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NotaPublicado: 18 Jun 2017 08:01 
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La pequeña localidad de Pisky es la más cercana al aeropuerto de Donetsk bajo control del ejército ucraniano. Pocos kilómetros antes de la entrada, bajo uno de los puentes reventados de la autopista, se encuentra el check point de acceso a este pueblo, frente de guerra desde verano de 2014. Los esqueletos calcinados de carros de combate vienen alertándonos desde hace kilómetros de la cercanía de los combates. Los rostros sucios y tensos de los soldados del puesto de control, apenas unos críos en uniforme, nos indican la intensidad con la que aquí se vive casi a diario, pese a los acuerdos de alto el fuego de Minsk (Bielorrusia) en 2015.

Nuestro guía es un cura del ejercito ucraniano que hoy, sábado previo al Domingo de Pascua, se dispone a realizar la ceremonia para los soldados que combaten en este sector. Es un hombre afable, pequeñito y de mirada directa y tierna cuando te habla. Su aspecto es un tanto ridículo dentro del uniforme militar: como si le quedara grande, como si no fuera con él ni para él. Tiene aspecto de un Cantinflas eslavo, siempre fuera de lugar, hasta que se le ve manejarse con la soldadesca, hasta que ves esos hombres curtidos por los combates bajarse de los blindados y pedir la bendición.

A pocos metros, en el puesto de mando, el ayudante de capellán y algunos soldados de oficina preparan una gran mesa en la que se disponen embutidos, quesos, dulces y huevos de Pascua. También un manto de hilo de blanco sobre el que reposa el libro sagrado ortodoxo y una palangana con agua bendita. Mi impresión es que los soldados piensan más en el pan y el tocino que en Dios. Pero cree el ladrón... y hoy no he desayunado.
"Mira a tu alrededor, Manu", dice el joven soldado. "Aquí vivían unas 3.000 personas... Hoy quedan siete"

Tras la ceremonia los soldados se reincorporan a las posiciones. Guiados por un veterano capitán de una unidad aerotransportada accedemos con su grupo al interior de Pisky. Las pequeñas casas unifamiliares se mezclan con los bloques colmena color gris soviético. No hay edificio sin metralla, no hay apartamento con ventanas y las casas son una montaña de escombros aplastados por la artillería rebelde (léase rusa, aunque no pueda escribirse).

Nos internamos en una estrecha trinchera para evitar el campo abierto y llegar a primera línea. Cabezas abajo, fila india y a correr para evitar el fuego de los francotiradores. Es una carrera de unos 500 metros en la que no puedo evitar pensar lo simpático de la imagen en el visor del enemigo: unos cuantos cascos moviéndose a toda leche como si se tratara de un puesto de feria. «Ojalá no sea yo el pato del premio, ojalá el fusil esté trucado como una escopeta de feria», pienso.

La salida de la trinchera está a la espalda de un viejo almacén. Es la línea más cercana al enemigo y está defendida por una decena de miembros de las fuerzas armadas que ahora, salvo aquellos destinados a los dos puestos de observación, descansan en el exterior pillando los primeros rayos de sol de la primavera. Beben té, charlan y fuman cigarrillos encadenados mientras desde el noroeste, dos posiciones más allá, llega el tableteo intermitente de una ametralladora DSHK, aderezado con la caída de algún proyectil de mortero. Es el juego de cada día, el dedo en el culo ajeno para recordarse mutuamente que, pese a que los pájaros canten esta mañana, aún están en guerra. No son disparos a matar: son disparos contra la moral de la tropa.

