lo que había antes. Desde la estrella de David a la cruz y a la media luna ¿no existe quizá un progreso continuo? Precisamente por llegar después de Moisés y Jesucristo, ¿no será Mohamed el mejor?
En el fondo, son los mismos cristianos quienes han apuntado esta idea de progreso, de superación del judaísmo, para abrirse a la nueva anunciada por Jesús. En este paso de la Torá a los Evangelios tiene origen la visión, que Occidente ha hecho suya terminando por laicizarla en las ideologías “progresistas” de una historia como un ascenso que lleva siempre a nuevas conquistas.
El Corán puede así hacer mella en la convicción –que hoy día está inscrita en la mentalidad del hombre moderno- de que lo nuevo siempre es mejor que lo viejo. Si el proselitismo musulmán sabe utilizar esta categoría del espíritu occidental, la perspectiva de una Europa si no islamizada sí al menos profundamente influida por este credo llegado del desierto árabe, podría parecer menos increíble. Al menos, se entiende, a escala humana.
Por otra parte, este paso ha tenido lugar en varias ocasiones. Doce o trece siglos atrás, muchos de los antepasados de esos musulmanes norteafricanos que vemos pulular hoy por nuestras calles eran cristianos. En Egipto, en el Magreb, en Siria, en Anatolia, en los Balcanes, en la misma Palestina, pueblos enteros dieron el paso –y para siempre, a menos que lo quieran de otra forma futuros designios divinos- del Nuevo al Novísimo Testamento, de Jesús a Mahoma. El islam también ha conocido islas de resistencia cristianas que han durado hasta nuestros días entre los armenios, los coptos monofisitas de Egipto y Oriente Medio, los mozárabes ibéricos. Y ha tenido que retirarse de algunas regiones donde la vida cristiana volvió a tomar el poder, sin que la islamización arraigase, como en España, Grecia, Sicilia, Malta y buena parte de los Balcanes.
Pero en otros lugares la media luna ha sido más fuerte que la cruz; y no sólo en el campo de batalla (que, dentro de una perspectiva cristiana, significa poco o nada) sino en aquello que significa más, en los corazones. Una vez conquistados para la nueva fe, esos pueblos han permanecido hasta el presente fielmente inamovibles. Ha ocurrido también en las Iglesias fundadas por el mismo san Pablo en la costa de Siria y en la actual Turquía, en Anatolia. Y si la española mezquita de Córdoba hace siglos que se transformó en iglesia católica, durante siglos la iglesia de Santa Sofía de Constantinopla, rebautizada como Estambul, se encontraba entre las mezquitas musulmanas más veneradas antes de ser transformada en museo.
El mismo Anuario Pontificio lleva todavía las marcas del drama: junto a los obispos “residentes”, es decir los que están a la cabeza de una diócesis efectivamente existente, los obispos “titulares”, aparece un listado de présulos, es decir, aquellos a los que se les ha atribuido el “título” de una diócesis que desde hace más de mil años ha quedado reducida a un nombre, ya sin fieles, que se han pasado todos a las palabras del Corán.
Parece ser que sólo en el norte de África –ilustre por ser tierra de santos, de padres de la Iglesia y papas- se contaban casi unos seiscientos obispados y al menos había igual número de regiones si-tuadas a oriente de Egipto. Aparte de algún que otro núcleo de resis-tencia (que, precisamente hoy, por la crisis del Oriente Medio están en vías de desaparición) casi no ha quedado nada de la abundante siembra del Evangelio. Todos los esfuerzos para volver a sembrar sus palabras han resultado estériles. En poco más de veinte años, del 632 al 656, bajo los primeros cuatro califas que sucedieron a Mahoma, los hombres del Corán se propagaron desde la Tripolitania al oeste, hasta el Indo al este y al norte hasta el mar Negro, regiones que eran en gran parte cristianas y donde la fe en Jesús acabaría por extinguirse.
¿Cómo ha podido suceder? ¿Qué enigmático significado puede vislumbrar el creyente? Esto es lo que quisiéramos ver.
2. Islam/2
El profeta de La Meca murió en el año 632. Ya seis años antes, el Califa (es decir, “el sucesor”) Omar despoja a los bizantinos de Jerusalén y en el año 640 los musulmanes entran en Egipto. Un año después conquistan Alejandría, la gran metrópoli convertida en importante patriarcado cristiano. La carrera hacia el oeste continúa y, tras extenderse a lo largo de los miles de kilómetros del litoral mediterráneo, en el año 711 los árabes atraviesan el estrecho de Gibraltar para desembarcar en España- Harán falta siete siglos de luchas para echarlos.
Reservándonos la oportunidad de hablar más delante de las otras conquistas de extensísimos territorios ya cristianizados en Asia, aquí quisiéramos examinar la suerte de ese norte de África que había sido una de las primeras regiones evangelizadas. Según la Tradición, el mismo san Marcos predicó la fe en Egipto; y en las sedes obispales de ese África mediterránea se encontraban pastores de la talla de san Agustín. La actividad teológica en las ciudades, principalmente en Alejandría, era en extremo rica y vivaz. En el desierto abundaban los eremitas y los monasterios en los que se vivía la ascesis con dramática seriedad.
¿Cómo pudo ocurrir que una vida cristiana semejante se apagase (con la parcial excepción de Egipto) y que la fe surgida del Corán haya podido cubrirlo todo?
En realidad, las cosas son mucho más complejas que lo que ciertas interpretaciones todavía pretenden. No es que, como fulgurados por la Palabra que traían lo árabes, los cristianos repudiasen el Evangelio al descubrir que la Verdad residía en el Corán. El cambio religioso vino (al cabo de siglos, y a veces ni siquiera por completo) con las campañas militares y luego con la política social, fiscal y matrimonial.
Para entenderlo, primero hay que recordar que la islamización del África mediterránea posee rasgos distintos en Egipto y en la parte restante de la costa hasta el Atlántico. Las dos partes habían quedado divididas por la línea de demarcación entre el Imperio romano de Occidente y el de Oriente. Egipto hablaba griego y mantenía relaciones con Constantinopla; las regiones occidentales hablaban latín y miraban hacia Roma. Con la caída de esta última, todo el África septentrional recayó bajo el Imperio bizantino, que, sin embargo, sólo poseía el control de alguna ciudad costera.
Los árabes no tuvieron dificultades en invadir estos territorios porque, teniendo Siria en su poder, Bizancio ya no podía enviar refuerzos por vía terrestre. La resistencia también fue escasa porque los mismos cristianos egipcios acogieron a los musulmanes como liberadores. Aquí, como en otros lugares, los árabes encontraron poblaciones dispuestas a abrirles las puertas en nombre de la antigua rebelión de Oriente, y de los pueblos semíticos en particular, contra el Occidente que, desde los tiempos de Grecia y Roma, había ejercido su hegemonía sobre poblaciones orgullosas de su independencia y su cultura.
En Egipto, además, se daban condiciones especiales porque el patriarcado de Alejandría se había alejado de Constantinopla por razones teológicas, detrás de las cuales se escondía una antigua rivalidad. Los egipcios habían escogido el monofisismo (Cristo sólo poseía una naturaleza, la divina) resistiendo al gobierno imperial que, remitiéndose a los decretos conciliar, pretendía afirmar el dogma ortodoxo de la doble naturaleza. La mayoría del pueblo apoyaba al clero monofisita, mientras que Bizancio había impuesto su jerarquía, llamada “melquita”.
