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NotaPublicado: 12 Ene 2019 19:16 
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Los golpes que aporreban la puerta sobresaltaron a Martin Selling en el amanecer del 10 de noviembre de 1938. Desconocía que en las horas previas, durante la Kristallnacht, los nazis habían llevado a cabo una serie de saqueos y ataques indiscriminados contra las sinagogas, las tiendas y las casas de los judíos. El joven de 20 años, que vivía en Lehrberg, en el sureste de Alemania, abrió y se topó con cuatro soldados uniformados con camisas pardas y brazaletes rojos con esvásticas. Eran de las SA. Registraron su casa y, sin dar ningún tipo de explicación, se lo llevaron detenido.

El odio y el supremacismo azuzados por Hitler y el nazismo habían irrumpido en su vida, se la estaban arrebatando para convertirlo en un simple número. A Martin Schelling lo condujeron a una prisión desbordada de judíos en el distrito de Núremberg, donde fue encerrado durante seis semanas. Después lo subieron a un tren y lo deportaron a Dachau, el primer campo de concentración del Tercer Reich, inaugurado en marzo de 1933. Lo primero que vio allí fue a los SS armados con fusiles y un letrero metálico sobre la puerta de hierro que decía: "Arbeit macht frei", "El trabajo os hará libres".

Trabajos forzados, palizas, hambre, sufrimiento, horror... Las penurias padecidas en Dachau debilitaron profundamente a Martin. Ante semejantes condiciones de hacinamiento —miles de judíos habían sido internados en el campo desde la noche de los cristales rotos—, los nazis empezaron a liberar a aquellos que tuviesen más posibilidades de abandonar Alemania. Selling se veía abocado a morir allí, pero su nombre apareció en la lista de afortunados que podían abandonar Dachau a finales de enero de 1939.

Comenzó entonces una travesía vertiginosa hasta conseguir refugio en Estados Unidos, que se inmiscuyó en la II Guerra Mundial tras el ataque a Pearl Harbor. Martin, que había encontrado trabajo en un taller mecánico, se presentó en la oficina de reclutamiento del Cuerpo Aéreo del Ejército norteamericano en Newark y dijo a los funcionarios: "Quiero ser bombardero para poder lanzar bombas sobre objetivos alemanes". Las atrocidades de Dachau y la imagen del fürher agitaban sus recuerdos.


Fue adiestrado en tareas de interrogación de prisioneros y recogida de información y volvió a cruzar el Atlántico en junio de 1944 como miembro de la 35ª División de Infantería. El 6 de julio, justo un mes después del Día D, Martin desembarcó en la playa de Omaha, en Normandía. Pisaba de nuevo el continente del que había sido expulsado unos años antes, con la esperanza de reencontrase con sus familiares ante la inminente derrota de Hitler. Pero no se imaginaba la dimensión de exterminio que había alcanzado el Holocausto.
De enemigos extranjeros a héroes anónimos

La de Martin Selling es tan solo una de las historias de los Ritchie Boys, un grupo de unos dos mil jóvenes judíos alemanes que emigraron a EEUU a finales de los años 30 huyendo de las persecuciones de los nazis. Algunas de las más asombrosas las ha recogido el periodista y escritor Bruce Henderson en Hijos y soldados, editado ahora por Crítica en España, un libro detallista y preciso, escalofriante y conmovedor a partes iguales.

El nazismo convirtió la vida de los judíos en un infierno, pero salir de Alemania era misión imposible para una familia completa. Solo podían salvar a un hijo menor de 16 años con malabares burocráticos y económicos. Cuando el papeleo quedaba arreglado, llegaba la decisión más dura y desgarradora de todas: separarse, pronunciar una adiós que en muchos casos resultó definitivo. Mientras los jóvenes se embarcaban hacia la libertad, los que permanecían en los límites del Tercer Reich iban a ser enviados a los campos de exterminio.