Dima tiene 24 años y es de Lviv, en el oeste de Ucrania. Ha venido hasta esta posición para charlar un rato con un amigo de su barrio con el que se alistó. Se sorprende al ver a la pareja de periodistas que allí estamos y comienza a hablarnos en un estupendo inglés. Casi de inmediato, como en un acto reflejo, nos habla de su tierra natal, de su novia, de su equipo de fútbol y, cómo no, de cuánto echa de menos tomarse unas cervezas con los amigos: «Vinimos en diciembre para un relevo de tres meses, estamos a finales de abril y aquí nadie viene a darnos noticias, sólo llega el camión de las municiones».
Corremos cabeza abajo, en fila india, para evitar a los francotiradores. Ojalá el fusil esté trucado como una escopeta de feria

Su discurso es el de un joven deprimido tras un invierno de sangre y hielo. «Mira a tu alrededor, Manu, aquí vivían unas 3.000 personas... Hoy quedan siete... Cada vez que miro a mi alrededor...». Suspira y me sonríe. Intento leer esa expresión pero no puedo. Me pide que le siga al interior del edificio. Desde la altura de la segunda planta, por los pequeños agujeros hechos para disparar, se ve el panorama.

Al ver la iglesia reventada presidiendo las ruinas no puedo evitar recordar el viejo Belchite y pensar que el ser humano está, ante todo y sobre todo, condenado a repetirse en sus masacres

MARIHUANA, YIHAD Y CABEZAS RAPADAS

Como buenos herederos del Ejército Rojo, casi todo en las fuerzas armadas de Ucrania está burocratizadoad infinitum. Tras bajar todos los peldaños en la cadena de mando y volverlos a subir, por fin nos citamos con la comisaria de prensa del sector de Marynka. Nos acercamos al Lada Niva donde creemos que nos espera ella, Elena, que baja la ventanilla tintada al ver nuestro coche frenarse en paralelo. Saluda y nuestra respuesta es un hello que parece un aullido al ver esa belleza simétrica y rubia de carnosos labios y pómulos rosados.

«Una Barbie vestida de camuflaje», comentamos. «Si es ella quien me detiene, me paso a los rebeldes»... Y así seguimos, subiendo el listón en una orgía de testosterona y puñetazos en el pecho, al coche de Elena hasta el cuartel general donde debemos presentarnos al mando y explicarle el fin último de nuestra visita. Al bajarnos del coche, eso sí, todos nos comportamos como caballeros con sombrero de copa.
Suena el tableteo de la ametralladora. Recuerda que, aunque los pájaros canten esta mañana, aún estamos en guerra

Por fin, tras largos minutos comiéndoles la oreja al mando y a nuestra querida Elena, conseguimos nuestro propósito: empotrarnos durante unos días con una unidad en los alrededores de Marynka. Saltamos en una descascarillada furgoneta cuyo frontal está decorado con una inscripción en árabe un tanto familiar: «Hay un único dios». En los laterales se puede leer en inglés «Furgoneta de la Yihad» y «Gaza Libre». El conductor, ataviado con el clásico gorro de punto sunita, es un ex guerrillero checheno que se ha unido al ejercito ucraniano. Chechenos, georgianos, uzbekos... Son muchos los soldados que llegan de aquellas repúblicas donde la Federación Rusa aún se impone por la fuerza.

La base de esta unidad está situada en el Hospital de Marynka. Un edificio destrozado por los obuses rebeldes del que solo se puede aprovechar la segunda planta, donde se alojan los soldados, pues las dos superiores pierden músculo a cada bombardeo. El capitán, Pirata se hace llamar, es un joven de 26 años originario de la provincia de Donetsk. Pelirrojo, fibroso y de mirada viva, me hace pensar en la juventud desconocida del capitán Ahab. «Acomodaos por aquí y pasad luego por mi habitación», dice en un inglés bastante potable.

En la habitación, un par de colchones sobre el suelo, una mesa baja y unas mantas. No tardarán en traernos un aerocalentador, un calentador eléctrico de agua y todo lo necesario para hacer diez millones de tés. También me han traído cigarrillos, pues me he quedado sin ellos y llevo dos horas pidiendo a todo soldado con el que me cruzo.

La habitación de Pirata esta aliñada con escudos del Shakhtar Donetsk, su equipo de fútbol, y diferentes complementos como un garfio de plástico, un sombrero, un parche... Parece que se toma su apodo muy en serio y la guerra con cierto humor negro. Mientras nos explica la situación en el frente y la operación que acontecerá por la noche, deja caer una bolsa de marihuana encima de la mesa: «¿Fumas?». Mi sonrisa me delata y él se incorpora para sacar del armario una pipa de agua casera hecha con una botella de plástico y un casquillo de bala taladrado donde carga la munición. «Minamot» (mortero en ucraniano), dice mientras expulsa el humo y señala el cachivache en cuestión marcándome el turno para el fumeteo.