Es sabido que, por una lógica inmutable, cuando dos facciones de la misma religión se enfrentan, cada una de ellas prefiere la victoria de otra religión antes que la de la parte contraria. Así ocurrió con los monofisitas de Egipto en lucha con los melquitas griegos. El islamismo todavía estaba en período embrionario, los pueblos sometidos no sabían bien de qué se trataba, probablemente les debía parecer otra secta judeocristiana, ya que en cualquier caso era claro su monoteísmo y la reivindicación de los profetas bíblicos, así como la gran veneración por Jesús y María.
Así, se llegó a unos acuerdos y las puertas de Egipto se abrieron de par en par. Entre las primeras medidas tomadas por los árabes se cuenta la supresión de la Iglesia imperial melquita, de modo que los obispos monofisitas pudieron hacerse con el mando de la cristiandad. Fue una victoria pírrica porque también se aplicó el derecho religioso musulmán que en esa época daba sus primeros pasos: mientras que los musulmanes sólo estaban obligados a pagar la limosna legal, la comunidad cristiana –a cambio de la “protección” y el derecho a continuar residiendo en zona ocupada por los islamistas- debían pagar tasas exorbitantes, cuyo beneficio iba a parar enteramente a los musulmanes. Y no sólo eso: los cristianos no eran ciudadanos sino súbditos; todas las carreras en la administración y en el ejército quedaban reservadas a los árabes creyentes en Alá, que seguidamente se trasladarían en masa a África para nutrir las exiguas tropas de los primeros conquistadores.
No debe olvidarse el derecho matrimonial árabe que siempre ha sido un factor poderoso en la lenta pero implacable islamización (como lo es también hoy día en la Europa de los inmigrados). Así ocurre que una mujer musulmana no puede casarse con un cristiano o un judío, mientras que un musulmán puede casarse con una mujer cristiana o judía, y los hijos comunes son, por ley, musulmanes. Además, para proseguir con la erosión de su comunidad, los cristianos tenían prohibido hacer proselitismo, así como construir nuevas iglesias e incluso restaurar las ya existentes. Estas condiciones empeoraron cuando los turcos sustituyeron a los árabes.
El resultado fue el que todavía persiste: los cristianos se esta-bilizaron en torno al diez por ciento de la población. Así pues, a pesar de todo, el Evangelio no fue completamente desterrado de Egipto durante los más de trece siglos de dominación musulmana. Junto a las conversiones por conveniencia se dieron muchos casos en los que, durante siglos, se prefirió el martirio antes que renegar de Jesús por Mahoma.
Esto no ocurrió en la zona occidental de Egipto, en el África “latina”, donde la islamización fuero completa, si bien no tan rápida como muchos afirman. Por los historiadores árabes sabemos que todavía en el siglo XI había en aquellas zonas obispos y algunas tribus que no habían renunciado al cristianismo.
Las provincias imperiales de África (la actual Tunicia y parte de la Argelia de hoy) y de Numidia (el resto de Argelia) estaban cristianizadas, pero casi solamente en el segmento ciudadano de origen latino. Las poblaciones beréberes casi no habían sido alcanzadas por la evangelización. El cristianismo apenas había llegado a las dos Mauritanias, la muy extensa región a occidente de Numidia que llega hasta el Atlántico, la que constituye el Magreb y que corresponde a la parte más al oeste de la actual Argelia y todo Marruecos. Ésta era el “África olvidada”. La colonización romana se había llevado a cabo teniendo como base la península tunecina, a derecha y a izquierda de Cartago. Sólo cuando ya era tarde y el imperio empezaba a desmoro-narse, se decidieron a crear las dos provincias de Mauritania, que hasta el momento sólo habían sido reinos federados. La precariedad de la situación la muestra el hecho de que ésta rea una de las tres zonas del imperio donde los romanos habían construido un limes, una frontera fortificada, para defenderse de las incursiones llegadas del sur.
Muy pocos años después de la conquista de Egipto, los musul-manes iniciaron el ataque contra estas provincias africanas de Numidia y Mauritania. Encontrarán en ellas una cristiandad debilitada y agitada, a pesar del aparent3e esplendor. De ellas no quedarán nada. El porqué lo sabremos en el próximo capítulo.
3. Islam/3
A partir de la mitad del año 600 (continuamos el tema anterior) los árabes musulmanes salen de las bases egipcias y penetran en el norte del África “latina”, superando lo que había sido la frontera entre el Imperio romano de Oriente y de Occidente.
Como ocurriera en Egipto, las escasas tropas del Imperio bizantino casi no opusieron resistencia, entre otras razones por estar completamente aisladas de sus bases en el remoto Bósforo. En cambio, las comunidades cristianas locales intentan organizar la defensa, puede que más preocupadas por la fama de saqueadores y estupradores de los árabes que por los aspectos religiosos. En efecto, como ya hemos señalado y conviene no olvidar, el islamismo era una novedad absoluta, no muy comprensible, pues el profeta sólo hacía diez años que estaba muerto y muchas partes del Corán todavía no habían sido puestas por escrito, habiéndose confiado a la memoria de los discípulos. Por lo tanto, todavía no se había forjado el conjunto de escritura y tradiciones musulmanas que nosotros, con la conciencia actual, conocemos perfectamente.
De todos modos, las numerosas y poderosas comunidades judías se constituyen en una fuerza secreta de apoyo, en cierta forma por odio hacia los cristianos y especialmente hacia la Constantinopla que les vejaba, pero también por solidaridad semítica, al ser los árabes de la misma rama lingüística y étnica. Los judíos actuaron habitualmente como quintacolumnistas para minar la resistencia cristiana. También eran de origen semita los orgullosos y belicosos beréberes que ni siquiera los romanos habían conseguido domesticar. A pesar de la comunidad “racial” con los árabes, los beréberes se les opusieron, defendiendo su independencia y tradiciones politeístas, habiendo conocido una escasa o nula evangelización. Estos beréberes, que la tradición occidental considerará como los musulmanes más fieles, en realidad lucharon largo tiempo contra la islamización y una vez sometidos organizaron numerosas revueltas. Al final, tras la conversión, dieron una muestra más de su independencia al crear un cisma enemigo fanático del islamismo oficial de los árabes.
En cuanto a los cristianos, sus condiciones en el momento de la ofensiva islámica eran muy difíciles. Poco más de un siglo antes había acabado la terrible dominación de los vándalos, que habían irrumpido en el África romana desde España, devastando la Hipona de Agustín, muerto durante el asedio de la ciudad. Como muchos de los pueblos bárbaros, también los vándalos habían aceptado el Evangelio, si bien –conforme a su derecho- la conversión no era personal sino que era el jefe el que decidía por toda la tribu. Pero, también al igual que muchos de los otros pueblos germánicos, su cristianismo era el arriano (lo contrario del monofisismo dominante en Egipto; en el credo arriano, el Hijo está sometido al Padre y Jesús no es de naturaleza divina). El arrianismo era ferozmente contrario al catolicismo de obediencia romana que se profesaba en esas provincias africanas, lo que explica la devastación causada por los vándalos a lo largo de más de cien años en las comunidades cristianas preexistentes.
Y eso no era todo. A partir del año 300, esas mismas regiones habían conocido otra herejía fanática, la de Donato, el obispo que había rebelado al metropolitano de Cartago manteniendo la tesis de que la Iglesia estaba reservada sólo a los justos, excluyendo por tanto a los pecadores, para quienes no había perdón.