Estados Unidos era vértigo y soledad para estos jóvenes, con el recuerdo permanente de sus hogares y de los suyos, de las incertidumbres sobre su paradero, de las cartas que no obtenían respuesta; también se enfrentaban a cuestiones existencialistas que trataban de articular una réplica sensata a preguntas dificilísimas: "¿Cómo es que habéis conseguido escapar cuando otros no han podido?".
Demostración práctica de la histeria nazi en una de las clases de formación en Camp Ritchie.

Demostración práctica de la histeria nazi en una de las clases de formación en Camp Ritchie. US Army Signal Corps

La situación se tornó incómoda para ellos cuando EEUU declaró la guerra a Hitler, pues adquirieron el estatus de extranjeros enemigos. Ya no eran refugiados, sino ciudadanos de un país que combatía contra el que les había dado cobijo. Corrieron a enrolarse en las filas del Ejército estadounidense, querían formar parte de la liberación de Europa y los altos cargos descubrieron en estos judíos alemanes un potencial valiosísimo: conocían el idioma y la cultura, la psicología del enemigo, y nadie tenía tantas ganas de derrotar a Hitler como ellos.

A mediados de 1942 comenzaron a moldearlos en la base de Camp Ritchie, Maryland —de ahí el nombre con el que fueron bautizados, los Ritchie Boys— para crear una fuerza secreta y decisiva dedicada a interrogar prisioneros de guerra alemanes. Les adiestraron para extraer inteligencia y datos sobre las maniobras defensivas de las tropas de la Wehrmacht, una información realmente valiosa para ganar la guerra lo antes posible.

Las biografías de alguno son una auténtica odisea, como la de Werner Angress, integrado en un equipo de interrogadores adscrito a la 82ª División Aerotransportada y que saltaría detrás de las líneas enemigas el Día D, concretamente a las 2:15 horas de la madrugada del 6 de junio de 1944. Esa fue la primera vez que se tiró en paracaídas tras recibir un cursillo exprés de su sargento. Aterrizó en un huerto en solitario, lejos del objetivo, y a los pocos días fue capturado por los alemanas. Pero su travesía tendría un final feliz.

"Librábamos una guerra estadounidense y, al mismo tiempo, otra muy personal. Nos entregamos a ella con cada fibra de nuestro ser. Trabajábamos más duro de lo que cualquiera hubiera podido impulsarnos. Éramos cruzados. Esa era nuestra guerra", reconoció Guy Stern, uno de los graduados que vio en el campo de Buchenwald la barbarie cometida por los nazis con sus propios ojos.

Porque encontrarse con toda la muerte y putrefacción que se respiraba en los campos, con los esqueletos vivientes de los judíos, con la connivencia de los habitantes locales, antiguos vecinos, y con la incertidumbre del paradero de sus familias, se reveló en una carga para la que los Ritchie Boys como Manny Steinfeld no habían sido adiestrados: "Habíamos oído rumores acerca de la existencia de los campos. No sabía qué esperar. Me daba miedo pensar que podía encontrar a mi madre o mi hermana entre los muertos".
https://www.elespanol.com/cultura/histo ... 235_0.html

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NotaPublicado: 28 Ene 2019 10:48 
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75º aniversario del fin del asedio a Leningrado:
https://elpais.com/elpais/2019/01/27/al ... foto_gal_1

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NotaPublicado: 06 Feb 2019 09:31 
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Llevábamos un buen rato hablando de pilotos de guerra, el cielo tras las cristaleras del Zúrich se había llenado del estrépito de los dogfights (“¡Ángeles a las 10! ¡Ataco!”) y de las estelas de humo de los aparatos que caían derribados. Entonces el aviador ya retirado Rafael de Madariaga, que empuñó en su día los mandos de Sabres (“el último caza de verdad”) y Starfighters, miró al fondo de su copa y en el líquido dorado pareció encontrar, atrapado como un antiguo insecto en ámbar, un recuerdo especial. “En una ocasión le estreché la mano a Steinhoff”, dijo. El nombre aterrizó sobre la mesa y casi me atraganto. ¡Johannes Macky Steinhoff!, ¡el as de caza alemán (176 victorias) que acabó la II Guerra Mundial volando los reactores Me-262 y estrellándose al despegar del aeropuerto de Munich-Reim! Mi piloto favorito.

