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NotaPublicado: 06 Nov 2016 19:35 
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Afghanistan - HD Helmet Cam Footage Of US Special Operations In Action In The Afghan Desert.



Saludos

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"Si deseas la paz, preparate para la guerra"
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NotaPublicado: 27 Abr 2017 17:03 
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Dos soldados americanos muertos en combates en Afganistán.

http://www.elmundo.es/internacional/201 ... 8b45b3.htm


Saludos.

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La diferencia la suelen marcar unos pocos.


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NotaPublicado: 02 May 2017 18:42 
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El ejército estadounidense ha informado este 2 de mayo de 2017 de que la soldado Hilda I. Clayton, asignada a la 55 Signal Company (fotógrafos de combate) de la 21st Signal Brigade, así como un fotoperiodista del ejército afgano murieron junto a otros tres soldados afganos al estallar accidentalmente un tubo de mortero durante unas maniobras de entrenamiento en la provincia de Laghman (Afganistán) el 2 de julio del año 2013.

Cuatro años después del accidente, la familia de la soldado Clayton ha dado su consentimiento para que las fotografías que recogen el fatídico accidente se hagan públicas. En la imagen de arriba, tomada por el reportero afgano fallecido se ve a dos de los soldados que murieron justo en el momento de la explosión, además de la cámara que sostenía la soldado Clayton (la imagen de abajo muestra precisamente la imagen tomada por la militar en el mismo momento).
http://www.elmundo.es/television/2017/0 ... b45ba.html

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NotaPublicado: 17 May 2017 08:44 
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La Embajada española en Kabul (Afganistán) no fue atacada por error el 11 de diciembre de 2015, como dijo entonces el Gobierno. Su falta de seguridad fue determinante para que los talibanes la eligieran como objetivo de un asalto que causó la muerte de dos policías españoles y cinco afganos, además de cuatro atacantes. Así lo admite el informe que la Comisaría General de Información ha remitido al juez Santiago Pedraz, instructor de una causa en la que están imputados el exembajador en Kabul Emilio Pérez de Ágreda y su exnúmero 2 Oriol Solá.

“Un factor determinante para que los terroristas decidiesen atacar la Embajada de España [en Kabul] fue la inadecuada ubicación de la misma, en un entorno desprovisto de un cinturón exterior de seguridad, como hubiera sido el caso de ubicarse en la Zona Verde”, donde se encontraba la residencia del embajador, reconoce un informe de la Dirección General de la Policía fechado el pasado 30 de marzo y remitido a la Audiencia Nacional.

Pero no era solo la ubicación lo que hacía especialmente vulnerable la legación diplomática española. “Los tres edificios que la integran están directamente expuestos a una acción agresiva desde [...] los bloques vecinos”, añade un anexo al informe.


Además, la puerta metálica que fue destruida por la explosión de un coche bomba conducido por un suicida “funcionaba mal y debía ser empujada manualmente por los policías para abrirla o cerrarla”; y el único círculo de seguridad que protegía la instalación era un muro de unos tres metros de altura, de forma que, cuando fue rebasado por tres talibanes, “no encontraron ningún obstáculo” para entrar en los edificios. La escasa distancia entre estos y el muro “hacía imposible cualquier reacción por parte del equipo de seguridad”, subraya.

El anexo constata que el sistema eléctrico quedó inutilizado por la explosión del coche bomba y no pudo reactivarse ya que debía hacerse con un mecanismo manual, por lo que los policías se quedaron a oscuras, sin saber cuántos les atacaban ni dónde estaban. Y aunque algunos agentes se refugiaron en una habitación segura, el informe reconoce que no merecía tal nombre, ya que carecía de líneas de emergencia para comunicarse con el exterior, por lo que quedaron incomunicados.

El informe remitido a la Audiencia Nacional tira por tierra la teoría difundida entonces de que el objetivo del atentado era una casa de huéspedes para extranjeros y los talibanes asaltaron por error la Embajada española. El viceministro del Interior afgano, general Ayoub Salangi, dijo a los investigadores que “los terroristas sabían que estaban atacando la Embajada de España” y que fue él quien difundió la hipótesis de la hospedería “para proteger la seguridad de la misión” diplomática.
Un caso de responsabilidad del Estado como el Yak-42

El juez deberá pronunciarse en breve sobre la petición de sobreseimiento del abogado del Estado, quien estima que no hay base para acusar a los dos diplomáticos del delito de homicidio imprudente. Sea cual sea su decisión, lo que ha quedado claro es que el Gobierno no tomó medidas para paliar las graves carencias de seguridad de la embajada, pese a las advertencias que recibió. Como en el casoYak-42.