Donde fueres haz lo que vieres.Y así, todos fumados, subimos de nuevo a la Yihad van camino de la posición más adelantada en el sector: una ratonera a la que hay que llegar con el checheno pisando a fondo, agachando las cabezas, descojonándonos entre bote y bote, y gritando «Allah u akbar», aunque aquí no pinte nada.

Vamos al punto más peligroso del frente de Marynka y, como otras zonas calientes de la línea de contacto, está bajo control del Pravi Sector: una organización ultranacionalista con un largo historial en combate. Rodeados por tres de sus cuatro costados, unos 20 milicianos se distribuyen en tres barracones y una casa, situados alrededor de una pequeña pista de baloncesto. Todos los edificios lucen estucado de metralla en los muros, impactos de obús en los techos y parapetos en las ventanas. Aquí cuando llueve, llueve.

Nos recibe el jefe del grupo, que se hace llamar Diesel, un hombre rudo de unos dos metros con la cabeza rapada bajo la gorra de béisbol y la cara atravesada por una cicatriz que prefiero no saber cómo se hizo. En el brazo derecho luce un parche con una cruz eslava que acojona. «Bienvenidos al infierno, hermanos», espeta mientras sonríe y sus muchachos le ríen la gracia.

A un gesto de Diesel pasamos todos al salón de la casa que sirve de puesto de mando. Diesel hace llamar al traductor y son unos cuantos los milicianos que se acercan curiosos a husmear, entre ellos Maxime, un chaval tímido e inseguro, pero inteligente a más no poder, que se ha convertido en el grumete de esta banda. «Bueno...», arranca Diesel. «Ya sabéis que aquí nos comemos a los niños rusos», dice socarrón en referencia a los rumores que circulan sobre ellos en los medios prorrusos. «Así que en breve vamos a cazar alguno...».

Los milicianos se distribuyen según las órdenes, cae la noche y en el centro de la pista de baloncesto se instala un híbrido de lanzagranadas y mortero hecho con mucha inventiva. Comienza el rock and roll: «kabum!». El cacharro lanza el primer obús y segundos después se escucha la explosión seca del aterrizaje en la lejanía. Desde las posiciones de ametralladoras se abre fuego indiscriminado con DSHK y kalashnikovs. Checheno se mueve de parapeto en parapeto con su lanzagranadas y los periodistas rateamos entre posiciones buscando los mejores encuadres.
A las 3:30 de la mañana me despierta mi compañero. "Al pasillo, tío: nos están bombardeando"

Han despertado a la bestia y ya escuchamos el silbar de las balas sobre nuestra posición. Las trazadoras cruzan la tierra de nadie dibujando hermosas líneas rojas que se cruzan en la oscuridad. La adrenalina nos hace parecer a todos chiquillos a la hora del recreo y la tensión aquí se rompe a carcajadas. Es lo que hay. El ataque no tiene ningún sentido, hace años que no hay objetivos que tomar, pero de vez en cuando toca hacer ruido... O al menos eso nos cuenta Pirata, que no se ha despegado de nosotros, creo que más por evaluarnos que por protegernos.

Tras unos 30 minutos, la sinfonía cierra con un nuevo solo de batería: «Kabuuum!!!». Ahora a cubierto y a dejar que se desahoguen los rebeldes un rato. Pirata y Checheno nos indican que es tiempo de volver al hospital. Nos despedimos de Diesel, que nos invita a pasar por allí cuando queramos. Arranca la furgoneta y volvemos hasta la base con las luces apagadas para evitar ser blanco de los francotiradores. A nuestra llegada Pirata nos avisa. «Si bombardean, salid de la habitación y permaneced en el pasillo, lejos de las ventanas». A las 3.30 de la mañana, la voz de mi compañero me hace consciente de lo que ya escuchaba en sueños: «Al pasillo, tío. Nos están bombardeando».

