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NotaPublicado: 12 Ene 2019 19:16 
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Los golpes que aporreban la puerta sobresaltaron a Martin Selling en el amanecer del 10 de noviembre de 1938. Desconocía que en las horas previas, durante la Kristallnacht, los nazis habían llevado a cabo una serie de saqueos y ataques indiscriminados contra las sinagogas, las tiendas y las casas de los judíos. El joven de 20 años, que vivía en Lehrberg, en el sureste de Alemania, abrió y se topó con cuatro soldados uniformados con camisas pardas y brazaletes rojos con esvásticas. Eran de las SA. Registraron su casa y, sin dar ningún tipo de explicación, se lo llevaron detenido.

El odio y el supremacismo azuzados por Hitler y el nazismo habían irrumpido en su vida, se la estaban arrebatando para convertirlo en un simple número. A Martin Schelling lo condujeron a una prisión desbordada de judíos en el distrito de Núremberg, donde fue encerrado durante seis semanas. Después lo subieron a un tren y lo deportaron a Dachau, el primer campo de concentración del Tercer Reich, inaugurado en marzo de 1933. Lo primero que vio allí fue a los SS armados con fusiles y un letrero metálico sobre la puerta de hierro que decía: "Arbeit macht frei", "El trabajo os hará libres".

Trabajos forzados, palizas, hambre, sufrimiento, horror... Las penurias padecidas en Dachau debilitaron profundamente a Martin. Ante semejantes condiciones de hacinamiento —miles de judíos habían sido internados en el campo desde la noche de los cristales rotos—, los nazis empezaron a liberar a aquellos que tuviesen más posibilidades de abandonar Alemania. Selling se veía abocado a morir allí, pero su nombre apareció en la lista de afortunados que podían abandonar Dachau a finales de enero de 1939.

Comenzó entonces una travesía vertiginosa hasta conseguir refugio en Estados Unidos, que se inmiscuyó en la II Guerra Mundial tras el ataque a Pearl Harbor. Martin, que había encontrado trabajo en un taller mecánico, se presentó en la oficina de reclutamiento del Cuerpo Aéreo del Ejército norteamericano en Newark y dijo a los funcionarios: "Quiero ser bombardero para poder lanzar bombas sobre objetivos alemanes". Las atrocidades de Dachau y la imagen del fürher agitaban sus recuerdos.


Fue adiestrado en tareas de interrogación de prisioneros y recogida de información y volvió a cruzar el Atlántico en junio de 1944 como miembro de la 35ª División de Infantería. El 6 de julio, justo un mes después del Día D, Martin desembarcó en la playa de Omaha, en Normandía. Pisaba de nuevo el continente del que había sido expulsado unos años antes, con la esperanza de reencontrase con sus familiares ante la inminente derrota de Hitler. Pero no se imaginaba la dimensión de exterminio que había alcanzado el Holocausto.
De enemigos extranjeros a héroes anónimos

La de Martin Selling es tan solo una de las historias de los Ritchie Boys, un grupo de unos dos mil jóvenes judíos alemanes que emigraron a EEUU a finales de los años 30 huyendo de las persecuciones de los nazis. Algunas de las más asombrosas las ha recogido el periodista y escritor Bruce Henderson en Hijos y soldados, editado ahora por Crítica en España, un libro detallista y preciso, escalofriante y conmovedor a partes iguales.

El nazismo convirtió la vida de los judíos en un infierno, pero salir de Alemania era misión imposible para una familia completa. Solo podían salvar a un hijo menor de 16 años con malabares burocráticos y económicos. Cuando el papeleo quedaba arreglado, llegaba la decisión más dura y desgarradora de todas: separarse, pronunciar una adiós que en muchos casos resultó definitivo. Mientras los jóvenes se embarcaban hacia la libertad, los que permanecían en los límites del Tercer Reich iban a ser enviados a los campos de exterminio.

Estados Unidos era vértigo y soledad para estos jóvenes, con el recuerdo permanente de sus hogares y de los suyos, de las incertidumbres sobre su paradero, de las cartas que no obtenían respuesta; también se enfrentaban a cuestiones existencialistas que trataban de articular una réplica sensata a preguntas dificilísimas: "¿Cómo es que habéis conseguido escapar cuando otros no han podido?".
Demostración práctica de la histeria nazi en una de las clases de formación en Camp Ritchie.

Demostración práctica de la histeria nazi en una de las clases de formación en Camp Ritchie. US Army Signal Corps

La situación se tornó incómoda para ellos cuando EEUU declaró la guerra a Hitler, pues adquirieron el estatus de extranjeros enemigos. Ya no eran refugiados, sino ciudadanos de un país que combatía contra el que les había dado cobijo. Corrieron a enrolarse en las filas del Ejército estadounidense, querían formar parte de la liberación de Europa y los altos cargos descubrieron en estos judíos alemanes un potencial valiosísimo: conocían el idioma y la cultura, la psicología del enemigo, y nadie tenía tantas ganas de derrotar a Hitler como ellos.