Steinhoff, al que le estallaron los cohetes que llevaba bajo las alas, se abrasó en su jet pero sobrevivió, eso sí, con espantosas quemaduras, tipo El paciente inglés. Considerado antes del percance el hombre más guapo de la Luftwaffe (que ya es atributo), incluida una cicatriz sexi de esgrima en la mejilla izquierda, quedó terriblemente desfigurado, como un Niki Lauda del aire. “No sabías dónde mirarle”, me explicó el capitán de aviación retirado y escritor Madariaga (20.000 horas de vuelo en aparatos militares y civiles -20 años comandante de Iberia-). “Su cara impresionaba mucho. Luego me enteré de que habían conseguido que pudiera cerrar un ojo reconstruyéndole un párpado con un trozo de piel del muslo. Pero ¡qué hombre!, un fuera de serie; yo, como todos los pilotos, le admiraba mucho, y tenerle delante y estrecharle la mano fue un momento impresionante”.

Madariaga era entonces, en 1969, piloto de reactores del Ejército del Aire y Steinhoff (1913-1994), uno de los pocos ases alemanes que sobrevivieron a la guerra, general inspector de la nueva fuerza aérea de su país, auspiciada por la OTAN. “Vino a investigar por qué los españoles teníamos muchos menos accidentes con los F-104 Starfighter que ellos. Básicamente, le dijimos, por tres razones: primero, el tiempo es mucho mejor en España que en Alemania; segundo, porque ustedes están haciendo volar a pilotos muy jóvenes y aquí en cambio no pilota nadie esos aparatos con menos de 500 horas de vuelo; y tercero, porque tienen 950 unidades y nosotros 21”. Steinhoff asintió. “El tipo tenía carácter: había dejado un mes todos los Starfighter alemanes en tierra porque quería que les cambiaran el asiento eyector por uno más seguro”.


Macky ya podía tener genio: en la II Guerra Mundial se había enfrentado a Goering en el llamado “motín de los pilotos” por la ineficacia del corrupto Reichsmarschall en la conducción de la guerra aérea. Había luchado como piloto desde el inicio de la contienda, con el Me-109, y estuvo en todos los frentes, incluida la Batalla de Inglaterra, la guerra en África e Italia, el Este, y la defensa de Alemania. Lo derribaron 12 veces, pero el tío solo saltó en paracaídas una: decía que no se fiaba de que se abriera y prefería aterrizar con su avión averiado y a menudo convertido en un colador.

La vida de Steinhoff (condecorado con la Cruz de Caballero con hojas de roble y espadas), aunque fuera un piloto caballeroso y respetuoso de las convenciones de la guerra y luego pudiera reciclarse en unas fuerzas armadas democráticas, no está exenta de alguna sombra. Su hermana se casó con un oficial de la SD miembro de los Einsatzgruppen que participó en la destrucción del ghetto de Varsovia. Claro que no eres responsable de cómo sea tu cuñado. La hija del aviador, en cambio, se casó con un senador de EE UU (por Colorado).

Madariaga, un hombre de 77 años, apasionado de los aviones y la historia de la aviación, con un aire juvenil y que conserva el punto travieso y desenfadado de los pilotos de caza clásicos (te lo imaginas fácilmente con la gorra ladeada y el puro en la boca), es autor de un libro reciente en el que profundiza en su interés por los pilotos de la aviación republicana de la Guerra Civil. En Aviadores españoles en la URSS, 1936-1948, el autor, que ya ha escrito sobre Moscas y Tupolevs, sigue la peripecia del centenar de pilotos españoles que combatieron en la Segunda Guerra Mundial enrolados en la fuerza aérea soviética, y que derribaron en conjunto unos 75 aeroplanos rivales.

En Aviadores españoles en la URSS, 1936-1948, Madariaga, que ya ha escrito sobre Moscas y Tupolevs, sigue la peripecia del centenar de pilotos españoles que combatieron en la Segunda Guerra Mundial enrolados en la fuerza aérea soviética, y que derribaron en conjunto unos 75 aeroplanos rivales.

