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NotaPublicado: 05 May 2008 22:07 
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boyscout escribió:
Muchas gracias por el trabajo que te ha llevado meter tantas fotos y los magníficos videos en el hilo.
Todo esta muy bien, buenas imagenes y videos muy interesantes, el tercero de ellos no consigo abrirlo, será problema de mi PC.


Gracias a vosotros por leerlos porque es la recompensa y por lo que uno se dedica.

Te dejo el enlace al tercer video:
http://www.youtube.com/watch?v=azZeoyfMgT0

Un abrazo

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NotaPublicado: 05 May 2008 23:13 
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Línea XYZ


La "Línea XYZ" fue un sistema de fortificaciones construido en 1938 para uso de tropas republicanas durante la Guerra Civil Española al norte de la ciudad de Valencia, con el fin de defender dicha urbe contra ataques del bando nacional. Un rasgo importante de la Línea XYZ es que no estaba formada por una franja de fortines o refugios hechos con cemento reforzado como había sido el Cinturón de Hierro de Bilbao en el año 1937 (y como era la Línea Maginot en Francia), sino que era una "defensa en profundidad" constituída por una red de trincheras y refugios excavados para aprovechar el terreno áspero de las colinas que rodean Valencia por el norte y el noreste, lo cual dificultaba destruirlas sólo mediante ataques aéreos.

La Ofensiva de Aragón en marzo y abril de 1938 había terminado con una total victoria del bando rebelde, sobre todo porque tras la llegada de las tropas franquistas al Mediterráneo la zona controlada por la Segunda República Española quedó cortada definitivamente en dos, quedando Cataluña aislada del resto de territorio bajo control republicano.

Para evitar una intervención militar de Francia en la contienda el general Francisco Franco ordenó a sus ejércitos cesar el avance sobre Cataluña y dirigirse al sur con el objetivo de ocupar Valencia. A inicios de julio las tropas franquistas empezaron su ofensiva y tras duros combates tomaron Castellón de la Plana el 14 de julio, reforzando su dominio de la costa mediterránea, pero fueron detenidas en Sagunto hasta que tras un ataque combinado de los generales José Solchaga y José Enrique Varela, las defensas republicanas en la Sierra del Toro fueron vencidas, avanzando así los soldados rebeldes un total de 95 km al sur hasta hallar un nuevo obstáculo en la Línea XYZ que protegía Valencia cerca de la población de Viver, donde se atrincheraban dos Cuerpos de Ejército republicanos bajo mando del general Manuel Matallana.

Las tropas del bando nacional lanzaron su primer ataque masivo contra esta línea el 18 de julio, pero resultó del todo estéril frente a la resistencia del Ejército Popular Republicano; la aviación nacionalista no logró inutilizar las defensas republicanas en terreno montañoso, las cuales tambien impidieron todo avance terrestre de los sublevados. Hasta el 23 de julio fueron lanzados ataques contra las defensas republicanas, pero todos ellos fueron repelidos costando unas 20.000 bajas al bando nacional entre muertos y heridos, sin haber conseguido ganar terreno alguno, hasta que el agotamiento de los contendientes trajo el fin de la batalla y el cese de nuevos ataques franquistas justamente el día 25 cuando más al norte, en Cataluña, empezaba la Batalla del Ebro.

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NotaPublicado: 22 May 2008 12:46 
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Un apunte sobre la Legión Condor:

La Legión Cóndor fue el nombre dado a la fuerza de intervención mayoritariamente aérea que la Alemania nazi envió en ayuda de las fuerzas del general Franco para luchar en la Guerra Civil Española. Adolf Hitler, canciller alemán, a sugerencia del jefe de la Luftwaffe, Herman Göring, y con la intención de probar el arma aérea alemana en una guerra convencional, ofreció a Franco de forma secreta apoyo aéreo para su ejército terrestre.

Este apoyo consistió tanto en apoyo logístico, transporte de tropas, suministros, etc., como en apoyo en acciones de ataque con aviones de caza y bombarderos (como el famoso bombardeo de Guernica), carros de combate y artillería.

La intervención alemana en la Guerra Civil permitió mejorar la calidad de sus aparatos y reparar los defectos de su arma aérea, preparándola para la ofensiva mundial que Hitler estaba planeando.

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Fuente. Wiki

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NotaPublicado: 23 May 2008 23:15 
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70 Años Después ( El Mundo )

MARCOS ANA
Fernando Macarro procede de una familia muy humilde y profundamente católica. Con quince años se afilió a las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU) y abandonó la religión. En julio de 1936 marchó al frente, pero le devolvieron a casa por ser menor de edad. Se incorporó finalmente en 1938 llegando a ser comisario político del partido comunista. Al acabar la guerra fue encarcelado y torturado. Se le juzgó en dos ocasiones y las dos salió con condena de muerte. Cumplió casi 23 años de prisión. En la cárcel comenzó a escribir poemas firmando como Marcos Ana. Fue indultado en 1961. Ya libre, marchó a Francia y se dedicó a viajar por todo el mundo convertido en un símbolo de la solidaridad internacional y de la lucha antifranquista.


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MARCOS ANA Ventosa del Río Almar, Salamanca, 1920.
Comunista. 23 años preso y dos veces condenado a muerte.

Marcos Ana

Fernando Macarro procede de una familia muy humilde y profundamente católica. Con quince años se afilió a las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU) y abandonó la religión. En julio de 1936 marchó al frente, pero le devolvieron a casa por ser menor de edad. Se incorporó finalmente en 1938 llegando a ser comisario político del partido comunista. Al acabar la guerra fue encarcelado y torturado. Se le juzgó en dos ocasiones y las dos salió con condena de muerte. Cumplió casi 23 años de prisión. En la cárcel comenzó a escribir poemas firmando como Marcos Ana. Fue indultado en 1961. Ya libre, marchó a Francia y se dedicó a viajar por todo el mundo convertido en un símbolo de la solidaridad internacional y de la lucha antifranquista.

Tengo la friolera de 82 años, aunque, como digo siempre, esos son años de edad. De vida tengo 59, que son los que quedan al restar los 23 que pasé en la cárcel. Entré con 19 años en mayo del año 1939 y salí en el año 1962 con 42. Soy la persona que más tiempo seguido ha pasado en las cárceles franquistas.

Yo procedo de una familia muy humilde. Mis padres eran campesinos sin tierra y analfabetos. Cuando tenía seis años, nos trasladamos a Madrid y nos afincamos en Alcalá de Henares. Allí viví mi adolescencia y mi juventud hasta que comenzó la guerra. No pude ir al colegio, ya que mi familia no tenía recursos y enseguida me tuve que poner a trabajar. O sea, que yo estudié prácticamente las cuatro reglas, como se decía entonces. Mis padres no pertenecían a ningún partido. Eran profundamente católicos. Eran tan sumisos que cuando pasaba el amo hacían la señal de la cruz, como si se tratara de un representante de Dios en la tierra. Por ese motivo yo en mi infancia era católico y, en mi adolescencia, más de una vez me sangraron las rodillas de hacer penitencia en las iglesias. Un día, sería el año 35, con quince años, asistí con un grupo de jóvenes católicos a un mitin de las Juventudes Socialistas en Alcalá para repartir nuestra propaganda. Me quedé escuchando lo que decía el orador y me di cuenta de que aquel hombre estaba hablando de mí, de mi casa y de mis problemas. Me empecé a interesar por lo que aquella gente decía. Pasé por un proceso de transición muy difícil. En esta época, a lo mejor durante el día estaba vendiendo los periódicos de las Juventudes Socialistas pero después no me acostaba sin hacer mis oraciones. Acabé afiliándome y, durante la guerra, me pasé al Partido Comunista. Todavía continúo defendiendo las mismas ideas. Hemos cometido muchos errores, sin embargo mi corazón sigue en el mismo sitio.

Al empezar la guerra, la JSU formamos un batallón al que llamamos batallón Libertad. Yo, con 16 años, era la mascota. Fuimos a la zona de Peguerinos, en la sierra de Madrid. A los pocos meses el ejército se regularizó, y a los menores nos enviaron a casa. Entonces me dediqué al trabajo político en Alcalá. Fui secretario general de esa comarca hasta el año 38. Ese año, los jóvenes tuvimos la idea de movilizar a los menores de edad. Organizamos dos divisiones de lo que se llamó Voluntarios de la Juventud. De vez en cuando aparecía el padre de algún chico y se lo llevaba de allí a caponazos. Era increíble, ¡chicos de 15 y 16 años movilizados! Cuando cumplí los 18 años me incorporé al ejército. Fui comisario político en una unidad. Después fui instructor de la juventud en el Ejército del centro hasta el final de la guerra. Se corrió la voz de que quienes tuviéramos responsabilidades políticas debíamos concentrarnos en el puerto de Alicante, porque nos iban a sacar de España. Nos concentramos a miles, pero nuestros barcos nunca llegaron. Los que llegaron fueron los de Franco. Y la División Littorio, que llegó por tierra. Nos atraparon a todos. Me llevaron al campo de prisioneros de los Almendros y, a los pocos días, me trasladaron al de Albatera, de donde me escapé, lo que resultó relativamente fácil ya que había muchísima gente. Conseguí llegar a Madrid y me escondí en casa de un amigo. A los pocos días un confidente me entregó a la policía. Me cogieron por ingenuo y por impaciente. En pleno año 39 estaba tratando de organizar la resistencia, contactando con los amigos. Uno de los que llamé se había hecho confidente y me denunció.

Me llevaron a la cárcel de Porlier, un antiguo colegio. Muchas veces me paseo por ahí y veo un espectáculo que me recuerda a nuestra época. Las madres van a buscar a sus hijos y eso me recuerda a cuando nuestras familias iban a recoger nuestros paquetes o a llevarnos los suyos. También iban a buscar los cuerpos de los que habían sido fusilados. Muchas veces las madres llegaban con el paquete y se tenían que volver. «No, señora, su hijo ha sido fusilado». Yo estaba condenado a muerte, lo habitual en esos días. Hasta tal punto, que cuando la gente iba al consejo de guerra al volver estábamos todos esperándoles para saber que condena traían. A lo mejor venían con los ojos llenos de lágrimas: «¡Treinta años! ¡Treinta años!». Y te abrazaban, porque traer treinta años de condena era una suerte, era evitar el fusilamiento.

Desde el principio empezamos a montar una organización clandestina en la prisión. Una organización muy cerrada y muy opaca. Cada miembro conocía sólo a dos compañeros, el que te pasaba las cosas y al que tú se las pasabas. En el año 43 creamos un periódico al que llamamos 'Juventud', destinado a mantener el ánimo de los presos y a mantenerlos informados. Estaba primorosamente hecho, incluso llevaba dibujos. Un día sorprendieron a un chico leyéndolo. El chico confesó y yo entonces decidí entregarme para evitar que cayera más gente. Estuve casi un mes en la Dirección General de Seguridad, donde me torturaron cruelmente. Me machacaron vivo, pero no delaté a nadie. La tortura es una pelea extremadamente difícil. Llega un momento en que temes por tu razón. El problema es que mientras tú estás bien, aunque te machaquen, si tienes moral, lo soportas. Lo malo es que pasa el tiempo y empiezas a temer, Por qué dices: «¿Pero hasta dónde voy a controlar mi cabeza?» Mi fortaleza era imaginarme mi vuelta a prisión. A mí, en la prisión, todo el mundo me quería. Me llamaban el chaval porque era de los más jóvenes, y todos me conocían. Yo pensaba: «Si vuelvo sin haber entregado nada, después de haber salvado la situación y habiendo resistido, ¡joé!, la gente me va a comer a abrazos. Pero ¿y si vuelvo después de haber hablado? No me voy a atrever a mirar a nadie a la cara, seré como un pelele, siempre solo en un rincón del patio» Eso era lo que me daba fuerza. Después de estas torturas, me condenaron por segunda vez a muerte. Cuando las penas de muerte se conmutaron por treinta años, a mí me cayeron sesenta.

Un día, cuando me encontraba en la Dirección General de Seguridad tirado en la celda, lleno de sangre y hecho un guiñapo, de repente sentí que me lanzaban un papel por el ventanuco. A rastras, como pude, cogí el papel. Era un retrato de Lenin, que alguien había arrancado de algún libro. Nunca supe quién me lo mandó. Lo cierto es que, para mí, desde ese momento, fue como si yo ya no estuviera solo. Como si alguien estuviera vigilando y controlando mi situación y mi comportamiento. Tenía el retrato enterrado bajo la arenilla del suelo de mi celda. Cuando bajaba, lo desenterraba y hablaba con él: «Mira, camarada, cómo me han puesto, pero no temas, que yo tendré fuerza suficiente para defender al partido». Un día, estando en el calabozo, oí unos gemidos y me asomé por el ventanuco de mi puerta. Vi que traían en brazos a un preso al que habían torturado. Me di cuenta de que aquel hombre estaba entregado. Que ya había confesado algo y que estaba vencido. Yo, que era todavía un niño, tenía 21 o 22 años, desenterré el retrato de Lenin y le dije: «Tú sabes que por nada del mundo me desprendería de ti, pero te necesitan en la celda número 27». Cuando me sacaron al servicio, pasé delante de su celda y le tiré la foto. Parecerá un milagro, pero al día siguiente, cuando oí que venía este preso, me asomé y observé que venía andando por su pie y en su mirada había una luz tensa y distinta a la del día anterior. Aquel hombre se había rehecho. Recibir la fotografía lo resucitó. Años después, en la cárcel de Ocaña, oí a un hombre contar la historia. Entonces me di a conocer. «¡Yo soy el que te pasé la foto!» Me confirmó que ya había denunciado a alguien y que, cuando se encontró con el retrato, se golpeaba contra la pared, desesperado. Muchos años después, en Moscú, visitando el museo de Lenin, Yeltsin me enseñó el papel en el que yo escribí esta historia junto a la famosa fotografía de Lenin con un pionero en la Plaza Roja. Se lo enseñaban a todos los españoles.

En la prisión, en un primer momento, lo único importante era sobrevivir, hasta el punto de que en Porlier, al poco tiempo de entrar, no quedaba ni un hierbajo en el suelo. Las hierbas del patio las cogíamos, las metíamos en agua a hervir y nos las comíamos como podíamos. Muchas mañanas te encontrabas con que, no sólo faltaban los compañeros que habían fusilado, sino que también muchos aparecían muertos a tu lado, de hambre o de frío. La situación cambió coincidiendo con el fin de la Guerra Mundial. Nuestras familias se habían rehecho y nos podían ayudar. Europa pudo volver sus ojos a España y se empezaron a organizar comités de amnistía, socorro popular... Y comenzó a llegar algo de esta solidaridad, que nos ayudó a sobrevivir.

En esa época empezamos a estar más tranquilos y más alimentados y gracias a eso empezamos a organizarnos mejor. Éramos como un estado dentro de otro estado. Montamos clases clandestinas. Teníamos cientos de libros escondidos. Era muy fácil introducir libros en la cárcel. Lo difícil era mantenerlos ocultos. Lo que hacíamos era coger de entre los libros de la biblioteca de la cárcel, casi todos religiosos, el libro más parecido al que queríamos camuflar. Desencuadernábamos los dos libros, cogíamos las tapas del libro legal con las cien primeras páginas, que era donde aparecían el sello de la cárcel y las firmas del director y del capellán e íbamos intercalando cien páginas de nuestro libro y cien del otro y así sucesivamente. Como teníamos buenos artesanos, componíamos de nuevo el libro que, por fuera, era La historia de Santa Genoveva y, por dentro, El capital. Teníamos de todo, y todo clandestino. Había una escuela de pintura e incluso organicé una tertulia literaria en los últimos tiempos. También hacíamos una revista, que sacábamos de la cárcel y que se reproducía y se difundía fuera.

La cárcel fue mi universidad. Conocí a mucha gente. Coincidí con Buero Vallejo y con Miguel Hernández entre otros muchos. Miguel Hernández era una persona entrañable, murió de franquismo en la prisión de Alicante en el año 42. Unos años después le hicimos uno de nuestros homenajes: Esperábamos a la noche, a que cerraran las galerías. Entonces montábamos un pequeño escenario con mantas y sábanas. En las ventanas algunos presos se dedicaban de la vigilancia y así, en el silencio terrible de la cárcel, hacíamos los homenajes. El de Miguel Hernández lo titulamos Sino sangriento, que es el nombre de uno de sus versos. Tenía tres actos, con los nombres de tres de sus libros: El rayo que no cesa, Vientos del pueblo, que trata de la guerra y Cancionero y romancero de ausencias, que era el de la cárcel. Unos narradores relataban los hechos y una pequeña banda de música se colocaba detrás del escenario con sus instrumentos realizados con los palos de las escobas y con cosas así. Era muy ingenioso: se cortaba un trozo de escoba de caña. Unas gomas sujetaban un papel de fumar en cada punta y se le abrían unos orificios. Sólo con eso salía una música preciosa, que era como un zumbido, pero muy bonito. Una cosa tremenda. Esa bandita, compuesta por cuatro o cinco personas, iba poniendo música a determinados pasajes. Cuando los locutores contaban la parte de la guerra de España y de los soviéticos se oía La Internacional. Con los franceses y André Martí... se oía La Marsellesa. Los mexicanos con Siqueiros y tal... Se oía La Cucaracha. Todo a media voz. Se titulaba Homenaje a voz ahogada a Miguel Hernández. Fue algo impresionante, en medio del silencio de la prisión. De vez en cuando, oías el «alerta» de los centinelas desde las garitas. Toda la noche: «¡Alerta el uno!, ¡Alerta el dos!, ¡Alerta el tres!» Eso se hacía para que el cabo de guardia supiera que no se había dormido ninguno de los centinelas. Hicimos otros homenajes a Rafael Alberti y Neruda. Creo que jamás se podrá concebir un homenaje más emocionante que éste.

Ésta fue mi escuela y la de mucha gente, y así pasé los años de prisión. Hoy miro aquello casi con nostalgia, «¡$%&ª, aquélla fue una de las épocas más hermosas de mi vida!» Sabías que el futuro te pertenecía, aunque estuvieras sufriendo y te pudieran llenar la cabeza de plomo, aunque te tocara caer, pero nos parecía que el futuro era nuestro. Se vivía con esperanza. El talón de Aquiles del preso era la familia. Si veías a alguno triste, preocupado, andando solo por el patio, es que su familia tenía algún problema.

Empecé a escribir en la década de los cincuenta. Todo empezó porque me sacaron de la galería y me llevaron castigado a celdas. Allí estaba aislado. Los funcionarios te sacaban el petate por la mañana y no te lo devolvían hasta la noche para que fuera imposible tumbarse durante el día. Entonces los compañeros, los destinos, que eran quienes barrían y hacían la limpieza, se encargaban de introducir comida o lo que fuera en el petate antes de devolvértelo. Una de las veces me metieron unas hojas arrancadas de libros de Rafael Alberti y de Neruda. Las manoseaban antes para que el sonido del papel dentro del colchón fuera imperceptible, porque los guardias a veces lo inspeccionaban para ver si notaban algo raro. Releí aquellas hojas más de mil veces, y eso me creó un clima un poco particular, que hizo que empezara a escribir con un pequeño lapicero que me habían pasado. Cuando salí de celdas me animaron a continuar diciéndome que lo que había escrito estaba muy bien. Lo sacamos al exterior, como el náufrago que lanza un mensaje al mar en una botella sin saber si va a llegar a algún destino. No le di más importancia. Tiempo después, llegó un paquete de México, en el que nos mandaban revistas y otras cosas que nuestras familias nos pasaban clandestinamente. Entre todas esas cosas, venía un librito mío, con ocho o diez poemas. Aquello me hizo pensar que esta era una forma más de ayudar a que la gente comprendiera nuestra situación. Entonces pensé que debía adoptar un nombre para firmar mis cosas. Pensando en mis padres me puse Marcos Ana. A mi padre lo habían matado en la guerra y mi madre murió, la pobre, cuando me condenaron por segunda vez a muerte. Anduvo deambulando por la puerta del penal de Burgos intentando verme. No lo consiguió. La encontraron muerta en una zanja. Poco a poco empecé a contactar con los poetas en el exilio. María Teresa León y Rafael Alberti, se valieron de que Paco Rabal pasaba por Buenos Aires y le dieron una pequeña nota, que me pasaron dentro de un tubo de pasta, que decía: «Cuéntanos algo de tu vida». Entonces les compuse un pequeño poema:

Mi vida
os la puedo contar en dos palabras:
Un patio
y un trocito de cielo donde a veces pasan
una nube perdida y algún pájaro
huyendo de sus alas.

A partir de aquel poema, que titulé Mi corazón es patio, empecé a ser conocido fuera de las cárceles. En el extranjero la campaña en mi defensa fue muy fuerte. Entonces el Gobierno promulgó un decreto, según el cual las personas que llevaran más de veinte años ininterrumpidos en prisión serían excarceladas. Fue una cosa insólita, ya que fui el único al que le afectó. Normalmente, nadie estaba en prisión más de veinte años o, como mínimo, se entraba y se salía cumpliendo la condena en dos o tres veces. Pero yo estaba condenado a sesenta años y fui el único que salí de la cárcel gracias a ese decreto.

Cuando conseguí la libertad a finales de 1961, salí en los periódicos de todo el mundo. Fraga, que entonces estaba en el Ministerio de Información y Turismo, reaccionó con un folleto que se titulaba: Marcos Ana, asesino, en el que me atribuían todo lo que había pasado en Alcalá de Henares durante la guerra. Si eso hubiera sido cierto, me hubieran fusilado muchos años atrás. De todas maneras, sólo puedo agradecérselo, porque eso me dio todavía más publicidad.

Sabía que el aparato clandestino francés iba a venir a buscarme. Estuve unos días en Madrid, en casa de mi hermano, hasta que vino a buscarme un matrimonio francés. Querían que me aprendiese de memoria mi nombre en francés, pero yo ni me aprendía mi nombre ni nada. Entonces, la mujer me puso una bufanda, me tapó un poco y salimos. El coche era de una marca importante y el hombre iba ataviado con gorra y uniforme de chofer. La mujer se sentó detrás conmigo y, cuando llegamos a Irún, le dijo al guardia: «Por favor, dése prisa porque mi marido está enfermo». Y así, con pasaporte falso, pasamos la aduana. Cuando llegué, lo primero que hice fue organizar el Centro de Información y Solidaridad con España (CISE) presidido por Picasso, pero dirigido por mí. Había muchísima gente: Yves Montand, Piccoli, Jean
Paul Sartre, Jean Cassou... Desde allí empecé a organizar las campañas de solidaridad internacional. He viajado por casi todo el mundo. Mi vida ha sido muy intensa y apasionante. Me ocurrieron cosas muy graciosas. Siempre he parecido mucho más joven de lo que soy. Salí de la cárcel con 41 años, pero sin embargo parecía que tenía veintitantos. En una ocasión, había ido a Inglaterra para pronunciar una conferencia en el parlamento. Me acompañaba un intérprete, que era un ex brigadista, profesor de español que tenía lesiones de guerra y estaba cojo, e iba con un bastón. Tendría 45 años, pero estaba muy envejecido. Cuando nos hicieron pasar, yo, como siempre he sido nervioso, entré deprisa, subiendo la escalera a gran velocidad. Me extraño que nadie se moviera cuando aparecí en el escenario. Cuando, unos segundos después, entró el intérprete con su bastón, cojeando, todo el mundo se puso en pie, aplaudiendo. Para un inglés era inconcebible que yo, que parecía un jugador de rugby, hubiera estado 23 años en la cárcel, torturado y condenado a muerte, tenía que ser el otro, que iba con su bastoncito.

Estas conferencias nos permitieron dar a conocer nuestra lucha. Solían preguntarme qué había sido lo más difícil. Lo más difícil para mí, después de tantos años de prisión, fue la libertad. Yo en la cárcel sabía vivir. Era como un pedazo más de aquellas piedras. Lo difícil fue salir a los 41 años, después de 23 encarcelado. Fue como si me hubieran abandonado en un planeta extraño. Para mí fue una cosa tremenda: la adaptación a la vida, a la libertad... Fue lo más difícil. Al principio, vomitaba los alimentos, no podía subir a los vehículos, incluso los ojos se me enrojecieron, puesto que el nervio óptico, en la prisión, se va retrayendo. Como se tienen paredes o muros delante en todo momento, se acostumbra a enfocar siempre cerca, y va perdiendo facultades. Si estaba en una habitación o en una calle donde hubiera edificios altos, la vista se protegía y estaba tranquilo. Pero cuando salía al campo me mareaba, como si me hubieran puesto unas gafas que no eran mías. Fue un tiempo difícil, porque no conocía y no entendía muchas cosas del mundo al que había salido. Tenía conciencia de que era un ser adulto, pero, al mismo tiempo, tenía la candidez y la inexperiencia de un adolescente. Por ejemplo, nunca había estado con una mujer. Cuando salí en libertad, uno de mis amigos vio que me quedaba atontado mirando a las mujeres por la calle. Salimos una noche juntos a un cabaret y él pensó que lo que más ilusión me haría sería irme con una mujer. De modo que cogió a una chica, le dio mil pesetas y le dijo: «Toma, para que te vayas con mi amigo». Cuando me quedé a solas con esa chica, yo quería que me tragara la tierra, porque no sabía cómo comportarme. Ella se creía que estaba borracho y cuando intentó devolverme el dinero, tartamudeando, le conté lo que me sucedía. Que había pasado 23 años en la cárcel, no conocía a ninguna mujer y ésa era mi primera experiencia sexual. Ella me dijo: «Mira, yo voy a perder contigo unos cuantos miles de pesetas». Dimos un paseo. Luego me llevó a cenar a la Torre de Madrid. Lloró conmigo cuando le contaba las cosas de la prisión. Recuerdo que me besaba las manos llorando. Le hablaba de un mundo que ella desconocía. Luego fuimos al hotel. A pesar de mi timidez y de todas mis inhibiciones, esa mujer consiguió con una ternura y una humanidad extraordinarias que yo hiciese el amor por primera vez.

Me despertó por la mañana. Había traído chocolate con churros. Me marché a casa con un nudo en la garganta, sabiendo que esa noche no tendría dinero para volver con ella. Al llegar, descubrí en mi bolsillo las mil pesetas y una nota que decía: «Para que vuelvas esta noche». Estuve todo el día haciendo tiempo, deseando que llegaran las ocho o las nueve de la noche para poder ver de nuevo a esa mujer. Pero, poco a poco, me fue asaltando la idea de que si la veía se iba a romper el encanto de la noche anterior. Esas mil pesetas las había ganado ella, y, si iba a verla con ese dinero, yo iba a tratarla como una prostituta, es decir, que yo iba a prostituirla más. Decidí no ir, pero continuamente sentía la necesidad de volverla a ver. Me decía: «Qué importa. Ella conoce todas las noches a cuatro o cinco o diez hombres. ¡Qué le importará a ella!» Mientras deambulaba, pasé por delante de una floristería y, sin pensarlo demasiado le dije a la mujer: «Mil pesetas de flores». Hicimos un ramo enorme, y lo dejé en el hotel con una tarjeta con su nombre, Isabel Peñalva. No la olvidaré nunca.