Así lo ratificó el director general de Investigación Criminal del Ministerio del Interior afgano, quien explicó que, tras los atentados de París (noviembre de 2015), su servicio recibió “informaciones que apuntaban a que las embajadas en Kabul podían ser atacadas”, pero pensó que los principales objetivos podrían ser las legaciones diplomáticas de EE UU, Reino Unido o Francia, no la de España. En cualquier caso, admitió el general, “no informaron a ninguna Embajada sobre esta amenaza”.

Quien sí alertó fue la Agregaduría de Defensa francesa en Kabul, que horas antes del ataque informó a su homóloga española del “riesgo de atentado inminente”. El diplomático Solá reconoce que recibió el aviso en su correo electrónico, pero alega que, al encontrarse fuera del despacho, no pudo leerlo hasta mucho después de la tragedia.

La Embajada española ya recibió una amenaza similar en marzo de 2015. Entonces se procedió a cerrar las instalaciones durante 48 horas, evacuar al personal local y cortar al tráfico de las calles adyacentes. Nada de eso se hizo el día del atentado.

El juez Santiago Pedraz se ha dirigido a la Embajada francesa en Madrid para que le remita el aviso de su agregado en Kabul. Quiere saber qué decía, quién y cuándo lo recibió.
http://politica.elpais.com/politica/201 ... 99940.html

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NotaPublicado: 17 May 2017 20:02 
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Toda esta información no hace más que confirmar mi opinión, expresada en este foro hace algunos años, que determinadas delegaciones diplomáticas (como parte del territorio nacional), en lugares especialmente peligrosos/conflictivos deben estar defendidas/custodiadas por unidades militares específicamente entrenadas y equipadas para misiones de seguridad y protección.
Por otro lado creo que no sólo cabe buscar responsables entre los miembros del ministerio de exteriores actuales implicados, si no también en aquellos que en su momento eligieron el emplazamiento actual de la embajada y/o que no llevaron a cabo las obras necesarias para que fuera un lugar medianamente seguro y defendible en un primer momento.


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NotaPublicado: 16 Jul 2017 09:29 
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La Administración del presidente norteamericano, Donald Trump, está estudiando privatizar la guerra en Afganistán para evitar mandar un nuevo contingente de soldados de Estados Unidos al conflicto más largo de su historia. La estrategia, que según 'The New York Times', está siendo supervisada por los consejeros del presidente, Jared Kushner -marido de la hija mayor del líder estadounidense, Ivanka Trump- y Steve Bannon, uno de los principales estrategas del magnate en la Casa Blanca, tiene como objetivo involucrar en el conflicto a empresas militares mercenarias para combatir a los yihadistas afganos.

Los asesores han nombrado a dos conocidos mercenarios y empresarios para crear el plan en cuestión, cuya finalidad es propiciar que corporaciones militares privadas se encarguen de la contribución de Estados Unidos en Afganistán, que en estos momentos ronda los 9.000 hombres entre tropas regulares y de las fuerzas especiales, el entrenamiento de las fuerzas de seguridad afganas y la comandancia de las operaciones bélicas.

El primero es Erik Prince, fundador de la empresa Blackwater, la cual en su día fue expulsada de Afganistán por el ex presidente afgano, Hamid Karzai, pero que aún y así la utilizó para su seguridad personal, y que se hizo tristemente famosa por haber luchado junto al ejército norteamericano durante el conflicto en Irak, donde fueron acusados, en numerosas ocasiones, de asesinar a civiles desarmados y cometer crímenes de guerra. El segundo es el propietario de DynCorp International, Stephen Feinberg, una de las empresas de seguridad privada más importantes del mundo.

De esta manera, Prince y Feinberg han creado un plan "más barato y mejor que el del ejército", según fuentes próximas a los dos empresarios citadas por 'The New York Times', en el que los "contratistas", un eufemismo para hablar de mercenarios, llegarían a Afganistán para combatir a los talibán y al Estado Islámico. Un plan que, según el rotativo estadounidense, "ya ha sido presentado a los mandos del Pentágono".