Cuando los árabes aparecieron de repente en el litoral, llegando desde Egipto, la Iglesia todavía no había sanado de todas las heridas inferidas por los vándalos y aún albergaba en su seno la guerrilla del donatismo. Además, los católicos representaban el poco abundante sustrato de la población urbana de origen latino, que solía estar compuesta por los descendientes de los veteranos de guerra instalados por Roma en sus colonias. La población indígena, apenas salpicada por el cristianismo (o ni siquiera tocada por el Evangelio, como casi todo el territorio de lo que luego se llamó Marruecos, con exclusión de algún puerto), se mostró dispuesta a acoger la invitación de esos otros semitas que llegaban desde Arabia y que hacían vislumbrar la posibilidad de un sueño largamente acariciado: devolver al mar a los extranjeros que habían vencido en Cartago. Muchos de los católicos latinos, dada la imposibilidad de detener las hordas musulmanas, se volvieron a embarcar rumbo a Italia. Muchos otros cayeron bajo los muros de las ciudades asediadas, apresados algunas veces por la traición de los judíos, pero también de los púnicos y los beréberes latinizados.
Sucedió entonces lo inevitable. Primero la Cirenaica, luego la Tripolitania, después las provincias de África, Numidia y Mauritania cayeron como castillos de naipes en poder del islam. Dado que, al contrario de lo sucedido en Egipto, aquí no se llegó a acuerdos con las comunidades de cristianos, muchos de ellos fueron masacrados, reduciéndose todavía más su número, ya diezmado por el éxodo y las batallas. Los que permanecieron en el país quedaron reducidos al rango de hombres de segunda categoría y, sobre todo, fueron aplastados con impuestos despiadados. Éstos parecían (y eran) mucho más inicuos que los también duros impuestos del fisco bizantino, porque eran a beneficio total y único de los musulmanes.
Convertirse a la nueva fe significaba ser ciudadanos de pleno derecho, tener abiertas todas las carreras, no pagar más impuestos; más aún, disfrutar de lo usurpado a quienes seguían siendo cristianos (o judíos). En estas condiciones no es de extrañar que la masa de renegados fuese tal como para poner en dificultades a los propios musulmanes, ya que cada cristiano (o judío) de menos era un contri-buyente menos a exprimir. Además, también aquí se trasladaron masas de inmigrantes y se introdujo ese derecho matrimonial ya citado, según el cual los matrimonios mixtos significaban nuevas generaciones musulmanas. La misma resistencia de los beréberes, que había durado tanto tiempo, acabó por ser destruida, aunque los historiadores hablan de tribus cristianas que resistieron heroicamente en el desierto durante varias generaciones.
Pero al final cayó el telón sobre la cristiandad, entre otras causas porque no hay que olvidar que el islamismo no es simplemente una fe, sino un modo de vida que abarca todas las actividades no sólo del culto, sino de la vida cotidiana. Además, ya que el Corán no podía traducirse, todos tenían que aprender la lengua árabe. Esa lengua se impuso tanto a los creyentes en Alá como a todos aquellos –cualquiera que fuese su religión- que vivían en esos territorios. Y la arabización significaba, tarde o temprano, la islamización.
Éstas son, pues, las causas históricas de la total desaparición (los últimos obispos indígenas, como vimos, eran del año ml) del cristianismo en el África latina.
Ésta fue la única “solución final” de los creyentes en el Evangelio. En Egipto quedó un “resto” no despreciable de vida cristiana entre los coptos. Tampoco en Asia fue completa la desaparición: los monofisitas de Siria, los maronitas del Líbano, los nestorianos (luego caldeos) de Mesopotamia y Persia, los armenios del Cáucaso siguieron siendo cristianos hasta nuestros días. Así como permaneció heroicamente fiel al Evangelio (si bien también aquí en la versión monofisita) Etiopía, que supo resistir a los muchos intentos de islamización violenta que llegaban desde el norte, a lo largo del Nilo, o desde el este, a través del mar Rojo. Entre los historiadores se habla mucho del fin del cristianismo en el África occidental mediterránea, pero se suele silenciar del todo la resistencia indomable del mismo cristianismo entre los miserables y despreciados etíopes (su nombre significa ç”cara quemada”) que, cuando aceptaron el Evangelio, ya no quisieron abandonarlo.
Pero, si esto forma un cuadro histórico que cada uno puede re-construir a su gusto, el creyente está llamado a ir más allá de los simples datos para interrogarse sobre su significado, sobre el misterio de la Providencia. Bajo este prisma, ¿por qué Mahoma? ¿Por qué tanto éxito, normalmente a expensas de la cruz, de su media luna? Es un intento de comprender al que el cristiano no puede sustraerse.
4. Islam/4
Volviendo a nuestras “hipótesis sobre Mahoma”, quisiéramos seguir profundizando desde los puros y simples datos de la historia (de los que ya hemos señalado bastantes) a la reflexión de la fe sobre estos mismos datos. “Entre las sombras y los enigmas, mirando como en un espejo”, como diría san Pablo, ¿qué reflexión se puede extraer del escándalo del extraordinario éxito de una fe que proclama a Jesús como un simple profeta ya superado?
En primer lugar, hay que señalar que la súbita irrupción desde la profundidad del desierto de las hordas de caballería tras los estandartes de Mahoma, “el último de los divulgadores”, inicia una constante que se materializará siempre –y enigmáticamente- a lo largo de toda la historia de la Iglesia. Esta constante implica que la clausura de una región se acompañe de la apertura simultánea de otras regiones donde se revela la posibilidad de una nueva y abundante cosecha misionera.
Así, en el mismo siglo VII en que el cristianismo pierde el área meridional del Mediterráneo, la Iglesia realiza una espectacular ex-pansión hacia el norte y el este de Europa. Los territorios conquistados por los musulmanes en Asia Menor y en el norte de África se ven ampliamente compensados por los territorios evangelizados en el oriente europeo por parte de los misioneros salidos de Constantinopla, y en el sur por los enviados de Roma (cuando la cristiandad todavía permanecía unida).
En Europa, la Iglesia sólo cubría la península griega y la Tracia, así como esa franja, apenas un pasillo, que va de Italia a Inglaterra pasando por los países francos.
A causa de los primeros éxitos musulmanes, nunca en la historia se había visto la cristiandad reducida a un territorio tan exiguo. Y sin embargo, mientras el telón caía en el sur, se levantaba en el norte y en el este, de modo que la cristianización del resto de Europa es tan rápida como lo son las conquistas asiáticas y africanas del islam. El juvenil ardor de los caballeros de Alá lanzados a la guerra santa en Asia y África corre en paralelo al igualmente impetuoso esfuerzo de evangelización –coronado por éxitos inmensos, históricamente casi inexplicables- de los misioneros de Jesucristo en Europa. Desde Siria hasta Mauritania caen sometidas al poder musulmán antiguas Iglesias laceradas por las intrigas heréticas; pero, al mismo tiempo, se ve emerger otras Iglesias completamente nuevas, fieles, llenas de vida y cargadas de futuro. Para dar un solo ejemplo: casi en el mismo año del desembarco islámico en España, ese monje inglés que tomará el nombre latinizado de Bonifacio empieza la evangelización de Alemania, creando una sólida Iglesia, que fue ejemplo de fidelidad a Roma durante casi mil años.
Pues, como íbamos diciendo, la dialéctica inaugurada en esas fechas de “cierre de una puerta y apertura de otra”, se convertirá en una constante de la Iglesia. Esto se comprobará, para citar uno de los ejemplos más conocidos, también en el siglo XVI, cuando la Reforma protestante dejará a la Iglesia un área de influencia tan exigua como la que tuvo después de las primeras invasiones mahometanas. Pero también en esta ocasión con una perfecta simultaneidad que refleja que lo que se perdió en Europa quedó ampliamente compensado con la apertura del Nuevo Mundo.