En el CISE, en París, estuve hasta que murió Franco. Bueno, en realidad no volví hasta finales del 76, porque yo fui de los últimos a los que proporcionaron el pasaporte. Cuando volví a España, me tuve que ir inmediatamente a Burgos, a encabezar la lista de diputados comunistas en esta provincia, como símbolo de los miles de demócratas que habían dejado su vida en el penal de esta ciudad. No salí elegido, ya que Burgos era muy difícil. Luego, el partido me puso al frente del departamento de Solidaridad Internacional. Se decía: Ayer por España; hoy España por los pueblos. Yo me sentía un hijo de la solidaridad y quería devolver la solidaridad que a mí me habían prestado en la cárcel y en el exilio.

Al comienzo de la guerra, es justo reconocer que en los dos bandos se cometieron actos descontrolados. Cuando las pasiones están desatadas, es comprensible que puedan ocurrir algunas cosas. Es cierto que se quemaron iglesias y que la gente estaba descontrolada. Sin embargo, a partir del año 37, la cosa se controló y esos actos no se produjeron más. Esto no tiene comparación con lo que pasó en el otro bando. Esta gente ganó la guerra y durante cuarenta años mantuvo un ideario gubernamental cuyo objetivo fue exterminar al enemigo. Lo que hicieran durante la guerra es justificable, pero después se dedicaron a arrancar hasta las raíces del enemigo. Hubo miles de fusilados. Un exterminio total.



MANUEL VALDÉS LARRAÑAGA
Amigo íntimo de José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange Española y miembro de su primer Consejo Nacional. En febrero de 1936, fue detenido junto a José Antonio y otros destacados dirigentes de la Falange. Al comenzar la guerra se encontraba en la cárcel Modelo de Madrid, pero se libró milagrosamente de la muerte. Desde la cárcel organizó el espionaje y el servicio de información de la falange en Madrid, lo que se llamó la quinta columna. Después de la guerra desempeñó importantes cargos políticos y fue nombrado embajador.
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MANUEL VALDÉS LARRAÑAGA Bilbao, Vizcaya, 1909.
Fundador de la Falange española (a la derecha).

Manuel Valdés Larrañaga

Amigo íntimo de José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange Española y miembro de su primer Consejo Nacional. En febrero de 1936, fue detenido junto a José Antonio y otros destacados dirigentes de la Falange. Al comenzar la guerra se encontraba en la cárcel Modelo de Madrid, pero se libró milagrosamente de la muerte. Desde la cárcel organizó el espionaje y el servicio de información de la falange en Madrid, lo que se llamó la quinta columna. Después de la guerra desempeñó importantes cargos políticos y fue nombrado embajador.

Estudié arquitectura en Barcelona y Madrid. Soy doctor en Arquitectura. Fui muy aficionado al deporte y llegué a ser campeón nacional de natación. Desde muy joven me dediqué a la política y milité en organizaciones monárquicas, hasta que, en 1931, conocí a José Antonio Primo de Rivera, del que me hice amigo íntimo. En 1933 se fundó Falange Española. Yo formé parte de su primer Consejo Nacional. Luego fui el primer jefe nacional del SEU y el miembro más joven de la Junta Política de la Falange que, al poco de iniciarse la guerra, se vio sensiblemente reducida por los asesinatos en la cárcel Modelo de Madrid. Yo también estaba allí, pero me libré milagrosamente de la muerte.

En las elecciones de febrero de 1936 me presenté por Asturias en la candidatura de Falange. La campaña electoral que hicimos por toda la región asturiana fue un éxito y sirvió para darnos a conocer como un movimiento nuevo y muy distinto a lo que significaba la CEDA, muy vinculada en el Principado al viejo caciquismo rural. Debido a lo exiguo de nuestros medios económicos, nuestra pretensión era exclusivamente de propaganda y de presencia política, sin esperar un resultado importante de votos. Sin embargo, quedó izada nuestra bandera de enganche, y bien alta, como la historia se encargó de demostrar.

El día de la fundación de la Falange Gallega, José Antonio me manifestó su descorazonamiento por las pretensiones meramente electorales de los gallegos con la siguiente frase: «los que nos quieren no nos comprenden y los que nos comprenden no nos quieren». Para poner remedio a este estado de cosas, en los actos públicos de la campaña asturiana puse en práctica la siguiente táctica: de entrada, los teloneros lanzaban un ataque frontal a la CEDA por su vinculación al progresismo masónico, lo que producía la inmediata salida del acto de los caciques del lugar, dando entrada, movidos por la curiosidad, a los que habían quedado fuera. Esto originaba un interesante cambio de público.

Al regresar a Madrid tras las elecciones y temiendo la persecución que se preveía contra nosotros, me fui a vivir a casa de un amigo. Pese a todo, fui detenido el 13 de marzo de 1936. Al llegar a la dirección general de seguridad ya se encontraban allí detenidos José Antonio y otros miembros de Falange. Al día siguiente ya estábamos en la galería de presos políticos de la cárcel Modelo de Madrid. Para no dejarnos libres se nos procesó con la pretensión de declarar asociación ilícita a Falange. También se nos quiso procesar como encubridores de los asesinos del catedrático de Derecho Jiménez de Asúa, llevado a cabo por algunos de sus propios alumnos, que, si bien algunos eran simpatizantes, no tenían dependencia o filiación con Falange.

La vida en la cárcel antes del 18 de julio estaba perfectamente programada. José Antonio había elaborado un plan que comenzaba con la misa a las ocho de la mañana. Como los políticos no estábamos sujetos a los horarios de los presos comunes, bajábamos al patio cuando lo desalojaban los demás reclusos. Aparte de las visitas en el locutorio general, recibíamos visitas en horas extraordinarias con la autorización previa del director. Las tardes las dedicábamos al estudio y la lectura. La comida nos la servían de distintos restaurantes de Madrid. A veces era el cocinero del suegro de José Antonio el que nos la servía. Finalmente, para simplificar, nos la traían de una taberna próxima de un tal Ananías, un personaje judaizante y cobarde, que cuando la cárcel pasó a manos de los milicianos denunció que Alejandro Salazar era quien pagaba nuestra comida, lo que le costó la vida a Alejandro.

Al Gobierno le inquietaba el gran número y la calidad de las personas que visitaban diariamente a José Antonio, y decidieron trasladarlo a la cárcel de Alicante, feudo político del director general de seguridad y de la propia masonería a la que él pertenecía. La sorpresa por el traslado y lo intempestivo de la hora dieron lugar a un duro enfrentamiento entre José Antonio y el propio director de la cárcel, el sr. Elorza, que ordenó maniatarle. José Antonio respondió diciéndole: «Con la misma cuerda que manda atar a sus detenidos algún día le ahorcarán».

El distanciamiento físico no pudo entorpecer la normal comunicación entre José Antonio, su Junta Política y los que trabajaban en la calle, ahora dirigidos por su hermano Fernando. Día a día seguíamos los preparativos del Movimiento. Tuvimos varias reuniones para discutir la conveniencia o no de que Falange participara en el Movimiento. Yo era de los que defendía nuestra participación, ya que partía del principio de que nuestra gente, participáramos o no, iría de todas formas al Movimiento. Gracias a confidentes, también teníamos informaciones precisas de cómo iba evolucionando la política en el campo marxista, así como de sus propósitos. Entre estas informaciones nos llegó una que nos pareció disparatada y que, tristemente, luego se confirmó: el propósito de crear Tribunales de Salud Pública, vulgarmente llamados Chekas.

Gracias a estos canales, el día 16 de julio por la tarde recibimos una comunicación de puño y letra de José Antonio en la que se nos anunciaba que el 17 por la noche comenzaría el Movimiento en Marruecos. La suerte estaba echada. Sabíamos que de no triunfar rápidamente el Movimiento en Madrid la junta política de Falange quedaría en una difícil situación que, como poco, nos llevaría a ser los últimos en ser liberados.

A partir del 18 de julio el panorama cambió radicalmente: se suprimieron las visitas, nos quitaron los aparatos de radio, se limitaron los paseos por el patio y los oficiales de prisiones se volvieron hoscos y represivos.

Entre nosotros crecía la angustia al ver que pasaban las horas y los días sin que la guarnición de Madrid se movilizara. Por fin, el día 20 tuvimos conocimiento de que el general Fanjul se encontraba en el Cuartel de la Montaña con todo listo para ponerse al frente de la sublevación de Madrid. El general, más político que militar, en vez de asumir una sublevación con todos los medios a su alcance, se limitó a encerrarse en el Cuartel, reduciendo el hecho a un pronunciamiento decimonónico que fue resuelto con escasos tiros y funestas consecuencias. El pensar que con una simple cuartelada cumplía con su compromiso de conjurado fue un error que costó muchas vidas entre presos políticos y militares y la suya propia. Con su fusilamiento en los primeros días de agosto se inició una larga serie de juicios y ejecuciones entre la guarnición militar de Madrid.

Visto lo visto, me pregunto si no debió ser el general Villegas el que se pusiera al frente de la sublevación con un plan de actuación militar que supiera unir a la totalidad de las fuerzas y que hubiera sabido sumar a la Guardia Civil y a los guardias de asalto. Un plan que se hubiera ejecutado el mismo día 18 de julio, aprovechando el desconcierto de las primeras horas y el compromiso de la totalidad de las unidades y la sagrada hermandad de la familia militar. La valiente comparecencia de todos los jefes y oficiales ante los tribunales que juzgaron la rebelión demostró que había auténtica madera para haber escrito una página gloriosa de haber tenido el mando adecuado. Lo que hubiera evitado una guerra civil y mucha sangre.

Desde la cárcel oímos perfectamente el tiroteo desde primeras horas de la mañana hasta su término al mediodía. Después se hizo un silencio que quedó roto por la llegada a la Modelo de los coches de la Guardia de Asalto repletos de militares de todas las graduaciones que venían en un estado lamentable. En días sucesivos se fue incrementando la llegada de detenidos tanto civiles y militares como políticos hasta convertirse en una auténtica riada humana.

Entre los políticos que ingresaron había desde ex ministros, hasta ex presidentes de gobierno, pasando por líderes de partidos políticos, republicanos incluidos. Todos ellos fueron fusilados en los siguientes meses sin juicio previo. Entre ellos estaba Melquiades Álvarez, fundador del Partido Reformista, un santón de la democracia y del republicanismo que, por un extraño conducto, recibía incluso prensa extranjera. Del periódico francés Le Temp nos leía con énfasis decimonónico la marcha de las operaciones militares. Cuando nos leyó el paso del estrecho de las unidades nacionales, lleno de entusiasmo y admiración por el general Franco, exclamó: «¡Éste va a ser un segundo Espartero!» Refiriéndose a la que él consideraba la máxima figura de nuestra historia moderna, el fundador del progresismo en España.

Para juzgar a la guarnición de Madrid se constituyó un tribunal especial presidido por un magistrado, Mariano Gómez, y completado con un jurado popular formado por milicianos del PSOE, de las JSU y de la Agrupación Anarquista. Por su actuación sangrienta y desalmada se la conoció como La Columna Gómez.

El día 22 de agosto, los presos comunes, atendiendo a un plan instrumentado entre La Pasionaria y un recluso comunista conocido como Doctor Muñiz, simularon un incendio en el cual quemaron los ficheros, mataron a algún oficial de prisiones y posteriormente escaparon. La huida del resto de los funcionarios permitió la entrada de grupos, previamente organizados, gritando que los presos políticos y los militares sublevados querían escaparse. Así la cárcel quedó en manos del populacho y nosotros a su absoluta merced.

Al día siguiente, desde las ventanas de la galería de políticos, vimos cómo alguno de los presos comunes que abandonaban la cárcel prendía fuego al cuarto donde estaban los ficheros. Aquel día ni salimos al patio ni comimos y, a partir del medio día, ya no vimos a ningún oficial de prisiones. A media tarde, desde las ventanas y azoteas de las casas contiguas, comenzó el ametrallamiento del patio de la 1ª galería, donde estaban ubicados los militares sublevados, provocando un muerto y varios heridos. Al mismo tiempo, en nuestra galería irrumpieron una especie de comisarios que trataban de atemorizarnos diciendo que habían quemado la cárcel (sin decir quién) y que no sabían lo que allí podía pasar. Más tarde, cuando casi había anochecido, entraron milicianos armados con mosquetones y pistolas y se apropiaron de todo aquello que pudiera tener algún valor. El registro nos dejó perplejos y sospechamos que algo grave podía pasar. Ya de noche y entre la luz de las velas con las que paliábamos la falta de luz eléctrica volvieron a irrumpir otra vez los milicianos diciendo: «no queremos vuestro dinero, queremos vuestras vidas». Entre culatazos nos trasladaron a la 1ª galería, que había quedado desierta, ya que a todos los militares detenidos se les había ubicado en el patio.

El espectáculo recordaba a las estampas de la Revolución Francesa: ex presidentes del Gobierno, ex ministros, políticos, aristócratas y presos en general tirados por el suelo o medio sentados esperando su suerte. Reflejando en sus rostros la angustia de una muerte segura. Frente a nosotros, milicianos y mujerzuelas que se paseaban entre los presos con un morboso deseo de sangre.

Entre los milicianos que pululaban había unos campesinos de Jaén que llevaban sombreros de paja de ala ancha y otros de tipo más urbano con pañuelo rojo al cuello y zapatos 'entaconados', que parecían proceder de los barrios bajos de la capital. Había también mujeres desgreñadas de ojeras grisáceas que nos miraban como si fuéramos seres extraños. Todos ellos como emergidos de las entrañas de la tierra. Seres a los que no había visto antes, ni volvería a ver.

Hacia medianoche, después de un detenido reconocimiento hicieron la primera saca eligiendo a los de más edad: Martínez de Velasco, ex presidente del Gobierno y ex ministro; Melquiades Álvarez, ex presidente de la cámara de diputados; Álvarez Valdés, ex ministro de justicia y el Dr. Albiñana, fundador del Partido Social Popular. Los cuatro ancianos subieron la escalera con la mirada perdida, insensibles a los culatazos de los milicianos y a los insultos de las mujeres. Al cabo de una hora oímos la descarga de su fusilamiento. Más tarde supe que durante esa hora los milicianos hicieron, según su manera y estilo, una especie de juicio sumarísimo popular antes de proceder a fusilarlos en los sótanos de la cárcel.

Un buen rato después hubo otra saca que incluía también a ex ministros y parlamentarios. Y, ya casi al alba, se produjo una tercera, de la que no pudieron librarse ni Andrés de la Cuerda, secretario de José Antonio, ni su propio hermano Fernando Primo de Rivera, entre otros.

Durante aquella interminable noche toda mi obsesión era buscar la manera de que al día siguiente se pudiera identificar mi cadáver, por lo que decidí anotar mi nombre en la camisa. Luego pensé que había hecho una estupidez e intenté borrarlo. Me vino la idea de que si llegaba el amanecer podría salvarme. Y así fue. También pensaba en las tropas del general Franco, que no podían estar distantes, ya que sabíamos que ese mismo día se habían librado combates en Maqueda, un pueblo de la provincia de Toledo.

A primera hora de la mañana se nos hizo saber que podíamos estar tranquilos, que se habían acabado los fusilamientos. Unos tribunales especiales nos juzgarían a todos los presos políticos y el que no tuviese una culpabilidad determinada se iría a su casa o al frente.

Desde aquel 22 de agosto nuestra situación cambió sustancialmente. El personal de prisiones fue sustituido por milicianos del PSOE y de las agrupaciones anarquistas. La dirección de la cárcel pasó a manos de un político marxista y las sacas nocturnas continuaron.

El comienzo de la guerra había coincidido con la celebración en una plaza vecina a la cárcel de una de las típicas verbenas de barrio. A pesar de los acontecimientos no fue trasladada y todos los días oíamos la musiquilla del tiovivo que, indiferente a nuestra tragedia, nos recordaba como la vida seguía.

A los pocos días comenzaron los juicios, para lo cual necesitaban rehacer los ficheros de los detenidos. Al preguntarme por mi nombre dije llamarme José María Batllé Larrañaga y surtió efecto el engaño, ya que cuando al poco tiempo comparecí ante la cheka lo hice bajo esa supuesta identidad. Dije ser un aparejador de Bilbao de paso por Madrid al que habían detenido en un café de la calle de Alcalá por indocumentado. Debieron creerme, ya que mi comparecencia no tuvo consecuencias. No fue así para tantos otros que eran llamados ante el siniestro tribunal a cualquier hora del día y de la noche. Esto hizo que la vida entre septiembre y octubre se convirtiera en una auténtica tortura. Por la noche sólo conseguíamos conciliar el sueño a medias, porque el menor ruido de pasos sobre el suelo metálico nos hacía despertar sobresaltados. Esto podía pasar hasta dos y tres veces en una misma noche. La emoción y curiosidad que experimentábamos son de muy difícil descripción. Cuando los pasos se acercaban a la altura de nuestra celda... y luego seguían... O cuando se detenían en puertas próximas... O cuando la que abrían era la nuestra y preguntaban por alguno de los allí presentes.

Al irse acercando las tropas nacionales a Madrid los trabajos de la cheka fueron acelerándose y extendiéndose desde primeras horas de la mañana hasta bien avanzada la noche. Llegó un momento en que las sacas se hacían a suertes sobre el fichero, de manera que un día les tocaba a los de la C y otro a los de la R. Comenzaron, además, a sacar a mucha gente de la cárcel. Los menos para ser trasladados a otras, los más a un destino mucho más siniestro: Paracuellos del Jarama.

A principios de noviembre se produjo la llegada a la cárcel de la Brigadas Internacionales y
al poco tiempo, la víspera del ataque nacional por el Puente de los Franceses, de la columna
de Durruti. El ruido de los transportes militares y la intranquilidad que nos produjo aquella
situación nos hizo pasar la noche en vela. Efectivamente, a la mañana siguiente, la cárcel
comenzó a ser bombardeada, hecho que fue aprovechado por algunos para escapar. Otros se
refugiaron en los tejados esperando la llegada salvadora de las tropas nacionales, pero fueron
apiolados allí mismo. Algunos se ofrecieron como camilleros y consiguieron escapar e incluso
pasarse a las líneas nacionales en pleno ataque. En medio de ese caos llegó herido el propio
Buenaventura Durruti, que tras ser asistido, volvió al frente de su columna. Al terminar la
mañana, en camilla, y escoltado por un grupo de anarquistas, volvió su cadáver. Al parecer, con
algunos tiros en la espalda.

Al renacer la calma a la mañana siguiente, se decidió evacuarnos a la totalidad de los presos.
Sin haber amanecido aún se nos mandó formar en la galería advirtiéndonos de que dejáramos
cualquier utensilio personal con el pretexto de lo limitado del espacio en los autobuses.
Todo indicaba que nuestro destino era Paracuellos y, efectivamente, la columna de autobuses
enfiló por la calle de Alcalá. Al llegar a la altura del Retiro, la columna recibió ordenes nuevas y
cambió de dirección. Milagrosamente fuimos realojados en la cárcel de Porlier. Luego supe que
aquella mañana nuestro traslado fue imposible debido al intenso bombardeo que estaba
sufriendo la carretera que llevaba a Paracuellos, prolongación de la calle de Alcalá.

En Porlier nos alojaron en un sótano al que llamaban Galería Provisional en unas condiciones
higiénicas y de hacinamiento terribles. A los pocos días estuve a punto de ser puesto en
libertad gracias al encargado de negocios de la Embajada de Argentina en Madrid, pero en el
último momento aquello se frustró debido a la casualidad de que el funcionario que vino a
buscarme había estado anteriormente destinado en la Modelo y descubrió mi auténtica identidad.

Justo cuando peor parecía que iba a irme, todo quedó olvidado gracias a que en ese
momento la autoridad carcelaria destapó, en medio de un gran revuelo, una trama de mercadeo
con la libertad y la vida de los internos por parte de los responsables de la cárcel, que fueron
inmediatamente depuestos y, a su vez, encarcelados. Esto me permitió volver a ser por un
tiempo José María Batllé y ser trasladado a la 6ª galería, en unas condiciones mucho mejores.
Incluso me entregaron un petate para dormir.

A finales de abril del 37 me trasladaron inesperadamente a la cárcel de Duque de Sexto,
donde se me comunicó que iba a ser juzgado sumarísimamente por rebelión militar bajo mi
auténtica identidad. Tras un aplazamiento, que me permitió preparar mi defensa, fui juzgado y
condenado a veinte años de internamiento en un campo de trabajo por auxilio a la rebelión,
algo muy distinto a la inicial petición fiscal de pena de muerte. Indudablemente la deriva que
había tomado la guerra había hecho que las condenas se vieran suavizadas por la prudencia.
Este criterio no debía de ser compartido por Cazorla, el Director General de Seguridad,
quien ordenó mi secuestro y traslado a una cárcel clandestina en un palacete de la calle Serrano.
Salvé la vida gracias a que en una dependencia cercana se hallaba también secuestrado Raimundo Fernández Cuesta. Para combatir la piorrea usaba un colutorio que le preparaban en
una determinada Farmacia. Raimundo convenció a sus captores para que se lo proporcionaran
y el farmacéutico, al serle requerido, se dio cuenta de que el destinatario no podía ser más que
Fernández Cuesta. Tirando de ese hilo y con la activa colaboración del Ministro de Justicia Irujo
dieron con nosotros y fuimos devueltos a nuestras respectivas cárceles.

El episodio de mi juicio y posterior secuestro y liberación despertaron en el director de la
cárcel una reacción de humana simpatía y de respeto, que se materializaron en una serie de
favores, visitas y contactos con el mundo exterior que fueron para mí de extraordinario interés. Gracias a esto, pude ser trasladado al Hospital Prisión, un lugar mucho más indicado para comenzar la reorganización clandestina de Falange. Aparte de un régimen penitenciario mucho más laxo y tolerable, la pieza fundamental para mi propósito fue, de nuevo, el propio director de la prisión, un anarquista llamado Primitivo Requena, que me autorizó a recibir en su despacho, y a solas, a quien quisiera. Esta situación nos permitió crear una organización verdaderamente eficaz en el auxilio a nuestros camaradas y en la colaboración con nuestros servicios de información. En pocos meses llegó a contar con miles de militantes.

Dos años más tarde, cuando se produjo el golpe de estado del coronel Casado, le propuse a
Requena que abriera las puertas de la cárcel para evitar la posible matanza que la entrada de
los comunistas podría producir entre los presos. A cambio él se vendría conmigo a un refugio
seguro. Mi propuesta fue aceptada y así me vi por fin libre y listo para preparar la entrada de las tropas nacionales en Madrid. Vinieron entonces unos días de febril actividad que culminaron en una reunión con todos los jefes de las distintas banderas y algunos asesores militares para hacer un estudio exhaustivo de todos los supuestos de actuación en adelante.

Cuando todo quedó perfectamente dispuesto, pensé que lo mejor que podía hacer era pasar
a la zona nacional valiéndome de los pasos de que disponía el Servicio de Información del
Ejército Nacional. Justamente la víspera de mi partida, Antonio Garrigues me concertó una
entrevista con el nuevo miembro del Consejo Nacional de Defensa, Julián Besteiro, a fin de
explorar su postura ante las negociaciones para poner fin a la guerra. A última hora de la tarde
llegué a su despacho que se encontraba en los sótanos del Ministerio de Hacienda. En la habitación, que más bien parecía una celda, se encontraba acostado y en pijama el propio Besteiro, demacrado y enfermo. Escuché con atención sus pretensiones y sus ideas de cómo debía llevarse a cabo la rendición, pero me di cuenta de que, desgraciadamente, todos sus buenos deseos llegaban demasiado tarde. Al final me confesó que era un hombre que terminaba sus días aplastado por todo aquello que había defendido. Besteiro era un hombre honrado, el
último romántico de la política. Al despedirse dijo conocer mi intención de pasarme y me previno contra las patrullas comunistas.

Unos días después y tras agotadoras jornadas de marcha llegué a Burgos. Me instalaron en
el hotel Condestable, centro de la vida política de la capital de la España nacional. El hormigueo
de políticos, periodistas y financieros que allí encontré causaron mella en mi ingenuidad
falangista. Aquel clima distaba mucho del espíritu de servicio que en la Falange aprendimos
de José Antonio. Permanecí unos días en Burgos y me entrevisté con un sin fin de autoridades.
Incluso, tuve el alto honor de ser recibido por su Excelencia el Generalísimo Franco. Pero, dadas
mis obligaciones, no me fue posible desplazarme a Oñate, donde mis padres habían pasado
toda la guerra. Pude, eso sí, hablar por teléfono con ellos.

El día 28 de marzo de 1939 se me comunicó mi nombramiento como Jefe provincial de
Madrid y que ante la inminente entrada de nuestras tropas debía de ir allí a hacerme cargo de
mi puesto. Partí de inmediato y, dos días después, el pueblo de Madrid recibía a las distintas
unidades victoriosas de Franco con profundas muestras de alegría y lágrimas de emoción.
Después de la guerra desempeñé diversos cargos políticos y fui embajador. De las cosas de
las que estoy más orgulloso es de haber gestionado directamente en Alemania la vuelta de los
voluntarios de la División Azul tras la segunda Guerra Mundial.

Pienso que la guerra fue inevitable y que la posguerra siguió el único camino posible para
la recuperación de España, fruto de ello es la España actual. Franco no sólo salvó a España, sino
que la transformó socialmente, y, después de la victoria, España desembocó en una estructura
social más justa, sin parangón con lo anterior ni precedente alguno. Los españoles, gracias a
todo esto adquieren una nueva mentalidad y le prestan sus derechos al trabajo, a la sanidad
pública y a todas las prestaciones de la seguridad social. A pesar de que la posguerra fue dura,
nos veíamos avanzar día a día. No se dejó resquicio alguno para la demagogia marxista al convertir al proletariado en clase media, fuente de estabilización social. Ahora las cosas se olvidan y tergiversan, pero es porque todavía está muy próxima la historia y porque se ha contado de una manera sectaria, con un aparato de poder que necesitaba esa manipulación para instalarse, pero llegará ese período de estudio sereno y reflexivo de los acontecimientos que devolverá hechos y nombres al lugar que les corresponde. Estoy seguro de que así sucederá con aquella época, que fue la nuestra y con el hombre que fue nuestro guía y capitán.