De hecho, fue el propio Feinberg quien el pasado sábado presentó el plan al Secretario de Defensa estadounidense, Jim Mattis. Pero éste sólo "lo escuchó por educación y respeto", dejando muy claro que no permitirá injerencias del sector militar privado en el conflicto para el que está preparando un nuevo plan de acción junto al Consejero de Seguridad nacional, H.R. McMaster. Una estrategia que todavía no se ha hecho pública, pero que se espera contenga un aumento de las tropas de combate de Washington "para sacar al conflicto del punto muerto en el que se encuentra y derrotar a los terroristas", según Mattis.
Privatizar la guerra no lleva a la paz

Ésta no es la primera vez que Estados Unidos considera utilizar la fuerza del sector militar privado. Y, en el caso de que el presidente Trump diera su visto bueno, tampoco sería la primera vez que Washington utiliza a mercenarios en zonas de combate. Pero, teniendo en cuenta los resultados negativos que esta estrategia supuso en Laos durante la guerra de Vietnam, o en Irak, donde tanto Blackwater como DynCorp florecieron con contratos por valor de miles de millones de dólares, es poco probable que el magnate neoyorkino dé el visto bueno para privatizar el conflicto en Afganistán.

La lista de crímenes perpetrados por compañías como Blackwater en Irak es larga y, casi nunca, tiene consecuencias legales. Organizaciones pro derechos humanos han denunciado sus asaltos sin el apoyo del Gobierno iraquí, abusos contra la población local, robo o asesinatos de civiles como el perpetrado en septiembre de 2007 en Bagdad, en el que murieron 17 civiles a manos de mercenarios de Balckwater -que sigue existiendo como empresa aunque ahora se llama Academi y está dirigida por el general norteamericano retirado, Craig Nixon-.

Entre los dos hombres de negocios que han preparado el plan, sin duda el más controvertido es Erik D. Prince quien, el pasado mayo, ya expresó su intención para continuar privatizando -en beneficio propio- la guerra allá donde se pueda, en una editorial que escribió en 'The Wall Street Journal' en la que aseguraba que la única manera de acabar con el conflicto en Afganistán es "nombrar a un virrey que supervise el país y utilice a unidades militares privadas", otro eufemismo para decir mercenarios, "para luchar en los huecos que han dejado los soldados norteamericanos" tras la retirada en 2014.

Una estrategia que, aparentemente, deja de lado a la Administración del presidente afgano, Ashraf Ghani, así como pretende recortar el poder que ésta sustenta desde la retirada internacional. De esta manera, las fuerzas de seguridad afganas volverían a estar bajo control de Washington para continuar con su entrenamiento. Un hecho que, sin duda, en Afganistán no sólo se encontraría con la total negativa del Parlamento, sino que, además, daría alas al argumento talibán que asegura que "Kabul está en manos de titiriteros extranjeros", según ha declarado su portavoz, Zabiullah Mujahid, en numerosas ocasiones.

Desde que dejó Blackwater, Prince -cuya hermana, Betsy DeVos, es la Secretario de Educación de la Administración Trump- ha incrementado su ya inmensa fortuna personal estimada en miles de millones de dólares llevando a cabo contratos para el Departamento de Defensa de Estados Unidos en Oriente Medio y África, a los que hay que sumar los que ha realizado privadamente con países de esas regiones. Por ejemplo, en 2010 fue el encargado de crear, equipar y entrenar a gran parte del ejército de Emiratos Árabes Unidos.
http://www.elmundo.es/internacional/201 ... b4638.html

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NotaPublicado: 31 Jul 2017 08:40 
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OTAN y Estados Unidos hacen la vista gorda





Consideran la práctica de los Bacha Bazi, o niños bailarines, como "parte de la cultura en Afganistán"

El Gobierno afgano prohíbe los 'niños prostitutos' para combatir a los talibán

La guerra es un asunto deleznable, pero cuando la juntas con el abuso institucionalizado de menores, esa palabra se queda corta. Más aún cuando tus aliados, los Estados Unidos y la OTAN, saben que eso sucede e instruyen a sus tropas para que no hablen de ello y, si lo hacen, se exponen al ostracismo profesional para que abandonen sus carreras militares. En Afganistán, esa situación se llama bacha bazi, o niños bailarines -un eufemismo para decir niños esclavos prostitutos- al servicio del ejército y la policía afganos.