A mediados de 1942 comenzaron a moldearlos en la base de Camp Ritchie, Maryland —de ahí el nombre con el que fueron bautizados, los Ritchie Boys— para crear una fuerza secreta y decisiva dedicada a interrogar prisioneros de guerra alemanes. Les adiestraron para extraer inteligencia y datos sobre las maniobras defensivas de las tropas de la Wehrmacht, una información realmente valiosa para ganar la guerra lo antes posible.

Las biografías de alguno son una auténtica odisea, como la de Werner Angress, integrado en un equipo de interrogadores adscrito a la 82ª División Aerotransportada y que saltaría detrás de las líneas enemigas el Día D, concretamente a las 2:15 horas de la madrugada del 6 de junio de 1944. Esa fue la primera vez que se tiró en paracaídas tras recibir un cursillo exprés de su sargento. Aterrizó en un huerto en solitario, lejos del objetivo, y a los pocos días fue capturado por los alemanas. Pero su travesía tendría un final feliz.

"Librábamos una guerra estadounidense y, al mismo tiempo, otra muy personal. Nos entregamos a ella con cada fibra de nuestro ser. Trabajábamos más duro de lo que cualquiera hubiera podido impulsarnos. Éramos cruzados. Esa era nuestra guerra", reconoció Guy Stern, uno de los graduados que vio en el campo de Buchenwald la barbarie cometida por los nazis con sus propios ojos.

Porque encontrarse con toda la muerte y putrefacción que se respiraba en los campos, con los esqueletos vivientes de los judíos, con la connivencia de los habitantes locales, antiguos vecinos, y con la incertidumbre del paradero de sus familias, se reveló en una carga para la que los Ritchie Boys como Manny Steinfeld no habían sido adiestrados: "Habíamos oído rumores acerca de la existencia de los campos. No sabía qué esperar. Me daba miedo pensar que podía encontrar a mi madre o mi hermana entre los muertos".
https://www.elespanol.com/cultura/histo ... 235_0.html

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NotaPublicado: 28 Ene 2019 10:48 
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75º aniversario del fin del asedio a Leningrado:
https://elpais.com/elpais/2019/01/27/al ... foto_gal_1

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NotaPublicado: 06 Feb 2019 09:31 
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Llevábamos un buen rato hablando de pilotos de guerra, el cielo tras las cristaleras del Zúrich se había llenado del estrépito de los dogfights (“¡Ángeles a las 10! ¡Ataco!”) y de las estelas de humo de los aparatos que caían derribados. Entonces el aviador ya retirado Rafael de Madariaga, que empuñó en su día los mandos de Sabres (“el último caza de verdad”) y Starfighters, miró al fondo de su copa y en el líquido dorado pareció encontrar, atrapado como un antiguo insecto en ámbar, un recuerdo especial. “En una ocasión le estreché la mano a Steinhoff”, dijo. El nombre aterrizó sobre la mesa y casi me atraganto. ¡Johannes Macky Steinhoff!, ¡el as de caza alemán (176 victorias) que acabó la II Guerra Mundial volando los reactores Me-262 y estrellándose al despegar del aeropuerto de Munich-Reim! Mi piloto favorito.

Steinhoff, al que le estallaron los cohetes que llevaba bajo las alas, se abrasó en su jet pero sobrevivió, eso sí, con espantosas quemaduras, tipo El paciente inglés. Considerado antes del percance el hombre más guapo de la Luftwaffe (que ya es atributo), incluida una cicatriz sexi de esgrima en la mejilla izquierda, quedó terriblemente desfigurado, como un Niki Lauda del aire. “No sabías dónde mirarle”, me explicó el capitán de aviación retirado y escritor Madariaga (20.000 horas de vuelo en aparatos militares y civiles -20 años comandante de Iberia-). “Su cara impresionaba mucho. Luego me enteré de que habían conseguido que pudiera cerrar un ojo reconstruyéndole un párpado con un trozo de piel del muslo. Pero ¡qué hombre!, un fuera de serie; yo, como todos los pilotos, le admiraba mucho, y tenerle delante y estrecharle la mano fue un momento impresionante”.