THEO FRANCOS
Hijo de trabajadores españoles emigrados a Francia, vivió siempre en Bayona. Militante comunista desde los 16 años. Al comienzo de la guerra viajó a Madrid para luchar con el 5º Regimiento y, más tarde, con la XI Brigada Internacional, donde ejerció de comisario político. Al retirarse las Brigadas Internacionales, continúo la lucha en el Ejército republicano y fue hecho prisionero. Fue a parar al campo de concentración de Miranda de Ebro. En 1940 logró salir del país y se unió a los aliados como paracaidista. Intervino en las batallas más importantes de la Segunda Guerra Mundial. En Holanda fue capturado y fusilado sin éxito. Aún tiene una bala alojada en el cuerpo, junto al corazón. Hoy sigue siendo comunista y antifascista.
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THEO FRANCOS Fontihoyuelo, Valladolid, 1914.
Comunista. Comisario político de la XI Brigada Internacional.

Theo Francos

Hijo de trabajadores españoles emigrados a Francia, vivió siempre en Bayona. Militante comunista desde los 16 años. Al comienzo de la guerra viajó a Madrid para luchar con el 5º Regimiento y, más tarde, con la XI Brigada Internacional, donde ejerció de comisario político. Al retirarse las Brigadas Internacionales, continúo la lucha en el Ejército republicano y fue hecho prisionero. Fue a parar al campo de concentración de Miranda de Ebro. En 1940 logró salir del país y se unió a los aliados como paracaidista. Intervino en las batallas más importantes de la Segunda Guerra Mundial. En Holanda fue capturado y fusilado sin éxito. Aún tiene una bala alojada en el cuerpo, junto al corazón. Hoy sigue siendo comunista y antifascista.

Siempre he vivido en Francia, aunque soy hijo de españoles y nací en España. Mi madre decidió ir al pueblo a dar a luz para hacerlo en compañía de su familia. En el año 1909, por razones económicas, emigraron a Bayona, donde mi padre consiguió trabajo en una fragua. Allí fui al colegio hasta los doce años. Luego me contrataron para trabajar como camarero en un restaurante y dejé la escuela. A los 16 años, me afilié a las Juventudes Comunistas. Veía que el fascismo se estaba expandiendo por Europa y empecé a darme cuenta de que era importante estar dispuesto a luchar para evitar ese avance. La primera ocasión para actuar se me presentó en octubre de 1934. En Asturias se había producido el levantamiento obrero. Los trabajadores asturianos fueron salvajemente reprimidos. En las Juventudes Comunistas ayudamos a cruzar la frontera francesa a los que conseguían escapar. Les instalábamos dos o tres días en una pensión, les conseguíamos unos billetes de tren a París y les dejábamos en la estación de San Juan de Luz. Si se trataba de cargos importantes, les acompañábamos hasta París. En total conseguí pasar a unos treinta militantes clandestinos.

Cuando en España se produjo el alzamiento militar contra la República, yo me indigné. Me asustaba que el fascismo estuviera ganando posiciones tan cerca de nuestras fronteras. Sabíamos que el fascismo acabaría con la igualdad y con la libertad de los pueblos. En el caso de España para mí era aún más doloroso, ya que nos alegramos mucho cuando el Frente Popular ganó las elecciones. A los pocos días, tuve el deseo de combatir al lado de los republicanos. Este deseo no era compartido por mis dirigentes políticos. Yo no hice caso de sus órdenes y el 10 de agosto de 1936 llegué a Madrid, acompañado por un compañero de Biarritz.

En Madrid, me alojaron en un convento de los salesianos, en Cuatro Caminos y pasé a formar parte de las fuerzas republicanas españolas. En esos primeros momentos los extranjeros éramos, sobre todo, belgas y franceses. Muchos eran atletas que llegaron a Barcelona el 17 de julio para participar en las Olimpiadas Populares organizadas como respuesta al boicot a los deportistas antifascistas que había tenido lugar en los Juegos Olímpicos de Berlín. Juntos formamos una de las primeras centurias franco-belgas, llamada Comuna de París e incluida en el 5º Regimiento, fundado el 2 de agosto con la aprobación del Partido Comunista de España y que dirigía Vittorio Vidali, conocido como el comandante Carlos. Nos dieron un pantalón, una chaqueta y un fusil y nos mandaron a la sierra de Guadarrama. Nuestro primer combate tuvo lugar en el puerto de Somosierra. Cerramos el paso a las tropas del general Mola, que amenazaban con entrar en Madrid por el norte. Seguidamente nos enviaron a Talavera de la Reina, para evitar que los nacionales avanzaran hacia Madrid por esta vía.

Cuando se crearon las Brigadas Internacionales todos los extranjeros fuimos enviados a Albacete. ¡Una verdadera torre de Babel! Un total de 35.000 voluntarios de 54 naciones pasamos por allí. Yo me incorporé a la XI Brigada. La instrucción duró apenas quince días. El día 8 de noviembre participamos en el gran desfile de las Brigadas Internacionales. Sobre nosotros volaban los Moscas y los Chatos, que acababan de llegar de la URSS. Nuestra XI Brigada estaba a la cabeza del desfile y el pueblo de Madrid nos acogió de una manera inolvidable.

Nuestra primera acción fue la defensa de la Ciudad Universitaria. Fue un combate terrible, cuerpo a cuerpo, edificio por edificio y escalera por escalera. Tirabas un tabique y te encontrabas con un moro de frente. El primero que tiraba era el que se salvaba. Pasamos mucho miedo. Creo que fue algo parecido a lo que debió ser Stalingrado. Además, los aviones alemanes de la Legión Cóndor nos aplastaban con sus bombas, mientras las columnas de Yagüe nos atacaban por tierra. Perdimos más de un tercio de nuestros efectivos en estos combates, pero nuestra satisfacción fue que Franco no pudo cumplir su palabra de estar en Madrid para oír misa a finales de ese mes. Durante estos combates me hirieron por primera vez. Fue en el brazo izquierdo, por la metralla de una granada. Me mandaron a la retaguardia, a Elche. Allí pasé mi primera Navidad en guerra.

En enero de 1937, ya recuperado, me enviaron en prácticas de formación a la escuela militar situada en el cuartel de Portacelli, a 29 km de Valencia. Salí el 5 de febrero de 1937 con el título de comisario político de la brigada. Precisamente ese día, los franquistas lanzaron su ofensiva por el este de Madrid, en la zona del río Jarama. Y allí, con el lema de «No pasarán», luchamos para salvar de nuevo Madrid. Murieron unos tres mil Brigadistas. No dábamos abasto para introducir los cuerpos en las fosas. Todavía hoy tengo la imagen grabada en mi cabeza: todos esos brazos y esas piernas desperdigadas por el campo, descomponiéndose al sol. Fue horrible. A mitad de combate tuve que realizar una de las operaciones más arriesgadas de toda la guerra; fui casi hasta las líneas franquistas a buscar a un camarada americano, de la Brigada Lincoln, al que una granada había arrancado un brazo. Se trataba de un gran pianista. Para rescatarle, tuve que atravesar a nado el río Jarama que, por suerte, era bastante estrecho a esa altura. Fui tirando y arrastré como pude su cuerpo mutilado. Hace pocos años, en 1986, nos reencontramos en Madrid en el 50º aniversario de la guerra. Con su única mano, tocó las notas de El paso del Ebro, una canción que nos reconfortaba el corazón durante los días previos al combate. Fue increíble.

El 16 de julio de 1937 volvimos a entrar en combate. La batalla de Brunete fue una de las más duras. Los combates eran violentísimos y las temperaturas rondaban los 45 ºC. Era espantoso encontrarse sin agua en ese horno de fuego y metralla. Estábamos en primera línea con el 5º regimiento. Comenzamos muy bien. En los primeros momentos conseguimos ganar terreno, pero enseguida se frenó el avance porque nuestras tácticas militares eran insuficientes. Fue otra matanza. Después de Brunete tuvo lugar la ofensiva del Alto Aragón. Allí reinaba una gran confusión. Los anarquistas habían abandonado los frentes para montar sus colectividades. Nunca entendí bien a los anarquistas. Me asombraba ver a los que estaban en primera línea jugar partidos de fútbol con los franquistas en los momentos tranquilos.

Del 24 de agosto al 6 de septiembre se produjo la batalla de Belchite. Una vez más, nuestra intervención, victoriosa en un principio, se vino abajo por nuestras deficiencias en estrategia y táctica militar. No pudimos tomar Zaragoza. Después llegó Teruel. También allí los combates fueron terribles, pero esta vez debido a un frío siberiano intensísimo. Tanto, que los ancianos de la zona no recordaban algo igual. No estábamos equipados para soportar unas temperaturas tan bajas. Además nos acosaban los aviones Messersmitch alemanes, frente a los cuáles nuestros
Chatos no podían defenderse. La situación no dejaba de empeorar. Estábamos bloqueados por la nieve. Numerosos camaradas tenían los miembros congelados y muchos murieron por esta causa. El 8 de enero entramos en Teruel. Fue una victoria efímera, porque los franquistas consiguieron reconquistar la ciudad el 22 de febrero.

A finales de febrero cubrimos lo que para los republicanos sería el gran acontecimiento de esta guerra: el paso del Ebro. En el mes de agosto todavía estábamos en la zona, en el pueblo de Corbera. Contábamos ya con 120.000 bajas. Fue la última gran batalla. En octubre de 1938 llegó, de manera súbita, la orden de que las Brigadas Internacionales nos debíamos retirar de España debido a un acuerdo firmado en Londres.

El 28 de octubre de 1938 se celebró en Barcelona el acto de despedida. La Pasionaria pronunció un discurso histórico y sus palabras se me quedaron grabadas: «Podéis marchar orgullosos. Vosotros sois la historia, vosotros sois leyenda. Sois el heroico ejemplo de la solidaridad y de la universalidad de la democracia. No os olvidaremos y cuando el olivo de la paz florezca, ¡volved a nuestro lado!» Yo no podía abandonar así al pueblo español. Decidí permanecer en España y me incorporé a la 65ª Brigada de choque del Ejército republicano. Fuimos hacia Andalucía y Extremadura. Los combates cada vez eran más difíciles. Madrid resistía, pero empezábamos a sentir que la victoria se nos escapaba de las manos. Luchamos en Cabeza del Buey, Don Benito, Pozoblanco, en el valle del Guadiana y en Villanueva de Córdoba.

En marzo de 1939 se produjo la retirada general hacia el puerto de Alicante, donde los dos últimos barcos debían partir. Nos juntamos millares de combatientes vencidos. Habíamos caído en una trampa. Los aviones italianos empezaron a bombardearnos y, más tarde, llegaron los tanques italianos. La desesperación llevó a algunos hombres a suicidarse tirándose desde el puerto a las rocas. Desmoralizado y vencido, me hicieron prisionero. Sufrí entonces la violencia salvaje de los franquistas. Me golpearon y, sin comer nada, me condujeron a la cárcel de Portacelli que, para colmo, quería decir «puerta del cielo».A todos los que ostentaban el cargo de comisarios políticos les introdujeron en un camión y desaparecieron para siempre. Por lo que a mí respecta, fui torturado. Nos hacían «la gota de agua»: Te atan en el suelo y hacen que una gota caiga sobre tu cabeza sin parar. Muchos se volvieron locos. Yo tuve suerte, pude resistir y conseguí camuflar el grado de comisario político. De allí me trasladaron al campo de concentración de Miranda de Ebro. Conseguí ocultar mi verdadera identidad y adopté la de uno de mis primos, François Pérez, que vivía también en mi misma calle y que había venido, como yo, para luchar junto a los republicanos. A él lo fusilaron en Tolosa y me transfirieron sus papeles al campo de Miranda.

En el campo, mi único pensamiento era evadirme. La primera ocasión se produjo cuando un grupo de polacos consiguió hacer un túnel que partía desde la capilla. Provocaron un cortocircuito con el muelle de una de sus camas y, gracias a eso, pudimos escapar 35 personas. Conseguimos llegar a la línea del ferrocarril. Los ferroviarios de Miranda nos ayudaron a subir a distintos trenes, pero yo no tuve suerte, me detuvieron y me trasladaron a una prisión de alta seguridad en Burgos. Allí me volvieron a torturar. Me metieron en una celda subterránea en oscuridad total. Allí estuve tres meses. Mis únicos alimentos eran un poco de pan y agua cada 24 horas. A la salida de esta «tumba» sufrí un violento 'shock' producido por la luz del día.

Después, me trasladaron de nuevo a Miranda. Unas semanas más tarde protagonicé una nueva evasión, esta vez a través de las alcantarillas. Fue repugnante. Caí en un pasaje muy difícil y quedé bloqueado durante algún tiempo pero, finalmente, conseguí liberarme y llegué a un pequeño curso de agua que facilitó mi huida. Una vez más fui detenido por la Guardia Civil y conducido de nuevo al campo de Miranda. Allí me golpearon generosamente y luego me enterraron hasta la cintura, a pleno sol, para recibir noventa latigazos. Acabé con la espalda en carne viva y, para colmo, me rociaron con vinagre. Me quedé inconsciente y no lo hubiera contado si mis compañeros no me hubieran sacado de allí y no me hubieran ido dando pequeñas raciones de leche condensada de las que suministraba la Cruz Roja Internacional. Me abrían la boca y me introducían un par de cucharadas. Así me fui recuperando. También mi familia sufrió las represalias de mi militancia. A un tío de mi mujer, Miguel San Miguel, le ataron a la cola de un caballo y le lanzaron al galope hasta que se desangró. El hermano de mi padre, Esteban Francos, alcalde de Fontihoyuelos, fue rociado con gasolina y quemado vivo en medio del campo. Y a cuántos prisioneros republicanos vi que les cortaron el puño, mientras les gritaban: « ¡A ver como saludáis ahora con el puño cerrado!»

Una vez recuperado, me integraron en una brigada de trabajo para la construcción del pueblo nuevo de Belchite. Nos alojaron en un convento en ruinas. Recibíamos berzas como único alimento. Finalmente, gracias a la intervención de la Cruz Roja, pude salir libre. A mediados de junio de 1940 y acompañado por un funcionario de la Embajada de Venezuela en Madrid me llevaron en tren hasta Irún para atravesar la frontera con Francia. Yo no sabía nada de la situación militar en Europa. Pensaba que volvía a casa para ver a mi familia y descansar. Pero no fue así. Llegué a Hendaya el 20 de junio de 1940.Allí me enteré de que la llegada de las tropas alemanas era inminente. Me había liberado de las garras del franquismo, pero me esperaban las tropas hitlerianas. Por casualidad, ese mismo día supe que algunos barcos polacos iban a partir desde el puerto de San Juan de Luz hacia Inglaterra. Tuve el tiempo justo, para proveerme de uno de sus uniformes y embarcar con ellos. Esto ocurrió el 21 de junio de 1940. El día 23 entr

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TRINIDAD GALLEGO
Creció junto a su abuela en la portería de una casa del distinguido barrio de Salamanca de Madrid. Esto le permitió tomar conciencia de las desigualdades e injusticias sociales existentes. Tras formarse como matrona y enfermera se empleó en el Hospital San Carlos desde donde promovió el Comité de Enfermeras Laicas. En 1935 se afilió al Partido Comunista. Durante toda la guerra trabajó de enfermera en Madrid. En 1939 fue detenida y encarcelada junto a su madre y su abuela de 87 años. Pasó casi siete años en prisión. Al salir, la contrató un médico de Baena, que abusó de ella aprovechándose de su penosa situación. Hoy sigue siendo comunista.
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TRINIDAD GALLEGO Madrid, 1913
Enfermera, comunista y presa política.

Trinidad Gallego

Creció junto a su abuela en la portería de una casa del distinguido barrio de Salamanca de Madrid. Esto le permitió tomar conciencia de las desigualdades e injusticias sociales existentes. Tras formarse como matrona y enfermera se empleó en el Hospital San Carlos desde donde promovió el Comité de Enfermeras Laicas. En 1935 se afilió al Partido Comunista. Durante toda la guerra trabajó de enfermera en Madrid. En 1939 fue detenida y encarcelada junto a su madre y su abuela de 87 años. Pasó casi siete años en prisión. Al salir, la contrató un médico de Baena, que abusó de ella aprovechándose de su penosa situación. Hoy sigue siendo comunista.

Yo soy mi abuela. Ella me crió y me educó y a ella le debo todo. Soy comunista porque mi abuela era comunista sin saberlo. Mi abuela, Trinidad Mora Frías, nació en Cogolludo. Cuando tenía doce años murió su madre. Su padre agarró a los hijos, se montaron en un burro y se vinieron a Madrid llenos de miseria. Mi abuela sirvió, fregó, lavó... Ésa fue su infancia y su juventud. Luego se casó y tuvo tres hijas, pero, al poco tiempo, mi abuelo murió en un accidente y ella se quedó en la calle y se vio obligada a llevar a sus tres niñas a la inclusa. Trabajó como una mula. No sé cómo ni dónde vivía, pero hizo de todo.

Un día la llamó la marquesa de Constantino, que vivía en la calle de Marqués de Villamagna. Según parece estaba muy enferma y nadie quería ocuparse de cuidarla. Mi abuela, que no le hacía remilgos a nada, se fue con ella. Y allí estuvo hasta que murió. Entonces le dijeron: «Señora Trinidad, ¿querría usted una portería?» Era la de la casa de al lado, que es en la que yo nací, en pleno barrio de Salamanca. Fue a la inclusa a buscar a sus tres hijas, pero sólo pudo recuperar a dos. Le dijeron que la otra había muerto. ¡Vete a saber! Así era entonces la vida de la gente de pueblo. Mi tía, a los pocos días de llegar, se puso a servir en el piso de arriba y mi madre aprendió a coser, porque, al ser la menor, era la preferida de mi abuela. Se hizo costurera. Iba a coser por las casas. Cosía para una casa del barrio que cuando llegaba el verano, se la llevaban con ellos. O sea, que mi madre trabajaba siempre y siempre estaba fuera. En invierno llegaba a casa a las nueve de la noche y, en verano, se iba los tres meses.

Un día la invitaron a la boda de una compañera costurera que se casaba con un guardia civil. Allí conoció a mi padre, que era hijo de un guardia civil extremeño. Se enamoró y se casó con él. Esto es todo lo que sé, porque yo de mi padre no he oído mucho y lo poco que sé, lo he averiguado recientemente. Él dijo que nada de poner un piso, ¡ni soñarlo!, y entonces mi abuela les dejó en una habitación la cama de matrimonio de mi abuelo, que era de esas antiguas, de hierro. Él se marchaba periódicamente y volvía al cabo de dos o tres días. No trabajaba, y un día, mi abuela, que había luchado tanto para salir adelante, le dijo: «Si quieres llevarte a tu mujer, te la llevas, pero si no, aquí eso de venir a que cada año o cada dos años nazca un hijo, sin tener para comer ni para vivir, no. Elige: O coges la maleta y te vas, o te pones a trabajar». A los ocho días vino, agarró la maleta y se marchó. Yo todavía no había nacido.

Crecí con mi abuela en la portería de una casa donde vivían unos señores que, cuando yo estaba fregando la escalera, me decían «¡Hola, Trinita!», pero que luego, cuando me vestía y me iba a la calle, no me saludaban porque era la nieta de la portera. Así era entonces el mundo, pero a mí me importaba siete puñetas, yo bailaba encima de ellos y me quedaba tan ancha, porque de pequeña nunca me di cuenta de que yo no tenía padre y de que el resto de los niños sí, ni de que todos los niños tenían zapatos y yo iba en alpargatas, ni de que las niñas iban al cine el domingo mientras yo fregaba escaleras.

En mi casa había dos colegios. Uno en la planta baja, que era privado, y otro en el principal, que era del Ayuntamiento. Cuando cumplí los cuatro años, la vecina de arriba dijo: «¡Trini tiene que ir al colegio del Ayuntamiento!» Y me llevó arriba. Como no llegaba a los pupitres, porque entonces los niños empezaban la escuela a los ocho años, me pusieron una mesita pequeña. Cuando no estaba en clase, estaba pegada a mi abuela. Si ella se ponía a lavar en una artesa, a mí me ponía en el lado estrecho. Tenía una tabla grande de planchar y yo planchaba a su lado en una pequeñita. Se ponía a guisar y me ponía al lado del fogón, en una trona. Hizo un marco de madera con una alambrera para que no metiera las manos en la lumbre mientras guisaba y me sentaba allí. Cuando zurcía calcetines me decía «¡Mira, esto se hace así!». O sea, que me enseñó las tareas de la casa, pero, además, me decía: «¡Tú aplícate en el colegio, tienes que estudiar!» Yo soy lo que soy por mi abuela.

De pequeña salía poco, yo creo que porque tenían miedo de que mi padre me llevara con él. Bajaba del colegio, me daban un pan y media onza de chocolate para comer y me ponían a hacer los deberes. Luego tenía que hacer una onda de bolillos y, para cuando quería salir, me decían: «Ya han encendido los faroles, ya no puedes salir». Iba mucho a cuidar a los niños del piso de arriba. Su padre era médico de partos y venía a la portería y le decía a mi abuela: «A ver si Trinita puede subir a entretener a los niños». Yo subía y jugaba con ellos y la niñera aprovechaba para planchar y guardar ropa. Tenían juguetes preciosos: mecanos, trenes eléctricos... Lo pasaba bomba. Me daban de merendar más de lo que yo comía al mediodía, ¡unos filetes...! Yo vivía así, pero no me daba cuenta de nada. Era muy feliz en mi casa. ¡Ay, mi abuela! Los fines de semana salía con las niñeras al paseo de la Castellana, a un aguaducho. Estaban las niñeras con los niños y yo con mi merienda y mis barquillos.

Por la noche, me limpiaba las sandalias, que eran de goma de cámara, con cebolla o con tomate, porque no había betún, y mi abuela me lavaba el delantal blanco para ir al colegio al día siguiente y ponía a cocer un litro de leche para mi cena; porque yo me crié con leche de una vaca de La Balbina, una lechería de la calle de Serrano. Valía ochenta céntimos el litro y a veces había que dejarla a deber, porque mi abuela sólo ganaba al mes treinta pesetas y pagaba una bombilla de luz, que es lo que le permitían, y tres pesetas al marqués de Santo Domingo. ¡Así vivíamos las que luchamos luego!

Salí del colegio a los catorce años, y fui a una academia del Ayuntamiento a aprender taquigrafía, mecanografía y francés. Mi madre siguió trabajando y mi abuela siguió en la portería. En la escalera vivía un hermano de un ministro de la dictadura. Sabían que yo estudiaba, que limpiaba escaleras, que trabajaba, pero jamás me dijeron: «Oye, mira, podías ir aquí o allí, que te recomendamos» ¡Jamás! Un día vino el secretario de la cámara de comercio inglesa a ver un piso que estaba vacío. Lo enseñaba yo porque mi abuela empezaba a estar muy mayor. Después de enseñárselo, me dijo: «¿Querrías venir a trabajar con nosotros?» Fue mi primer trabajo. Ganaba cuarenta pesetas al mes, que para mi casa era mucho. Allí estuve meses. La mujer de la limpieza un día me dijo: «Mira, yo hago la limpieza en un salón de té al que sólo entran títulos o la Casa Real y necesitan personal. ¿Por qué no te vienes?» Fui y me contrataron para el guardarropa y para la pastelería. Allí ganaba treinta duros al mes, y, además, me sacaba propinas, pero se empezaba a últimos de septiembre y se terminaba a últimos de mayo y al año siguiente te cogían o no según les convenía. El sitio se llamaba Sakuska y estaba en Alcalá 60, al lado de Correos. Yo tenía 16 años. Iba de doce a dos y media y luego al té que era de cinco a siete y media. También había algún aperitivo por la noche. Se cerraba a las nueve y media o diez, cuando se iba el último, de manera que no había horario.

Todas las empleadas íbamos vestidas de rusas con zapatos grises de tacón, medias finas y una falda azul de satén, brillante y muy fruncida. La blusa era amarilla, con cuello alto cerrado al lado, con pasamanería y con una cosa roja con piedras y lazos de colores. Cuando se abría la puerta, cada mesa tenía un letrero de reservada y si los que entraban no eran los que tenían que ser, no pasaban. En la puerta había un alemán vestido de cosaco. Salía y abría las puertas de los coches, que casi todos eran de caballos.

Había un banquero llamado Calamarte, que era un calafate viejo y gordo. Muy bien vestido, pero muy desagradable. Allí se veía con una hija del duque de Sevilla, que no era hija del matrimonio, era hija del duque de Sevilla con otra mujer. ¡Allí veía de todo! Había otro calafate gordo que era ayudante del rey y que venía con su mujer, tomaba el té con ella y luego se iban. Al cabo de un rato volvía con una ayudante de la reina, que era viuda, alta, muy maja. Allí conocí también a una gitana que se codeaba con gentes y que estaba con un escritor de novelas al que llamaban el Caballero Audaz. Según decían tenía poco de audaz y menos de Caballero. Luego a ella me la encontré en la cárcel, creo que estuvo con un anarquista y la detuvieron. En tres temporadas que estuve vi de todo. Claro, es fácil imaginar lo que se me iba cociendo dentro cuando veía esas cosas, sabiendo lo que había pasado mi abuela y lo que yo vivía en casa desde pequeña.

Yo no tenía el bachillerato. Mi idea era estudiar para matrona, pero antes hice el primer curso de enfermería, para el que no hacían falta más estudios. Para ser enfermera tuve que ir a hacer prácticas a un hospital. Una de las primeras cosas de las que me di cuenta fue que en los hospitales no había enfermeras, sólo mandaban las monjas. Una noche ingresó una pobre mujer que se había quemado las manos. A la mañana siguiente, una de las monjas la echó a la calle sin curar, y la mujer no tenía dinero ni para el tranvía. Yo la cogí y me la traje al cuarto de curas, con la consiguiente bronca de la monja. Le dije: «¡Cómo! ¿Que a usted la llaman sor María? ¡Sor Caballo!» Y se montó el lío.

Después de esto me hice practicante y matrona. La Segunda República nos permitió cierta apertura. Empecé a enterarme de cosas, a hablar con gente, conocí la Casa del Pueblo, que era la UGT, vi las primeras manifestaciones anarquistas..., pero todavía no lo tenía claro. En el año 1935, en plena clandestinidad y antes de las elecciones, que volvimos a ganar, creamos el Comité de Enfermeras Laicas para que pudieran trabajar las que no eran monjas. Debió ser cuando Dolores Ibárruri estaba en el Congreso, porque fuimos a verla para que en el momento que presentáramos el escrito, lo apoyara. Entonces, gracias a las compañeras que conocí en el Comité, ingresé en el Partido Comunista.