"Existen cientos de puestos de la policía y de las milicias financiadas con el dinero del contribuyente estadounidense que se dedican a secuestrar a niños y niñas para luego utilizarlos como esclavos sexuales", escribe Anuj Chopra, el periodista de AFP que en 2016 dio testimonio a varios ex niños esclavos que confirmaron, una vez más, el secreto a voces sobre la utilización por parte de las tropas de Kabul de bacha bazi, muchas veces jactándose de ello ante las tropas internacionales, cuya respuesta a esa actividad es darle la espalda y no intervenir para salvar a las víctimas.

"Son unos cerdos, unos animales... pero no hagas ninguna foto, no queremos molestar al comandante del puesto de combate". Esas son las palabras que el teniente de la Guardia Nacional de Pennsylvania del ejército norteamericano, Brian Kinkade, me dijo en 2008 durante la visita a un puesto de combate de las fuerzas de seguridad afganas cerca de Barbal, a unos 30 kilómetros de la base del Equipo de Reconstrucción Provincial en Sharana, a las afueras de la capital de la provincia de Paktika, al sureste de Afganistán.

El puesto avanzado de combate consistía en tres edificios rodeados por kilómetros de nada, de desierto hostil, con claros signos de haber padecido duros combates, sobre una pequeña colina justo encima de la única carretera que lleva a la capital provincial. Al entrar para comer con los soldados afganos, en una habitación contigua a la oficina del comandante, sentados en el suelo, observamos a dos niños ataviados con vestidos femeninos, pintados con una intensa sombra de ojos negra y claramente aterrorizados. Bacha bazi.

Kinkade, como muchos otros soldados y oficiales de la coalición antes y después que él, se escudó detrás del cumplimiento de sus órdenes para no actuar ante ese tipo de crímenes llevados a cabo por sus aliados afganos. La doctrina del ejército de Estados Unidos y la OTAN sigue siendo la misma que la definida, en 2015, por el coronel Brian Tribus, el entonces portavoz de la comandancia norteamericana en el país: "las alegaciones sobre el abuso de menores por parte del ejército afgano o sus aliados son un asunto que debe ser perseguido por la ley criminal doméstica, por lo que el personal militar no está obligado a reportarla", según informó The New York Times.

De esta manera, según reflexiona Anuj Chopra, ¿qué pasará cuando el nuevo y aumentado contingente de Estados Unidos llegue a Afganistán? O con los 3.000 soldados con los que la OTAN ha anunciado que incrementará la misión de Resolute Support -que hoy en día cuenta con unos 13.000 hombres- para que continúe "entrenando y asistiendo a las fuerzas de seguridad afganas para que estas derroten a los talibán", según la OTAN. ¿Seguirán quitándole importancia o pasándolo por alto las violaciones de menores?, se pregunta Chopra.
Los gritos del silencio del capitán Quinn

Teniendo en cuenta que los soldados de Estados Unidos que han denunciado crímenes de este tipo lo han pagado con sus carreras, seguramente las nuevas tropas seguirán dándole la espalda al problema. Como el caso del boina verde -las fuerzas especiales de Estados Unidos- , Dan Quinn, que estando destinado en Kunduz, al norte del país, denunció a sus mandos, en repetidas ocasiones, haber presenciado las violaciones y "los gritos de los niños cada noche", según declaró a The New York Times, pero éstos le indicaron que "esa actividad es parte de la cultura afgana". Que lo dejara estar.

Pero el remordimiento pudo más y el capitán de los boinas verdes acabó pegándole una paliza a un comandante de la policía local afgana "que tenía a un niño encadenado en la cama para servirle como esclavo sexual". Tras el incidente fue inmediatamente devuelto a Estados Unidos donde, poco después, abandonó el ejército y denunció los hechos a los medios de comunicación. Quinn no está sólo, son muchos los soldados que han hablado desde entonces, pero la doctrina al respecto de la coalición internacional en Afganistán no ha cambiado.

Por otro lado, el uso de bacha bazi está tan institucionalizado en provincias como Helmand y Uruzgan que, tal y como informó EL MUNDO en junio de 2016, los talibán los están utilizando para infiltrarse en las comisarías, en los puestos de control y de combate, para asesinar a los policías y robar su equipo, o ayudar a los yihadistas a realizar ataques de precisión. Hoy por hoy, este hecho es el único que quizás acabe con la práctica del abuso de menores entre las tropas de Kabul ya que, si ésta afecta a la seguridad del país, entonces también será un peligro para la OTAN y las tropas norteamericanas.