Madariaga era entonces, en 1969, piloto de reactores del Ejército del Aire y Steinhoff (1913-1994), uno de los pocos ases alemanes que sobrevivieron a la guerra, general inspector de la nueva fuerza aérea de su país, auspiciada por la OTAN. “Vino a investigar por qué los españoles teníamos muchos menos accidentes con los F-104 Starfighter que ellos. Básicamente, le dijimos, por tres razones: primero, el tiempo es mucho mejor en España que en Alemania; segundo, porque ustedes están haciendo volar a pilotos muy jóvenes y aquí en cambio no pilota nadie esos aparatos con menos de 500 horas de vuelo; y tercero, porque tienen 950 unidades y nosotros 21”. Steinhoff asintió. “El tipo tenía carácter: había dejado un mes todos los Starfighter alemanes en tierra porque quería que les cambiaran el asiento eyector por uno más seguro”.


Macky ya podía tener genio: en la II Guerra Mundial se había enfrentado a Goering en el llamado “motín de los pilotos” por la ineficacia del corrupto Reichsmarschall en la conducción de la guerra aérea. Había luchado como piloto desde el inicio de la contienda, con el Me-109, y estuvo en todos los frentes, incluida la Batalla de Inglaterra, la guerra en África e Italia, el Este, y la defensa de Alemania. Lo derribaron 12 veces, pero el tío solo saltó en paracaídas una: decía que no se fiaba de que se abriera y prefería aterrizar con su avión averiado y a menudo convertido en un colador.

La vida de Steinhoff (condecorado con la Cruz de Caballero con hojas de roble y espadas), aunque fuera un piloto caballeroso y respetuoso de las convenciones de la guerra y luego pudiera reciclarse en unas fuerzas armadas democráticas, no está exenta de alguna sombra. Su hermana se casó con un oficial de la SD miembro de los Einsatzgruppen que participó en la destrucción del ghetto de Varsovia. Claro que no eres responsable de cómo sea tu cuñado. La hija del aviador, en cambio, se casó con un senador de EE UU (por Colorado).

Madariaga, un hombre de 77 años, apasionado de los aviones y la historia de la aviación, con un aire juvenil y que conserva el punto travieso y desenfadado de los pilotos de caza clásicos (te lo imaginas fácilmente con la gorra ladeada y el puro en la boca), es autor de un libro reciente en el que profundiza en su interés por los pilotos de la aviación republicana de la Guerra Civil. En Aviadores españoles en la URSS, 1936-1948, el autor, que ya ha escrito sobre Moscas y Tupolevs, sigue la peripecia del centenar de pilotos españoles que combatieron en la Segunda Guerra Mundial enrolados en la fuerza aérea soviética, y que derribaron en conjunto unos 75 aeroplanos rivales.

En Aviadores españoles en la URSS, 1936-1948, Madariaga, que ya ha escrito sobre Moscas y Tupolevs, sigue la peripecia del centenar de pilotos españoles que combatieron en la Segunda Guerra Mundial enrolados en la fuerza aérea soviética, y que derribaron en conjunto unos 75 aeroplanos rivales.

El libro, basadso en una minuciosa investigación en archivos rusos, lo publica Galland Books, la misma editorial, por cierto, que ha publicado los dos, estupendos, de memorias de Steinhoff: El estrecho de Mesina (2013), en el que narra sus aventuras en Sicilia volando sobre Segesta, Agrigento y Erice con excelente pulso literario (ser piloto de caza no te acredita inmediatamente como buen escritor a no ser que te llames Saint-Exupéry o Salter) y donde nos presenta a ese otro piloto irrepetible que es Armin Zöhler, que venía de familia circense y él mismo de muchacho había trabajado con los Rivels; y A última hora (2014), en el que describe la bofetada con el Me-262. No sé qué habrían pensado los pilotos rojos de Madariaga de lo de aparecer en el mismo catálogo que su enemigo (Steinhoff hizo la inmensa mayoría de sus derribos en el frente ruso), el catálogo de una editorial que se llama además como esa otra némesis de los aviadores Aliados que fue el general de los cazas de la Luftwaffe y ex miembro de la Legión Cóndor Adolf Galland, jefe, camarada y amigo de Steinhoff.

En el libro de Madariaga hay aviadores sensacionales del bando contrario. Uno de mis favoritos es Luis Lavin (14 derribos atribuidos), sobre todo porque lo conocí y lo entrevisté -en la Aeroteca, la librería barcelonesa de aviación-. Era un tipo que había vivido experiencias tremendas de las que no sobrevives si no tienes la piel tan dura como el blindaje de los Sturmovik. Fue uno de los Niños de la Guerra que consiguió ingresar en la fuerza aérea soviética. Voló en los Lavochkin La-5, 7 y 9, combatió en Kursk y llegó a pilotar tras la guerra un Mig-15. Madariaga destaca a Juan Lario, el español que más victorias logró en Rusia, 27 (y 8 en la Guerra Civil), y participó en casi 900 misiones y cien combates; luchó en Stalingrado y acabó mandando una escuadrilla de Spitfires IX; y a Antonio García Cano, con cinco derribos en Rusia, y que fue(como Lario) uno de los 18 españoles que volaron aviones alemanes en Chekálov, una operación secreta para infiltrarse en las formaciones enemigas con aparatos capturados. García Cano se encontró una vez, al derribar un Heinkel 111 y aterrizar junto a su presa, a un aviador alemán que había estado en España en la Legión Cóndor, lo que les dio para una buena conversación.