Cuando estalló la guerra me fui inmediatamente a la casa del partido: «¿Qué hago?», pregunté. Me contestaron: «Ahora, vete a casa y mañana por la mañana te vas a tu sector». Me fui a mi casa, pero a las siete de la mañana empecé a oír los zambombazos. Me levanté y dije: «¡Me tengo que ir!» Mientras me vestía, bajó el marido de una señora que vivía en casa: «¡Ay, que venga Trini, que me parece que mi mujer ha dado a luz en el váter!» Primero le dije: «¿No dijo usted que nunca le asistiría a un parto? Pues ahora me tendría que ir». Pero fui. La ayudé, arreglé al niño y me marché. En Goya cogí el tranvía y, al llegar a Alcalá, empezaron a escucharse tiros. En el tranvía no íbamos más que el cobrador, el conductor y yo. Paró el tranvía y nos protegimos en un portal. Pero justo antes de resguardarnos, vi como un hombre se caía al suelo. Fui a ayudarle, pero los otros dos tiraron de mí y me metieron al portal. Le habían disparado y estaba muerto. En media hora vi mi primer muerto y mi primer recién nacido.

Cuando llegué al sector me dijeron: «Vete al hospital San Carlos inmediatamente. Preséntate como lo que eres. Busca más comunistas y socialistas, que haya republicanos; formad un comité y empezad a funcionar porque la guerra ha estallado». Me llevaron en un coche con colchones de lana encima, porque los tiros se enredaban en la lana y no traspasaban. Ahora, si entraban por abajo, te daban. Creamos un comité y fueron llegando estudiantes y médicos. Empezaron a traer heridos y ya no salimos nadie del hospital, porque no había horas suficientes para todo el trabajo que teníamos. Aquello era un maremágnum, porque tampoco había comida. A mí me nombraron enfermera jefe y era la que organizaba e iba a buscar el suministro, a firmar.

No libraba nunca; estuve toda la guerra en el hospital. Un día, vi que mis zapatos ya no tenían suela y decidí tomarme la tarde para ir a la calle Fuencarral a comprarme unos. Me dijeron: «Trini, no vayas ni por Fuencarral ni por Hortaleza, porque caen bombas todas las tardes». Yo fui de todas maneras; esa tarde no cayó nada en esa zona y, sin embargo, bombardearon el hospital. Luego, el Primero de Mayo de ese año se celebró un gran desfile en el paseo de la Castellana y, como teníamos montado nuestro Sindicato de Enfermeras Laicas, salimos con transparencia a la manifestación. Nos vio todo el mundo. Muchos de mis vecinos se enteraron entonces de que era comunista.

En mi casa vivían dos hermanos falangistas, los Rivera. Uno estaba en el frente y al otro lo fueron a buscar un día, se lo llevaron y lo mataron. Yo era tan idiota, que cuando me enteré fui al depósito de cadáveres para verlo. Para entrar había que tener estómago, porque era agosto, no había enterradores y el hedor era tremendo. Desde entonces no puedo oler nada podrido, porque lo estuve oliendo quince días. Cuando acabó la guerra volví a mi casa y el vecino falangista nos denunció porque decía que nosotras habíamos entregado a su hermano.

Un día aparecieron en casa dos niños de unos 20 años, con un fusil al hombro, de paisano y con los nombres y apellidos de mi abuela, de mi madre y míos. «Vengan ustedes con nosotros, que enseguida van a volver. No son más que unas preguntas». Nos llevaron a las Salesas. Nos dejaron en unos sótanos en el suelo, a mi abuela con 87 años, a mi madre y a mí. Mi abuela había comido algo, pero mi madre, la pobre, no. Al día siguiente, el 14 de abril de 1939, nos metieron en un camión y nos llevaron a la cárcel de Ventas, sin decirnos nada. Había que pasar siete puertas que se abrían y se cerraban cuando entrabas. La que abrió la puerta interior era una funcionaria de unos sesenta años que le dijo a mi abuela, (¡y esto no se lo perdono aunque esté muerta!): «Aquí se entra muy fácil, pero lo de salir... es difícil». ¡Y se lo dijo a mi abuela! ¡Me cago en su alma, si está muerta! ¡Me acordaré siempre de aquella tía! ¿Quién era ella para decirle nada a mi abuela? Nos metieron en la tercera galería. Acabamos siendo unas once en una celda, en el suelo, sin nada. Así estuvimos hasta que un buen día, en junio, nos llamaron a las tres, nos metieron en otro camión y otra vez a las Salesas, a los sótanos. Nos subieron a juicio en fila. Los que juzgaban eran militares. El juicio fue el siguiente: «Fulana de tal, por haber matado a no sé cual... pena de muerte. Fulano de cual, por haber ido al incendio de la iglesia de San Luís... pena de muerte». Parecía que todos habían matado a alguien o habían incendiado algo. Ya llegaron a nosotras: «Trinidad Mora Frías, por la muerte de Fulano de tal... treinta años y un día».Yo suspiré y el militar me miró como diciendo: «¡A ésta le ponen treinta años y suspira de alivio!» Salimos las tres con treinta años de condena. Así eran los juicios. Ni una letra ni una coma más.

Las condiciones en la cárcel durante los primeros meses fueron terribles. En mi prisión había no sé cuantos miles de mujeres. Hasta los pasillos de las galerías estaban repletos. Por la noche, la gente se tumbaba en el suelo y quedaba un pasillito para ir al servicio. Allí no se comía a la hora de comer porque no había ni comida ni cubiertos para todas. Hacían una cocinada y la repartían. Empezaban por la primera galería hasta donde llegaran. Cuando hacían otra cocinada se empezaba por donde se había terminado la anterior y se seguía hasta donde llegara. Las lentejas tenían bichos. Las llamábamos lentejas con carne. Yo trabajaba en la enfermería. Había muchas madres con sus niños. Niños de pecho, niños de un año, niños de edad... y como no había agua, ni sitios donde lavar, ni higiene, ni comida, los niños se morían. Entonces crearon una prisión para madres y niños y me llevaron como enfermera, con mi abuela y con mi madre. Allí, aunque teníamos un ambiente un poco más limpio que en el otro lado, se nos seguían muriendo niños. Un día hubo cinco niños muertos. Uno tenía ya gusanos en los ojos. No dejé que su madre lo viera y me pegó. ¡No me defendí. ¡Qué iba a hacer la pobre!

Un día hicieron una expedición a Amorebieta y Trinidad Mora Frías, Petra Prieto y Trinidad Gallego Prieto fuimos a la cárcel de Amorebieta. Fuimos en tren. Para llegar desde la estación, tuvimos que subir una cuesta tan empinada que mi abuela no podía. Tenía 89 años. Era una cárcel sin rejas, un antiguo colegio. Los servicios eran de esos de poner los pies. ¡A ver cómo se ponía mi abuela allí! Un buen día: «Trinidad Gallego Prieto... Sale en expedición». Pero esta vez yo sola. Me llevaron a Madrid, a Ventas, para ser juzgada por segunda vez. Si tienes pena de treinta años y te vuelven a llevar a juicio...Yo estaba convencida de que me iban a condenar a muerte. Iba en el tren y cuando amaneció pensé: «Ay, Trini, mira este amanecer, porque ya no veras más que éste y el del día que te fusilen». Me condenaron a doce años y un día y me enviaron de vuelta a Amorebieta.

Al poco tiempo de volver, como Franco vio que no podía alimentar a tantos presos, promulgó una ley según la cual todos los condenados a doce años y un día saldrían bajo ciertas condiciones. Yo salí en el 41, con destierro. Fuimos a Madrid, a la habitación que mi tía tenía alquilada en casa de los familiares de otros presos en Prosperidad. Estábamos en Madrid, por primera vez en dos años fuera de la cárcel y cuando empezamos a andar se nos reventaban los pies de no haber andado en tanto tiempo. Yo no tenía zapatos. Llevaba unas zapatillas que tenían la parte de arriba hecha con un tejido como de manta de soldado y la suela de esparto. Decidí acercarme al Ministerio de Justicia para pedir que les retrasaran el viaje a mi abuela y a mi madre y me dejaran llegar a mí primero a un sitio donde pudiera empezar. Hablé con un chico joven que me dijo: «Mira, vamos a seguir hablando fuera; vamos a tomar una cerveza». Me dijo: «Mira, ni tú, ni tu abuela, ni tu madre tenéis que ir a ningún destierro, porque tú puedes trabajar para nosotros y formar grupos para delatar a comunistas».Yo le dije: «Bueno, pues déjame pensármelo y te lo diré». ¡Me quedé helada! Al final, hablando con otros, pude tramitar que mi abuela y mi madre se quedaran en Madrid, mientras yo iba a Murcia y preparaba algo para que vinieran más adelante a vivir conmigo. De allí me fui a Alicante y conseguí trabajo en una clínica. Sólo trabajé seis meses, porque en febrero de 1942 me volvieron a detener. Un día, mientras estaba en el quirófano, vino la policía a buscarme. Yo no sé si me denunciaría otra vez mi vecino o si fue alguien del hospital. Fui a parar a la cárcel de Ventas por segunda vez. Habían hecho una prisión maternal en Carabanchel, en lo alto, al otro lado del río. La dirigía «la Topete», la hermana del general Topete, el director general de la Guardia Civil. Como es lógico, me volvieron a llevar con los niños y las mujeres embarazadas. Pasé allí dos años y medio más. Esta vez, por lo menos, dormía en una cama con un colchón, con manta y en una sala como es debido. Las madres y los niños estaban aparte. Sólo podían estar juntos un rato. Yo sí podía estar con los niños, con las embarazadas y con las madres, que no sólo eran presas políticas, había también comunes.

Un día me trajeron a una mujer muy grande. La habían detenido porque había ido al monte de El Pardo a por leña y se había metido sin darse cuenta en la zona del Caudillo. La monja me había dicho: «Oye, pon cuidado porque la han traído directamente, no ha ido ni a comisaría porque está a punto de dar a luz».Y tan a punto, porque al día siguiente se puso de parto. Tenía unas varices en la vulva como mi dedo gordo. La subí a una mesa de parto y me dijo: «Yo aquí no puedo parir. Así no he parido nunca. Mi marido, cuando iba a parir, ponía paja nueva en la cuadra; yo paría y luego venía una mujer del pueblo a arreglarme. Si no le importa bajarme al suelo, yo me acuculo... » La bajé al suelo, se acuclilló y parió. Pero se le reventó la variz y yo no tenía instrumental para hacer ligaduras, sólo tenía gasas para meter y eso estuve haciendo hasta la mañana siguiente que vinieron a abrirnos. Si aquella mujer llega a parir en su casa, en la cuadra, se muere.

A pesar de todo, la verdad es que allí no llorábamos nunca. Podía haber un momento malo, pero se cantaba, se bailaba, se hacían coros... El 14 de abril, cuando se iban a dormir las funcionarias y habían tocado silencio, se oía: « A ver, un brindis: ¡Trikilitrí!» Y cantaban todas: «¡Tras!».Y otra vez: «¡Trikilitrí!, ¡Tras!» Cuando subían las monjas corriendo para ver qué pasaba, ya estábamos todas metidas en el petate haciéndonos las dormidas.

Un día me dice la Topete: «Mira, voy a ir a buscar tu expediente porque tú trabajas mucho y yo no te puedo tener aquí sin redimir». Cuando regresó, me dijo: «Trini, si tú no tenías que estar aquí. Tú has tenido algún malquerer». Yo creo que fue mi denunciante, el falangista, que se enteró de que salía y escondió mi expediente. La mujer me dijo: «Trini, te voy a pedir un favor. Quédate un par de días hasta que me traigan a otra matrona. Porque yo no me puedo quedar aquí sin nadie». Le dije: «Bueno, después de todo este tiempo, me da igual unos días más». A los dos días llegó una chica de Valencia y salí yo. Entonces me enteré de que un cirujano que conocía había montado una clínica en Baena, Córdoba. Era una clínica buena, con quirófano y consulta. Su hermana vino a mi casa a preguntarme si quería ir. Dije que sí, y me llevé a mi madre, por que mi abuela ya había muerto. Fue la peor época de mi vida. Ese doctor abusó de mí en la clínica muchas veces y yo no tenía a quién quejarme. ¡Quién iba a creer a una ex presa comunista y no a un doctor de familia de derechas! ¡A quién denunciabas! Yo no estaba colegiada y no me podía trasladar. Aguanté allí tres años, metiéndome luego la cucharilla cuando hacía falta, odiándole, preguntándome dónde ir y sin contárselo a nadie. Acabé con anemia perniciosa. A pesar de todo, conseguí colegiarme como matrona en Jaén y me fui a un pueblo a ocupar mi plaza. Contacté con el partido y un día me dijeron que había que atender a unos hombres que estaban en el monte, que allí no se les llamaba guerrilleros, sino bandoleros. Debido a esto me detuvieron y tengo mi último expediente por auxilio a bandoleros. Me llevaron a la cárcel de Madrid en camilla, de lo mala que estaba.

Esa fue mi vida. Siempre defenderé las ideas comunistas porque creo que sólo desde ahí se puede luchar contra lo que se nos vino encima y contra lo que sucede hoy, que yo no sé si la gente lo ve, pero yo sí lo veo. Y menos mal que me moriré pronto, porque con 85 años yo no sé si he hecho bastante, pero lo cierto es que ya no puedo más.



JOSÉ RAMÓN CALPARSORO
Perteneciente a la alta burguesía vasca. En 1936 regentaba una fábrica papelera en Tolosa. Unos meses antes del alzamiento, sus trabajadores se pusieron en huelga y le amenazaron de muerte por lo que tuvo que abandonar la fábrica. Poco después, se alistó en infantería y partió al frente. Tras la liberación de San Sebastián, se presentó como voluntario en el aeródromo de Lasarte para ser piloto de bombarderos. Pese a su poquísima experiencia de vuelo fue aceptado y acabó siendo el piloto de bombarderos más condecorado y con más horas de servicio durante la contienda. Fue también el primer español destinado a la Legión Cóndor. Cuando terminó la guerra, dejó el ejército y reanudó su actividad empresarial en la industria del papel.
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JOSÉ RAMÓN CALPARSORO Tolosa, Guipúzcoa, 1908.
Piloto de bombarderos de la aviación nacional.

José Ramón Calparsoro

Perteneciente a la alta burguesía vasca. En 1936 regentaba una fábrica papelera en Tolosa. Unos meses antes del alzamiento, sus trabajadores se pusieron en huelga y le amenazaron de muerte por lo que tuvo que abandonar la fábrica. Poco después, se alistó en infantería y partió al frente. Tras la liberación de San Sebastián, se presentó como voluntario en el aeródromo de Lasarte para ser piloto de bombarderos. Pese a su poquísima experiencia de vuelo fue aceptado y acabó siendo el piloto de bombarderos más condecorado y con más horas de servicio durante la contienda. Fue también el primer español destinado a la Legión Cóndor. Cuando terminó la guerra, dejó el ejército y reanudó su actividad empresarial en la industria del papel.

Todo lo que he hecho en la vida, lo he hecho por mi libertad. Unos días antes de empezar la guerra, siendo gerente de la fábrica de papel de Tolosa, los obreros me amenazaron de muerte: «Pollo, su vida no está tan segura como usted se cree». Yo me alisté para defenderme. No me dejaron otra opción. Había estudiado en los jesuitas de Orduña. Estuve interno seis años y, al salir, intenté entrar en la Escuela de Ingenieros de Bilbao, pero como no me admitieron, me fui a Francia para completar mi educación, luego estuve en Lausana y concluí mis estudios en Alemania, donde incluso me contraté en una fábrica para aprender el oficio. Me hice ingeniero. Soy hijo y nieto de papeleros, pero era el menor de los hermanos, y la fábrica de mi padre le correspondía al mayor, por eso me tuve que poner a trabajar en la papelera de Tolosa.

Cuando estalló el Movimiento el 18 de julio, que era sábado, yo residía en San Sebastián. A mediados de junio, los obreros se me habían declarado en huelga y me habían amenazado de muerte, por lo que tuve que irme de Tolosa. Las cosas estaban muy revueltas desde que había ganado las elecciones el Frente Popular. La UGT y la CNT querían trato directo con la empresa. Me tenían enfilado y en el periódico Euskadi Roja se referían a mí como el perro hitleriano.

Precisamente, el 18 de julio por la mañana, iba yo al Gobierno Civil a denunciar que había aparecido en la prensa la noticia de que los obreros se iban a incautar de mi fábrica. En aquel momento me enteré de lo que estaba sucediendo. El gobernador civil me dijo que lo de los obreros no era para tanto. Todos los diputados vascos (los padres de los que ahora quieren ser independientes) apoyaban al gobierno. En ese momento se me cayó la venda de los ojos, y dije: «Aquí no tengo nada que hacer».

Al salir me encontré con mi padre y nos fuimos a Tolosa a comer juntos. Después cogí mi coche y a un amigo, Joaquín Abeín, arquitecto de Tolosa, y nos marchamos a Biarritz. Fuimos al aeródromo, donde yo estaba haciendo un curso de piloto, y allí me acogí al Movimiento. El día 22, miércoles, cogí mi coche y me marché a Stuttgart para ver a unos amigos. De allí me trasladé a Berlín. Iban a empezar las Olimpiadas. Me presenté a los jefes de la empresa en la que me habían enseñado, que tenía su sede en Berlín, y me acogieron como un exiliado español, me regalaron las entradas y pude ver a Jessie Owens batir el récord del mundo.

El 13 de agosto me enteré de que Tolosa había sido liberada y regresé. Me presenté en casa de mi padre y tras comprobar que estaban todos bien me fui a la fábrica. Allí me encontré con que no estaba ninguno de los 180 obreros que tenía, así que me fui a la comandancia militar, me presenté al comandante y le dije: «Mi comandante, soy José Ramón Calparsoro, gerente de esta fábrica y como aquí no tengo nada que hacer, déme usted un fusil, que me voy al frente». Así empecé la guerra. Me influyó el hecho de que por el camino había visto a una compañía de carlistas que iba al frente, ¡con una fe y una devoción!, que me llegaron mucho.

Entonces me fui a las trincheras del monte Burunza, donde permanecí hasta que entramos en San Sebastián el 14 de septiembre. Entré con un fusil al hombro. El 15 de septiembre me voy al hipódromo de Lasarte, que se usaba como aeródromo, y me encuentro con un joven de mi edad que me dice que es piloto. «Yo también», le dije. «¿Cuántas horas tienes?» pregunté. «Yo cuarenta», dijo. «Pues yo, treinta y ocho». Mentimos los dos. Luego, cuando nos hicimos amigos, confesamos. Yo tenía ocho y él doce. Lo que sí era verdad es que entre mayo y junio de 1936 yo había hecho un curso de aviación civil en la escuela de pilotos de Biarritz. «¿Quién manda aquí?», preguntamos. «Paco Ansaldo». Nos presentamos y le dijimos que éramos pilotos, y que deseábamos ingresar en el Ejército del Aire. ¡Así fue como la Mula (Javier Allende) y yo entramos en el Ejército. Fuimos a Logroño y nos presentamos al teniente coronel Whitte. «¿Pilotos, eh? ¿Cuántas horas?» «Cuarenta horas». Nos mandaron a servir como ametralladores en un Fokker trimotor.

¡La madre santificada! ¡Estábamos haciendo la guerra!, ¡Nosotros! Por supuesto no sabíamos disparar la ametralladora; íbamos de paquetes. ¡Menos mal que no hubo incidentes y no tuvimos necesidad de utilizarlas! A primeros de octubre, nos trasladaron al aeródromo de Tablada, en Sevilla, y allí nos dieron algunas clases en un Breguet. El día que me soltaron en el Breguet, me entró pánico. Me temblaba todo, pero, al fin, conseguí tomar tierra. Como habíamos mentido sobre nuestras horas de vuelo, nos trataban como si fuéramos expertos. Estuve volando con ese avión desde octubre a diciembre, en Andalucía. Me destinaron a una unidad de Breguet 19, donde me encomendaron mi primer servicio: «Vaya usted a Don Benito, a ver si hay caza enemiga en el aeródromo». «Capitán Soler, si vuelvo es que no hay», contesté. «¿Ves el avión 157? Ése es el tuyo. Cógelo y vete». Sin más. ¡Hasta tuve que preguntar dónde tenía que pulsar para disparar la ametralladora! En los siguientes servicios fuimos al frente de Málaga. Volábamos siempre tres aparatos juntos. Así estuvimos entre Sevilla y Córdoba hasta fin de año. Esa época fue maravillosa, porque hacíamos lo que nos daba la gana. Nos habían dado unos monos de piel alemanes. Nos levantábamos, nos lo poníamos encima del pijama y ¡hala! A volar. Hacíamos uno o dos servicios al día. No tuve ningún período de instrucción. Insensateces las hicimos todas, pero con el ánimo que teníamos, nos comíamos el mundo.

El 31 de diciembre de 1936 me enviaron a Zaragoza y, durante todo el año 37, volé con las famosas pavas (Heinkel 46), con las que actué en los frentes de Huesca, Alcubierre, Belchite y Teruel. Aquí modifiqué los aviones para poder incrementar su potencia bélica. Yo inventé las bombas de cincuenta kilos para los aviones. Le dije al capitán Pedrezuela: «¿Nos estamos jugando la vida para lanzar diez bombas de diez kilos? Déjeme usted». Y, por mi cuenta y riesgo, cargué dos bombas de cincuenta kilos a las pavas. Yo, en toda mi vida, desde que me dijeron «coge esa escoba y a limpiar», no he sabido perder el tiempo. Durante la guerra, tomé muy pocas cervezas en la cantina. Hacía otras cosas. Un día, le dije a Fitz, que era el ingeniero de los alemanes: «Oye, yo no me juego la vida con diez bombas. Ponme un lanzabombas y vamos a ponerle dos bombas de cincuenta kilos a mi 157».

Hice la primera prueba y solté una, pero la otra se quedó colgando. Todos tomaron tierra y me quedé solo. La bomba no se soltaba y a mí se me acababa el combustible. Me vi obligado a realizar un aterrizaje. Tomé tierra con todo cuidado y... no pasó nada. Salté, miré y ¡no estaba la bomba! Lo que había pasado era que se había desprendido justo antes de tocar tierra. Una bomba tiene una hélice en la parte delantera que, con un número x de vueltas, libera el seguro. En ese momento el percutor queda libre y alumbra el cebador, que es el que produce el chispazo que la hace estallar. Todo es muy rápido. Como mi bomba cayó desde poca altura, no tuvo tiempo de activarse. Me salvé de milagro.

Durante toda esta etapa, actuamos en el frente de Huesca. Íbamos al cerco de Huesca dos o tres veces al día. Vivíamos en Zaragoza, en el Gran Hotel. Yo me alojaba en la habitación 109. Los días que librábamos salíamos por la ciudad. Un día, un compañero, Ignacio Jiménez, me presentó a una chica. Nos hicimos novios y el 23 de octubre de 1937 nos casamos, aprovechando que me habían desmilitarizado para que volviera a poner mi fábrica en marcha. Para disgusto de mi mujer, el 8 de noviembre me volvieron a llamar, y me tuve que reincorporar. Estuve en Belchite, en Alcubierre y después en la ofensiva de Teruel, que duró de noviembre del 37 a febrero del 38. En Teruel, el día de mi cumpleaños, el 26 de diciembre, hizo -18 ºC, la temperatura más baja que se recordaba en la zona. Todo este tiempo coincidí con García Morato, que de vez en cuando me pedía el coche para irse de planes. También trabajé como intérprete de los alemanes. Yo les decía: «Vosotros venís aquí a aprender, porque si quisierais terminar la guerra, acababais con todo esto en dos días, pero no os conviene». Era verdad.

En febrero de 1938, me destinaron a la Cóndor. A partir de ese momento, mi mujer vivió siempre engañada. La convencí de que yo era únicamente un intérprete y de que no volaba. Fui el primer piloto español en la primera escuadrilla. Yo creo que la razón por la que me incorporaron a la Cóndor no fue por mis conocimientos de alemán, sino por mi forma de volar. A mí me llamaban el Tío Manitas. Fui un caso único, se peleaban por tenerme. Hasta García Morato me solicitó, pero aunque en mis informes se leía «muy apto para cazador», yo no era cazador. No mataba ni a una perdiz. ¡Cómo iba a disparar a otro piloto en otro avión!

Me destinaron a Alfaro, al grupo bombarderos K-88, el más moderno del mundo. Era el único español. El jefe de mi grupo era el capitán Schulz. Desde el primer momento me pusieron a volar y al poco me destinaron al Heinkel 111. Me dieron unas clases, me soltaron y al siguiente servicio estaba volando solo, con tripulación alemana. A principios de junio me enviaron a la Escuela de vuelos nocturnos de Olmedo. Hice el curso de vuelo sin visibilidad como alumno e intérprete del comandante alemán Zellman, el piloto personal del general jefe de la legión Cóndor, que me tomó bajo su protección. Tenía un Junker especial, dotado de depósitos suplementarios de gasolina para grandes distancias. Con Zellman realicé la siguiente práctica: Salimos de Olmedo a las cinco de la mañana. Fuimos a Sanjurjo, en Zaragoza. Después tomamos tierra en La Cenia, en el Mediterráneo, y nos fuimos a desayunar. De ahí nos dirigimos a Palma, donde llegamos a las diez de la mañana y nos acercamos a Capitanía para ver a Ramón Franco. Después, cogimos el avión y nos trasladamos a Melilla. Desde allí nos fuimos a dormir a Tetuán. ¡Para que me digan a mí de horas de vuelo y de historias! Además, todo ese itinerario lo hice con las cortinas cerradas y volando sólo con los instrumentos. El primer vuelo nocturno que hice solo, como piloto, fue de Sevilla a Tetuán, ida y vuelta, el día 14 de julio de 1938. Después de estar todo el día volando, me dijeron: «Hoy es tu suelta».Así que a las once de la noche despegué de Tetuán y a las doce aterricé en Tablada. A las doce y diez salí de nuevo hacia Tetuán, donde llegué a la una de la madrugada y a las cinco ya estaba volando: Tetuán, Tablada, Salamanca y Zaragoza. Al llegar me fui a ver El Pilar y a comer a La posada de Huesca, un restaurante en el que se comía muy bien. Entonces, llamé a la fábrica para ver cómo iban las cosas y me dijeron que mi mujer estaba de parto. Conseguí llegar a las diez y cuarto de la noche. Mi hijo había nacido a las diez. ¡A mí me hace mucha gracia eso del jet-lag! Antes no existía. Volví a Tetuán y a los pocos días me incorporé a la primera escuadrilla de la K-88. Mi llegada el 25 de julio del 38 coincidió con la ruptura por parte de los rojos del frente en Mora de Ebro. Nos trasladaron a Zaragoza. A partir de ese día todo fue muy duro. Hasta tuve una caída en barrena de casi tres mil metros.