La presencia católica se vio nuevamente reducida al mínimo en los inicios del siglo XIX a causa de las tormentas jacobina, primero, y napoleónica después, que devastaron casi todo lo que se había cons-truido en siglos de esfuerzo. Europa, además, empezaba ese proceso de alejamiento del cristianismo que conduciría a una secularización radical.
Sin embargo, precisamente a partir de ese pobre residuo, la Iglesia –por vez primera en su historia- se convierte en verdaderamente “católica”, es decir, universal, con la expansión por los todavía vírgenes territorios del África negra y del Extremo Oriente asiático. La cota más alta de éxito misionero se consigue en las décadas en las que el papa, prisionero en el Vaticano, medita huir de Roma y la casta de los incrédulos burgueses europeos que tienen el poder en sus manos contempla con sarcástica compasión a una Iglesia que considera una reliquia del pasado, y en fatal proceso de extinción. Y, en cambio, precisamente en esos tiempos se da una expansión inaudita de las fronteras católicas.
Mientras que en el Occidente europeo los “papistas” se ven despreciados cuando no perseguidos, en ese Extremo Occidente que es América del Norte, la Iglesia pasa de tener unos pocos miles de fieles a contar con un cuarto del total de la población. Para dar otros ejemplo, extraído de nuestra época, citaremos que el final, a causa de la revolución comunista, de la prometedora misión en China irá acompañado de la extraordinaria (e imprevista) receptividad hacia el Evangelio de la vecina Corea.
Existe, por lo tanto, en la historia de la Iglesia una dialéctica de “pérdida/conquista”, de “cierre/apertura” que constituye una misteriosa constante que se inicia precisamente con la invasión islámica.
La conquista musulmana de todo el litoral que va de Anatolia al estrecho de Gibraltar rompe, por primera vez, la unidad del Mediterráneo: el Mare Nostrum, la cuenca de la libre circulación de hombres, ideas y mercancías. Europa ya no tiene lazos de comunicación con África y Asia, cerradas por el muro islámico. Bloqueada de tal suerte en el sur y oriente, la misión cristiana se ve obligada a proyectarse hacia el norte y el noreste. Un efecto del islamismo es la creación de una cristiandad compacta en Europa; y esta parte del mundo (como veremos) parece ser el objeto de una atención privilegiada y no casual en lo misteriosos planes de la Providencia. ¿Será quizá este “primeo Europa y luego el resto del mundo”, uno de los motivos “secretos” que explican el imprevisto bloqueo que la media luna impone a la expansión misionera cristiana?
Un motivo de reflexión posterior lo ofrece el hecho de que mientras las Iglesias de África y de Asia cayeron con la facilidad que hemos visto, la Iglesia de Europa se salvó gracias a dos auténticos milagros. David Knowels afirma: “Justo en el momento en que la tenaza se cerraba desde el oeste hasta el este, la flota y el ejército musulmanes fueron derrotados delante de Constantinopla (año 717) y Carlos Martel dispersaba a los sarracenos en Poitiers (año 732). Europa estuvo a salvo. Al oeste, los Pirineos señalaban el límite de los territorios musulmanes. Al este, el Imperio bizantino pudo sobrevivir todavía siete siglos, lo que, por otro lado, permitió la cristianización de la Europa oriental, Rusia incluida. Si Constantinopla hubiese caído entonces, nunca habría podido divulgarse la fe entre el Danubio y los Urales”.
Pero ésta es sólo una prueba del enigma planteado por el islam. Habrá que volver sobre el tema.
5. Islam/5.
Parece cierto que Mahoma no previó (quizá ni siquiera lo deseó) la difusión de su mensaje más allá de Arabia y el pueblo árabe. Probablemente fueron sus sucesores quienes, frente a las conquistas, se convirtieron a la causa del islamismo como religión universal, retocando con dicho fin ese Corán que Mahoma no escribió (al parecer era analfabeto) como tampoco lo hicieron sus discípulos, quienes se limitaron a escribir algunas notas sobre hojas de banano, piedras o incluso huesos de camello.
“Corán” significa “recitación oral”, es decir que nació “de la voz” para ser aprendido de memoria. Sólo algunas décadas después de la muerte del Profeta, los califas hicieron transcribir por escrito el texto recibido. No faltaron, pues, las “adaptaciones”, entre las que parece encontrarse la de considerar que estaba dirigido a todos los pueblos –y no sólo al árabe- el mensaje coránico, manteniéndose inmutable la lengua original.
Lo que el Profeta probablemente se proponía era únicamente arrancar a su pueblo del politeísmo, para conducirlo al monoteísmo de los numerosos judíos y cristianos que vivían en Arabia. Por esta causa, relacionó abusivamente a Abraham con su religión, entrando de este modo en enfrentamiento con los judíos, de quienes esperaba ser reconocido como profeta legítimamente inscrito en la genealogía de Israel.
En estas líneas quisiéramos tratar de las relaciones entre isla-mismo y judaísmo. El problema es de una dolorosa actualidad, dados los hechos sangrientos que cada día tienen lugar en Israel entre ambas comunidades.
Pero es también una cuestión importante desde el punto de vista de los cristianos. A menudo se apunta contra ellos la polémica judía, convencidos de que el Evangelio en sí mismo (con su vivencia de la pasión y muerte de Jesús también por responsabilidad del sanedrín) constituye una fuente perenne de hostilidad antijudía. Como lo expresa con brutal sinceridad un escritor judío: “Mientras siga habiendo quien dé valor histórico a la narración evangélica de la pasión de Jesús, habrá peligro para nosotros”.
El islamismo no está considerado como tan “arriesgado” para los judíos, y se tiende a atribuir sólo a las especiales circunstancias históricas el enfrentamiento entre la estrella de David y la media luna musulmana en la tierra que para unos todavía es Palestina y para otros nuevamente Israel. También fuera del ámbito judío domina el prejuicio de un fecundo encuentro en la historia entre los dos sistemas de fe de raíz semítica. Y no falta quien, por ejemplo, pinte la España islámica como una especie de paraíso para los judíos, bruscamente terminado con la reconquista cristiana que vino a interrumpir el idilio.
También aquí nos encontramos frente a uno de los tantos mitos de la vulgata del hombre occidental. En contraste con este tipo de mentalidad ha aparecido una fuente libre de toda sospecha, la Asociación para la amistad judeocristiana, que ha editado una “Cronología de las persecuciones antijudías en los países árabes”, desde el origen hasta nuestros días. Éstas son las palabras textuales con las que se abre dicha investigación: “La presencia judía en los países árabes se remonta a los años 500 o 600 antes de Jesucristo. Durante mil años, hasta la aparición de Mahoma, los judíos vivieron en condiciones de igualdad con las poblaciones locales. Pero, con la llegada del Profeta las cosas cambiaron de manera trágica. Ya en el año 625-627b Mahoma y los suyos aniquilaron a las tribus judías que rechazaban la nueva fe. Desde ese momento, insoportables cargas, humillaciones, saqueos, destrucciones y homicidios constituyen el hilo conductor de la historia judía en el mundo islámico.”