Sólo tengo que salir del saco y agarrar el equipo. Hace tiempo que aprendí a dormir con las botas puestas y el equipaje hecho.

Los obuses impactan en las plantas superiores del hospital mientras los soldados intercambian miradas, sonrisas nerviosas y cigarrillos. El bombardeo tampoco parece gran cosa aquí dentro y, tras un tiempo prudencial sin impactos, todos vuelven a la cama con la cara de mala $%&ª del que ha sido desvelado en pleno sueño. Mañana será otro día y hemos decidido pasarlo con Diesel y sus secuaces.

Son las siete de la mañana y estamos de nuevo en la posición controlada por el Pravi Sector. Esta vez hemos decidido traer aquí los bártulos para hacer noche en este punto donde la pólvora empasta las pituitarias y la guerra se percibe y vive mejor. Diesel nos recibe socarrón haciendo el saludo romano: «Hail». Podría tomármelo en serio, pero ni él mismo lo hace. Sólo se mete en el papel marcado por la prensa internacional. Yo simplemente me cuadro ante él y me presento como el recluta que no soy y nunca seré. Nos abrazamos y enseguida me manda con Maxime, el traductor que se ha trasformado en nuestra niñera.

La guerra puede ser muy aburrida cuando no hay nada que hacer, así que paso el día fumando porros con Maxime, hablando de lo divino y de lo humano. De su pasión por la fotografía, de su mujer, de su trabajo como maestro, de su deber con la patria y de cómo un día cambió su mierda de cámara por un fusil y acabo siendo el «secretario» de Diesel, con el que mantiene una relación amor-odio. «Siempre dice que me olvido de todo. A veces hasta me pega con el consolador negro», apodo por el que todos conocen la porra de policía que Diesel siempre tiene a mano. Se han terminado los porros y también la conversación. Hoy, si nadie lo remedia, la guerra seguirá siendo aburrida. Yo me voy a leer al catre y a descansar hasta la noche, que es cuando suele empezar el concierto.

¡ADIÓS, VASILY!

Dos soldados custodian el féretro de Vasily. Al flanco derecho, sobre sillas de colegio, se alinea una familia destrozada que mira sin mirar el rostro recompuesto del soldado. Un padre duro que llora hacia dentro y una madre descompuesta que murmura mil plegarias ininteligibles. También hay una esposa que, con la vista perdida en las flores que cubren el cuerpo, ha transformado su histeria en pequeños tics nerviosos que se escapan por los labios, como queriendo articular las palabras de amor que quedaron por decir.
"Ya sabéis que aquí nos comemos a los niños rusos", bromea 'Diesel', jefe de grupo. "Así que en breve vamos a cazar

A pocos metros, a los pies del ataúd, se disponen sillas en hileras donde se sientan las ancianas del pueblo, hoy todas tocadas con pañoleta negra. Tras éstas, vecinos y soldados se agolpan, entran y salen, para dar un último adiós al vecino, al amigo, al soldado...

Las nubes cubren el cielo de la aldea de Berestivets y el viento frío silba entre los árboles aún sin brotes, ocultando los murmullos de los compañeros de unidad que ya se preparan para cargar el féretro hasta la iglesia. Decenas de personas se agolpan en los laterales de la calle principal y son muchos los coches que aún siguen llegando. Para los vecinos de la zona, mayormente campesinos, Vasily no es solo un vecino: es un mártir, un héroe...

Al avanzar la comitiva, encabezada por una gran cruz y el féretro abierto a hombros de los compañeros, el pueblo se arrodilla y baja la cabeza. Los hombres se quitan las gorras, las mujeres posan los ramos en el suelo y sólo se escucha el llanto partido de una viuda que apenas tiene fuerzas para sujetar el retrato del ser amado. Imagen que poco o nada tiene que ver con el rostro desfigurado del cadáver. Aquel tanque no sólo le segó la vida a Vasily, también deja para siempre en las memorias una cara extraña, un ser desfigurado, un muerto propio y a la vez ajeno.