A principios de 1939 se creó en Valencia la primera escuadrilla española adjunta a la Cóndor, a la que me incorporé. Estuve en Valencia, posteriormente nos mandaron a Vall de Uxó y finalmente a Cariñena. Allí me pilló el final de la guerra. Mi último servicio fue en febrero del 39. Me tocó ir a la bahía de Rosas. Ese día averiguó mi mujer que yo volaba. ¡El último día! En total hice más de cuatrocientos servicios. En febrero del 39, en Tolosa, me había encontrado con un amigo que me había comentado que la fábrica papelera de Burriana estaba a la venta porque habían asesinado a su dueño. Al siguiente permiso, cogí mi coche, un Ford que me había comprado con el primer dinero que gané y con el que hice toda la guerra, y me fui a Burriana a arreglar el trato. La guerra se acabó el primero de abril, el día 6 de abril solicité el permiso para abandonar el Ejército y el 23 de abril estaba ya haciendo papel en Burriana.

En el año 41, Paco Mira, que ya era general jefe de Valencia, me localizó para comunicarme que me habían concedido la Medalla Militar por la campaña. Fue última vez que me puse el uniforme. Me ascendieron a capitán. Además de la Medalla Militar, algo muy poco común en pilotos de bombardero, tengo dos Cruces Rojas al mérito militar, y dos Cruces de Guerra. También tengo la Orden del Águila alemana. A pesar de haber realizado el servicio militar en San Sebastián, en el año 1931, nunca juré esa bandera ni, hasta hoy, la bandera nacional. Posteriormente, pese a haber sido admitido en aviación, tampoco recibí título alguno como piloto de aviación militar ni como piloto de vuelos nocturnos. Únicamente tengo el título de piloto de la Deutsche Luftwaffe.

Hace unos años, hacia 1988, me llamaron del Museo del Ejército para pedirme la hélice de mi viejo Heinkel. Desde que acabó la guerra no había vuelto a recordar estas historias. Yo no pienso en la guerra. Yo de toda esta historia no me he acordado para nada. ¡Para nada! Tengo más de noventa años, de modo que la guerra no ha sido más que un 3 % de mi vida.
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Calparsoro sentado en el tren de aterrizaje de un Fiat CR 32 junto a Javier
Allende. Aeródromo militar de Sanjurjo. Sevilla, 1938.Imagen



RENZO LODOLI
Fascista de familia católica y padre militar. Nada más concluir su carrera de ingeniero se alistó como voluntario en el Ejército italiano y marchó a Abisinia. A su vuelta, decidió unirse a la División Littorio para combatir en España al lado de los nacionales. Llegó en 1937 y permaneció en el frente hasta que el fallecimiento de su madre en agosto de 1938 le obligó a regresar. Al iniciarse la Segunda Guerra Mundial, se alistó de nuevo en el Ejército Italiano donde permaneció hasta que en 1946 volvió a la vida civil para trabajar como ingeniero. Es fundador del Movimiento Social Italiano, un partido de extrema derecha. Hoy en día sigue manteniendo el ideario fascista y visita anualmente España en compañía de otros ex combatientes.
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RENZO LODOLI Venecia, Italia, 1913.
Alférez voluntario del ejército italiano.

Renzo Lodoli

Fascista de familia católica y padre militar. Nada más concluir su carrera de ingeniero se alistó como voluntario en el Ejército italiano y marchó a Abisinia. A su vuelta, decidió unirse a la División Littorio para combatir en España al lado de los nacionales. Llegó en 1937 y permaneció en el frente hasta que el fallecimiento de su madre en agosto de 1938 le obligó a regresar. Al iniciarse la Segunda Guerra Mundial, se alistó de nuevo en el Ejército Italiano donde permaneció hasta que en 1946 volvió a la vida civil para trabajar como ingeniero. Es fundador del Movimiento Social Italiano, un partido de extrema derecha. Hoy en día sigue manteniendo el ideario fascista y visita anualmente España en compañía de otros ex combatientes.

Mi madre y mi esposa tenían ascendencia austriaca, de modo que, cuando me preguntan de dónde soy, contesto que soy un italiano bastardo. Nací en Venecia porque mi padre era oficial de marina. De niño recorrí toda Italia con él. Luego volví a Roma y estudié en el Politécnico. Cuando empezó la guerra de España tenía 23 años. Era ingeniero pero todavía no estaba trabajando. Acababa de regresar de África de luchar en Abisinia como miembro de un batallón de estudiantes voluntarios. Todos nosotros éramos fascistas. En aquel entonces todos los italianos eran fascistas. Había una organización de universitarios fascistas, de donde posteriormente surgirían los más antifascistas.

Llegué a España con un regimiento de la División Littorio, en un barco que no tenía nombre ni nacionalidad. Se la habían borrado. ¡Era un barco fantasma! Llevábamos los uniformes caquis de las tropas coloniales italianas, sin grados, sin emblemas, sin nada. Salimos de Nápoles y tardamos cinco días en llegar a Cádiz. No sé por dónde pasamos. Al llegar, nos pusieron grados y emblemas y una boina negra con una estrella de cinco picos. Teníamos, como los alféreces provisionales españoles, una hombrera de paño negro con una estrella de oro. A los alféreces, nos pusieron dos estrellas blancas de plata. No llevábamos bandera italiana ni nada semejante. Llevábamos una bandera negra, con una cinta italiana y otra española.

Nada más llegar nos mandaron quince días a Jerez de la Frontera, donde nos facilitaron un carné de falangista y otro de requeté. De allí nos trasladamos a Guadalajara. Fue horroroso, ya que allí, nuestro Estado Mayor se equivocó en todo. Estábamos a mil y pico metros de altitud, había mucha nieve, hacía mucho frío y no estábamos bien equipados. Los soldados, por ejemplo, no teníamos guantes. Mi general pidió guantes. ¡Llegaron en junio! Algunos compañeros murieron de frío. Había una única carretera, la carretera de Francia. Viajábamos en una fila de autocares que ocupaba toda la calzada con lo que si un autocar se paraba, toda la columna de coches se tenía que detener detrás. Fuimos al bosque de Brihuega, y ahí nos dijeron: «Aquí está el frente». Había anochecido, nevaba. Los italianos de las Brigadas Internacionales habían avanzado 40 kilómetros hasta Torija e intentaban tomar el pueblo. Nosotros éramos más fuertes, pero ellos eran más. Nosotros éramos 40 batallones de infantería, pero 33 eran banderas, es decir, batallones ligeros. Ellos tenían 44 batallones de infantería, 90 carros rusos de combate y la aviación. Nuestros aviones se habían visto obligados a permanecer en la base, que estaba en Soria, porque llovía y había mucho barro lo que les impedía despegar. Sin embargo, los aviones rojos sí salían, porque se encontraban en los campos de Madrid, donde disponían de varias pistas de asfalto. Resistimos lo que pudimos y luego retrocedimos hasta Almadrones.

Los rojos tardaron en avanzar dos o tres días. No sabían que nosotros habíamos retrocedido. En el campo no había casas. En la meseta de Castilla no hay apenas casas. Nuestra posición estaba muy próxima al palacio de Ibarra. Era un palacio muy hermoso, decorado con numerosos cuadros, pinturas y alfombras. Cuando una de nuestras banderas llegó al palacio, dijeron: «¡Oh, aquí nos quedamos!» Llevábamos una semana conviviendo con la nieve, la lluvia y el barro de manera que los compañeros no se lo pensaron y se pusieron a descansar allí. Entonces fueron atacados por las Brigadas Internacionales. Murieron casi todos. Fueron sorprendidos mientras dormían, ¡una cosa horrorosa! Es mejor olvidar. Los rojos, después, sepultaron a los suyos y, a los nuestros, los arrojaron a una fosa común que todavía no se ha encontrado.

Estábamos obligados a entregar los prisioneros a los nacionales en un plazo de 48 horas. Los fusilaban a todos. Los españoles eran de paredón fácil. De un bando y del otro. Nuestras divisiones estaban llenas de prisioneros. Casi todos eran gudaris vascos. A muchos les pusimos el uniforme italiano para salvarles la vida. Hubo un capitán republicano que combatía en el frente de Santander que fue hecho prisionero y sabíamos que si lo entregábamos lo iban a fusilar. El comandante del regimiento de artillería le puso un uniforme italiano y ese hombre hizo toda la guerra con nosotros como topógrafo. Incluso fue condecorado con una medalla de bronce por detectar un depósito de municiones. Cuando acabó la guerra y volvió a su casa, lo detuvo la Guardia Civil y fue condenado a muerte. Gracias al embajador italiano pudo salvar la vida, aunque tuvo que estar preso durante algunos años.

Al principio, los españoles nos llamaban cobardes, porque cuando avanzábamos, íbamos de un árbol a otro, o de una piedra a otra, mientras que ellos avanzaban en línea recta, con la bandera y el crucifijo de los requetés como escudo y al descubierto. Aprendieron mucho de nosotros. A los italianos nos sorprendían muchas de las cosas que hacían. Por ejemplo, en el frente de Bilbao, en Orduña, había una peña que era defendida por unos requetés que tenían su casa justo debajo, en el valle. Todas las noches iban a dormir a su casa. ¡La guerra la hacían durante el día! ¡Los españoles combatían así! A la hora de la comida cesaban los tiros y después de comer proseguían. Y por la noche no combatían nunca.

En Guadalajara, con los rojos, estaban los italianos de la Brigada Garibaldi, que no hicieron nada. Decían que no querían que italianos combatiesen contra italianos, de modo que aunque la Brigada Garibaldi fue enviada al frente, apenas actuó. Iban en unos camiones con altavoces y nos gritaban: «Italianos, cabrones, tenéis que venir con nosotros. Somos los defensores de la libertad y de la democracia». Y cantaban Giovinezza. Eso era todo lo que hacían. Una noche, en Guadalajara, tuve que ir a tomar contacto con una bandera. Llovía. Cuando les encontré, estaban cantando Giovinezza y les pregunté: «¿Por qué cantáis esa canción? Sólo los rojos cantan Giovinezza». Era para confundir, ya que en el bosque no se sabía quién era amigo y quién enemigo. Además, los uniformes eran casi iguales, bueno, eso cuando había uniformes.

El primer rojo que murió en Guadalajara fue uno que se despistó y apareció en nuestras líneas. Se parapetó detrás de un árbol y empezó a disparar. Tenía una chaqueta de civil y un fusil. Los nuestros dispararon y cayó herido muy grave. Antes de morir se santiguó. Llevaba en la cartera estampas de santos y el carné de Socorro Rojo. Era un campesino de Ciudad Real. El primer italiano de mi bando que murió en Guadalajara, fue uno que durante la noche, como no había aseos, se alejó un poco; cuando volvió, un centinela le dio el alto y aunque él se identificó, el soldado le disparó. ¡Mira que durante el día disparaban y no acertaban casi nunca!, pero esa vez, de noche y todo, no falló. Estas cosas pasaban todos los días.

Posteriormente tuvo lugar la batalla de Levante. De mi batallón, fallecieron ocho personas y otros 17 quedaron mutilados o heridos. Yo pertenecía al Tercer Batallón del Segundo Regimiento de la División Littorio de voluntarios. Todos los italianos éramos voluntarios menos los oficiales y los generales del Estado Mayor, bueno, y los capellanes militares. El obispo castrense les decía: «Tú tienes que ir a España».Y se tenían que aguantar.

En Levante hacía un calor terrible. Un día, una vez terminados los combates, me encontraba hablando y fumando en un búnker con mis soldados, cuando un balazo entró por la ventanita. Yo tenía las piernas en alto, y esa bala perdida me atravesó una pierna. Fue horroroso. ¡Esa fue mi heroica herida! Los soldados me decían: «¿Teniente, qué tiene?» El disparo me había reventado una vena. Tuve que retirarme con el caballo de mi comandante, porque no podía caminar. Pero no fui al hospital, me asistieron allí. No podía marcharme, ya que sólo quedábamos seis oficiales. Habían herido al comandante del regimiento y matado al comandante del batallón. Esa fue mi única herida. En otra ocasión, me dieron en el casco, otra en la mascara antigás, otra en la manta... Decían que tenía suerte. Después de la batalla de Levante volví a Italia porque murió mi madre. Posteriormente intenté volver, pero ya no me dejaron.

En octubre de 1938, las Brigadas Internacionales fueron disueltas y abandonaron los frentes. También regresaron a Italia los diez mil voluntarios nuestros que llevaban más tiempo en España. Tanto en la batalla de Cataluña como en las siguientes no hubo ya extranjeros combatiendo con el bando rojo. Cuando se produjo la victoria final, mi división se encontraba en la zona de Logroño. Después, muchos italianos se casaron con chicas de la zona. La convivencia con los españoles había sido buena. Lo que más esfuerzo nos costaba era el aceite. Teníamos que hacer dos ranchos: uno para los españoles y otro para nosotros. A los españoles no les gustaba nuestro aceite y a nosotros no nos agradaba el aceite de los españoles. En Italia se comía mejor que en España.

Durante la Segunda Guerra Mundial, fui con mi regimiento de los Guardias del Rey a Croacia, Eslovenia y Dalmacia y posteriormente me enviaron a la Escuela de guerra de Turín, donde permanecí seis meses. Luego estuve en Sicilia como oficial del Estado Mayor y pasé los últimos meses de la guerra en Francia. Después participé en la República Social Italiana y concluí con un año de calabozo y dos procesos en los tribunales. En total hice diez años de guerra, desde octubre de 1935 hasta noviembre de 1945. Después me dediqué a la ingeniería. También fui uno de los fundadores del Movimiento Social Italiano, un partido de extrema derecha. Hoy sigo escribiendo en periódicos y libros, pero ya no estoy activo en la política. Fui candidato a diputado en 1948 cuando nadie quería serlo.

A mí no me gustan las guerras pero, en mi opinión, la guerra de España fue la única que tenía un motivo real, ya que no se trataba de una guerra por el poder, contra los ingleses o los alemanes. Esta fue una guerra en defensa de nuestra civilización. El comunismo empezó a ser derrotado en España. Fue su primera derrota. Este fue el motivo por el que acudimos a España casi todos los italianos. Claro que, entre los ochenta mil que fuimos, estaban los que les había dejado la novia, los que tenían problemas económicos, los aventureros que iban por el mundo de guerra en guerra... Había uno en mi división que se llamaba Ferrari. Había sido condecorado con tres medallas de plata en la Primera Guerra Mundial y tenía tres promociones por méritos de guerra ¡Y era capitán! ¡Había sido degradado en dos ocasiones!

Me preguntan muchas veces por qué vine a España y yo respondo: «Soy católico, procedo de una familia católica, estudié ocho años en un colegio de jesuitas y no me gustaba ver que mataban a tantos curas ni tantas iglesias destruidas. Ni que el señor Azaña anduviera diciendo: "España ha dejado de ser católica"». Esa era una de las razones. Otra es que soy italiano. Y el interés de Italia era que en España existiera un gobierno, si no igual, sí semejante al italiano y no comunista, desde luego. Otro motivo es que soy fascista y esperaba que el franquismo fuera fascista. No lo fue, pero eso nosotros no lo sabíamos entonces. Franco adoptó la boina roja, el Cara al sol, el saludo romano y poco más. Y por último: yo no soy demócrata. No creo que el 51 % pueda decidir lo que quiera en contra del 49 %. Y tampoco soy liberal.
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Renzo Lodoli en España.
Fotografía tomada hacia 1938.



FERNANDO ARISTIZÁBAL
Miembro del Partido Nacionalista Vasco desde los quince años. Al comienzo de la guerra, se alistó en las milicias del PNV y participó en la defensa de Irún y San Sebastián. Posteriormente luchó con el batallón Amayur en Vizcaya y Santander sirviendo como teniente. Al perderse el País Vasco tomó parte en las negociaciones para la rendición de las tropas. Fue hecho prisionero y condenado a muerte, pero se le conmutó la pena. Salió en libertad en 1943. Ese mismo año se unió a la organización paramilitar clandestina Euzko Naia, cuyo objetivo era mantener el orden en Euskadi una vez que Franco fuera depuesto. Vivió en la clandestinidad hasta 1953. De 1979 a 1983 fue diputado en Madrid del Grupo Parlamentario Vasco en el congreso.
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FERNANDO ARISTIZÁBAL Irún, Guipúzcoa, 1917.
Gudari Voluntario, miembro del PNV. Preso político.

Fernando Aristizábal

Miembro del Partido Nacionalista Vasco desde los quince años. Al comienzo de la guerra, se alistó en las milicias del PNV y participó en la defensa de Irún y San Sebastián. Posteriormente luchó con el batallón Amayur en Vizcaya y Santander sirviendo como teniente. Al perderse el País Vasco tomó parte en las negociaciones para la rendición de las tropas. Fue hecho prisionero y condenado a muerte, pero se le conmutó la pena. Salió en libertad en 1943. Ese mismo año se unió a la organización paramilitar clandestina Euzko Naia, cuyo objetivo era mantener el orden en Euskadi una vez que Franco fuera depuesto. Vivió en la clandestinidad hasta 1953. De 1979 a 1983 fue diputado en Madrid del Grupo Parlamentario Vasco en el congreso.

Mi padre era miembro del PNV y de Solidaridad de Trabajadores Vascos. Era panadero. Mi madre se dedicaba a sus labores. Vivíamos en Irún. Éramos cuatro hermanos y una hermana y yo era el mayor de los cinco. No andábamos sobrados de dinero, de modo que yo, prácticamente, no pude estudiar. Fui a la escuela hasta los doce años y posteriormente me apunté a un curso de contabilidad en una academia. Cuando estalló la guerra estaba trabajando de contable. En 1932, con quince años, me afilié a las Juventudes del Partido Nacionalista Vasco: los mendigoizales. Solíamos juntarnos en el batzoki, que era el centro de reunión, para recibir clases de euskera y de danzas y bailes vascos. Así pasábamos las tardes después del trabajo.

Cuando comenzó la guerra tenía 18 años. Recuerdo que aquel domingo fui a misa de 6 porque queríamos hacer una excursión y, ¡coñe!, al regresar a casa vimos una armería que había sido asaltada. Tenía las lunas rotas y todo el armamento había desaparecido. La cosa es que decidimos suspender la excursión e ir al batzoki a enterarnos de lo que estaba ocurriendo. Había mucha confusión y no se sabía bien lo que pasaba. La radio decía una cosa y la gente decía otra: que si se había levantado el Ejército de África, que si venían, que si no venían... El hecho es que el día 20 ya estábamos todos en la frontera con Navarra organizándonos y empezando a formar nuestras unidades.

Las armas que llevábamos eran las que teníamos propias: el que tenía una escopeta de caza la llevaba y el que no, pues nada. Tampoco había uniformes. Cada uno llevaba las botas de monte que tuviera y todo así. Una semana después, el delegado del partido, Pepe Michelena, fue al cuartel de carabineros, habló con un comandante y consiguió que nos cedieran el armamento que tenían disponible, es decir, fusiles y cartucheras y con eso creamos un grupo de combate de voluntarios: las milicias vascas del PNV del Ejército vasco Euzko Gudarostea. Éramos treinta y tantos hombres subdivididos en dos grupos. Uno era dirigido por Pepe Michelena y otro por mí. De este modo combatimos en Irún, Hernani y en otros frentes. Allí me hirieron por primera vez, pero me recuperé rápidamente. Una bala me atravesó el brazo derecho por encima del codo.

De la intendencia se encargaban en el batzoki. Preparaban todo lo necesario y nos lo enviaban al frente. Si había problemas no mandaban nada y ese día no comíamos. En los caseríos de la zona también podíamos comer algo. Por lo demás, como no estábamos lejos, podíamos ir a casa a mudarnos y, en ocasiones, a dormir. Éramos unos chavales, aunque también había alguno de treinta y tantos. De vez en cuando pasaban por allí algunos franceses y algunos belgas que venían a unirse a las Brigadas Internacionales. Así conocí al famoso capitán Jack, que viajaba con una ametralladora.

Nosotros de estrategia militar no sabíamos nada, pero conocíamos la zona, y lo verdaderamente valioso en esos primeros días era conocer los montes como los conocíamos nosotros. El único que tenía conocimientos militares era un tal Larreina que había hecho la mili y se había licenciado con el empleo de alférez. La diferencia principal con el Ejército nacional era que ellos disponían de mandos con preparación militar y nosotros no.

En agosto tuvimos que evacuar Irún. Ya no podíamos aguantar más, porque nos venían zumbando, de modo que salimos en dirección a San Sebastián y allí nos acuartelamos hasta que nos retiramos a Azpeitia, al monte de Andazarrate, donde los combates fueron muy intensos. Aquí me hirieron por segunda vez. Una bala me alcanzó el muslo derecho y me astilló el fémur. Me trasladaron al hospital de Basurto y de allí a dos o tres hospitales más. No salí hasta un par de meses después, en noviembre del 36.

Cuando me reincorporé, estábamos ya en Vizcaya. Allí llegaron las famosas armas checoslovacas, las famosas máquinas Steiglitz. Gracias a ellas pudimos frenar nuestra retirada. De allí me trasladé a Bermeo, donde teníamos nuestra base, y una vez allí, me destinaron al batallón Amayur como sargento. El día del bombardeo de Guernica estábamos en Lequeitio, encima de Berriatua y vimos pasar los aviones. Esa noche, nos ordenaron levantar armas y nos dirigimos hacia Bermeo de vuelta. Pasamos por Guernica cuando ya estaba todo destruido. Era desolador. Un desastre.

Cuando se perdió Vizcaya, fuimos a Santander. Allí hicimos frente hasta que en agosto se produjo la retirada general, momento en que nos entregamos. En Laredo caímos prisioneros de los italianos. Tuve el triste honor de participar de manera muy directa en la rendición ante el coronel Farina. Marchamos hasta Laredo con todos nuestros hombres para realizar la entrega oficial ante el Estado Mayor italiano. El teniente Gorroñogoitia me dijo que no se sentía con ánimo para entregarse ante Farina. Yo mismo me tuve que encargar de hablar con el coronel italiano, que nos recibió con gran ceremonia. Sacó una botella de coñac, la descorchó, y, como no había vasos, hizo unos cucuruchos con papel de barba y brindamos «a la salud del Ejército vasco». El brindis lo pronunció el mismo Farina. Luego me preguntó cuántos años tenía y le contesté que 19. ¡Son recuerdos imborrables! Los campos de prisioneros se levantaron en Laredo y Castro Urdiales. Estábamos protegidos por los italianos que nos pusieron unas tiendas de campaña en la playa y nos respetaron y reconocieron nuestros grados. Todos los días teníamos una reunión de oficiales en la que se daba el parte a los oficiales italianos. Los que tuvieron un papel muy desagradable en Laredo fueron los carlistas. Una compañía se acercó a las alambradas para reclamar a varios gudaris y a varios oficiales. Los querían sacar porque decían que habían hecho barbaridades en sus pueblos aunque tal vez era por venganza o qué sé yo. Los italianos se portaron bien y no permitieron que ni un solo gudari abandonara el campo, porque sabían lo que eso significaba. Permanecimos allí un mes, hasta que llegaron los falangistas y nos condujeron a Santoña y posteriormente al penal de Dueso.

El día 21 de septiembre de 1937 fui juzgado en consejo de guerra. Mi causa tenía el nº 29/37. Fui condenado a pena de muerte por rebelión militar. Un mes más tarde un grupo de unos seiscientos condenados a muerte fuimos trasladados en barco a Bilbao, y conducidos a la cárcel de Larrínaga y el día 26 de julio de 1938 fuimos trasladados al penal central de Burgos. Al estar condenados a pena de muerte nos aislaron en celdas hasta que, por fin, el día 1 de enero de 1939 nos comunicaron a todos los condenados que el Generalísimo se había dignado a indultarnos la pena de muerte sustituyéndola por la inmediata inferior. Años después, en una cena de amigos, nos enteramos de que nuestro indulto tenía fecha del 9 de octubre de 1937. Estuvimos años sin que nadie nos lo comunicara, pensando que nos podían fusilar en cualquier momento. Sobran los comentarios.

De la cárcel podría contar muchas cosas. Éramos un grupo de doscientos incluyendo a jefes, oficiales y políticos. A todos los condenados a muerte nos metieron en celdas. Teníamos un patio pequeño para pasear. No nos dejaban recibir ni libros ni ninguna otra cosa. Entre nosotros había ingenieros, arquitectos, físicos, filósofos, químicos... Chicos preparados maravillosamente bien, estudiantes, y otros como yo, contables y cosas similares. La cuestión es que se decidió crear un círculo de estudios. Se crearon grupos de profesores para que los que quisieran pudieran estudiar. También se creó un orfeón, pero de categoría. Hasta salimos un día a las fiestas de Burgos para cantar en la catedral. Formamos un grupo de dantzaris: Espatadantxa. También había un grupo de música, una pequeña banda, formada por cuatro trompetas, pero que, en fin, algo de ruido hacían. Había pruebas de deportes: carreras, partidos de fútbol y hasta un frontón, ¡y eso que prácticamente no comíamos! Cogimos mucha fuerza porque estábamos todos juntos. Si nos llegan a separar y a mandar a cada uno para un lado, ahí morimos.

A tal extremo llegaron las cosas, que conseguimos que a uno de los directores del penal, llamado Jabonero, lo encarcelaran por estafador y por ladrón. Fue algo maravilloso. Teníamos una sensación de fuerza y de seguridad inigualables. Yo tengo muy buenos recuerdos de la cárcel. Evidentemente, también los tengo muy malos. Por ejemplo, de los predicadores de la Compañía de Jesús, como el padre Bolinar, que era un bárbaro. Nos daba el parte de guerra: que si habían tomado Belchite y cosas así. «Váyase a paseo, hombre, déjenos en paz». Nos amargaba el día, pero la mayor parte del tiempo estábamos bien.

Lo que sí es cierto es que comíamos muy mal y, además, los dos primeros años no permitieron la entrada de paquetes de comida. A mí no me preocupaba, porque yo tenía a toda mi familia en Francia y no me podían enviar nada, pero a los tenían a su familia cerca sí les fastidiaba. Nos daban un cazo de café y un bollo por la mañana y, para comer, un cazo de caldo con cuatro o cinco garbanzos. Solíamos hacer apuestas, para ver quién tenía más. A la hora de la cena daban lo mismo. Esto mejoró cuando empezaron a llegar paquetes de comida. Entonces creamos grupos para repartirnos las cosas. Mi familia regresó en el año 42 y yo comencé también a recibir el suministro. ¡Bendito sea Dios! ¡Ya empezaron a llegar las cosas!