Desde que los talibán fueron depuestos en 2001, los cuales aplicaban la pena de muerte para todos los hombres acusados de bacha baz -pedófilo en Dari-, muchas ONG, la ONU y organizaciones de la sociedad civil afgana han acusado al Gobierno afgano de permitir esa práctica entre sus tropas. La respuesta de las Administraciones del presidente afgano, Ashraf Ghani, y su antecesor, Hamid Karzai, ha sido aprobar una serie de leyes con duras penas para los bacha baz. El problema es que, en la práctica, apenas se persigue y cuando se hace el perpetrador pronto queda en libertad.

"La ambigüedad legal en el Código Penal afgano permite que los perpetradores escapen y no sean condenados", explica un informe de la Comisión Independiente por los Derechos Humanos de Afganistán (AIHRC, por sus siglas en inglés), que lleva años denunciando que el gobierno de Kabul no está haciendo nada para acabar con una practica ancestral en la que "los menores violados durante años quedan traumatizados de por vida", añade el mismo informe.
http://www.elmundo.es/internacional/201 ... b45df.html

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NotaPublicado: 20 Ago 2017 08:51 
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Dieciséis años después de que Estados Unidos encabezara una coalición internacional que invadió Afganistán para destruir a Al Qaeda y expulsar a los talibanes, no se ha logrado ninguno de los dos objetivos. De hecho, la situación es más bien la contraria. Lo que queda de Al Qaeda se ha trasladado a la frontera paquistaní y los talibanes dominan aproximadamente el 80% del sur de Afganistán y el 43% del país en su conjunto. Todo ello significa que el Gobierno de Kabul tan solo tiene el control indiscutible sobre el 57% del territorio, una reducción considerable respecto al 72% de hace un año. Es inevitable que, en los próximos meses, esa proporción se reduzca aún más. En opinión de varios observadores afganos, estamos a punto de perder la guerra en aquel país. Da la impresión de que Aldous Hux­ley tenía razón al decir que lo único que se puede aprender de la historia es que nadie aprende de la historia.

Más de un millar de soldados afganos han muerto en el frente en los tres primeros meses del año, un número insostenible. En abril, un ataque talibán a una base del Ejército afgano mató a 200 militares. Cerca de 400 policías y soldados mueren cada mes y algunos regimientos han perdido el 50% de sus fuerzas; las tasas de deserción alcanzan un nivel similar en Helmand, provincia del sur del país, gran productora de opio, donde la insurgencia talibán se retroalimenta con el narcotráfico.


Si las tropas afganas están exhaus­tas, sus socios estadounidenses dan cada vez más la sensación de haber perdido todo interés en las sangrientas complejidades de una guerra en la que llevan involucrados tanto tiempo y con tan pocos resultados visibles. “En Washington, ya nadie habla de Afganistán”, dice Mark Maz­zetti, corresponsal de The New York Times en la Casa Blanca y ganador del Premio Pulitzer. “En la capital y en todo Estados Unidos hay mucho hartazgo de la guerra más larga en la que hemos participado. Ya no está entre las prioridades de nadie. La CIA cree que Afganistán está devorando demasiados recursos. Incluso en el Pentágono, que solía mostrar más interés que los demás, están quedándose ya sin fuerzas”.

Tanto Barack Obama como su sucesor, Donald Trump, han hecho todo lo posible para mantener al presidente Ashraf Ghani en el poder, al tiempo que le han animado a colaborar más estrechamente con su rival Abdullah Abdullah, con quien firmó un pacto de Gobierno. Pero esa estrategia ha fracasado. Antes de la oleada reciente de atentados y manifestaciones, el Gobierno de Trump estaba estudiando enviar 5.000 soldados más al país, pero ahora está claro que esa cifra no es suficiente. La presidencia de Ghani está al borde del colapso. Miles de afganos de clase media han huido a Europa y los países del Golfo, y la corrupción ha contribuido a agravar la crisis económica.