Es una historia sanguinaria que se inicia, pues, con el Profeta mismo, quien con respecto a los judíos se mancilló con uno de sus peores crímenes. Tras su huida a Medina desde La Meca, se enfrentó con la oposición de las populosas tribus judías locales que no halaban confirmación en las Escrituras de las interpretaciones que ese árabe quería ofrecer o de los episodios que pretendía añadir. De aquí vinieron, primero las expulsiones y luego la masacre de los israelitas. La tribu judía medinense de los Quraiza (que incluso le había ayudado a repeler el asalto de los rivales de La Meca), la última que permaneció en la ciudad, fue exterminada fríamente. Los discípulos de Mahoma emplearon varias hors en degollar a todos los varones adultos (más de seiscientos) mientras que las mujeres y los niños fueron vendidos como esclavos. Como escribe uno de nuestros más importantes arabistas: “Este inútil baño de sangre ha quedado como la más perturbadora mancha en la carrera religiosa del Profeta. No compartimos las desenvueltas explicaciones de quienes se apresuran a sentenciar que “la ética de Mahoma no es la nuestra” (...) A partir de ese episodio derivó la idea, entonces y luego, de que quien derramase sangre por la causa del islam no actuaba en contra del espíritu de Mahoma, mientras que quien la derrama en nombre de la fe cristiana actúa siempre contra el espíritu de Jesús. El principio “la ética de Mahoma no es la nuestra” puede ser suficiente para explicar el comportamiento guerrero del islam, pero no los asesinatos individuales y las masacres de gente inerme con que se manchó el Profeta.”
La historia que siguió estuvo a la altura de la masacre de Medina. ¿Cuántos saben que fue un jefe islámico, El Mutawakil, quien en el año 845 “inventó” la obligación de los judíos de llevar ropa amarilla? No fueron pues los cristianos –ni los nazis- sino los musulmanes quienes iniciaron la política del distintivo humillante, así como árabe es también otro “invento”, el del gueto (mellaha en árabe) impuesto a los judíos de Marruecos en 1434, un siglo antes de su institución en tierra cristiana, en Venecia. Pero ya en el año 900 los musulmanes habían prohibido a los judíos construir casas más altas que las suyas, montar a caballo, beber fino en público y orar en voz alta.
En algún lugar se destacaron por las sádicas extravagancias, como en El Cairo del siglo XI, donde los judíos, además de la indumentaria de color, debían llevar en el cuello trozos de madera de tres kilos. Todo ello iba unido siempre, en todos los países islámicos, a la “tasa de protección” (a la que también estaban obligados los cristianos) a favor únicamente de los creyentes en Alá, quienes de este modo solían campar ociosos gracias al trabajo de los discípulos de Moisés y de Jesús. Este impuesto comportaba la confiscación de la mitad de los bienes de toda procedencia en dinero o especies. De vez en cuando, se pedía una contribución extraordinaria, que solía comportar la ruina económica. Eso cuando no se procedía a la confiscación total o a los progrom que, como en el norte de África o en el año 1006, en la “feliz” España de los califas, llevaron a la muerte a miles de judíos. Otras veces la persecución era cultural, como en 1934 en Irak, cuando el gobierno prohibió bajo pena de muerte el estudio de la lengua hebrea.
La larga e impresionante cadena de violencia ayuda a comprender por qué el mundo árabe, antes y durante la segunda guerra mundial, se puso del lado del nazismo. Muchos testimonios concuerdan en el dato de que en la mesa de Himmler, el jefe de las SS, sólo había dos libros: el Mein Kampf y el Corán. Naturalmente, la violencia musulmana no justifica la cristiana. Pero es significativo que todo lo que se hizo en Occidente contra el pueblo judío sólo fue una copia de lo que los creyentes en Alá habían empezado antes.
Adviértase también que no responde a la verdad la afirmación de que el cristianismo es más “peligros” –teológica y estructuralmente- para los judíos porque se les atribuye a éstos parte de la culpa de la crucifixión de Cristo. Esta “culpa” también se la adjudica Mahoma, con la única diferencia que –por medio del vino- Jesús fue sustraído a los judíos (y a los romanos) y el que acaba en la cruz es un sustituto, un sosias. Aunque Jesús se libre, el Corán no deja de atribuir a los israelitas la intención de matarlo, alimentando de este modo la hostilidad hacia ellos.
6. Islam/6
Tal vez una de las claves para comprender el misterio del islam se oculta en algunos de los versículos del capítulo veinticuatro de Mateo. En primer lugar, en aquella advertencia de Jesús a los discípulos: “Vigilad que no os engañe nadie. Muchos vendrán en mi nombre diciente: “Yo soy el Cristo”, y llevarán a muchos a engaño. Luego oiréis hablar de guerras y de rumores de guerras. Procurad no alarmaros: es necesario que todo esto suceda . . .” (Mt. 24, 4ss.).
Mahoma se presentó a sus compatriotas árabes como “Cristo”, como “Mesías”, al menos en sentido del esperado revelador anunciado por las Escrituras judeocristianas, hasta el punto de falsificar (como veremos) el mismo Evangelio para demostrar que su aparición estaba predicha. Y se presentó “en el nombre de Cristo”, en el sentido que el Corán atribuye esa presunta predicción al mismo Jesús; así “muchos fueron llevados a engaño”.
Y es un hecho curioso que Mateo hable inmediatamente de “guerras y rumores de guerras”. Como ya ha sido observado en nume-rosas ocasiones –y no precisamente con intención difamatoria, sino apoyándose en los textos fundacionales musulmanes y en los efectos históricos de esos textos- islamismo y guerra van indisolublemente unidos. Se trata con toda seguridad del mensaje religioso (antes del comunismo y del nazismo, también “religiones guerreras”) que más ha azuzado la agresividad humana. Incluso la poligamia –cuatro esposas más un número ilimitado de esclavas concubinas para cada musulmán- está prevista primordialmente para permitir al creyente engendrar muchos hijos antes de caer aún joven en las batallas por la fe. Y el paraíso mismo se presenta como lugar delicioso diseñado para el “reposo del guerrero”.
Esos cristianos de hoy día que se complacen con el pensamiento de un obligado diálogo a la par de una colaboración fructífera y pacífica con el islamismo olvidan que éstos dividen el mundo en dos partes: “el territorio de los musulmanes” y “el territorio de guerra”. Este último alude a cualquier lugar donde todavía no se haya aceptado el mensaje de Mahoma; y donde, por lo tanto, es un deber sagrado llevarlo con la invasión armada. Guerra y Corán componen, desde sus inicios hasta hoy, un férreo binomio.
Pocos versículos después, en ese capítulo de Mateo que citá-bamos, Jesús repite, como si remachara un concepto que seguramente debía de sonar escandaloso a oídos de los discípulos: “Saldrán muchos falsos profetas y engañarán a muchos” (Mt. 24, 11). Es una advertencia que se repite con frecuencia en otros apartados del Evangelio, además de en las cartas de Pedro, de Juan y en el Apocalipsis.
Pero ahí están también las misteriosas palabras del propio Je-sucristo: “Es necesario que todo esto suceda”. Como los otros escán-dalos, también los falsos profetas, los Mesías mentirosos son indis-pensables en la enigmática economía evangélica. Quizá lo son para poner a prueba la fe, para permitir que se defina, se depure, se forta-lezca con el enfrentamiento, con las desviaciones, las “imitaciones”.
Pero, prosiguiendo con el tema que Mateo refiere en ese capítulo veinticuatro, nos encontramos con otra frase de Jesús: “Mientras tanto, este Evangelio del reino será anunciado en todo el mundo para que se dé testimonio a todas las gentes . . .” (Mt. 24, 14). Una frase que va flanqueada por esa otra de Lucas: “Pero el Hijo del hombre, ¿hallará la fe sobre la tierra cuando retorne?” (Lc. 18, 8).
Lo que se predice, entonces, es que el Evangelio “se anunciará en todo el mundo”, que “se dará testimonio a todas las gentes”, pero no está en modo alguno asegurado que a esta siembra seguirá una cosecha justa, ni que de ese anuncio se derivará una fidelidad indefinida entre aquellos que la acepten. Es más, la apostasía será una realidad de tal calibre (Pablo: “En efecto, antes llegará la apostasía . . .”, 2 Tes. 2, 3) que no es ni siquiera seguro que la fe sobreviva hasta el retorno de Cristo.