Se pasó mal, pero todo esto se recuerda con mucho cariño. Había gente muy buena. Teníamos, por ejemplo, unos médicos fuera de serie. Eran compañeros presos, que fueron oficiales como nosotros, pero que eran médicos de profesión. No teníamos medicinas, sólo las que se podían conseguir gracias a la gente de fuera. Pero no hay que equivocarse, la cárcel ha sido, y lo digo con toda sinceridad, desastrosa, asquerosa y repugnante. Un detalle: estaba prohibido ducharse. Sólo podíamos ducharnos cuando nos lo permitían, que a lo mejor era cada seis meses o cada dos años, ¡yo qué sé! Un día, era tanta la mugre y los piojos que teníamos encima, que cinco de nosotros salimos de la celda y nos escapamos a las duchas, que estaban detrás de la enfermería. En plena ducha de agua fría apareció un guardia « ¡Venga, venga, venga! Todos a vestirse y detrás de mí». Nos llevó donde estaba el cabo de limpieza y le dijo: «Éstos, castigados quince días a limpieza general». Imagínate un patio como

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PELAYOS[/align]
Los PELAYOS también tienen su historia en la Guerra Civil Española. Muchos de ellos no pudieron conformarse con hacer la instrucción y desfilar en la retaguardia. Fueron muchos los servicios que prestaron los hijos de la tradición y muchos se escaparon de sus casas para presentarse en los Tercios de Requetés y aun cuando eran devueltos por los Jefes de las Unidades. "Algunos" burlaron esta disciplina, bien ocultando la edad, bien permaneciendo ocultos por los Requetés mayores.

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EL HEROICO PELAYO

Según nos cuenta Casariego:......... En Peña del Salto había centenar y medio de valientes Requetés que vigilaban desde sus hondas trincheras, tras una doble alambrada de espino. Los mandaba un Capitán cuarentón, curtido en las Guerras Marroquíes.

Con los Requetés estaba también un PELAYO, niño que hacía poco había cumplido los 13 años. Un hombrecito serio y sereno que servía de enlace, y todos los amaneceres, montando en un borriquillo gris, bajaba al pueblo, silbando el Oriamendi, a recoger los periódicos y paquetes para los voluntarios.

Muchas noches, el pequeño PELAYO, salía de su "garigolo" y, sentándose sobre los sacos terreros, se ponía tocar con una gran armónica melancólicos aires de la tierra o himnos patrióticos....

Un día empezaron a llover mortíferos proyectiles de la artillería debido a un ataqué del enemigo. La tierra temblaba bajo la metralla y el estruendo de la trilita y la pólvora. Durante cuatro horas los bravos Requetés soportaron un chaparrón de hierro de la artillería enemiga y llegó el momento de hacer frente el asalto de la infantería. ERA EL MOMENTO CULMINANTE PARA TODO GUERRERO. CUANDO EL CORAZÓN PARECE UN CORCEL DESBOCADO Y UN MANO INVISIBLE APRIETA LA GARGANTA CON SENSACIÓN DE ANGUSTIA.

--Serenidad, muchachos. No un solo tiro todavía ¡Mucho cuidado con precipitarse!. Ordenó el Capitán.

Entre tanto. el enemigo seguía subiendo. Primero lo hicieron tímidamente. Después, viendo que no pasaba nada, creyendo sin duda que los Requetés habían huido, empezaron a salir en masa y llenos de optimismo subían en actitud guerrera.

En el Grupo más avanzado del enemigo venía un Teniente del Ejercito Popular que esgrimiendo una pistola de reglamento gritaba:

-- ¡Arriba cobardes!

-- Al que se eche p'atras desnúcolo

Cuando el enemigo estaba a la altura de las alambradas el Capitán de los Requetés ordenó.

-- ¡Fuego!

-- Viva España

NO HAY PLUMA CAPAZ DE DESCRIBIR LO QUE PASO EN AQUELLOS MOMENTOS.

Y otra vez el intento de asalto, y otra vez la artillería enemiga, y así todo el día hasta el oscurecer, en que el enemigo seguía más obstinado que nunca en abatir aquel bastión de ESPAÑA.

La situación era dificilísima. Había muchas bajas y ni un mal refugio para evacuar a los heridos. Las trincheras estaban destrozadas; las alambradas, rotas y las máquinas, inutilizadas.

El Capitán herido en un brazo, requirió lleno de energía:

-- ¡A ver, un enlace!.

-- ¡A sus órdenes!

Tranquilo el PELAYO, el niño soldado, estaba cuadrado ante el Jefe de la Unidad

--¿Pero Tú? ¡Tu no me sirves!.

--¿Que no mi Capitán? Mejor que nadie. Como soy un chaval, me cubro más en el monte y no me ven pasar.

Y añadió suplicante:

--Ande déjeme llevar el parte. Ya verá como llega.

El Capitán le miró un momento de pies a cabeza. Sacó el lapicero y el cuadernillo, y escribió unas líneas. Dobló el papel y puso al dorso:

Capitán Jefe de Peña del Salto a Comandante X. Entregándoselo al niño le abrazó fuertemente.

--Anda con Dios, "peque", te portas como un HOMBRE.

Y luego, más confidencial:

--Tengo fe en ti; que llegué el parte, Haz que llegué, que si no, estamos perdidos.

Uno de los Alféreces le dijo:

-- Oye, rapaz; Fíjate bien lo que haces, que un PELAYO NO PUEDE MENOS QUE NADIE EN EL MUNDO.

-- Harélo, mi alfrez. Júroselo.

Salio de la posición. En aquel momento, el fuego se reducía a un tiroteo aislado de "Paqueo". La noche estaba cerrando y el cuerpo de aquel pequeño enlace desapareció en seguida entre los matorrales de aquel camino, que tan bien conocía.....

SOLO DIOS SABE LO QUE PASO AQUELLA PAVOROSA NOCHE DE LOBOS, DE TORMENTA Y DE TIROS.

El niño PELAYO llegó a las avanzadillas de socorro. Pregunta por el Jefe. Casi no se puede cuadrar. Entregó el parte. Iba inmensamente pálido, con balazo en el costado.

Lo llevaron al Hospital. Las Seráficas Hermanas y las dulces Enfermeras lo acostaron en una cama, como acuesta a un hijito enfermo una Madre Amorosa.

Los Médicos y Sanitarios se miraban con asombro. Al filo de la madrugada murió. Su pálida carita tenía una sonrisa de Triunfo y de Dolor.

A BUEN SEGURO QUE ALLÁ EN EL CIELO, LA VIRGEN DE COVADONGA, LA "SANTINA" PEQUEÑA Y GALANA, REINA DE AQUELLAS MONTAÑAS, LE ESPERABA CON LOS BRAZOS ABIERTOS PARA AUPARLO JUNTO AL NIÑO DIVINO.

Aquí en la Tierra, los duros REQUETÉS INVENCIBLES de la Nueva Reconquista, rindieron sus armas poderosas y los estándares INVICTOS del LAUREADO Tercio de Nuestra Señora de Covadonga cuando, en su blanco ataúd, pasó aquel angelito que supo morir como un GIGANTE DE ESPAÑA.

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Somos niños los Pelayos

mas seremos sin tardar

los soldados más valientes

que a su Patria salvarán.

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LA GUERRA CIVIL EN MADRID

En la noche del 17 de julio llegaron a la capital las primeras noticias sobre la sublevación militar iniciada en el protectorado español de Marruecos. Siguiendo unos patrones de actuación muy similares a los de los pronunciamientos decimonónicos, los sublevados pretendieron la pronta conquista de la capital, previendo tomar en los primeros instantes los principales puntos y nudos de comunicación que posibilitasen enviar columnas armadas a Madrid para unirse a las tropas rebeldes de la capital y terminar así con el gobierno del Frente Popular.

Sin embargo, desde el primer momento, y pese a la gran confusión reinante, se puso de manifiesto la resistencia del pueblo madrileño ante los insurgentes. Así, el cuartel de la Montaña, sublevado al mando del general Fanjul, cayó ante el asalto de guardias, militares y civiles armados. A este cuartel le siguieron otros focos menores de sublevación, que, o fueron reducidos o se rindieron. Mientras, en la sierra de Madrid, la lucha se centró en zonas como Guadarrama, Navacerrada o Somosierra, produciéndose finalmente una estabilización del frente que duró ya toda la guerra. Madrid se convirtió en este aspecto en el escenario que transformó un pronunciamiento en guerra civil, dado que los intentos sublevados por tomar la capital fracasaron una y otra vez, siendo el máximo exponente de esto la larga batalla de Madrid, entre noviembre de 1936 y la primavera de 1937, en varios escenarios: el Manzanares (6-23 de noviembre), la carretera de La Coruña (29 de noviembre-16 de enero), el Jarama (5-23 de febrero) y Guadalajara (8-22 de marzo).

Desde octubre de 1936 Madrid empieza a entrar de lleno en el conflicto bélico. La desorganización militar y política de la España republicana hizo imparable el avance de las tropas legionarias y de los regulares desde Cádiz, pasando por Extremadura y Toledo, hasta las mismas puertas de Madrid. A pesar de los intentos de contraofensiva y de la formación del Quinto Regimiento de Milicias Populares, como primer embrión de un ejército popular organizado, las tropas del general Varela fueron conquistando los pueblos lindantes con la capital hasta su llegada a las riberas del Manzanares y a la Casa de Campo el 5 de noviembre de 1936. El general Asensio Torrado había fracasado en su intento de detener a las tropas rebeldes que se dirigían a Madrid, empleando una táctica consistente en atacar los flancos de las mismas y resistir en puntos clave.

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Se puso de manifiesto que, aunque la planificación militar era adecuada, la ejecución era mala, debido a la incapacidad de los milicianos de maniobrar en campo abierto, con una defensa improvisada y carente de empuje. Frente a ellos, se encontraba un ejército disciplinado, organizado, feroz y resistente, que cumplía las órdenes con una coherencia que les hacía muy superiores a la improvisación de sus oponentes. Los nacionales tuvieron que luchar contra un enemigo desorganizado y carente siempre de recursos, pero en Madrid, a diferencia de las ofensivas anteriores, encontraron una resistencia tenaz de un pueblo motivado bajo el lema ¡No pasarán!, motivación que se irá difuminando en los sucesivos años.

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El traslado de los ministerios republicanos a Valencia tuvo su contrapartida en Madrid con la creación de un organismo político de nuevo cuño, la Junta de Defensa, presidida por el general Miaja y formada por representantes de todas las organizaciones políticas y sindicales del arco republicano. Sustituyendo la labor del gobierno y del Ayuntamiento, la Junta quedó encargada de los aspectos básicos de la defensa de la ciudad y de la reorganización de la vida ciudadana en todos sus órdenes, desde el abastecimiento al control de la represión de los elementos "quintacolumnistas" y afines a los sublevados, hasta aquel momento incontrolada en el entramado de las "checas", represión que había dado episodios de especial virulencia.

La batalla de Madrid fue, entre otras cosas, escenario de la lucha entre el fascismo y la libertad, o por lo menos así se concibió internacionalmente. En uno y otro bando se sumaron efectivos materiales y humanos procedentes de otros países. En lo técnico, el bando nacional vio aparecer los carros italianos Fiat L-3/35, así como los alemanes "Krupp Panzerkamfwagen", modelos todos de entre 1933 y 1935; por su parte, en el bando republicano aparecieron los T-26 soviéticos. Sin embargo, el empleo que se dio a estas máquinas fue deficiente, y no resultaron a la postre decisivas en los combates. En el aire el bando nacional se hizo el dueño absoluto a finales de octubre, destacando en esta faceta los cazas italianos Fiat CR 32 y los alemanes Heinkel 46, Heinkel 51 y Junker 52 (adaptados como bombarderos), ante los cuales los anticuados Nieuport 52, o los escasos Dewoitine 501 y Fury republicanos no tenían nada que hacer. Con todo, la balanza se equilibró a principios de noviembre con la aparición en el bando republicano de los primeros Polikarpov I-15, y los Polikarpov I-16, que aprovecharon sus mejores condiciones de vuelo alto para atacar a sus oponentes en picado.

En lo referente a efectivos humanos, el bando nacionalista recibió el apoyo de la "Legión Cóndor" alemana y la CTV italiana, poco importantes en cuanto a efectivos, no así en cuanto a su capacidad técnica, aplicable a la guerra moderna, en un conflicto, nuestra guerra civil, que se caracterizó por sus primitivos planteamientos en lo militar. Por su parte, el bando republicano sí recibió importantes dotaciones de hombres de todas partes del mundo encuadrados en las "Brigadas Internacionales", las cuales pasarían un previo periodo de instrucción en tierras de Albacete. Estas vinieron a suplir grandes deficiencias operativas dentro del bando republicano, pero tuvieron también grandes problemas logísticos. En la batalla de Madrid participaron varias de estas unidades, aunque destacó con brillo propio la 12 Brigada Internacional.

A principios de noviembre de 1936 las tropas de Varela lucharon en los Carabancheles y ocuparon el Cerro de los Ángeles, penetrando posteriormente en la Casa de Campo, donde fueron detenidos, centrándose las operaciones en el eje Casa de Campo-Ciudad Universitaria-Moncloa. Mientras, Miaja fue nombrado jefe de la Junta de Defensa de Madrid, Vicente Rojo jefe de Estado Mayor y Pozas jefe del ejército del Centro.

El día 9 de noviembre llegó a Madrid la 11 Brigada Internacional, y posteriormente también llegó una columna de anarquistas mandada por Durruti. La lucha se intensificó. Tras una fallida contraofensiva republicana, las fuerzas de Varela cruzaron el Manzanares el día 15 y entraron en la Ciudad universitaria, ocupando en lo sucesivo la Casa de Velázquez, el Hospital Clínico y la Residencia de Estudiantes, así como el palacete de la Moncloa. Se luchó por cada palmo de terreno, llegando a la situación de que en algunos edificios se encontraban luchando fuerzas de ambos bandos. El frente se paralizó y Franco renunció a tomar directamente Madrid el 23 de noviembre.

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Los mandos rebeldes decidieron, tras el fracaso del ataque frontal sobre la capital, asfixiar a Madrid mediante ataques por los flancos, tomando los principales nudos de comunicación y posibilitando así su aislamiento y posterior ataque decisivo. La primera de estas ofensivas se realizó al noroeste de la capital, siendo el epicentro de la operación la carretera de La Coruña y los nudos adyacentes, con lo cual se pretendía aislar la capital de las fuerzas gubernamentales que resistían en la sierra madrileña. El primero de estos ataques se realizó sobre los puntos de Boadilla-Húmera-Aravaca, paralizándose la ofensiva a lo largo de diciembre y reiniciándose en enero de 1937. El 4 de enero Asensio ocupó Majadahonda y alcanzó la carretera de La Coruña. Posteriormente cayeron El Plantío y las Rozas, mientras los republicanos retomaron Aravaca y Villanueva del Pardillo, con lo cual evitaron que los rebeldes pudieran cortar las comunicaciones con la sierra.
En febrero de 1937 las tropas nacionales iniciaron una tercera tentativa de ataque sobre Madrid sobre su eje sur, esta vez la zona elegida fue el Jarama y el objetivo a conseguir la toma de la carretera e Valencia. Los nacionales ocuparon Vaciamadrid y bombardearon la carretera de Valencia y también, esta vez por el aire, Alcalá de Henares. El ataque fue, otra vez, un fracaso, y el 23 de febrero terminó esta batalla.

La última tentativa rebelde de envolver Madrid se realizó en Guadalajara. El 8 de marzo fuerzas italo-españolas iniciaron una ofensiva que se caracterizó por el papel destacado del CTV italiano, la resistencia encarnizada y los factores climatológicos adversos, que dificultaron la marcha de las tropas rebeldes. El día 10 las tropas de Rotta ocuparon Brihuega, obligando a una dificultosa retirada republicana de la zona. Sin embargo, las tropas republicanas se recuperaron y el día 19 avanzaron hasta el kilómetro 95 de la carretera de Aragón, derrotando a los rebeldes y estableciéndo el frente ante Hontanares y Cogollor. A partir de este momento Franco renunció definitivamente a tomar Madrid directamente.

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En abril de 1937 la Junta de Defensa fue disuelta, hecho favorecido por el alejamiento de Madrid como el escenario principal de la guerra y con la estabilización del frente en el centro del país. El Ayuntamiento volvió a tomar las funciones básicas de la vida ciudadana, al mismo tiempo que el gobierno volvía a tomar el papel que le correspondía en la defensa militar.

Paulatinamente, según transcurrió el conflicto, el espíritu ciudadano de la época de la batalla de Madrid dio paso a una desmoralización progresiva conforme las noticias de otros frentes anunciaban las sucesivas derrotas del ejército republicano. A ello ayudó, sin duda, el continuo desabastecimiento de la ciudad y a la ineficacia de las instituciones, que fracasaron en los diversos frentes de la política municipal.

Madrid también fue el escenario final de la guerra. Se produjo lo que se ha denominado "la guerra civil dentro de la guerra civil", iniciada el 5 de marzo de 1939 con la definitiva fractura del bloque republicano. El enfrentamiento armado entre casadistas, es decir, republicanos, cenetistas y la fracción mayoritaria del Partido Socialista contra los comunistas aceleró la terminación de la guerra civil.

A partir de ahí todo se precipitó. La hipótesis, muy improbable a esas alturas, de una paz negociada se hizo imposible. También lo fue la posibilidad de una rendición por etapas que asegurase la salida del país a los militantes más comprometidos políticamente. La pasividad de la población, creciente en esos momentos, es lo más llamativo de la fase última del conflicto en la ciudad, que contempló con perplejidad y desgana este último enfrentamiento. El 28 de marzo de 1939 las tropas de Franco entraban en la ciudad, mientras que miles de madrileños huían hacia los puertos de Levante para buscar afanosamente la salida del país.

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NotaPublicado: 16 Jun 2008 18:14 
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LA CULTURA Y LA PRENSA MADRILEÑAS DURANTE LA GUERRA CIVIL


La guerra civil no fue sólo un conflicto bélico, sino que también fue un enfrentamiento ideológico. Esta lucha ideológica se reflejó en la cultura y en la obra cultural de cada zona. En España había dos poderes, apoyados en dos sociedades, cada una con un modelos cultural opuesto al otro. Como Madrid estuvo en manos de los republicanos hasta el fin de la guerra, vamos a hablar del modelo republicano, aunque dentro del modelo republicano cabían una pluralidad de modelos. El modelo republicano hundía sus raíces más profundas en los principios de Rousseau, la Ilustración y la Revolución Francesa. La legitimación del poder se basaba en la voluntad general que encarna la soberanía popular. Según este modelo el hombre se salvaba por sí solo, por el saber y la razón. Es un modelo culturalista que tenía como valor supremo y como clave para cambiar la sociedad la educación y la cultura de los hombres.

La guerra civil supuso el final, la quiebra de la Edad de Plata de la cultura española, que fue uno de los momentos de mayor esplendor de la historia intelectual y artística de España.

La guerra y el asedio de Madrid provocaron el debilitamiento de Madrid como foco irradiador de la cultura republicana, y provocaron la marcha de la flor y la nata de los intelectuales republicanos a Valencia, nueva capital republicana, en noviembre de 1936. Como símbolo de la destrucción de la cultura madrileña hay que destacar la destrucción de la ciudad universitaria, uno de los principales frentes de la guerra en noviembre de 1936. Con el comienzo de la guerra, Madrid se convierte en el símbolo internacional de la lucha antifascista. El régimen republicano fue visto como una esperanza democrática frente a los gobiernos totalitarios y fascistas.

Así, al iniciarse la guerra civil, sintieron que comenzaba en España una hora decisiva para el mundo. Quien quizás expresó mejor este sentimiento colectivo fue el poeta inglés W. H. Auden al escribir: "En esa árida tierra, / en esa meseta perforada por ríos, / nuestros pensamientos se encarna en cuerpos...". Y repetía a modo de estribillo: "Y Madrid es el corazón". Este sentimiento también fue muy bien expresado por Manuel Altolaguirre cuando escribió en un romance: "Madrid, capital de Europa, / eje de la lucha obrera, / tantos ojos hoy te miran, / que debes estar de fiesta". Con las brigadas internacionales llegaron a Madrid escritores, reporteros y periodistas de todo el mundo. Así, destacaron las imágenes del fotógrafo Robert Cappa o del cineasta Karmen, y las crónicas periodísticas de Hemingway. La guerra supuso en Madrid la sustitución de los republicanos por las organizaciones obreras, que dominaron la vida madrileña hasta finales de 1937, y adquirieron importancia las "casas del pueblo" y los "ateneos libertarios" como centros de difusión de la cultura obrera. Los intelectuales republicanos en el contexto de la guerra civil insistieron en su compromiso político, mediante la pluma o la acción directa. Entre los escritores y poetas republicanos comprometidos en el campo republicano destacaron nombres como Antonio Machado, José Bergamín, León Felipe, Miguel Hernández, María Zambrano, Rosa Chacel o Rafael Alberti. Gran parte de este compromiso se expresó a través de la prensa. Los intelectuales republicanos pensaban que después de ganar la guerra nada volvería a ser como antes y que comenzaba una nueva era, caracterizada por el protagonismo del pueblo. Dentro del compromiso mediante la acción directa merecen ser destacados Rafael Alberti y su mujer María Teresa León, que ayudaron a salvar los cuadros del Museo del Prado y a evacuar a los intelectuales de Madrid, trasladándolos a Valencia.

En 1935 se había celebrado en París el I Congreso de Escritores y en sus sesiones se constituyó la Asociación Internacional de Escritores en Defensa de la Cultura, como máximo organismo de la literatura progresista y revolucionaria europea. A finales de julio de 1936 se formalizó la Alianza de Intelectuales Antifascistas, como sección española de la Asociación. Las actividades de la Alianza fueron bastante intensas, y su publicación más importante fue "El Mono Azul". Sin embargo, la aportación más importante de la Alianza fue la convocatoria y desarrollo del II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, que se celebró en Valencia, Madrid y Barcelona del 4 al 11 de julio de 1937. El Congreso puso de relieve el impacto de la guerra sobre los intelectuales del mundo entero.

En la zona republicana el Sindicato de Espectáculos de la C.N.T. se incautó desde agosto de 1936 de todas las salas de teatro y cine, creando el Sindicato de la Industria del Espectáculo. Cuando comienza el año 1937 están abiertos en el Madrid asediado 17 teatros y 41 salas de cine. Todas están controladas por la C.N.T. o la U.G.T. y, en ocasiones, por otras entidades.

En cuanto al teatro, en el Teatro Español, la compañía teatral Nueva Escena de la Alianza de Intelectuales representó Bodas de Sangre, de Lorca; Electra, de Galdós; Juan José, de Dicenta; La malquerida, de Benavente, entre otras. También hay que destacar la adaptación que hizo Alberti de la Numancia de Cervantes, que fue estrenada en el Teatro de la Zarzuela de Madrid en diciembre de 1937, y la representación de Fuenteovejuna en el Teatro Calderón en 1938.

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El teatro ambulante tuvo gran importancia con las muchas compañías de teatro que recorrieron pueblos, frentes, cuarteles y hospitales, representando obras de propaganda, pero también entremeses y clásicos. Aquí destacan las Guerrillas del Teatro, dirigidas por María Teresa León, que empezaron su actividad en los frentes del Centro.

El cine como espectáculo estuvo sometido al cuasi monopolio norteamericano, destacando a actores como Gary Cooper, Clark Gable, Joan Crawford o Ginger Rogers y películas como La isla del Tesoro. El filme Morena Clara, que se había estrenado en 1936 en el Rialto de Madrid, siguió proyectándose en ambas zonas, hasta ser prohibida en la republicana en marzo de 1937, por la manifiesta adhesión a Franco de su director, Florián Rey, y de la empresa Cifesa.

Dentro del cine hubo un período de gran protagonismo del cine soviético, entre octubre de 1936 y la primavera de 1937. Esta etapa comienza con el estreno en el Capitol de Madrid de Los marinos de Cronstadt, el 18 de octubre de 1936. Es un filme de exaltación de valores bélicos y revolucionarios, que cuadraba perfectamente con el estado de ánimo de Madrid y sus defensores, que pasa de la depresión a la exaltación entre la última semana de octubre y la primera de noviembre de 1936.

En cuanto a la producción propia, en la España republicana se realizan dos películas de importancia. Una, estrictamente documental, es Tierra de España, del holandés Joris Ivens, terminada en 1937; y el otro es Sierra de Teruel, dirigida por André Malraux con quien trabajó un equipo español en el que estaba Max Aub, quién escribió el guión.


El esfuerzo gubernamental por salvaguardar la cultura fue muy importante, y así, se produjo el traslado a Valencia de los cuadros del Museo del Prado, y se llevó a cabo la protección de obras artísticas madrileñas ante la posibilidad del pillaje o el vandalismo. Además, coincidiendo con los peores días del asedio de Madrid, el Quinto Regimiento logró la evacuación a Valencia de un selecto grupo de intelectuales.

La preocupación por la educación había sido un rasgo destacado de la II República, y durante la guerra se continuó la labor comenzada en 1931. El Estado consideró la educación como un servicio público al que debía tener acceso toda la población, tanto niños como adultos. En enero de 1937 se crearon la Milicias de la Cultura, que tenían una triple función: erradicación del analfabetismo, la ampliación cultural y la educación social y política. En noviembre de 1936 se crearon los Institutos obreros, para formar a los jóvenes no movilizados que debían ocupar los puestos de trabajo de los que iban a luchar. También tuvieron importancia las Escuelas de adultos.

Si la guerra civil supuso una evidente ruptura en la Historia de España, también significó una ruptura en la prensa madrileña. Tras el 18 de julio de 1936 la prensa madrileña inició una nueva etapa, en la que la censura se convirtió en algo normal en una guerra que exigía la militancia de la prensa.

Durante la guerra se publicaron en Madrid varios tipos de periódicos: los grandes diarios vinculados a la empresa privada, periódicos y revistas de los partidos republicanos de izquierda y la nueva prensa surgida con la guerra.

Las publicaciones periódicas en la España republicana se caracterizaron por su gran diversidad. Diversidad que respondía a la heterogeneidad del mismo Gobierno, y de los partidos y organizaciones que respaldaban al Gobierno de la República.

Con el estallido de la guerra se produjo la incautación de periódicos de derechas, conservadores y monárquicos. Y otros pasaron a organizaciones sindicales y partidos de izquierda como "ABC", "El Siglo Futuro", "La Epoca", "Ya", "El Debate", "Ahora", etcétera.

Junto a éstos seguían publicándose los diarios republicanos de izquierda vinculados a grupos empresariales, como "Heraldo de Madrid", "Diario de la Noche", "El Sol", "Diario de la Mañana del Partido Comunista", "La Voz", "El Liberal", "La Libertad", y otros muchos.

Había otras publicaciones que eran los portavoces de sindicatos y partidos de izquierda: "Política", "Semanario Republicano de Izquierdas", órgano del partido de Izquierda Republicana liderado por Manuel Azaña; "Mundo Obrero", órgano del Partido Comunista; "El Socialista", del PSOE; "CNT", entre otros.