El Gobierno de Kabul sigue dependiendo casi exclusivamente de la ayuda económica de Occidente. Sin ese dinero no puede organizar unas elecciones, no puede pagar al Ejército, ni los sueldos de los funcionarios, las instalaciones médicas y educativas ni las telecomunicaciones. Si se interrumpe o se reduce drásticamente la llegada de dinero, es probable que el Gobierno no pueda ni defenderse, igual que sucedió con el régimen de Najibulá, que cayó derrotado por los muyahidines en 1989, cuando Gorbachov cortó el suministro de armas y dinero.

Esta es una preocupación real, y no solo a largo plazo. “Es posible que los cambios que se han producido en Afganistán desde 2001 sean irreversibles”, dice Barnett Rubin, que fue asesor del enviado especial de Obama para Afganistán y Pakistán. “Pero también son insostenibles”.

Como Líbano, no fue un Estado construido con arreglo a una lógica étnica o geográfica, sino en función de la política colonial del siglo XIX

Existen muchos otros motivos de inquietud: la economía tambaleante, el hecho de que dependa cada vez más de las ayudas externas y las drogas, y el increíble grado de corrupción que hay en el Gobierno. Además, la población afgana es la más pobre y analfabeta de Asia. Pero por encima de todo están las viejas divisiones entre pastunes y tayikos, que constituyen la principal brecha étnica del Afganistán moderno, nacido a finales de la década de 1840, en la época de Dost Mohammad Khan. Las desavenencias entre unos y otros han alcanzado un nivel inmanejable, según advierten diversos observadores.

Afganistán, como Líbano, nunca ha sido un Estado construido con arreglo a una lógica étnica o geográfica, sino en función de la política imperialista del siglo XIX. A pesar de ser un país tan antiguo, no ha disfrutado de una verdadera unidad política más que durante unas cuantas horas. La mayor parte del tiempo ha sido un lugar intermedio, una franja fracturada y disputada, dominada por montañas y desiertos, y situada entre unos países vecinos más organizados. Durante gran parte de su historia, sus provincias han sido el terreno de batallas entre imperios rivales.

Muy pocas veces ha habido en Afganistán una unidad suficiente como para construir un Estado coherente y autónomo. Y, como señalan los observadores más pesimistas, no hace falta mucho para que el país vuelva a desgarrarse y se agudicen las viejas fisuras tribales, étnicas y lingüísticas en la sociedad afgana: la vieja rivalidad entre los tayikos, los uzbekos, los hazaras y los pastunes durrani y khilji, el cisma entre suníes y chiíes, el sectarismo endémico dentro de clanes y tribus, y las sangrientas disputas que se transmiten de generación en generación.
Las imágenes de este artículo al libro 'Afganistán' (Taschen, 2017), del fotógrafo de Magnum Steve McCurry; una selección de las mejores fotos obtenidas durante sus viajes al país asiático desde 1979. ampliar foto
Las imágenes de este artículo al libro 'Afganistán' (Taschen, 2017), del fotógrafo de Magnum Steve McCurry; una selección de las mejores fotos obtenidas durante sus viajes al país asiático desde 1979.

No hace tanto tiempo que Afganistán vivió un breve periodo de fragmentación en un mosaico de feudos controlados por caudillos: en 1993 y 1994, entre la caída del régimen muyahidín y el ascenso de los talibanes. Ahora se vuelve a hablar en los think tanks y los artículos de opinión de que en los próximos meses podría volver a ocurrir lo mismo.

Tengo que confesar que tengo un interés especial por Afganistán. He pasado los últimos cinco años investigando y escribiendo El retorno de un rey. La aventura británica en Afganistán 1839-1842, un libro que cuenta la historia de la primera guerra anglo-afgana, probablemente la mayor humillación militar sufrida por Occidente en Asia y ejemplo de las dificultades que hay en ese país.

Fue una guerra librada de acuerdo con unas informaciones manipuladas sobre una amenaza que, en realidad, no existía. Un grupo de halcones ambiciosos y fanáticos exageraron y manipularon la noticia de que un representante ruso había sido enviado a Kabul para crear el pánico sobre una supuesta invasión rusa. El embajador británico en Teherán, John MacNeill, rusófobo declarado, escribió: “Deberíamos proclamar que quien no esté con nosotros está contra nosotros… Debemos apoderarnos de Afganistán”.

Así comenzó una guerra desastrosa para los británicos, cara y que, claramente, se podría haber evitado. El Ejército de la que entonces era la potencia militar más poderosa del mundo había sido totalmente derrotado por unos guerrilleros mal equipados pertenecientes a diversas tribus.