También señala Madariaga a José María Pascual Popeye, con 9 victorias, cinco sobre Stalingrado, donde fue derribado no sin antes abatir él otros tres cazas alemanes seguidos; su nombre es, junto al del hijo de la Pasionaria, Rubén Ruiz Ibárruri, que combatía en tanques, de los dos únicos de españoles en el Mamayev Kurgán, el monumento a la decisiva batalla junto al Volga. Putin, dice Madariaga, está estudiando hacerlo Héroe de la Unión Soviética a título póstumo. . . Hay que quitarse el sombrero también ante Andrés Fierro, que derribo un Ju-88 en un ataque tarán, es decir lanzándose con su aparato sobre el avión enemigo, en plan tártaro del cielo.

Ases de la Guerra Civil lucharon en la URSS, como José Maria Bravo, que formó parte de la escolta aérea de Stalin, o Manuel Zarauza, “el piloto fantasma” porque, de pequeña estatura, parecía que no hubiera nadie en la cabina de su caza, y que murió en 1942 al chocar su aparato con el de un camarada soviético.

Madariaga documenta los distintos caminos por los que los aviadores españoles llegaron a combatir en la fuerza aérea de la URSS: veteranos de la Guerra Civil huidos, Niños de la Guerra convertidos en pilotos, alumnos de la escuela de pilotaje de Kirovabad; algunos lograron volver a ser pilotos tras tener que luchar como guerrilleros. Los mandos soviéticos en general no supieron sacarles todo el partido a unos aviadores, los que habían luchado en España, que tenían un buen conocimiento de los aviones y pilotos alemanes, a los que habían derribado en casa. Las suspicacias estalinistas jugaron en su contra. Curiosamente, prácticamente el mismo número de españoles combatieron en el frente del Este a favor de los soviéticos como en contra, pues los aviadores de la Escuadrilla Azul, los pilotos voluntarios franquistas, eran también cerca de un centenar, aunque a diferencia de los rojos, estaban agrupados en las mismas escuadrillas. Derribaron la misma cantidad y tuvieron unas bajas parecidas, una veintena. Nunca llegaron a combatir españoles contra españoles en el cielo de Rusia, dice Madariaga.

El escritor me explicóque siente una afinidad de colega con los viejos pilotos, a muchos de los cuales entrevistó para sus libros y para revistas aeronáuticas. Antes de despedirme le pregunté por los Starfighter, ¿eran tan peligrosos? “Bueno, había que tener experiencia para volarlos, y yo la tenía”. Más simpatía le despiertan los Sabres. “Un avión precioso, the last real fighter”, suspiró. “Echo de menos volar”, confesó mientras nos marchábamos y yo sentí que me había ganado la confianza del aviador como si fuera su copiloto, o al menos su ametrallador de cola. Nos estrechamos la mano y luego yo me quedé mirando la mía mientras recordaba aquellas líneas finales de Steinhoff en Messerschmitts over Sicily, cuando su escuadrilla abandona la isla: “Debajo de mí, a la derecha, estaba Cefalú. Decidí volar al norte sobre las Lipari dando un amplio rodeo sobre el Estrecho de Mesina. Las cimas de las montañas eran de un azul oscuro y sobre ellas la cumbre del Etna brilló como una antorcha.”.
https://elpais.com/cultura/2019/02/05/a ... 71332.html

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NotaPublicado: 13 Feb 2019 10:26 
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El cine suele pintar a los judíos, masacrados por los nazis en la Segunda Guerra Mundial, como un pueblo sumiso, que desfila tranquilo hacia la cámara de gas con los acordes de un violinista que tocaba un adagio de Bach. Se olvidan con demasiada frecuencia los levantamientos no sólo en el gueto de Varsovia, donde una tropa improvisada de judíos famélicos y casi desarmados se rebelaron contra los ocupantes en un pulso desigual y suicida. O las revueltas en los propios campos de exterminio, como sucedió en Auschwitz, por parte de personas que se negaron a ser víctimas y decidieron luchar hasta la muerte.