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LA GUERRA CIVIL EN MADRID

En la noche del 17 de julio llegaron a la capital las primeras noticias sobre la sublevación militar iniciada en el protectorado español de Marruecos. Siguiendo unos patrones de actuación muy similares a los de los pronunciamientos decimonónicos, los sublevados pretendieron la pronta conquista de la capital, previendo tomar en los primeros instantes los principales puntos y nudos de comunicación que posibilitasen enviar columnas armadas a Madrid para unirse a las tropas rebeldes de la capital y terminar así con el gobierno del Frente Popular.

Sin embargo, desde el primer momento, y pese a la gran confusión reinante, se puso de manifiesto la resistencia del pueblo madrileño ante los insurgentes. Así, el cuartel de la Montaña, sublevado al mando del general Fanjul, cayó ante el asalto de guardias, militares y civiles armados. A este cuartel le siguieron otros focos menores de sublevación, que, o fueron reducidos o se rindieron. Mientras, en la sierra de Madrid, la lucha se centró en zonas como Guadarrama, Navacerrada o Somosierra, produciéndose finalmente una estabilización del frente que duró ya toda la guerra. Madrid se convirtió en este aspecto en el escenario que transformó un pronunciamiento en guerra civil, dado que los intentos sublevados por tomar la capital fracasaron una y otra vez, siendo el máximo exponente de esto la larga batalla de Madrid, entre noviembre de 1936 y la primavera de 1937, en varios escenarios: el Manzanares (6-23 de noviembre), la carretera de La Coruña (29 de noviembre-16 de enero), el Jarama (5-23 de febrero) y Guadalajara (8-22 de marzo).

Desde octubre de 1936 Madrid empieza a entrar de lleno en el conflicto bélico. La desorganización militar y política de la España republicana hizo imparable el avance de las tropas legionarias y de los regulares desde Cádiz, pasando por Extremadura y Toledo, hasta las mismas puertas de Madrid. A pesar de los intentos de contraofensiva y de la formación del Quinto Regimiento de Milicias Populares, como primer embrión de un ejército popular organizado, las tropas del general Varela fueron conquistando los pueblos lindantes con la capital hasta su llegada a las riberas del Manzanares y a la Casa de Campo el 5 de noviembre de 1936. El general Asensio Torrado había fracasado en su intento de detener a las tropas rebeldes que se dirigían a Madrid, empleando una táctica consistente en atacar los flancos de las mismas y resistir en puntos clave.


Se puso de manifiesto que, aunque la planificación militar era adecuada, la ejecución era mala, debido a la incapacidad de los milicianos de maniobrar en campo abierto, con una defensa improvisada y carente de empuje. Frente a ellos, se encontraba un ejército disciplinado, organizado, feroz y resistente, que cumplía las órdenes con una coherencia que les hacía muy superiores a la improvisación de sus oponentes. Los nacionales tuvieron que luchar contra un enemigo desorganizado y carente siempre de recursos, pero en Madrid, a diferencia de las ofensivas anteriores, encontraron una resistencia tenaz de un pueblo motivado bajo el lema ¡No pasarán!, motivación que se irá difuminando en los sucesivos años.

El traslado de los ministerios republicanos a Valencia tuvo su contrapartida en Madrid con la creación de un organismo político de nuevo cuño, la Junta de Defensa, presidida por el general Miaja y formada por representantes de todas las organizaciones políticas y sindicales del arco republicano. Sustituyendo la labor del gobierno y del Ayuntamiento, la Junta quedó encargada de los aspectos básicos de la defensa de la ciudad y de la reorganización de la vida ciudadana en todos sus órdenes, desde el abastecimiento al control de la represión de los elementos "quintacolumnistas" y afines a los sublevados, hasta aquel momento incontrolada en el entramado de las "checas", represión que había dado episodios de especial virulencia.

La batalla de Madrid fue, entre otras cosas, escenario de la lucha entre el fascismo y la libertad, o por lo menos así se concibió internacionalmente. En uno y otro bando se sumaron efectivos materiales y humanos procedentes de otros países. En lo técnico, el bando nacional vio aparecer los carros italianos Fiat L-3/35, así como los alemanes "Krupp Panzerkamfwagen", modelos todos de entre 1933 y 1935; por su parte, en el bando republicano aparecieron los T-26 soviéticos. Sin embargo, el empleo que se dio a estas máquinas fue deficiente, y no resultaron a la postre decisivas en los combates. En el aire el bando nacional se hizo el dueño absoluto a finales de octubre, destacando en esta faceta los cazas italianos Fiat CR 32 y los alemanes Heinkel 46, Heinkel 51 y Junker 52 (adaptados como bombarderos), ante los cuales los anticuados Nieuport 52, o los escasos Dewoitine 501 y Fury republicanos no tenían nada que hacer. Con todo, la balanza se equilibró a principios de noviembre con la aparición en el bando republicano de los primeros Polikarpov I-15, y los Polikarpov I-16, que aprovecharon sus mejores condiciones de vuelo alto para atacar a sus oponentes en picado.

En lo referente a efectivos humanos, el bando nacionalista recibió el apoyo de la "Legión Cóndor" alemana y la CTV italiana, poco importantes en cuanto a efectivos, no así en cuanto a su capacidad técnica, aplicable a la guerra moderna, en un conflicto, nuestra guerra civil, que se caracterizó por sus primitivos planteamientos en lo militar. Por su parte, el bando republicano sí recibió importantes dotaciones de hombres de todas partes del mundo encuadrados en las "Brigadas Internacionales", las cuales pasarían un previo periodo de instrucción en tierras de Albacete. Estas vinieron a suplir grandes deficiencias operativas dentro del bando republicano, pero tuvieron también grandes problemas logísticos. En la batalla de Madrid participaron varias de estas unidades, aunque destacó con brillo propio la 12 Brigada Internacional.

A principios de noviembre de 1936 las tropas de Varela lucharon en los Carabancheles y ocuparon el Cerro de los Ángeles, penetrando posteriormente en la Casa de Campo, donde fueron detenidos, centrándose las operaciones en el eje Casa de Campo-Ciudad Universitaria-Moncloa. Mientras, Miaja fue nombrado jefe de la Junta de Defensa de Madrid, Vicente Rojo jefe de Estado Mayor y Pozas jefe del ejército del Centro.

El día 9 de noviembre llegó a Madrid la 11 Brigada Internacional, y posteriormente también llegó una columna de anarquistas mandada por Durruti. La lucha se intensificó. Tras una fallida contraofensiva republicana, las fuerzas de Varela cruzaron el Manzanares el día 15 y entraron en la Ciudad universitaria, ocupando en lo sucesivo la Casa de Velázquez, el Hospital Clínico y la Residencia de Estudiantes, así como el palacete de la Moncloa. Se luchó por cada palmo de terreno, llegando a la situación de que en algunos edificios se encontraban luchando fuerzas de ambos bandos. El frente se paralizó y Franco renunció a tomar directamente Madrid el 23 de noviembre.

Los mandos rebeldes decidieron, tras el fracaso del ataque frontal sobre la capital, asfixiar a Madrid mediante ataques por los flancos, tomando los principales nudos de comunicación y posibilitando así su aislamiento y posterior ataque decisivo. La primera de estas ofensivas se realizó al noroeste de la capital, siendo el epicentro de la operación la carretera de La Coruña y los nudos adyacentes, con lo cual se pretendía aislar la capital de las fuerzas gubernamentales que resistían en la sierra madrileña. El primero de estos ataques se realizó sobre los puntos de Boadilla-Húmera-Aravaca, paralizándose la ofensiva a lo largo de diciembre y reiniciándose en enero de 1937. El 4 de enero Asensio ocupó Majadahonda y alcanzó la carretera de La Coruña. Posteriormente cayeron El Plantío y las Rozas, mientras los republicanos retomaron Aravaca y Villanueva del Pardillo, con lo cual evitaron que los rebeldes pudieran cortar las comunicaciones con la sierra.

En febrero de 1937 las tropas nacionales iniciaron una tercera tentativa de ataque sobre Madrid sobre su eje sur, esta vez la zona elegida fue el Jarama y el objetivo a conseguir la toma de la carretera e Valencia. Los nacionales ocuparon Vaciamadrid y bombardearon la carretera de Valencia y también, esta vez por el aire, Alcalá de Henares. El ataque fue, otra vez, un fracaso, y el 23 de febrero terminó esta batalla.

La última tentativa rebelde de envolver Madrid se realizó en Guadalajara. El 8 de marzo fuerzas italo-españolas iniciaron una ofensiva que se caracterizó por el papel destacado del CTV italiano, la resistencia encarnizada y los factores climatológicos adversos, que dificultaron la marcha de las tropas rebeldes. El día 10 las tropas de Rotta ocuparon Brihuega, obligando a una dificultosa retirada republicana de la zona. Sin embargo, las tropas republicanas se recuperaron y el día 19 avanzaron hasta el kilómetro 95 de la carretera de Aragón, derrotando a los rebeldes y estableciéndo el frente ante Hontanares y Cogollor. A partir de este momento Franco renunció definitivamente a tomar Madrid directamente.

En abril de 1937 la Junta de Defensa fue disuelta, hecho favorecido por el alejamiento de Madrid como el escenario principal de la guerra y con la estabilización del frente en el centro del país. El Ayuntamiento volvió a tomar las funciones básicas de la vida ciudadana, al mismo tiempo que el gobierno volvía a tomar el papel que le correspondía en la defensa militar.

Paulatinamente, según transcurrió el conflicto, el espíritu ciudadano de la época de la batalla de Madrid dio paso a una desmoralización progresiva conforme las noticias de otros frentes anunciaban las sucesivas derrotas del ejército republicano. A ello ayudó, sin duda, el continuo desabastecimiento de la ciudad y a la ineficacia de las instituciones, que fracasaron en los diversos frentes de la política municipal.

Madrid también fue el escenario final de la guerra. Se produjo lo que se ha denominado "la guerra civil dentro de la guerra civil", iniciada el 5 de marzo de 1939 con la definitiva fractura del bloque republicano. El enfrentamiento armado entre casadistas, es decir, republicanos, cenetistas y la fracción mayoritaria del Partido Socialista contra los comunistas aceleró la terminación de la guerra civil.

A partir de ahí todo se precipitó. La hipótesis, muy improbable a esas alturas, de una paz negociada se hizo imposible. También lo fue la posibilidad de una rendición por etapas que asegurase la salida del país a los militantes más comprometidos políticamente. La pasividad de la población, creciente en esos momentos, es lo más llamativo de la fase última del conflicto en la ciudad, que contempló con perplejidad y desgana este último enfrentamiento. El 28 de marzo de 1939 las tropas de Franco entraban en la ciudad, mientras que miles de madrileños huían hacia los puertos de Levante para buscar afanosamente la salida del país.


LA CULTURA Y LA PRENSA MADRILEÑAS DURANTE LA GUERRA CIVIL

La guerra civil no fue sólo un conflicto bélico, sino que también fue un enfrentamiento ideológico. Esta lucha ideológica se reflejó en la cultura y en la obra cultural de cada zona. En España había dos poderes, apoyados en dos sociedades, cada una con un modelos cultural opuesto al otro. Como Madrid estuvo en manos de los republicanos hasta el fin de la guerra, vamos a hablar del modelo republicano, aunque dentro del modelo republicano cabían una pluralidad de modelos. El modelo republicano hundía sus raíces más profundas en los principios de Rousseau, la Ilustración y la Revolución Francesa. La legitimación del poder se basaba en la voluntad general que encarna la soberanía popular. Según este modelo el hombre se salvaba por sí solo, por el saber y la razón. Es un modelo culturalista que tenía como valor supremo y como clave para cambiar la sociedad la educación y la cultura de los hombres.

La guerra civil supuso el final, la quiebra de la Edad de Plata de la cultura española, que fue uno de los momentos de mayor esplendor de la historia intelectual y artística de España.

La guerra y el asedio de Madrid provocaron el debilitamiento de Madrid como foco irradiador de la cultura republicana, y provocaron la marcha de la flor y la nata de los intelectuales republicanos a Valencia, nueva capital republicana, en noviembre de 1936. Como símbolo de la destrucción de la cultura madrileña hay que destacar la destrucción de la ciudad universitaria, uno de los principales frentes de la guerra en noviembre de 1936. Con el comienzo de la guerra, Madrid se convierte en el símbolo internacional de la lucha antifascista. El régimen republicano fue visto como una esperanza democrática frente a los gobiernos totalitarios y fascistas.

Así, al iniciarse la guerra civil, sintieron que comenzaba en España una hora decisiva para el mundo. Quien quizás expresó mejor este sentimiento colectivo fue el poeta inglés W. H. Auden al escribir: "En esa árida tierra, / en esa meseta perforada por ríos, / nuestros pensamientos se encarna en cuerpos...". Y repetía a modo de estribillo: "Y Madrid es el corazón". Este sentimiento también fue muy bien expresado por Manuel Altolaguirre cuando escribió en un romance: "Madrid, capital de Europa, / eje de la lucha obrera, / tantos ojos hoy te miran, / que debes estar de fiesta". Con las brigadas internacionales llegaron a Madrid escritores, reporteros y periodistas de todo el mundo. Así, destacaron las imágenes del fotógrafo Robert Cappa o del cineasta Karmen, y las crónicas periodísticas de Hemingway. La guerra supuso en Madrid la sustitución de los republicanos por las organizaciones obreras, que dominaron la vida madrileña hasta finales de 1937, y adquirieron importancia las "casas del pueblo" y los "ateneos libertarios" como centros de difusión de la cultura obrera. Los intelectuales republicanos en el contexto de la guerra civil insistieron en su compromiso político, mediante la pluma o la acción directa. Entre los escritores y poetas republicanos comprometidos en el campo republicano destacaron nombres como Antonio Machado, José Bergamín, León Felipe, Miguel Hernández, María Zambrano, Rosa Chacel o Rafael Alberti. Gran parte de este compromiso se expresó a través de la prensa. Los intelectuales republicanos pensaban que después de ganar la guerra nada volvería a ser como antes y que comenzaba una nueva era, caracterizada por el protagonismo del pueblo. Dentro del compromiso mediante la acción directa merecen ser destacados Rafael Alberti y su mujer María Teresa León, que ayudaron a salvar los cuadros del Museo del Prado y a evacuar a los intelectuales de Madrid, trasladándolos a Valencia.

En 1935 se había celebrado en París el I Congreso de Escritores y en sus sesiones se constituyó la Asociación Internacional de Escritores en Defensa de la Cultura, como máximo organismo de la literatura progresista y revolucionaria europea. A finales de julio de 1936 se formalizó la Alianza de Intelectuales Antifascistas, como sección española de la Asociación. Las actividades de la Alianza fueron bastante intensas, y su publicación más importante fue "El Mono Azul". Sin embargo, la aportación más importante de la Alianza fue la convocatoria y desarrollo del II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, que se celebró en Valencia, Madrid y Barcelona del 4 al 11 de julio de 1937. El Congreso puso de relieve el impacto de la guerra sobre los intelectuales del mundo entero.

En la zona republicana el Sindicato de Espectáculos de la C.N.T. se incautó desde agosto de 1936 de todas las salas de teatro y cine, creando el Sindicato de la Industria del Espectáculo. Cuando comienza el año 1937 están abiertos en el Madrid asediado 17 teatros y 41 salas de cine. Todas están controladas por la C.N.T. o la U.G.T. y, en ocasiones, por otras entidades.

En cuanto al teatro, en el Teatro Español, la compañía teatral Nueva Escena de la Alianza de Intelectuales representó Bodas de Sangre, de Lorca; Electra, de Galdós; Juan José, de Dicenta; La malquerida, de Benavente, entre otras. También hay que destacar la adaptación que hizo Alberti de la Numancia de Cervantes, que fue estrenada en el Teatro de la Zarzuela de Madrid en diciembre de 1937, y la representación de Fuenteovejuna en el Teatro Calderón en 1938.

El teatro ambulante tuvo gran importancia con las muchas compañías de teatro que recorrieron pueblos, frentes, cuarteles y hospitales, representando obras de propaganda, pero también entremeses y clásicos. Aquí destacan las Guerrillas del Teatro, dirigidas por María Teresa León, que empezaron su actividad en los frentes del Centro.

El cine como espectáculo estuvo sometido al cuasi monopolio norteamericano, destacando a actores como Gary Cooper, Clark Gable, Joan Crawford o Ginger Rogers y películas como La isla del Tesoro. El filme Morena Clara, que se había estrenado en 1936 en el Rialto de Madrid, siguió proyectándose en ambas zonas, hasta ser prohibida en la republicana en marzo de 1937, por la manifiesta adhesión a Franco de su director, Florián Rey, y de la empresa Cifesa.

Dentro del cine hubo un período de gran protagonismo del cine soviético, entre octubre de 1936 y la primavera de 1937. Esta etapa comienza con el estreno en el Capitol de Madrid de Los marinos de Cronstadt, el 18 de octubre de 1936. Es un filme de exaltación de valores bélicos y revolucionarios, que cuadraba perfectamente con el estado de ánimo de Madrid y sus defensores, que pasa de la depresión a la exaltación entre la última semana de octubre y la primera de noviembre de 1936.

En cuanto a la producción propia, en la España republicana se realizan dos películas de importancia. Una, estrictamente documental, es Tierra de España, del holandés Joris Ivens, terminada en 1937; y el otro es Sierra de Teruel, dirigida por André Malraux con quien trabajó un equipo español en el que estaba Max Aub, quién escribió el guión.

El esfuerzo gubernamental por salvaguardar la cultura fue muy importante, y así, se produjo el traslado a Valencia de los cuadros del Museo del Prado, y se llevó a cabo la protección de obras artísticas madrileñas ante la posibilidad del pillaje o el vandalismo. Además, coincidiendo con los peores días del asedio de Madrid, el Quinto Regimiento logró la evacuación a Valencia de un selecto grupo de intelectuales.

La preocupación por la educación había sido un rasgo destacado de la II República, y durante la guerra se continuó la labor comenzada en 1931. El Estado consideró la educación como un servicio público al que debía tener acceso toda la población, tanto niños como adultos. En enero de 1937 se crearon la Milicias de la Cultura, que tenían una triple función: erradicación del analfabetismo, la ampliación cultural y la educación social y política. En noviembre de 1936 se crearon los Institutos obreros, para formar a los jóvenes no movilizados que debían ocupar los puestos de trabajo de los que iban a luchar. También tuvieron importancia las Escuelas de adultos.

Si la guerra civil supuso una evidente ruptura en la Historia de España, también significó una ruptura en la prensa madrileña. Tras el 18 de julio de 1936 la prensa madrileña inició una nueva etapa, en la que la censura se convirtió en algo normal en una guerra que exigía la militancia de la prensa.

Durante la guerra se publicaron en Madrid varios tipos de periódicos: los grandes diarios vinculados a la empresa privada, periódicos y revistas de los partidos republicanos de izquierda y la nueva prensa surgida con la guerra.

Las publicaciones periódicas en la España republicana se caracterizaron por su gran diversidad. Diversidad que respondía a la heterogeneidad del mismo Gobierno, y de los partidos y organizaciones que respaldaban al Gobierno de la República.

Con el estallido de la guerra se produjo la incautación de periódicos de derechas, conservadores y monárquicos. Y otros pasaron a organizaciones sindicales y partidos de izquierda como "ABC", "El Siglo Futuro", "La Epoca", "Ya", "El Debate", "Ahora", etcétera.

Junto a éstos seguían publicándose los diarios republicanos de izquierda vinculados a grupos empresariales, como "Heraldo de Madrid", "Diario de la Noche", "El Sol", "Diario de la Mañana del Partido Comunista", "La Voz", "El Liberal", "La Libertad", y otros muchos.

Había otras publicaciones que eran los portavoces de sindicatos y partidos de izquierda: "Política", "Semanario Republicano de Izquierdas", órgano del partido de Izquierda Republicana liderado por Manuel Azaña; "Mundo Obrero", órgano del Partido Comunista; "El Socialista", del PSOE; "CNT", entre otros.

Entre las publicaciones de la nueva prensa de guerra (que se encargó de la información sobre los frentes y de la formación política de los soldados y civiles, y al tiempo estimuló la moral y la conciencia de victoria) destacaron: "Milicia Popular", diario del Quinto Regimiento de Milicias Populares, en el que escribieron entre otros Luis de Tapia, Ramón J. Sénder, José Bergamín, Rafael Alberti, José Herrera Peteré, Miguel Hernández y Antonio Machado; "Octubre", Boletín de los batallones Octubre y Largo Caballero; "Joven Guardia", Boletín del Regimiento Pasionaria de Madrid, etc.

Otras publicaciones eran de las Brigadas Internacionales: "A l'Assuat", "Noi Passaremo!", etc.

Entre las revistas culturales hay que mencionar dos: "El Mono Azul" y "Hora de España". La primera nació en agosto de 1936. Era la Hoja Semanal de la "Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de Cultura". La formaban Rafael Alberti, José Bergamín, Rafael Dieste, Ramón J. Sénder, Ramón Gaya, Mª Teresa Zambrano y muchos más de la Alianza de Intelectuales Antifascistas. A través de ella los escritores y artistas se identificaban con la causa del pueblo. La segunda revista, "Hora de España", fue publicada en Valencia por los intelectuales que abandonaron Madrid en noviembre de 1936, para huir a Valencia, la nueva capital republicana. Apareció en enero de 1937 y se publicó hasta noviembre de 1938. Sus ensayos fueron escritos por Antonio Machado, León Felipe, Dámaso Alonso, María Zambrano, José Bergamín, Díez-Canedo, J. Xirau y otros. Los poemas fueron realizados por Miguel Hernández, Luis Cernuda, Emilio Prados, Serrano Plaja, Gil-Albert, Manuel Altolaguirre, Rafael Alberti, etc.

Durante la guerra la prensa fue, junto a la radio, un importante instrumento de propaganda. La prensa madrileña durante la guerra fue una prensa solidaria. Los periódicos comparten, en el momento de la sublevación, un mismo lenguaje improvisado y urgente, que va de la incredulidad y la sorpresa a la rabia. La sublevación contra la legitimidad republicana fue condenada con dureza en los diarios madrileños. El número de Claridad del 18 de julio titulaba un movimiento insensato y vergonzoso. Los periódicos de partidos y sindicatos, la prensa republicana de izquierdas y la vinculada a grupos empresariales utilizaban las mismas palabras: solidaridad, lealtad, disciplina frente a la reacción y al fascismo. La prensa llamaba a la normalización de la vida ciudadana y a la responsabilidad. En ocasiones la pretensión de normalidad aparecía forzada en la prensa, como ABC, que a finales de julio hablaba de un Madrid que había recobrado su aspecto: Tranvías y bares atestados, y las terrazas de los cafés céntricos sin una mesa desocupada. Los periódicos recuerdan las grandes epopeyas del pasado. Para ellos la guerra que vive España es más triste, más amarga que la de 1808, y hablan de España como de un escenario de un duelo trágico entre la reacción mundial y el sentimiento de libertad que alienta todos los avances progresivos del pueblo.

La censura se convierte durante la guerra en un grave problema para la prensa, provocando enfrentamientos entre los periódicos y el Gobierno. A esto se le sumaba la escasez de mano de obra y de materias primas. Así, a la altura de 1938, muchos periódicos habían dejado de publicar de forma temporal o definitiva.

Entre los corresponsales extranjeros, favorables a la causa republicana estaban Ilya Ehrenburg, M. Kolostov, H. L. Mattews, A. Koestler, E. Hemingway, J. Whittaker, L. de la Pree, Orwell…

En la guerra civil tuvo, como ya mencionamos antes, gran importancia la radio como medio de propaganda. En Madrid partidos y sindicatos crearon gran número de emisoras. Así, en febrero de 1937 la Junta de Defensa de Madrid sólo controlaba Unión Radio, Radio España, Radio Telégrafos y la Transradio, a pesar de que había una docena de emisoras de partidos y organizaciones.

En la España republicana tuvieron gran importancia los romances, y hay que destacar el romancero de guerra que fue apareciendo en El Mono Azul. Poco a poco se publicaron colecciones como el Romancero de la guerra civil (1936) y el Romancero general de la guerra de España (1936). Entre sus autores figuran poetas de renombre: Alberti, Altolaguirre, Aleixandre, Bergamín, Dieste, Gaya, Miguel Hernández, Moreno Villa, Pla y Beltrán, etc. El romancero de mayor importancia fue el militar. Entre estos últimos hay algunos importantes relacionados con la defensa de Madrid: Defensa de Madrid, Defensa de Cataluña, de Rafael Alberti; ¡Alerta los madrileños!, de Manuel Altolaguirre; y Lidia de Mola en Madrid, de Antonio Aparicio. Aquí reproducimos dos de ellos:



DEFENSA DE MADRID,
DEFENSA DE CATALUÑA
Madrid, corazón de España,
late con pulsos de fiebre.
Si ayer la sangre le hervía,
hoy con más calor le hierve.
Ya nunca podrá dormirse,
porque si Madrid se duerme,
querrá despertarse un día
y el alba no vendrá a verle.
No olvides, Madrid, la guerra;
jamás olvides que enfrente
los ojos del enemigo
te echan miradas de muerte.
Rondan por tu cielo halcones
que precipitarse quieren
sobre tus rojos tejados,
tus calles, tu brava gente.
Madrid: que nunca se diga,
nunca se publique o piense
que en el corazón de España
la sangre se volvió nieve.
Fuentes de valor y hombría
las guardas tú donde siempre.
Atroces ríos de asombro
han de correr de esas fuentes.
Que cada barrio, a su hora,
si esa mal hora viniere
-hora que no vendrá- sea
más que la plaza más fuerte.
Los hombres, como castillos;
igual que almenas, sus frentes,
grandes murallas sus brazos,
puertas que nadie penetre.
Quien al corazón de España
quiera asomarse, que llegue,
¡Pronto! Madrid está lejos.
Madrid sabe defenderse
con uñas, con pies, con codos,
con empujones, con dientes,
panza arriba, arisco, recto,
duro, al pie del agua verde
del Tajo, en Navalperal,
en Sigüenza, en donde suenen
balas y balas que busquen
helar su sangre caliente.
Madrid, corazón de España,
que es de tierra, dentro tiene,
si se le escarbara, un gran hoyo,
profundo, grande, imponente,
como un barranco que aguarda...
Sólo en él cabe la muerte.
RAFAEL ALBERTI
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¡ALERTA LOS MADRILEÑOS!