También habrá, pues, pueblos cristianos que abandonará el Evangelio a favor del agnosticismo o las sectas (y estos parece ocurrir en el Occidente actual) o que se pasarán a otra fe. ¿No es éste el caso de las vastas zonas de Asia y África que (ya vimos cómo y cuándo) han acabado por abandonar el Evangelio por el Corán? Desde este punto de vista, el escándalo –el que provocaron las conquistas musulmanas, pero también el de cualquier retroceso cuando no derrota a escala humana del cristianismo- se atenúa; es más, puede diluirse en la aceptación de una misteriosa necesidad. Aquí, como en otros lugares, el cristiano está llamado a llevar la cruz de la desgracia, del fracaso, del trabajo aparentemente inútil, no al triunfo del éxito conquistado de una vez por todas. Es un “siervo inútil” que debe anunciar la fe, dar testimonio, consciente de que esas semillas podrían ser estériles o podrían dar flores y plantas destinadas a ser arrancadas luego.
Para el cristiano el apostolado es un deber absoluto, indepen-dientemente de los resultados que, a ojos humanos, podrían también conducir al máximo desaliento: “Es necesario que esto suceda”. ¿No sucedió lo mismo con el “apóstol de las gentes”, Pablo de Tarso? Re-leamos lo que nos dice con sus propias palabras acerca de lo que le costó la predicación del Evangelio: “Cinco veces recibí de los judíos los treinta y nueve golpes; tres veces fui apaleado con las vergas; una vez fui lapidado; tres veces naufragué; he pasado un día y una noche en poder de las olas. Incontables viajes; peligro de ríos, de bandidos; peligro de mis compatriotas, de los paganos, en las ciudades, en el desierto, en el mar, por parte de falsos hermanos; cansancio y aflicción, vigilias sin cuento, hambre y sed, frecuentes ayunos, frío y desnudez. Y, además de esto, mi prurito cotidiano, la preocupación por todas las Iglesias . . .“ (2 Cor. 11, 24-28). Y todo esto para fundar comunidades que luego fueron casi totalmente arruinadas y sofocadas por una fe que, en nombre de Mahoma, proclamaba a Jesús superado.
Esas epístolas a los Gálatas, a los Efesios, a los Colosenses, esas acciones de gracias y elogios por su generosa y entusiasta aceptación del Evangelio de Cristo . . . (aunque no deben olvidarse sus misteriosas palabras al final de su vida: “Todos aquellos de Asia . . . se han separado de mí”, 2 Tim. 1, 15). Desde hace siglos, en aquellas tierras, varias veces al día el almuecín recuerda a los muslim, los “sometidos”, que no hay otro Dios que Alá y que Mahoma es su profeta. El campesino turco que se arrodilla ante esa llamada, quizá ni siquiera sospecha que en esas mismas tierras alguien aceptó una vez una fe –que le horroriza porque la considera blasfema- en la que un Dios se hace hombre y muere por la salvación de los hombres.
¿Una derrota? Desde luego, así lo sería para el “mundo”; y también lo sería para el islamismo, una religión que no tiene lugar para la cruz y que desea el éxito en la tierra para demostrar la fuerza y la potencia de su Dios. La cristiandad ha acabado por aceptar que incluso los lugares de la pasión y resurrección de Jesús quedaran en manos de otros (Deus non vult, Dios no quiere, fue la conclusión de místicos y teólogos ante el fracaso de las cruzadas). La Umma, la comunidad islámica, no se resignó –ni puede hacerlo- a verse obligada a retirar sus fronteras. El lema de batalla del actual movimiento de los “Hermanos musulmanes” es doble: “Palestina y Andalucía.” Expulsar a los judíos de Jerusalén, pero también a los cristianos de Córdoba, Granada, Málaga y Cádiz, de esos lugares donde durante siete siglos la mezquita sustituyó a la cruz.
El Dios de Mahoma se manifiesta en el guerrero victorioso; el Dios de Jesús en el siervo derrotado e inútil. El Corán exige la victoria; al Evangelio le basta con el testimonio. No hay que olvidarlo, hay que meditar sobre estos enigmas para evitar que se conviertan en escándalos.
7. Islam/7
“El secreto para aburrir es contarlo todo”, advierte Voltaire. El escrito francés se equivocaba en muchas cosas, pero al menos no en esto. Renunciaré, por tanto, a utilizar “todo” lo que contienen mis libretas de apuntes sobre el islam, limitándome a algunas consideraciones finales. Que, por otro lado, no lo serán, ya que habrá que volver de nuevo sobre el tema.
Hoy que no tenemos que ir a buscar a los “sarracenos” allende los mares, como en los tiempos de las cruzadas, ahora que los tenemos –y los tendremos siempre- en casa, hemos de ser conscientes (y evitar ilusiones y parciales desilusiones) de una amarga realidad que se ha visto confirmada por mil trescientos años de historia: con el islamismo es imposible un verdadero “diálogo”.
En estas últimas décadas, muchos católicos han hablado de “diálogo”, siempre y en todos los casos, como si fuese un mágico passe-partout capaz de abrir cualquier puerta. Pase lo que pase con las otras puertas, la musulmana es impenetrable a este tipo de llave, como demuestra toda la historia que dejamos a nuestras espaldas.
La Umma, la comunidad musulmana, es un bloque cerrado, sobre todo porque niega toda distinción entre lo temporal y lo espiritual: el Corán y los hadit, las sentencias atribuidas por la tradición a Mahoma, son la base religiosa, social y política. Son incluso la fuente del derecho de sucesión, del “protocolo”, del derecho electoral, de las prescripciones alimenticias y de las normas de guerra.
Los poquísimos conversos del islam al cristianismo o eran gente aislada, marginados sociales, o lo fueron posteriormente, repudiados con violencia por su pueblo. Fueron expulsados de la mezquita y de la vida misma, al estar ésta reglamentada por las prescripciones coránicas. En algunos lugares (por ejemplo, en esa Arabia Saudí que los americanos nos han pedido que defendamos con la guerra) todavía hoy está prevista la pena de muerte para quien abandone el islamismo. Pero la muerte civil es en todos lados la condena para quien deja eso que no es solamente un conjunto de creencias, dogmas y ritos, sino también un modo de vida, una visión totalitaria del mundo.
Este aspecto es bastante conocido. Pero quizá es menos conocida otra de las razones de la imposibilidad de diálogo con un musulmán. Dialogar significa enfrentarse, examinar junto al interlocutor las razones de cada uno.
En el caso cristiano-islámico sería necesario, en primer lugar, enfrentar el Evangelio y el Corán. Pero es esto lo que el musulmán se niega y se negará siempre a hacer, so pena de desmentirse, es más, de destruirse a sí mismo. El mahometano afirma venerar las Escrituras de los judíos y los cristianos, pero se niega a leerlas porque le basta el Corán. Y no solamente porque es la culminación de la Revelación, el texto que contiene a todos los demás. No, es porque Mahoma lo ha puesto en guardia: allí donde la Torá y el Evangelio no coinciden con la Escritura islámica, es porque los judíos y cristianos han falsificado sus respectivos libros.