A cuentagotas y de manera caricaturesca, hemos visto a judíos saltar sobre la Europa ocupada para vengarse y matar nazis, como Donnie, el "oso judío" de los Malditos bastardos de Tarantino, que machacaba sus cabezas con un bate de béisbol. O Mellish, de Salvar al soldado Ryan, que consigue en la playa de Omaha, en Normandía, un cuchillo de las juventudes hitlerianas con el que, asegura, cortará el pan del shabbat. El que quizá más se acerca a la realidad es el Joseph Liebgott de la serie Hermanos de sangre, un soldado judío de origen alemán que combate en el ejército de EEUU y hace labores de traducción y enlace con la población civil, además de matar militares alemanes sin ningún tipo de remordimiento.
Soldados muy valiosos

El historiador Bruce Henderson ha buceado en la niebla de la Historia para rescatar las vivencias olvidadas de aquellos judíos que, tras huir del Tercer Reich, volvieron diseminados en las unidades de élite aliadas para acabar con los nazis. Los llamados Ritchie Boys (tomando el nombre del campo en el que se formaron, en Maryland) eran unos 2.000 voluntarios muy valiosos para el ejército de EEUU por su conocimiento del idioma, la cultura y la geografía alemana. En su libro Hijos y soldados (Ed. Crítica), Henderson sigue los pasos de algunos de estos reclutas desde su formación hasta los campos de batalla de Europa.

Muchos escaparon en solitario de Alemania siendo menores de edad, en cuanto los nazis declararon la guerra, al tomar el poder, a medio millón de judíos en 1933. Las restrictivas políticas migratorias de EEUU en la época impidieron a muchas familias judías huir juntas. Por eso, muchos decidieron enviar sólo a sus hijos e hijas menores. La noche de los cristales rotos o Kristallnacht, en 1938, puso en evidencia lo que los nazis iban a hacer a gran escala con todos ellos. Con frecuencia estos jóvenes tuvieron problemas de aceptación en los colegios de norteamérica para poder adaptarse debido a su acento alemán.

Cuando Hitler declaró la guerra a EEUU, en diciembre de 1941, muchos de ellos ya eran mayores de edad, hacía años que no veían a su familia y habían cultivado un odio profundo hacia los nazis. Incluso uno de ellos, Selling, escapó del campo de concentración de Dachau para unirse a los Ritchie Boys. En el Pentágono hubo dos ideas sobre lo que debían hacer con ellos: una, vigilarlos o encarcelarlos por considerarlos potenciales enemigos de EEUU. Otra, exactamente la contraria: darles la nacionalidad estadounidense, enrolarlos en el ejército y lanzarlos a combatir a aquellos que los habían echado de su país. Ganó esta última opción.

En un relato emotivo y documentado, lleno de detalles jugosos, Henderson revela la participación de estos soldados en las unidades especiales que, desde primera línea, interrogaban a los prisioneros alemanes. No eran igual que el resto de militares: si ellos caían prisioneros, eran fusilados por los nazis por traidores (al ser alemanes, como sucedió con Kurt Jacobs y Murray Zappler) o llevados a los campos de exterminio (por judíos). El 60% de todos los datos de inteligencia recabados en los interrogatorios a prisioneros los consiguieron ellos, con lo que su porcentaje de responsabilidad en la victoria final, pese a ser sólo 2.000, resulta significativo.



Actuaban en grupos de cuatro a seis hombres, en primer plano, intentando sonsacar información pero sin torturas, ya que se dieron cuenta de que no son efectivas. El torturado acaba afirmando aquello que el torturador quiere escuchar, pero no tiene porqué ser verdad. Lo que sí hacen, en algún capítulo, es hacerse pasar por rusos, a los que los nazis tenían pánico porque sabían que los llevaban a Siberia, a pesar de no tener ni idea del idioma. Se disfrazaron y prepararon una treta ante los oficiales alemanes que se negaban a hablar:

"Comprendo su posición, pero por favor, entienda usted la mía. Hemos recibido la orden de entregar a nuestros aliados rusos a aquellos prisioneros que se nieguen a cooperar", decía uno de ellos, con uniforme de EEUU. Tras eso, lo llevaban a un despacho donde le esperaba el travestido de ruso: "¡Imbécil! ¿Qué clase de especímen lamentable me has traído?", decía con fingido acento ruso. "¡Este nazi ni siquiera sobrevivirá al transporte a las minas de sal de Siberia!". Tras esto, evidentemente, los nazis cantaban La Traviatta.

Todo el libro, conmovedor y divertido, está lleno de detalles así, con los seis protagonistas de su libro (cuatro siguen vivos) viviendo situaciones entre el drama y el delirio, en las que lo mismo se cruzan con un tanque Tigre en las Ardenas o tienen que escoltar a Marlene Dietrich. En la película de Tarantino, el personaje inspirado en ella se hace llamar Bridget Von Hammersmark, pero es el reflejo de Dietrich.