Pueblo de Madrid valiente,
pueblo de paz y trabajo,
defiéndete contra aquellas
fieras que te están cercando;
ellas tienen por oficio
la destrucción y el estrago,
ellos hacen de la guerra
un arte para tu daño.
Si por amor a la paz
estuvimos desarmados,
por amor a la justicia
ahora el fusil empuñamos.
Demuéstrale al enemigo
que no quieres ser esclavo;
más vale morir de pie
que vivir arrodillados;
cadenas, las que formemos
unidos por nuestros brazos,
unión que nunca se rompa,
vínculo firme de hermanos.
Muros de sacos terreros,
surcos hondos, no de arados,
sí con picos y con palas,
con corazones sembrados,
semilla roja seremos
en las trincheras del campo.
Cuando brote la victoria,
con sus palmas y sus ramos,
el mundo verá en nosotros
su más brillante pasado;
seamos la aurora, la fuente,
demos los primeros pasos
del porvenir que en Europa
merece el proletariado.

II

Madrid, capital de Europa,
eje de la lucha obrera,
tantos ojos hoy te miran,
que debes estar de fiesta;
vístete con tus hazañas,
adórnate con proezas,
sea tu canto el más valiente,
sean tus luces las más bellas;
cuando una ciudad gloriosa
ante el mundo así se eleva,
debe cuidar su atavío,
debe mostrar que en sus venas
tiene sangre que hasta el rostro
no subirá con vergüenza,
sí con la fiebre que da
el vigor en la contienda.
Madrid, te muerden las faldas
canes de mala ralea,
vuelan cuervos que vomitan
sucia metralla extranjera.
Lucha alegre, lucha, vence,
envuélvete en tu bandera;
te están mirando, te miran;
que no te olviden con pena.

MANUEL ALTOLAGUIRRE


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SOBREVIVIR EN MADRID.

Muchos tipos de males acarreó la Guerra civil y todos ellos son, naturalmente males sociales. Hoy se impone la idea de que los costos de la guerra no estriban sólo en las pérdidas reales, sino en las ganancias que, por culpa de ella, dejaron de producirse. Por costos sociales hemos de entender, pues, las perturbaciones en la estructura, en el tejido social, los bloqueos de ciertos desarrollos, los recursos desviados de sus fines convencionalmente naturales, incluso la destrucción de bienes de consumo inmediato que trae consigo una guerra. Unos costos son cargados sobre la posibilidad misma de la vida de los individuos, otros sobre las condiciones de ella en el plano individual, otros afectan a los servicios, a los organismos sociales a los recursos colectivos.

Uno de los problemas, si no el principal, entre los graves que asolaron Madrid en guerra, fue sin duda el abastecimiento de la población, de cuya solución dependió en muchos momentos y de forma crítica el éxito de la defensa. Fue por tanto uno de los grandes asuntos que tuvieron que afrontar los gobernantes, y mucho más grave en el caso republicano. La suerte inmediata del levantamiento militar y la geografía inicial del enfrentamiento que de ello resultó, condicionaron las pautas por las que discurrió el abastecimiento de alimentos. En este sentido, la zona republicana, se colocó rápidamente en desventaja, siendo deficitario de productos básicos, y esto se dejó sentir.

En el caso del Madrid republicano, resultará perceptible desde mediados de 1937, en sintonía con los reveses militares, unos síntomas de descomposición que se hacen cada vez más visibles en meses posteriores, una de las razones serán debidas al deterioro de las condiciones materiales de vida, en la cual influyen un cúmulo de variables que van diseñando este contexto de decaimiento. Será lógico ver como esta preocupación ocupará un lugar común en la prensa de la época, acumulando una información que siempre insiste en el binomio formado por las carencias y la desorganización, configurándose un sinfín de desaciertos que acabó por zarpar la moral de la retaguardia. En noviembre de 1937 el presidente Negrín reconocía la gravedad de la situación, aludiendo a la falta de previsión que se había tenido en este problema. Hasta final de la guerra la prensa y las autoridades municipales continuaron expresándose en la misma longitud de onda, claro exponente del fracaso de la política de abastecimiento. En realidad se mezclaba por un lado la insuficiencia de la oferta y por otro el desbarajuste administrativo no resuelto en los sucesivos marcos legales establecidos por el Ayuntamiento y el Gobierno.

En torno a estos años de enfrentamiento, la ciudad de Madrid era un inmenso estómago próximo al millón de habitantes, incapaz de abastecerse de su hinterland más o menos próximo. La sublevación militar desarticuló el mercado nacional, rompiendo la estructura geográfica del abastecimiento madrileño, viéndose privado del trigo de Castilla la Vieja, del pescado del Atlántico, del carbón asturiano y de los productos cárnicos castellanos y de Extremadura. Ante tal panorama se hizo necesario abrir nuevas vías de abastecimiento en condiciones técnicas, políticas y financieras demasiado complicadas, además, la población de la capital se incrementó en unos cien mil habitantes, en parte compensada por las evacuaciones de la población civil hacia las regiones mediterráneas. A esta modificación en el sistema productivo, se unía la alteración del sistema de transportes, ahora subordinado a la lógica de la guerra, y las transformaciones revolucionarias en la estructura de la propiedad y en la gestión empresarial que dificultan la búsqueda de alternativas de aprovisionamiento en la España gubernamental.

Hasta el mes de septiembre de 1936 la ciudad no tomó conciencia de su delicada situación, momento en el que las reservas de víveres de anteguerra empezaron a escasear. La propia fragmentación de los poderes de la república y la desorganización de las instituciones influyeron negativamente en el tema de los abastos. El sistema generalizado de suministro en los momentos iniciales fue la utilización de vales, repartidos por partidos y sindicatos, y canjeados en tiendas y comercios por artículos de primera necesidad. Ante la evidente escasez, las críticas se centrarán en el tremendo despilfarro inicial, el caos organizativo y el acaparamiento.

Las tensiones entre las organizaciones de abastecimiento de diferente signo político reflejaron la confrontación a nivel político entre los diversos integrantes del bando republicano. Así, su funcionamiento excluyente desembocó en una tendencia generalizada al acaparamiento, añadiendo nuevas dosis de desequilibrios al mercado. Pero por encima del conglomerado político-privado aparecen las organizaciones estatales provinciales y municipales. En Madrid, el Ayuntamiento no llegó a abordar seriamente, hasta que no se llevó a cabo la fundación de la Comisión Provincial de Abastecimientos para Madrid y su Provincia, por iniciativa del estado y dependiente de la Comisión Nacional de Abastos, cuya misión fue la de ordenar el disperso entramado abastecedor, estableciendo una política unitaria, sin embargo, estos proyectos no se pudieron llevar a cabo, teniendo que asumir esta responsabilidad la Junta de Defensa, abordando una mayor preocupación por el tema. Pero ni la Junta, ni tampoco organismos posteriores como La Comisión de Abastos, centralizada por el Consejo Municipal, van a abordar el problema eficazmente. Por fin, a la altura de 1938, cuando el problema ya era irreversible, el gobierno republicano estableció un plan global de intervención y regulación del mercado que unificara la política de abastos. Por medio de la Junta Reguladora de Abastecimientos y a través de la Intendencia General de abastecimientos, la cual, siguiendo la lógica de las cartillas de racionamiento obligatorias desde marzo de 1937, distribuiría las subsistencias. Pero la teoría no llegó a cuajar en la práctica. En torno a estos años, la desesperación era latente, para solucionar el tema de abastos, las autoridades republicanas intentaron la evacuación de la población madrileña no necesaria para fines militares y políticos, sin embargo, la proximidad del frente de batalla en torno a levante, invirtió la corriente durante el segundo semestre de 1938, agravando aún mas la penuria alimenticia.

La villa de Madrid también contó con el apoyo de las entidades de beneficencia, sin embargo, las campañas de ayuda no parece que tuvieran el eco deseado y muchas críticas coetáneas se enfocaron en esta dirección.

En relación directa con la escasez, la elevación de salarios y la baja productividad, propició que se desencadenara en Madrid, como en el resto de la España republicana una subida general del nivel de precios iniciada por los productos alimenticios. El control de los precios y la represión del fraude se convirtió en otra de las grandes preocupaciones de los gobernantes republicanos, fijándose unas tasas oficiales de los precios. Sin embargo, el almacenamiento y ocultamiento de víveres con fines especulativos y el consiguiente fraude de precios desembocaron en el contexto de la extremada escasez en un abusivo mercado negro donde los precios de artículos de consumo adquirieron cifras desorbitadas. Mucha culpa de esto la tuvieron las mismas fuentes de abastecimiento y su distribución, donde se producían fugas de artículos y una amplia gama de fraudes. Las autoridades fueron incapaces de frenar la situación.

Por otra parte, la distribución oficial de alimentos, provocó la existencia de otros canales de aprovisionamiento, como cooperativas y economatos, comedores populares promovidos por sindicatos, o el recurso al inevitable mercado negro; pero a nivel individual, se despertó ante situaciones tan críticas la agudeza de ingenio y la picaresca incluyendo el falseamiento de cartillas de abastecimiento, la duplicidad de las misas o la utilización de correspondientes a fallecidos y evacuados. Las largas y casi permanentes colas a la puerta de los establecimientos de las grandes ciudades fueron una imagen cotidiana y un recuerdo imborrable para los protagonistas de la época.

Hemos visto el bando Republicano, sin embargo, el abastecimiento constituyó un problema serio para los dos bandos, de su éxito dependía el sometimiento de la retaguardia. Esto será básico para entender todas las medidas, disposiciones y mecanismos nacidos en la zona nacional. Destacaron las Juntas de abastos y posteriormente las Juntas provinciales de precios encargadas de vigilar, y de asegurar el cumplimiento de las disposiciones tendentes a evitar la subida de precios entre otras cuestiones. Sin embargo la aparición de estas juntas no estuvieron exentas de problemas, destacando por un lado la aparente confusión en las competencias de ambas juntas, y por otro, la necesidad de establecer la normalidad en la venta y exportación de alimentos a la Intendencia militar y civil.

En 1938 estas juntas fueron absorbidas por el Servicio Nacional de Abastecimiento y Transporte para intentar suministrar los alimentos ante tal situación de miseria.

Bibliografía

punto05.JPG (3724 bytes) ABELLA, Rafael: La vida cotidiana durante la guerra civil,1º vol. (España Nacional), 2 vol. (España Republicana), Barcelona, Editorial Planeta, 1973.

punto05.JPG (3724 bytes) ALCALDE, Carmen: La mujer en la guerra civil española, Madrid, 1976.

punto05.JPG (3724 bytes) CARR, Raymond: Imágenes de la guerra civil española, Barcelona, Editorial Edhasa, 1986.

punto05.JPG (3724 bytes) COLODNY, Robert, G.: El asedio de Madrid, Madrid, Editorial Ruedo Ibérico, 1970.

punto05.JPG (3724 bytes) DIAZ PLAJA, Fernando: La vida cotidiana en la España de la guerra civil, Madrid, 1994.

punto05.JPG (3724 bytes) ESCOLAR SOBRINO, Hipólito: La cultura durante la guerra civil, Editorial Alhambra, Madrid, 1987.

punto05.JPG (3724 bytes) GOMEZ DIAZ, Luis Miguel: El teatro de vanguardia y de agitación popular en Madrid durante la guerra civil, 2 vols. Tesis de la Universidad Complutense de Madrid, 1982.

punto05.JPG (3724 bytes) THOMAS, Hugh (ed): La guerra civil española, 5, 6 y 7 vols. Madrid, Ediciones Urbión, 1979.

punto05.JPG (3724 bytes) TUSELL, Javier: Vivir en guerra, Madrid, Editorial Sílex, 1996.

punto05.JPG (3724 bytes) VV.AA.: La guerra civil 2 vols. Madrid, Editorial Historia 16, 1986.



Bibliografía recomendada

punto05.JPG (3724 bytes) ALBALA, Alfonso: Los días del odio: novela, Madrid, Editorial Guadarrama, 1969.

punto05.JPG (3724 bytes) AROSTEGUI, Julio (ed): Historia y memoria de la guerra civil, Junta de Castilla y León, 1988.

punto05.JPG (3724 bytes) BAREA, Arturo: La forja de un rebelde, Madrid, 1984.

punto05.JPG (3724 bytes) BIBLIOTECA NACIONAL Catálogo de carteles de la República y la Guerra Civil española en la Biblioteca Nacional, Madrid, 1990

punto05.JPG (3724 bytes) BORRÁS, Tomás: Madrid teñido de rojo, Madrid, Ediciones Sección de Cultura, 1962.

punto05.JPG (3724 bytes) CARDONA, Gabriel: La batalla de Madrid: noviembre 1936-julio 1937, Madrid, 1938.

punto05.JPG (3724 bytes) DELANO, L.Enrique: 4 meses de guerra civil en Madrid, Madrid, Editorial Panorama, 1937.

punto05.JPG (3724 bytes) DIAZ PLAJA, Fernando: La España política del s.XX en fotografías y documentos, Madrid, 1972.

punto05.JPG (3724 bytes) FOLGUERA, Pilar: Vida cotidiana en Madrid. El primer tercio de siglo a través de las fuentes orales, 1987.

punto05.JPG (3724 bytes) VAZQUEZ, Matilde: La guerra civil en Madrid, Madrid, Ediciones Giner, 1978.

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Durante la guerra la prensa fue, junto a la radio, un importante instrumento de propaganda. La prensa madrileña durante la guerra fue una prensa solidaria. Los periódicos comparten, en el momento de la sublevación, un mismo lenguaje improvisado y urgente, que va de la incredulidad y la sorpresa a la rabia. La sublevación contra la legitimidad republicana fue condenada con dureza en los diarios madrileños. El número de Claridad del 18 de julio titulaba un movimiento insensato y vergonzoso. Los periódicos de partidos y sindicatos, la prensa republicana de izquierdas y la vinculada a grupos empresariales utilizaban las mismas palabras: solidaridad, lealtad, disciplina frente a la reacción y al fascismo. La prensa llamaba a la normalización de la vida ciudadana y a la responsabilidad. En ocasiones la pretensión de normalidad aparecía forzada en la prensa, como ABC, que a finales de julio hablaba de un Madrid que había recobrado su aspecto: Tranvías y bares atestados, y las terrazas de los cafés céntricos sin una mesa desocupada. Los periódicos recuerdan las grandes epopeyas del pasado. Para ellos la guerra que vive España es más triste, más amarga que la de 1808, y hablan de España como de un escenario de un duelo trágico entre la reacción mundial y el sentimiento de libertad que alienta todos los avances progresivos del pueblo.

La censura se convierte durante la guerra en un grave problema para la prensa, provocando enfrentamientos entre los periódicos y el Gobierno. A esto se le sumaba la escasez de mano de obra y de materias primas. Así, a la altura de 1938, muchos periódicos habían dejado de publicar de forma temporal o definitiva.

Entre los corresponsales extranjeros, favorables a la causa republicana estaban Ilya Ehrenburg, M. Kolostov, H. L. Mattews, A. Koestler, E. Hemingway, J. Whittaker, L. de la Pree, Orwell…

En la guerra civil tuvo, como ya mencionamos antes, gran importancia la radio como medio de propaganda. En Madrid partidos y sindicatos crearon gran número de emisoras. Así, en febrero de 1937 la Junta de Defensa de Madrid sólo controlaba Unión Radio, Radio España, Radio Telégrafos y la Transradio, a pesar de que había una docena de emisoras de partidos y organizaciones.

En la España republicana tuvieron gran importancia los romances, y hay que destacar el romancero de guerra que fue apareciendo en El Mono Azul. Poco a poco se publicaron colecciones como el Romancero de la guerra civil (1936) y el Romancero general de la guerra de España (1936). Entre sus autores figuran poetas de renombre: Alberti, Altolaguirre, Aleixandre, Bergamín, Dieste, Gaya, Miguel Hernández, Moreno Villa, Pla y Beltrán, etc. El romancero de mayor importancia fue el militar. Entre estos últimos hay algunos importantes relacionados con la defensa de Madrid: Defensa de Madrid, Defensa de Cataluña, de Rafael Alberti; ¡Alerta los madrileños!, de Manuel Altolaguirre; y Lidia de Mola en Madrid, de Antonio Aparicio. Aquí reproducimos dos de ellos:

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DEFENSA DE MADRID,
DEFENSA DE CATALUÑA

Madrid, corazón de España,
late con pulsos de fiebre.
Si ayer la sangre le hervía,
hoy con más calor le hierve.
Ya nunca podrá dormirse,
porque si Madrid se duerme,
querrá despertarse un día
y el alba no vendrá a verle.
No olvides, Madrid, la guerra;
jamás olvides que enfrente
los ojos del enemigo
te echan miradas de muerte.
Rondan por tu cielo halcones
que precipitarse quieren
sobre tus rojos tejados,
tus calles, tu brava gente.
Madrid: que nunca se diga,
nunca se publique o piense
que en el corazón de España
la sangre se volvió nieve.
Fuentes de valor y hombría
las guardas tú donde siempre.
Atroces ríos de asombro
han de correr de esas fuentes.
Que cada barrio, a su hora,
si esa mal hora viniere
-hora que no vendrá- sea
más que la plaza más fuerte.
Los hombres, como castillos;
igual que almenas, sus frentes,
grandes murallas sus brazos,
puertas que nadie penetre.
Quien al corazón de España
quiera asomarse, que llegue,
¡Pronto! Madrid está lejos.
Madrid sabe defenderse
con uñas, con pies, con codos,
con empujones, con dientes,
panza arriba, arisco, recto,
duro, al pie del agua verde
del Tajo, en Navalperal,
en Sigüenza, en donde suenen
balas y balas que busquen
helar su sangre caliente.
Madrid, corazón de España,
que es de tierra, dentro tiene,
si se le escarbara, un gran hoyo,
profundo, grande, imponente,
como un barranco que aguarda...
Sólo en él cabe la muerte.
RAFAEL ALBERTI



¡ALERTA LOS MADRILEÑOS!


Pueblo de Madrid valiente,
pueblo de paz y trabajo,
defiéndete contra aquellas
fieras que te están cercando;
ellas tienen por oficio
la destrucción y el estrago,
ellos hacen de la guerra
un arte para tu daño.
Si por amor a la paz
estuvimos desarmados,
por amor a la justicia
ahora el fusil empuñamos.
Demuéstrale al enemigo
que no quieres ser esclavo;
más vale morir de pie
que vivir arrodillados;
cadenas, las que formemos
unidos por nuestros brazos,
unión que nunca se rompa,
vínculo firme de hermanos.
Muros de sacos terreros,
surcos hondos, no de arados,
sí con picos y con palas,
con corazones sembrados,
semilla roja seremos
en las trincheras del campo.
Cuando brote la victoria,
con sus palmas y sus ramos,
el mundo verá en nosotros
su más brillante pasado;
seamos la aurora, la fuente,
demos los primeros pasos
del porvenir que en Europa
merece el proletariado.

II

Madrid, capital de Europa,
eje de la lucha obrera,
tantos ojos hoy te miran,
que debes estar de fiesta;
vístete con tus hazañas,
adórnate con proezas,
sea tu canto el más valiente,
sean tus luces las más bellas;
cuando una ciudad gloriosa
ante el mundo así se eleva,
debe cuidar su atavío,
debe mostrar que en sus venas
tiene sangre que hasta el rostro
no subirá con vergüenza,
sí con la fiebre que da
el vigor en la contienda.
Madrid, te muerden las faldas
canes de mala ralea,
vuelan cuervos que vomitan
sucia metralla extranjera.
Lucha alegre, lucha, vence,
envuélvete en tu bandera;
te están mirando, te miran;
que no te olviden con pena.

MANUEL ALTOLAGUIRRE



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SOBREVIVIR EN MADRID.


Muchos tipos de males acarreó la Guerra civil y todos ellos son, naturalmente males sociales. Hoy se impone la idea de que los costos de la guerra no estriban sólo en las pérdidas reales, sino en las ganancias que, por culpa de ella, dejaron de producirse. Por costos sociales hemos de entender, pues, las perturbaciones en la estructura, en el tejido social, los bloqueos de ciertos desarrollos, los recursos desviados de sus fines convencionalmente naturales, incluso la destrucción de bienes de consumo inmediato que trae consigo una guerra. Unos costos son cargados sobre la posibilidad misma de la vida de los individuos, otros sobre las condiciones de ella en el plano individual, otros afectan a los servicios, a los organismos sociales a los recursos colectivos.

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Uno de los problemas, si no el principal, entre los graves que asolaron Madrid en guerra, fue sin duda el abastecimiento de la población, de cuya solución dependió en muchos momentos y de forma crítica el éxito de la defensa. Fue por tanto uno de los grandes asuntos que tuvieron que afrontar los gobernantes, y mucho más grave en el caso republicano. La suerte inmediata del levantamiento militar y la geografía inicial del enfrentamiento que de ello resultó, condicionaron las pautas por las que discurrió el abastecimiento de alimentos. En este sentido, la zona republicana, se colocó rápidamente en desventaja, siendo deficitario de productos básicos, y esto se dejó sentir.

En el caso del Madrid republicano, resultará perceptible desde mediados de 1937, en sintonía con los reveses militares, unos síntomas de descomposición que se hacen cada vez más visibles en meses posteriores, una de las razones serán debidas al deterioro de las condiciones materiales de vida, en la cual influyen un cúmulo de variables que van diseñando este contexto de decaimiento. Será lógico ver como esta preocupación ocupará un lugar común en la prensa de la época, acumulando una información que siempre insiste en el binomio formado por las carencias y la desorganización, configurándose un sinfín de desaciertos que acabó por zarpar la moral de la retaguardia. En noviembre de 1937 el presidente Negrín reconocía la gravedad de la situación, aludiendo a la falta de previsión que se había tenido en este problema. Hasta final de la guerra la prensa y las autoridades municipales continuaron expresándose en la misma longitud de onda, claro exponente del fracaso de la política de abastecimiento. En realidad se mezclaba por un lado la insuficiencia de la oferta y por otro el desbarajuste administrativo no resuelto en los sucesivos marcos legales establecidos por el Ayuntamiento y el Gobierno.

En torno a estos años de enfrentamiento, la ciudad de Madrid era un inmenso estómago próximo al millón de habitantes, incapaz de abastecerse de su hinterland más o menos próximo. La sublevación militar desarticuló el mercado nacional, rompiendo la estructura geográfica del abastecimiento madrileño, viéndose privado del trigo de Castilla la Vieja, del pescado del Atlántico, del carbón asturiano y de los productos cárnicos castellanos y de Extremadura. Ante tal panorama se hizo necesario abrir nuevas vías de abastecimiento en condiciones técnicas, políticas y financieras demasiado complicadas, además, la población de la capital se incrementó en unos cien mil habitantes, en parte compensada por las evacuaciones de la población civil hacia las regiones mediterráneas. A esta modificación en el sistema productivo, se unía la alteración del sistema de transportes, ahora subordinado a la lógica de la guerra, y las transformaciones revolucionarias en la estructura de la propiedad y en la gestión empresarial que dificultan la búsqueda de alternativas de aprovisionamiento en la España gubernamental.

Hasta el mes de septiembre de 1936 la ciudad no tomó conciencia de su delicada situación, momento en el que las reservas de víveres de anteguerra empezaron a escasear. La propia fragmentación de los poderes de la república y la desorganización de las instituciones influyeron negativamente en el tema de los abastos. El sistema generalizado de suministro en los momentos iniciales fue la utilización de vales, repartidos por partidos y sindicatos, y canjeados en tiendas y comercios por artículos de primera necesidad. Ante la evidente escasez, las críticas se centrarán en el tremendo despilfarro inicial, el caos organizativo y el acaparamiento.

Las tensiones entre las organizaciones de abastecimiento de diferente signo político reflejaron la confrontación a nivel político entre los diversos integrantes del bando republicano. Así, su funcionamiento excluyente desembocó en una tendencia generalizada al acaparamiento, añadiendo nuevas dosis de desequilibrios al mercado. Pero por encima del conglomerado político-privado aparecen las organizaciones estatales provinciales y municipales. En Madrid, el Ayuntamiento no llegó a abordar seriamente, hasta que no se llevó a cabo la fundación de la Comisión Provincial de Abastecimientos para Madrid y su Provincia, por iniciativa del estado y dependiente de la Comisión Nacional de Abastos, cuya misión fue la de ordenar el disperso entramado abastecedor, estableciendo una política unitaria, sin embargo, estos proyectos no se pudieron llevar a cabo, teniendo que asumir esta responsabilidad la Junta de Defensa, abordando una mayor preocupación por el tema. Pero ni la Junta, ni tampoco organismos posteriores como La Comisión de Abastos, centralizada por el Consejo Municipal, van a abordar el problema eficazmente. Por fin, a la altura de 1938, cuando el problema ya era irreversible, el gobierno republicano estableció un plan global de intervención y regulación del mercado que unificara la política de abastos. Por medio de la Junta Reguladora de Abastecimientos y a través de la Intendencia General de abastecimientos, la cual, siguiendo la lógica de las cartillas de racionamiento obligatorias desde marzo de 1937, distribuiría las subsistencias. Pero la teoría no llegó a cuajar en la práctica. En torno a estos años, la desesperación era latente, para solucionar el tema de abastos, las autoridades republicanas intentaron la evacuación de la población madrileña no necesaria para fines militares y políticos, sin embargo, la proximidad del frente de batalla en torno a levante, invirtió la corriente durante el segundo semestre de 1938, agravando aún mas la penuria alimenticia.

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La villa de Madrid también contó con el apoyo de las entidades de beneficencia, sin embargo, las campañas de ayuda no parece que tuvieran el eco deseado y muchas críticas coetáneas se enfocaron en esta dirección.

En relación directa con la escasez, la elevación de salarios y la baja productividad, propició que se desencadenara en Madrid, como en el resto de la España republicana una subida general del nivel de precios iniciada por los productos alimenticios. El control de los precios y la represió

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NotaPublicado: 30 Ago 2008 20:31 
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He encontrado esto en youtube, no los he visto enteros todavía pero creo que no son muy imparciales a pesar de tratarse de documental extranjero. Desde luego tiene buenas imágenes de la contienda.

Están ordenados así que preferiblemente hay que verlos de arriba a abajo.

[video width=400 height=350]http://www.youtube.com/v/5LsO_EriCeU&feature=related[/video]
[video width=400 height=350]http://www.youtube.com/v/u9RrjqlLn6Q&feature=related[/video]
[video width=400 height=350]http://www.youtube.com/v/IMDzFQUr3Ys&feature=related[/video]
[video width=400 height=350]http://www.youtube.com/v/-N5HjGsQpxA&feature=related[/video]
[video width=400 height=350]http://www.youtube.com/v/J8jyyvwFH_4&feature=related[/video]
[video width=400 height=350]http://www.youtube.com/v/Ex7lOOSrO7g&feature=related[/video]
[video width=400 height=350]http://www.youtube.com/v/7mCUd9AtJRk&feature=related[/video]


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