El libro, basadso en una minuciosa investigación en archivos rusos, lo publica Galland Books, la misma editorial, por cierto, que ha publicado los dos, estupendos, de memorias de Steinhoff: El estrecho de Mesina (2013), en el que narra sus aventuras en Sicilia volando sobre Segesta, Agrigento y Erice con excelente pulso literario (ser piloto de caza no te acredita inmediatamente como buen escritor a no ser que te llames Saint-Exupéry o Salter) y donde nos presenta a ese otro piloto irrepetible que es Armin Zöhler, que venía de familia circense y él mismo de muchacho había trabajado con los Rivels; y A última hora (2014), en el que describe la bofetada con el Me-262. No sé qué habrían pensado los pilotos rojos de Madariaga de lo de aparecer en el mismo catálogo que su enemigo (Steinhoff hizo la inmensa mayoría de sus derribos en el frente ruso), el catálogo de una editorial que se llama además como esa otra némesis de los aviadores Aliados que fue el general de los cazas de la Luftwaffe y ex miembro de la Legión Cóndor Adolf Galland, jefe, camarada y amigo de Steinhoff.

En el libro de Madariaga hay aviadores sensacionales del bando contrario. Uno de mis favoritos es Luis Lavin (14 derribos atribuidos), sobre todo porque lo conocí y lo entrevisté -en la Aeroteca, la librería barcelonesa de aviación-. Era un tipo que había vivido experiencias tremendas de las que no sobrevives si no tienes la piel tan dura como el blindaje de los Sturmovik. Fue uno de los Niños de la Guerra que consiguió ingresar en la fuerza aérea soviética. Voló en los Lavochkin La-5, 7 y 9, combatió en Kursk y llegó a pilotar tras la guerra un Mig-15. Madariaga destaca a Juan Lario, el español que más victorias logró en Rusia, 27 (y 8 en la Guerra Civil), y participó en casi 900 misiones y cien combates; luchó en Stalingrado y acabó mandando una escuadrilla de Spitfires IX; y a Antonio García Cano, con cinco derribos en Rusia, y que fue(como Lario) uno de los 18 españoles que volaron aviones alemanes en Chekálov, una operación secreta para infiltrarse en las formaciones enemigas con aparatos capturados. García Cano se encontró una vez, al derribar un Heinkel 111 y aterrizar junto a su presa, a un aviador alemán que había estado en España en la Legión Cóndor, lo que les dio para una buena conversación.

También señala Madariaga a José María Pascual Popeye, con 9 victorias, cinco sobre Stalingrado, donde fue derribado no sin antes abatir él otros tres cazas alemanes seguidos; su nombre es, junto al del hijo de la Pasionaria, Rubén Ruiz Ibárruri, que combatía en tanques, de los dos únicos de españoles en el Mamayev Kurgán, el monumento a la decisiva batalla junto al Volga. Putin, dice Madariaga, está estudiando hacerlo Héroe de la Unión Soviética a título póstumo. . . Hay que quitarse el sombrero también ante Andrés Fierro, que derribo un Ju-88 en un ataque tarán, es decir lanzándose con su aparato sobre el avión enemigo, en plan tártaro del cielo.

Ases de la Guerra Civil lucharon en la URSS, como José Maria Bravo, que formó parte de la escolta aérea de Stalin, o Manuel Zarauza, “el piloto fantasma” porque, de pequeña estatura, parecía que no hubiera nadie en la cabina de su caza, y que murió en 1942 al chocar su aparato con el de un camarada soviético.