Vasily servía en Avdiivka, en un puesto de ametralladoras a pocos kilómetros de la factoría de coque que da comer al pueblo. Aquella tarde de viernes era el quinto día sin enfrentamientos. La tregua de Pascua se estaba cumpliendo y se charlaba animadamente con los compañeros de posición. Un cigarro aquí, un cigarro allá, un café y vuelta a empezar batallando contra el tedio. Los primeros obuses enemigos ponen a todos en alerta y poco después el impacto directo de un obús siega las vidas de todos. Compañeros que corren, gritos, aspavientos, ambulancias y sangre... mucha sangre por el suelo. El relato de los compañeros allí presentes circula de boca en boca mientras se oficia la misa, antes de que el cortejo vuelva a partir al ritmo de las trompetas en dirección al cementerio.
La mujer acaricia el rostro de su hijo en el ataúd y dibuja con el dedo las facciones de su rostro. "Mi Vasily, mi amor..."

Junto al agujero en el suelo, aún sin lápida, un hombre en la cincuentena llora en cuclillas mientras empina una botella de vodka. Alto, seco de carnes y de manos enormes, su rostro colorado y sus ojos acuosos denotan que no es la primera botella de licor que cae en su estómago esa misma mañana. Enciende un cigarro, se incorpora y suspira. Se acerca la comitiva por el campo santo. «Antes fue mi hijo, ahora mi sobrino (...). Esta familia ha perdido todo por la mafia de Kiev...», dice refiriéndose al gobierno en la capital de Ucrania. «Siempre los mismos... Siempre los mismos... Siempre...».

Y su voz se hace un susurro incomprensible. Otro trago a la botella.

El cura bendice la tumba mientras los compañeros preparan las cuerdas para bajar el féretro. Cientos de personas se acercan al cadáver para darle un último adiós antes de enterrarlo. La mujer acaricia el rostro de Vasily, lo besa, dibuja con su dedo índice las facciones de su rostro queriendo memorizarlo para siempre: «Mi Vasily, mi amor...». Cada poco levanta la mirada, como sin asumir lo que está pasando, mirando extrañada a toda esa gente que la rodea y vuelve a besar el rostro frío de Vasily: «Mi Vasily, mi amor...».

Dos soldados posan la tapa del ataúd. Cuatro clavos la sellan. Tres salvas rompen el silencio... «Mi Vasily, mi amor».
http://www.elmundo.es/papel/historias/2 ... b4616.html

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NotaPublicado: 29 Ene 2018 11:48 
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Registrado: 07 Feb 2007 09:27
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Ocurrió hace unos días en el Foro Mundial de Davos, donde una de las atracciones fue un robot llamado Sofía. Según cuenta la diputada de Kiev Alona Shkrum, alguien invitó al androide al 'stand' ucraniano y ahí le preguntaron qué se podía hacer para acabar con la corrupción en esta ex república soviética. El software del robot colapsó y se quedó 'colgado'. El Gobierno ucraniano, atenazado por una guerra congelada en el este, un nacionalismo que ya censura libros y una deuda difícil de domar, sigue intubado al respaldo occidental, tratando de no dar ningún chispazo como el del androide Sofía. El presidente Petro Poroshenko prometió al asumir el cargo un país limpio de corrupción y en paz.

El próximo mes de febrero se cumplen tres años de unos acuerdos de Minsk que sirvieron para frenar la sangría de la guerra pero que no han desembocado en una negociación. Kiev sigue sin controlar Donetsk y Lugansk, que tampoco han recibido el estatus especial prometido.