Aunque el momento más emotivo es el descubrimiento, por parte de todos ellos, de los campos de exterminio nazi. No sólo tuvieron que dirigirse a los esqueletos andantes que les pedían ayuda en la antesala de la muerte, sino interrogar a sus verdugos, a los carniceros de las SS que todavía, en cautiverio, se negaban a hablar con judíos. El libro es tan bueno que hay que celebrar que se convertirá en una serie de televisión de ocho capítulos.
https://www.elmundo.es/cultura/2019/02/ ... b4679.html

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NotaPublicado: 23 Feb 2019 22:31 
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Durante la Segunda Guerra Mundial, al menos 25.000 holandeses se sumaron como voluntarios a las Waffen SS, el cuerpo de protección de élite del partido nazi, convertido luego en fuerza de combate, según el Instituto para el Estudio de la Guerra, el Holocausto y el Genocidio (NIOD, en sus siglas neerlandesas). Hitler ordenó que este tipo de soldados disfrutaran del mismo sueldo y pensión de invalidez que los germanos, y así ocurrió. En estos momentos, al menos 34 ciudadanos holandeses siguen percibiendo una jubilación por incapacidad abonada por las autoridades alemanas. El historiador holandés Cees Kleijn sostiene que hay también unos 27 veteranos belgas en la misma situación, y otros más sin calcular en Reino Unido, Estados Unidos, Australia y Canadá, adonde emigraron. En España, lo hace extensivo a la División Azul para los que tengan una minusvalía derivada del combate.

Los pagos, iniciados hacia 1950, pueden ascender hoy a 1.300 euros mensuales, pero el Gobierno holandés no sabe quién los recibe porque la Administración germana mantiene la privacidad de los receptores, que pudieron pertenecer también a la Wehrmacht, las Fuerzas Armadas del Tercer Reich. “Ha habido preguntas en el Parlamento, la última estos días desde las filas de la democracia cristiana, para que el Ejecutivo averigüe la identidad de estos jubilados, o de sus viudas. He hablado con 300 de estos viejos voluntarios, y pude entrevistar a 150, junto con el periodista Stijn Reurs. Unos seis o siete recibían la pensión. Tuvieron que demostrar, viajando a Alemania, que su minusvalía era por las heridas de guerra. Los pagos fueron asumidos, después de la contienda, por la República Federal de Alemania, y están libres de impuestos. El dinero recibido por las víctimas de trabajos forzados por los nazis sí cotiza. Alemania dice que paralizará los envíos si se demuestra que el receptor fue un criminal de guerra, pero no abre sus archivos para comprobarlo. También ha habido criminales de guerra con doble nacionalidad que huyeron allí y luego no hubo forma de extraditarlos”, señala Kleijn, en conversación telefónica.

El Centro holandés de Información y Documentación para Israel, que reúne a la comunidad judía, ha calificado de "escandaloso" que antiguos SS reciban un pago mensual de esta índole. “Pelearon del lado de los nazis y todavía se aprovechan de ello”, según su directora adjunta, Naomi Mestrum.

El historiador holandés considera lógico que ocurra lo mismo con la División Azul, la unidad de voluntarios españoles de infantería que, entre 1941 y 1943, lucharon contra la Unión Soviética. “Tal vez sean muy mayores, o hayan fallecido, pero la orden de las pensiones de invalidez salió del propio Hitler, y no es descabellado pensar que alcance a todos los así heridos. Piense que en las Waffen SS no solo había holandeses, que según mis cálculos fueron entre 26.000 y 27.000. Los voluntarios eran belgas (17.000), estonios, ucranios, finlandeses (1.400), a pesar de que Finlandia no fue invadida, e incluso musulmanes bosnios. Fueron un cuerpo de élite al principio, en 1941, y un verdadero Estado dentro del Estado debido a su expansión hacia el final de la guerra. Para 1943, cuando precisó efectivos, admitieron soldados con los que no contaban”,dice Kleijn.

Las pensiones de los voluntarios belgas también han llegado al Parlamento. El pasado 19 de febrero, la comisión de Asuntos Exteriores analizó la petición de seis diputados para que “aborde la situación por vía diplomática urgente”, en palabras del liberal Olivier Maingain, presidente del partido DéFI (Demócrata, Federalista, Independiente). Por su parte, Alvin de Coninck, investigador de Remembrance, una asociación belga que agrupa a supervivientes de la Segunda Guerra Mundial, asegura que los pagos de invalidez llegan a los 1.275 euros mensuales.