Los han falsificado sobre todo donde anuncian su llegada, el camellero de La Meca, el enviado escogido por Dios como “culmen de los profetas”. Ya hemos mencionado la desilusión de Mahoma, que esperaba ser acogido con los brazos abiertos por las comunidades judías y cristianas, que habrían tenido que reconocerlo como el que completaba la ley de Moisés y de Jesús. Cuando en lugar del triunfo se encontró frente al rechazo, porque ni los judíos ni los cristianos encontraban referencias de él en las Escrituras, se lanzó a una polémica virulenta (que sus discípulos todavía continúan ahora), componiendo muchas suras con maldiciones hacia quienes “adulteraban los libros de Dios”. Ya en la segunda sura aparece una llamada de Alá a los judíos: “Oh, hijos de Israel (. . .) creed en aquel que he hecho descender junto a vosotros para confirmar cuanto aparece en las Escrituras (. . .). También vosotros leéis el Libro, ¿es que no comprendéis?” Y como no fue escuchado, lo vemos cambiar de talante, hasta airarse: “¡Pobres de quienes transcriban el Libro y lo alteren!”
Muchas veces nos han preguntado si Mahoma fue “sincero”. O dicho de forma brutal, ¿se inventó él este Corán que afirma le dictó palabra por palabra, repitiendo el texto original, el arcángel que desde siempre está situado junto a Alá? En nuestros días existe acuerdo sobre el hecho de que, al menos al principio –cuando no podía prever adónde le llevaría su aventura y tuvo que soportar duras pruebas-, fue realmente protagonista de los fenómenos místicos de los que nada sabemos, pero que, subjetivamente, tuvo que vivir con sinceridad y con auténtico y doloroso fervor religioso.
Las cosas tal vez cambien con posterioridad, cuando alteró la revolución divina para resolver sus problemas personales, acaso no demasiado nobles (como la excepción concedida directamente por Alá, y sólo a él, de tener doce esposas –aunque parece ser que tomó al menos quince- además de un número ilimitado de concubinas). Sobre todo, se vio obligado a modificar la voz del mismo Dios para construir en su mensaje una especie de árbol genealógico que le concediese legitimidad, insiriéndolo en el monoteísmo judeocristiano. Ahí lo tenemos asegurado que la Kaaba, el santuario pagano de La Meca, había sido construido por Abraham mismo, ayudado por Agar, la mujer esclava, y por su hijo Ismael. Ahí lo tenemos construyendo lo que Francesco Gabrieli llama “una fantástica e increíble protohistoria árabe” dela que hay ecos en todo el Corán, para intentar colarse él, el profeta aislado, en la historia precedente.
Si a los judíos les aseguró (si bien sin el menor éxito) que era del linaje de Abraham, a los cristianos intentó hacerles creer que Jesús mismo predijo su llegada. Leamos lo que dice la sura 61, versículo 6: “Recuerda cómo Jesús, hijo de María, dijo: “Oh, hijos de Israel, yo soy el apóstol de Dios enviado para confirmaros el Pentateuco que se os dio antes de mi llegada y para anunciar que vendrá tras de mi un apóstol cuyo nombre será Ahmad”.”
En efecto, el Profeta tenía dos nombres, Muhammad y Ahmad. Ambos derivan del verbo “alabar”. Ahmad es un superlativo que significa “alabadísimo”. Pero ¿dónde anuncia Jesús la llegada de un tal Ahmad? En el Evangelio de Juan, responde el islam, antes de que los cristianos lo manipulasen para no reconocer al apóstol árabe.
En efecto, en Juan se lee el discurso de despedida de Jesús a los suyos: “Rogaré al Padre y él os dará otro Consolador para que permanezca con vosotros para siempre, el Espíritu de verdad que el mundo no puede recibir porque no lo ve y no lo conoce” (Jn. 14, 16 ss). Ese Consolador (que, como explican mucho mejor otros fragmentos, es el Espíritu Santo) en griego se llama Paràkleton, del que deriva nuestro “Paráclito”. Pero, también en griego, existe una palabra de sonido semejante, periklytòs, que quiere decir “nobilísimo” o también “alabadísimo”, en árabe Ahmad, el nombre de Mahoma. . . .
¡Aquí tenemos, pues, la falsificación operada por esos pérfidos cristianos! Jesús anunciaba, llamándolo por su nombre, al profeta árabe y sus indignos discípulos adulteraron los textos para que no se supiese, ¡poniendo “consolador” en lugar de “alabadísimo” . . .!
La verdad objetiva es que no son los cristianos sino acaso Mahoma quien “maquiló” el Evangelio. El Profeta había entrado en contacto con el cristianismo herético, apócrifo, que circulaba entonces en la península arábiga. Analfabeto, engañado por lo que oía decir por esos presuntos “cristianos” con los que trataba, Mahoma nos dejó en el Corán una imagen falsa de la fe en Jesús, una caricatura. Está convencido, por ejemplo, que la Trinidad la Componen el Padre, el Hijo y María. Cree que la eucaristía se instituyó haciendo bajar del cielo una mesa preparada. Confunde a María, la madre de Jesús, con Miriam, hermana de Moisés. Afirma que en el lugar de Jesús se crucificó a un sosias.
El Corán es insostenible en lo que dice respecto al cristianismo. Pero, por otro lado, para los muslim, ese libro es infalible, perfecto, está dictado palabra por palabra desde el cielo. Así, quien se equivoca no es este texto divino, se equivocan las Escrituras judeocristianas porque han sido manipuladas. Es inútil, pues, leerlas. Es inútil, pues, el diálogo con falsarios como los judíos y los cristianos.
8. Mezquita en Milán.
Uno de estos días, en el barrio milanés de Lambrate, se instalará la media luna musulmana sobre el minarete de la mezquita. El director del centro islámico, un jordano, se regocija: “Es un hecho histórico: tras mil cuatrocientos años de islam, por primera vez el signo de Alá, el verdadero Dios, y de Mahoma, el verdadero profeta, se alza hacia el cielo de la Italia del norte, de Italia entera”. También se muestran complacidos muchos católicos, incluidos muchos sacerdotes. Por otro lado, desde hace tiempo, tanto en Francia como en otros lugares, entre los pocos practicantes católicos sobrevivientes, las colectas de la misa se recogen con el fin de ayudar a los musulmanes inmigrados a construir sus mezquitas.
Me aventuraré a hacer algunas modestas observaciones, se sobreentiende que bajo mi propio riesgo y sin ninguna pretensión de estar en posesión de la verdad. Además del sacrificio psicológico personal sé perfectamente cuán gratificante resulta lo moderno y bondadoso que hace sentir un ecumenismo que, ignorando la historia y el presente, se vuelve irenista, echándose los fardos a la espalda, con una mansa bonhomía que no quiere ser molestada con el eco de “viejas disputas”.
Sin embargo, me parece que, mientras se alza la primera media luna de la historia ambrosiana junto a la Virgencita del Duomo, la verdad y la justicia imponen que a la desconcertante complacencia “cristiana” se una la conciencia de la tragedia de muchos hermanos bautizados en tantos países de mayoría musulmana. Éstos sufren discriminaciones feroces, prohibiciones para practicar, incluso en privado, su fe (con frecuencia con el riesgo de la pena capital); represión de la libertad de expresión (prohibición rigurosa incluso de solamente referirse al Evangelio); prisión y muerte civil para los eventuales conversos a la fe de Cristo; masacres populares nada excepcionales, toleradas cuando no instigadas por algunas autoridades. Desde el Líbano a la Arabia Saudí, desde Sudán a Libia, desde Asia a África, ésta es la realidad actual de muchos de nuestros hermanos en tierras islámicas.