La guerra se ha convertido en una vía de escape para el Gobierno, que culpa a Rusia de sus males y prepara mano dura en el este. Mientras, la transparencia prometida vive horas bajas con unas autoridades acusadas de boicotear las instituciones creadas para combatir la corrupción. "Poroshenko cree que Washington y Bruselas le apoyarán haga lo que haga mientras dure la guerra contra las fuerzas respaldadas por Rusia en el este", se lamentaba hace unos días el escritor y periodista Maxim Eristavi.
Rusia, "Estado agresor"

Mientras, el Parlamento ultima la ley para la reintegración de las regiones orientales de Donetsk y Lugansk a Ucrania, en la que declara la zona de conflicto como "territorios temporalmente ocupados" por grupos armados controlados por Rusia. Tras numerosas enmiendas, el documento, declara a Rusia como "Estado agresor", y pone en manos del Ministerio de Defensa y del Ministerio del Interior la redacción de una hoja de ruta para recuperar esos territorios hasta lograr "la ausencia completa de militares rusos". Establece la creación de un mando conjunto para "contrarrestar la agresión rusa", todo ello sin mencionar los acuerdos de paz firmados en Minsk y equiparando implícitamente Crimea y Donbás. "Ucrania tiene que actualizar el marco legal que regula estos territorios temporalmente ocupados, que están administrados por Rusia y son fruto de una agresión rusa", explica a EL MUNDO, Sergiy Kyslytsya, viceministro de Asuntos Exteriores de Ucrania.

Las ONG están preocupadas. Ahora el mando del Ejército en la zona de conflicto tendrá derecho a restringir la entrada de personas o vehículos a los territorios ocupados, verificar la documentación de civiles y funcionarios, así como al uso de la fuerza contra "aquellos que violan la ley o intentan entrar ilegalmente en la zona de combate". Darina Tolkach es una de las coordinadoras de Derecho a Protección, una entidad que da asistencia legal a las personas desplazadas dentro de su propio país: "Desde el punto de vista práctico supone más poder para las fuerzas del orden y una limitación de derechos y de la asistencia humanitaria, algo que puede provocar una segunda oleada de refugiados, gente que prefiera moverse más allá de donde está hacia otras zonas controladas por el Gobierno". Aunque no ve contradicción directa con los acuerdos de Minsk, cree que la nueva ley "no apunta a la integración" de territorios.
El peor año en bajas civiles

No se vislumbran salidas, pero muchos ucranianos están hartos de leer en los medios extranjeros que en su país hay una guerra 'congelada': "No es así, van ya 10.303 muertos y 24.778 heridos según datos de la OSCE de 2017, un año que ha sido peor en cuanto a muertes de civiles que 2016", recuerda Katerina Zarembo, profesora de Ciencia Política de la Universidad de Kiev. Sus compatriotas desayunan casi cada día con noticias de nuevas bajas del frente. "11 soldados ucranianos han muerto y 50 han resultado heridos desde el 23 de diciembre de 2017, cuando iba a empezar el alto el fuego de Navidad", dice el viceministro Kyslytsya.

Las autoridades ucranianas y los separatistas prorrusos iniciaron en diciembre el mayor intercambio de prisioneros de guerra desde que hace cuatro años estalló el conflicto. Ese mismo mes el departamento de EEUU aprobó que se otorguen licencias a empresas estadounidenses para vender armas letales a Ucrania. Moscú -que no reconoce su injerencia en Donbás pero que sigue poniendo y quitando líderes separatistas en las zonas rebeldes- ha expresado su preocupación porque la medida puede reavivar el conflicto. "La Historia demuestra que Moscú sólo entiende el uso de la fuerza", responde el viceministro Kyslytsya, que cree que "la ayuda occidental envía además un mensaje al Kremlin de que cualquier intento de agresión hacia Ucrania tendrá un alto coste para Rusia".

Cerca del frente, la vida sigue entre una mezcla de "depresión" y "tranquilidad". "Todos parecen haber olvidado que a 70 kilómetros hay otra vida", explica desde Kramatorsk Olga, que prefiere no revelar su identidad: "Siguen los cortes de agua y de luz, los 'checkpoints'". Incluso la 'normalidad' sigue siendo muy extraña en esta franja de Donbas, donde esperan que el nuevo régimen excepcional no suponga una traba a su participación en unas futuras elecciones, en las que Poroshenko y los que apoyan al Gobierno saben que no recibirán muchos votos de esa 'zona gris'.
http://www.elmundo.es/internacional/201 ... b45c1.html

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