Madariaga documenta los distintos caminos por los que los aviadores españoles llegaron a combatir en la fuerza aérea de la URSS: veteranos de la Guerra Civil huidos, Niños de la Guerra convertidos en pilotos, alumnos de la escuela de pilotaje de Kirovabad; algunos lograron volver a ser pilotos tras tener que luchar como guerrilleros. Los mandos soviéticos en general no supieron sacarles todo el partido a unos aviadores, los que habían luchado en España, que tenían un buen conocimiento de los aviones y pilotos alemanes, a los que habían derribado en casa. Las suspicacias estalinistas jugaron en su contra. Curiosamente, prácticamente el mismo número de españoles combatieron en el frente del Este a favor de los soviéticos como en contra, pues los aviadores de la Escuadrilla Azul, los pilotos voluntarios franquistas, eran también cerca de un centenar, aunque a diferencia de los rojos, estaban agrupados en las mismas escuadrillas. Derribaron la misma cantidad y tuvieron unas bajas parecidas, una veintena. Nunca llegaron a combatir españoles contra españoles en el cielo de Rusia, dice Madariaga.

El escritor me explicóque siente una afinidad de colega con los viejos pilotos, a muchos de los cuales entrevistó para sus libros y para revistas aeronáuticas. Antes de despedirme le pregunté por los Starfighter, ¿eran tan peligrosos? “Bueno, había que tener experiencia para volarlos, y yo la tenía”. Más simpatía le despiertan los Sabres. “Un avión precioso, the last real fighter”, suspiró. “Echo de menos volar”, confesó mientras nos marchábamos y yo sentí que me había ganado la confianza del aviador como si fuera su copiloto, o al menos su ametrallador de cola. Nos estrechamos la mano y luego yo me quedé mirando la mía mientras recordaba aquellas líneas finales de Steinhoff en Messerschmitts over Sicily, cuando su escuadrilla abandona la isla: “Debajo de mí, a la derecha, estaba Cefalú. Decidí volar al norte sobre las Lipari dando un amplio rodeo sobre el Estrecho de Mesina. Las cimas de las montañas eran de un azul oscuro y sobre ellas la cumbre del Etna brilló como una antorcha.”.
https://elpais.com/cultura/2019/02/05/a ... 71332.html

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NotaPublicado: 13 Feb 2019 10:26 
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El cine suele pintar a los judíos, masacrados por los nazis en la Segunda Guerra Mundial, como un pueblo sumiso, que desfila tranquilo hacia la cámara de gas con los acordes de un violinista que tocaba un adagio de Bach. Se olvidan con demasiada frecuencia los levantamientos no sólo en el gueto de Varsovia, donde una tropa improvisada de judíos famélicos y casi desarmados se rebelaron contra los ocupantes en un pulso desigual y suicida. O las revueltas en los propios campos de exterminio, como sucedió en Auschwitz, por parte de personas que se negaron a ser víctimas y decidieron luchar hasta la muerte.

A cuentagotas y de manera caricaturesca, hemos visto a judíos saltar sobre la Europa ocupada para vengarse y matar nazis, como Donnie, el "oso judío" de los Malditos bastardos de Tarantino, que machacaba sus cabezas con un bate de béisbol. O Mellish, de Salvar al soldado Ryan, que consigue en la playa de Omaha, en Normandía, un cuchillo de las juventudes hitlerianas con el que, asegura, cortará el pan del shabbat. El que quizá más se acerca a la realidad es el Joseph Liebgott de la serie Hermanos de sangre, un soldado judío de origen alemán que combate en el ejército de EEUU y hace labores de traducción y enlace con la población civil, además de matar militares alemanes sin ningún tipo de remordimiento.
Soldados muy valiosos

El historiador Bruce Henderson ha buceado en la niebla de la Historia para rescatar las vivencias olvidadas de aquellos judíos que, tras huir del Tercer Reich, volvieron diseminados en las unidades de élite aliadas para acabar con los nazis. Los llamados Ritchie Boys (tomando el nombre del campo en el que se formaron, en Maryland) eran unos 2.000 voluntarios muy valiosos para el ejército de EEUU por su conocimiento del idioma, la cultura y la geografía alemana. En su libro Hijos y soldados (Ed. Crítica), Henderson sigue los pasos de algunos de estos reclutas desde su formación hasta los campos de batalla de Europa.