Una realidad por la cual (no pudiendo ser instrumentalizada políticamente) nadie organiza marchas, cortejos o huelgas de hambre. Es un bueno dato que los cristianos luchen contra el apartheid en Suráfrica, pero no deberíamos olvidar el aún más feroz apartheid que estrangula a los creyentes en Cristo allí donde el islam impide (como en la Arabia del “liberal” rey Fahd) la apertura de una simple capilla. Es estupendo que los cristianos ayuden a mantener viva la memoria del genocidio judío, pero ¿quién recuerda el tercer genocidio de la historia moderna (el primero fue el exterminio de los indios de Norteamérica por obra de los protestantes anglosajones que, creyéndose el nuevo “pueblo elegido”, consideraban a los indígenas despreciables “hijos de Cam”, insectos a los que aplastar; el segundo fue la masacre sistemática del pueblo católico de la Vendée por obra de los jacobinos de la Revolución francesa), aquel espanto ocurrido en las primeras décadas de nuestro siglo por parte de los turcos musulmanes contra los cristianos armenios? Una “solución final” con millones de muertos que, unos cuarenta años después, inspiró a Hitler su propio genocidio.
Molestos ante tales recuerdos, en la actualidad muchos se re-mitirían con gusto a la filosofía de una cancioncilla napolitana: “Quien tuvo tuvo, quien ha dado ha dado, olvidemos el pasado.” Podría dar resultado, pese a que otro napolitano, Croce, gustaba de refunfuñar: “El que desea olvidar la historia está condenado a repetirla.” Pero, por desgracia, en este caso no se trata solamente de olvidar el pasado sino de remover el presente, de abandonar a unos hermanos al olvido, a un destino de humillación y, en muchas ocasiones, de muerte.
Hablemos claro: ser cristianos significa rechazar la semítica (y también musulmana) ley del talión, rechazar la lógica del “ojo por ojo”. ¡Sólo faltaría que abandonásemos el diálogo, la tolerancia, el reconocimiento de valores del Corán, la acogida fraterna, por una es-pecie de represalia! Además de la oposición con la severa advertencia evangélica de “dar bien por mal”, semejantes “venganzas” serían impracticables. Y ello precisamente por la liberadora distinción marcada por Cristo (primero y único, también aquí, en toda la historia religiosa de la humanidad) entre lo que es de Dios y lo que es del César. Es una distinción ignorada en el Corán, el cual sólo puede dar lugar a estados teocráticos; pero también ignorada por el judaísmo ortodoxo (David Flusser me lo confirmó con palabras bien claras en Jerusalén); y también olvidada por los protestantes y en cierta ortodoxia oriental que, con sus “Iglesias de Estado” e “Iglesias nacionales”, confundieron las cosas de Dios con las del César.
Es esta distinción la que, volviendo a los actuales estados laicos, aleja cualquier veleidad si un afán absurdo moviera a los católicos a pagar con la misma moneda. Pero, dado que la lógica evangélica es la del et-et (illa facere et allia non omittere), el diálogo y el amor fraternos pueden y deben convivir con la conciencia de que no nos está permitido trastocarlo todo, poniéndonos en el lugar de quien tan duramente paga la fe en el Evangelio. Tampoco no es lícito olvidar a nadie, mientras tantos cristianos consideran hoy día impresentables una palabras que, sin embargo, son fundamentales para el cristianismo: “apostolado”, “misión”, “conversión”. A pesar de este clima, ¿nos está permitido olvidar que, desde los primeros discípulos de Francisco de Asís a Charles de Foucauld, pasando por millares de mártires, una innumerable multitud de cristianos ha dado su vida precisamente tratando de convertir a alguien del Corán al Evangelio? ¿Y qué les decimos, nosotros que hoy hacemos colectas para que se erijan mezquitas, qué les decimos a los misioneros que todavía padecen y peligran en tierras islámicas? ¿Qué hacen todavía allí, si la mera propuesta de anunciar el Evangelio a los musulmanes que actualmente se cuentan en nuestras ciudades por centenares de millar, suscitaría sorpresa cuando no desdén por “el intolerable proselitismo”? ¿Todavía debemos “recorrer mar y tierra para hacer un solo prosélito” (Mt. 23, 15), dado que consideramos absurdo hablarles de Cristo cuando se encuentran entre nosotros?
Ya sé que son preguntas desagradables, propias de un aguafiestas. ¿Pero podemos rechazar el planteárnoslas?
9. Musulmanes.
Hay una gran fiesta entre las decenas de miles de musulmanes de Milán por el fin del Ramadán. Entre la multitud de africanos y asiáticos que llenan el palacio de deportes se encuentran algunos centenares de italianos convertidos a Mahoma. Sólo son la vanguardia de los muchos que los seguirán, como ya ha ocurrido en Francia, donde el colapso de la Iglesia católica ha permitido el trasvase de una creciente masa de europeos, tanto a las sectas y a los nuevos cultos como al Corán.
Tuve una experiencia personal, tanto de la cantidad como de la “calidad”, de este imponente fenómeno del que se habla poco. Cierto año, durante la Feria del Libro de Frankfurt (que es el mercado mundial para la venta y adquisición de los derechos de autor), un gran editor parisino, representante de una casa de antigua tradición “católica”, adquirió la exclusiva de la traducción francesa de un libro mío recién publicado.
Al cabo de cierto tiempo, el editor comunicó su renuncia a los derechos de traducción, que de este modo pasaron a otra editorial.
En efecto, el director editorial, un exponente de la intelligentsia católica francesa, se había convertido recientemente al islamismo y, con fervor de neófito, consideraba insuficientes y poco satisfactorias las menciones, sin bien respetuosas, que reservaba en mis páginas a los musulmanes. Ahí había un libro, el mío, para poner en el índice coránico . . . .
Así pues, como ocurriera en los tiempos de las invasiones sa-rracenas y turcas, Europa es la nueva frontera del islam. Éste, que no ha renunciado al espíritu misionero de su fe, halla aquí párrocos que abren sus iglesias de par en par para que, al menos los viernes, puedan ser utilizadas como mezquitas. Lo que está sucediendo, como advierten los observadores más realistas, no es una inmigración (fenómeno, pues, limitado y controlable) sino una verdadero y total migración, es decir, el traslado de pueblos enteros que llevan consigo sus propias tradiciones, empezando por las religiosas, de las que no quieren abdicar en modo alguno.
Los magrebíes de Marsella o París, los paquistaníes de Londres, los turcos de Berlín, no saben qué hacer con las típicas “buenas almas” de los progresistas locales que exhortan a una “integración pacífica”, a la creación de una “sociedad fraternal multiétnica y multicultural”. Por el contrario, se encierran en los barrios que van ocupando poco a poco y donde recrean una sociedad islámica cerrada y desconfiada hacia el exterior.
Hay un cierto provincialismo optimista a la italiana (que también cuenta con católicos), que avista para nuestro futuro una cultura de lazos amigables y de recíproco enriquecimiento, también religioso, a partir del intercambio, que debería sacar la nariz fuera de nuestras fronteras y meterla en aquellos países europeos donde la emigración no es un hecho reciente como en nuestro caso, sino un fenómeno que cuenta décadas. En éstos no ha provocado esa sociedad solidaria y multiétnica prevista por los utópicos, sino dos sociedades paralelas y a menudo hostiles entre sí, y esta tendencia parece que tiende a consolidarse. Una, la musulmana, gira en torno a valores religiosos bastante caducos donde el Corán es más que nunca la norma de vida en la esfera personal y, tanto como sea posible, en la social. Mientras que la otra, la que fuera cristiana, a menudo sólo conserva del Evangelio y su significado pasado y presente un confuso recuerdo, y halla su identificación en los nuevos ídolos del consumismo o, en el mejor de los casos, en un humanismo que lo acepta todo y deja espacio, mientras dure, a todo lo que surge.
Es, pues, comprensible y casi inevitable que quien todavía se siente atormentado por la sed de Dios, por la búsqueda religiosa, suela acabar llamando a la puerta de la ciudadela islámica importada a Occide

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