Hay otros paralelismos curiosos. El que fuera presidente hasta septiembre de 2014, Hamid Karzai, recuerda a su predecesor de entonces, Shuja Shah ul-Mulk, el rey instalado por los británicos en 1839, que es un personaje central de mi libro. Las similitudes entre Karzai y Shuja Shah son llamativas: Shah era polpazai, la misma subtribu de la que es hoy jefe Karzai, y sus principales adversarios pertenecían a la tribu khilji, que hoy son la mayoría de los soldados de a pie de los talibanes.

Doscientos años después, siguen vigentes las mismas rivalidades y las mismas batallas en los mismos lugares, disfrazadas con nuevas banderas, nuevas ideologías y nuevos personajes que mueven los hilos. Las mismas ciudades acogen guarniciones de tropas extranjeras, que hablan los mismos idiomas de entonces y sufren ataques desde las mismas colinas y los mismos pasos de montaña. Los propios talibanes suelen subrayar estos paralelismos: “Todo el mundo sabe cómo llevaron a Karzai a Kabul y cómo le animaron a sentarse en el trono indefenso de Shuja Shah”, dijeron en un reciente comunicado de prensa.

EE UU ha gastado en este conflicto 700.000 millones de dólares, pero el país sigue siendo el más pobre de Asia y el más analfabeto

Pero 1842 no fue la última ocasión en la que los afganos expulsaron a sus invasores, por supuesto. En los años ochenta, fue la retirada de los rusos y el fracaso de su ocupación uno de los momentos que desencadenaron el principio del fin de la Unión Soviética. Pocos años después, en 2001, las tropas estadounidenses encabezaron la coalición internacional que invadió de nuevo el país. Al final, como siempre, a pesar de los miles de millones de dólares invertidos, el entrenamiento de todo un ejército autóctono y la superioridad armamentística de los ocupantes, la resistencia triunfó una vez más y obligó a la mayoría de los odiados infieles a marcharse.

Afganistán ha sufrido demasiado en los últimos 40 años: el golpe de Estado de 1973, la revolución de Saur de 1978, la invasión soviética de 1979, los 1,5 millones de muertos y 6 millones de refugiados durante los 10 años de resistencia subsiguientes, la caída del gobierno de los muyahidines y la guerra civil de 1993-1994, los siete largos años de medievalismo talibán e intrusión de Al Qaeda, las 100.000 víctimas de los últimos 16 años de combates entre la OTAN y los resucitados talibanes.

En esta última guerra, Estados Unidos ha gastado ya más de 700.000 millones de dólares, una cantidad suficiente para construir a cada afgano un apartamento de lujo y unas instalaciones sanitarias y educativas de primera categoría, y además añadir un todoterreno de gama alta para cada uno como regalo. Por el contrario, Afganistán sigue siendo el país más pobre de Asia, el tercer país más corrupto del mundo, el más analfabeto y el que tiene las peores infraestructuras médicas y educativas, si exceptuamos de unas cuantas zonas de guerra en el África subsahariana. Incluso en el mejor de los casos, el país tardará varias décadas en aproximarse al nivel de vida de Pakistán y Bangladés.

Más que soldados, lo que necesita Afganistán hoy es un enorme esfuerzo diplomático de Estados Unidos para reanudar las negociaciones entre los talibanes y el Gobierno de Ashraf Ghani. Sin embargo, con la marginación del Departamento de Estado norteamericano, las divisiones en la Administración de Trump entre el grupo que aconseja al presidente salir del país asiático y el Ejército que quiere permanecer allí, y con un presidente inestable, ignorante e imprevisible, las probabilidades de que Estados Unidos tome la iniciativa son cada vez menores.

Por desgracia, la larga tragedia de Afganistán no da muestras de terminar, y da la impresión de que la pesadilla va a prolongarse.
https://elpais.com/internacional/2017/0 ... 30227.html

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NotaPublicado: 28 Oct 2017 08:27 
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Muchas de las sangrientas batallas contra los elementos más peligrosos del movimiento talibán nunca se conocerán porque son misiones clasificadas como secretas, llevadas a cabo en Afganistán por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y las fuerzas paramilitares que comanda en el país, en conjunción con las fuerzas especiales del ejército estadounidense, descritas por el Pentágono como kill teams [equipos asesinos], a los que la Administración del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha decidido dar rienda suelta con el objetivo de cambiar el curso de la guerra, según ha revelado una investigación del rotativo The New York Times.