“La Segunda Guerra Mundial es un asunto muy delicado en Holanda. No hay que olvidar que centenares de holandeses de las SS fueron guardianes en campos de concentración en Polonia, como Auschwitz. Y el campo de tránsito de Westerbork, desde donde los judíos eran llevados a los de exterminio, estaba en manos de la policía militar holandesa. Muchos de los veteranos con invalidez ocultaron la verdad a sus familias. Uno de ellos, ya con alzheimer, cantaba canciones alemanas por los pasillos de la residencia, y los médicos llamaron a la familia para ver qué sabían de su pasado. Otro dijo que la herida de su pierna era de un accidente de moto. Y dos más se encontraron años después en un partido de fútbol entre el Ajax y el Feyenoord, y evitaron saludarse para no levantar sospechas. He dado clase en escuelas y en la Universidad de Ámsterdam, y trato de ofrecer una visión real de la contienda”, asegura Cees Kleijn.
https://elpais.com/internacional/2019/0 ... 46524.html

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NotaPublicado: 22 Mar 2019 08:16 
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La obsesión de un auténtico francotirador no sobrepasa los seis por 12 centímetros de superficie, que equivalen a una frontera física delimitada por los ojos, las orejas y la nariz. Se trata del lóbulo frontal del cerebro humano, incapaz de sobrevivir a un impacto de bala. Mientras la batalla sucede en los márgenes de su experiencia, él libra su propio combate personal contra un enemigo que no lo ve ni lo siente. En su cabeza se calculan distancias, velocidades, curvas, temperaturas, oscilaciones. Reconoce el terreno, mide los metros entre los postes telefónicos, la dimensión de los edificios y busca escondites tan buenos como el suyo donde, quizá, se esconde otro como él, como si mirara al otro lado del espejo.

La fascinación por estos soldados silenciosos y precisos ha producido las mejores piezas literarias de la historiografía bélica. En las librerías se citan ahora en un duelo dos de las más importantes: 'La francotiradora de Stalin', una autobiografía de Liudmila Pavlichenko que se traduce por primera vez para los lectores españoles, y 'Memorias de un francotirador en Stalingrado', escrito por Vasili Záitsev. Ésta es la reedición de una obra mítica sobre una leyenda, el hombre que abatió a 225 militares alemanes en el infierno de Stalingrado y que inspiró 'Enemigo a las puertas', la película de Jean-Jacques Annaud de 2001 protagonizada por Jude Law.
Liudmila Pavlichenko.

Estos dos libros se parecen bastante a sus autores. O mejor, están escritos a la manera en la que ellos matan. Liudmila Pavlichenko es una tiradora académica, fría como el cañón de su Mosin 1891, precisa en el cálculo matemático, una funcionaria de la muerte. En cada encuentro con el enemigo, aplica reglas aprendidas e improvisa sus propios trucos para matar alemanes. Liudmila escribe: "Me sorprendió saber que una bala no vuela directamente hacia su objetivo, sino que, debido a la fuerza de la gravedad y a la resistencia del aire, describe un arco y, simultáneamente, gira sobre sí misma". Analiza la altura, la temperatura, los engaños del calor y del frío. Con esas ecuaciones claras, convierte su rifle con mira telescópica en la prolongación de su mente. "Un francotirador debe ser una persona tranquila, equilibrada, incluso flemática, no propensa a ataques de ira, júbilo, desesperación o, peor aún, histérica. Es un cazador paciente. Solamente dispara una vez, y si yerra, lo puede pagar con la vida".

Vasili Záitsev, en cambio, no acudirá a ninguna academia militar para formarse, porque su escuela serán los montes Urales. En medio del clima extremo, este cazador de lobos aprende de su abuelo nociones básicas de cómo moverse en la nieve, seguir rastros, camuflarse, permanecer horas esperando a la presa, elegir el mejor momento, no caer en provocaciones y si hay que dejar vivir o dejar morir. Záitsev es de la vieja escuela: "Si bien un francotirador no necesita más de dos segundos para apuntar y disparar, los preparativos para ello requieren a menudo horas y horas de observación minuciosa". Vasili usa los elementos que le rodean como si fueran sus aliados y mete un puñado de nieve en su boca para evitar que el enemigo descubra el vaho saliendo de su escondite. "Pongamos que ves lo que parece ser un reflejo de un mechero al sol y deduces que se trata de un francotirador encendiendo un cigarro. Tal vez sí, tal vez no. Apuntas al lugar y esperas. Debería aparecer el humo. Pasa el tiempo, acaso un día entero, y por un instante aparece un casco. ¡No dispares! Aunque le des, no sabes en cuál de las posiciones señuelo estará el verdadero francotirador enemigo. Si disparas y le das al cebo, habrás revelado tu posición". Bang. Cada bala suena diferente, y nunca como en las películas. Un tiro, un muerto.