Muchos escaparon en solitario de Alemania siendo menores de edad, en cuanto los nazis declararon la guerra, al tomar el poder, a medio millón de judíos en 1933. Las restrictivas políticas migratorias de EEUU en la época impidieron a muchas familias judías huir juntas. Por eso, muchos decidieron enviar sólo a sus hijos e hijas menores. La noche de los cristales rotos o Kristallnacht, en 1938, puso en evidencia lo que los nazis iban a hacer a gran escala con todos ellos. Con frecuencia estos jóvenes tuvieron problemas de aceptación en los colegios de norteamérica para poder adaptarse debido a su acento alemán.

Cuando Hitler declaró la guerra a EEUU, en diciembre de 1941, muchos de ellos ya eran mayores de edad, hacía años que no veían a su familia y habían cultivado un odio profundo hacia los nazis. Incluso uno de ellos, Selling, escapó del campo de concentración de Dachau para unirse a los Ritchie Boys. En el Pentágono hubo dos ideas sobre lo que debían hacer con ellos: una, vigilarlos o encarcelarlos por considerarlos potenciales enemigos de EEUU. Otra, exactamente la contraria: darles la nacionalidad estadounidense, enrolarlos en el ejército y lanzarlos a combatir a aquellos que los habían echado de su país. Ganó esta última opción.

En un relato emotivo y documentado, lleno de detalles jugosos, Henderson revela la participación de estos soldados en las unidades especiales que, desde primera línea, interrogaban a los prisioneros alemanes. No eran igual que el resto de militares: si ellos caían prisioneros, eran fusilados por los nazis por traidores (al ser alemanes, como sucedió con Kurt Jacobs y Murray Zappler) o llevados a los campos de exterminio (por judíos). El 60% de todos los datos de inteligencia recabados en los interrogatorios a prisioneros los consiguieron ellos, con lo que su porcentaje de responsabilidad en la victoria final, pese a ser sólo 2.000, resulta significativo.



Actuaban en grupos de cuatro a seis hombres, en primer plano, intentando sonsacar información pero sin torturas, ya que se dieron cuenta de que no son efectivas. El torturado acaba afirmando aquello que el torturador quiere escuchar, pero no tiene porqué ser verdad. Lo que sí hacen, en algún capítulo, es hacerse pasar por rusos, a los que los nazis tenían pánico porque sabían que los llevaban a Siberia, a pesar de no tener ni idea del idioma. Se disfrazaron y prepararon una treta ante los oficiales alemanes que se negaban a hablar:

"Comprendo su posición, pero por favor, entienda usted la mía. Hemos recibido la orden de entregar a nuestros aliados rusos a aquellos prisioneros que se nieguen a cooperar", decía uno de ellos, con uniforme de EEUU. Tras eso, lo llevaban a un despacho donde le esperaba el travestido de ruso: "¡Imbécil! ¿Qué clase de especímen lamentable me has traído?", decía con fingido acento ruso. "¡Este nazi ni siquiera sobrevivirá al transporte a las minas de sal de Siberia!". Tras esto, evidentemente, los nazis cantaban La Traviatta.

Todo el libro, conmovedor y divertido, está lleno de detalles así, con los seis protagonistas de su libro (cuatro siguen vivos) viviendo situaciones entre el drama y el delirio, en las que lo mismo se cruzan con un tanque Tigre en las Ardenas o tienen que escoltar a Marlene Dietrich. En la película de Tarantino, el personaje inspirado en ella se hace llamar Bridget Von Hammersmark, pero es el reflejo de Dietrich.


Aunque el momento más emotivo es el descubrimiento, por parte de todos ellos, de los campos de exterminio nazi. No sólo tuvieron que dirigirse a los esqueletos andantes que les pedían ayuda en la antesala de la muerte, sino interrogar a sus verdugos, a los carniceros de las SS que todavía, en cautiverio, se negaban a hablar con judíos. El libro es tan bueno que hay que celebrar que se convertirá en una serie de televisión de ocho capítulos.
https://www.elmundo.es/cultura/2019/02/ ... b4679.html

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