La misión aumentada de los "equipos asesinos" seguirá siendo localizar y poner fin a la vida de los líderes talibán, de los comandantes de distrito y de los temidos yihadistas expertos en la fabricación de bombas, así como todo objetivo humano cuya muerte merme la capacidad de los terroristas. "Para llevar a cabo nuestra misión tenemos que ser más agresivos, actuar sin perdón, sin cesar, cada minuto de cada día, poniendo toda la atención en aplastar a nuestros enemigos", según declaró el jefe de la CIA, Mike Pompeo, durante una conferencia a principios de octubre en la Universidad de Texas.

Las nuevas misiones encubiertas estarán lideradas por la CIA siguiendo los objetivos establecidos por la propia agencia -la cual no tiene medidas de control directo por parte de la Casa Blanca o del Congreso-, y cuyas reglas para operar en el país a través de las milicias afganas que paga y controla, muchas de ellas relacionadas con señores de la guerra vinculados al tráfico de drogas y al crimen organizado, serán "expandidas y con menos restricciones", según la investigación de The New York Times. Es decir, que los agentes estadounidenses y sus aliados paramilitares podrán aumentar sus actividades fuera de la ley afgana y sin respetar la Convención de Ginebra.

El aumento de los "equipos asesinos" también supone un cambio de rumbo de la Administración Trump con respecto a sus predecesores -los presidentes Barack Obama y George Bush Jr. también emplearon a los kill teams en Afganistán y Pakistán- pasando de centrar sus actividades contra los santuarios de Al Qaeda en el país, a día de hoy casi inexistentes, para dirigir toda su atención hacia la destrucción de la logística y cadena de mando de los yihadistas.

"Los Estados Unidos van a adoptar una estrategia sin limitaciones de tiempo para forzar a los talibán a sentarse en la mesa de negociaciones", según declaró Trump el pasado 21 de agosto. Sin embargo, analistas de la inteligencia militar de Kabul consulados por EL MUNDO, están convencidos de que este tipo de estrategia sólo servirá para "crear nuevos mártires en el movimiento talibán, figuras a seguir por los combatientes insurgentes más jóvenes y venidos de las zonas tribales. Un regalo para la propaganda y el reclutamiento de los terroristas".

Por otro lado, es muy poco probable que el líder talibán, el mulá Haibatullah Akhundzada, dé su brazo a torcer y se siente a negociar, teniendo en cuenta que el Secretario de Defensa norteamericano, Jim Mattis, aprobó recientemente el envío de 3.000 soldados adicionales para luchar en los frentes de Helmand, al sur del país, y Nangarhar, al este, vulnerando la principal exigencia de los terroristas, los cuales demandan "la marcha inmediata de las tropas internacionales del país", según declaraciones recogidas por EL MUNDO durante la entrevista con el portavoz del grupo, Zabiullah Mujahid.

Asimismo, el aumento de los ataques aéreos de Estados Unidos en Afganistán, 2.400 sólo de enero a octubre de 2017, mientras que en todo 2016 se realizaron 1.337, según cifras del Pentágono, sólo ha incrementado la voluntad de los talibán para seguir combatiendo. Además, los errores de precisión han matado, en 2017, a 88 civiles y herido a docenas, cosa que sólo ha hecho que aumente la legitimidad de los terroristas en las zonas que están bajo su control, un 48% del país, según Washington, que descarta cualquier retirada. "Estaremos aquí el tiempo que haga falta hasta que cambiéis de parecer", según afirmó el Secretario de Estado, Rex Tillerson, en un mensaje dirigido a los talibán durante la visita sorpresa a Afganistán que éste llevó a cabo el pasado 18 de Octubre.

Hoy por hoy, está claro que la Administración Trump no tienen ninguna intención de dar un paso atrás en el conflicto con vistas a una retirada completa, tal y como se especuló cuando el magnate norteamericano tomó las riendas de la Casa Blanca, por lo que Estados Unidos seguirá inmerso en el conflicto más largo de su historia. Una guerra que en diecisiete años se ha cobrado más de 100.000 muertos entre soldados, civiles e insurgentes, mientras millones de afganos han sido desplazados o se han convertido en refugiados que han huido, principalmente, a Irán, Turquía y Europa.
http://www.elmundo.es/internacional/201 ... b4626.html

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