Dejando atrás la épica cinematográfica (y manipulada) de Enemigo a las puertas, Záitsev relata con detalle su enfrentamiento con un francotirador alemán como si fuera un western clásico, pero en medio de una de las mayores batallas de la II Guerra Mundial. El enemigo pone trampas, le persigue y mata a Sasha, uno de sus mejores amigos, en un descuido. Después de buscarse por las ruinas, sospecha de un lugar bajo unas cajas de munición abandonadas en el lado alemán, el mismo sitio que él elegiría. Pone un cebo, el enemigo pica el anzuelo, lo ve recoger el casquillo de su Kar-98 para no dejar huellas y, entonces, levanta la cabeza para ver a su presa supuestamente abatida. Y entonces Záitsev no falla. El historiador Antony Beevor, en su célebre 'Stalingrado', no logró encontrar el nombre del famoso oficial alemán enviado para matar a cazador de lobos de los Urales. No hay nada en los viejos archivos de la Wehrmacht. El propio Beevor describe el sonido de una bala lejana de un francotirador entrando en el cuerpo de la víctima: "twack".

"Estos libros de francotiradores tienen su público", dicen desde la editorial Crítica, que también publicó recientemente el volumen de Kevin Lacz 'El último francotirador', la experiencia en primera persona de un Navy Seal en Irak, donde revela los secretos de la guerra callejera contra los milicianos de Al Qaeda. "Todos se venden muy bien. Por eso apostamos por publicar historias que el público español aún no conoce, como la de La francotiradora de Stalin", concluyen en la editorial.

La diferencia entre Záitsev o Pavlichenko con Lacz es que éste puede apoyarse en la tecnología: ópticas mejoradas, armas de larguísimo alcance y apoyo de drones. El cazador de los Urales, en 1942, usaba su instinto para entender que si hay cuervos negros sobrevolando una zona, es que hay un soldado que acaba de comer y ha tirado los restos de comida junto a él. También hunde la pala en la tierra y coloca el oído sobre el mango, como si fuera un indio siux, para notar las vibraciones del terreno cuando se acerca el enemigo. Cada día mata a cuatro o cinco alemanes sin remordimientos, sin cambiar de postura durante horas pese a que le comen los piojos sin poder rascarse, le arde de hambre el estómago sin poder comer y se muere de sed sin poder acercarse la cantimplora a los labios. Para el soldado soviético, la esperanza de vida en la batalla no llegaba a las 24 horas de vida.

Liudmila Pavlichenko, una de las pocas mujeres francotiradoras del ejército rojo, se revela no sólo contra la ferocidad del enemigo nazi, sino contra su propia jerarquía. En el libro, describe una escena ante un compañero que ha sido condecorado ante el jefe que lo condecora: "Por 100 'fritzes' [alemanes] eliminados en Leningrado, Vladimir se había convertido en Héroe de la Unión Soviética. Por 100 muertos en Odesa, a mí me dieron un fusil de francotirador con mi nombre grabado. Un año después, a él lo habían ascendido tres veces y su marca era de 154 fascistas abatidos. En cambio yo, que llevaba 309 nazis muertos, solamente había obtenido el grado de subteniente". Pavlichenko también sostiene un odio frío hacia el invasor y describe cada victoria con orgullo: "¡Por fin te tengo, nazi cabrón, después de tanto tiempo sentada bajo un frío de muerte! Por el visor de la mira telescópica vi su cabeza. El 'fritz' tiró del cerrojo de su fusil, recogió el casquillo y miró fuera del escondite. Mi maestro me había aconsejado sabiamente. 'Nunca creas que tu disparo será el último y no seas demasiado curiosa'. Contuve la respiración y presioné suavemente el gatillo".
https://www.elmundo.es/cultura/2019/03/ ... b4681.html

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NotaPublicado: 22 Mar 2019 08:21 
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«Cuando cierro los ojos puedo ver el Volga en llamas por el petróleo derramado ardiendo». Hasta que no se hayan muerto todos los que vivieron el horror de Stalingrado, la victoria en esa batalla, de la que el próximo día 2 se cumplen 75 años, será mucho más que una lección de historia para los rusos. La niña Valentina Savelieva se alimentó de barro, escondida como un ratón en agujeros que su familia hacía en el suelo. En esa lluvia de fuego y acero perdió a su padre. En total murieron dos millones de personas entre soldados de ambos bandos y civiles soviéticos. La batalla de Stalingrado es considerada la más sangrienta y supuso para los alemanes la derrota militar más importante hasta el momento.

La letra pequeña de esa herida del siglo XX resulta difícil de resumir en forma de cifras y balances estratégicos. Jochen Hellbeck, historiador alemán que da clase en la Rutgers University de Nueva Jersey, encontró hace unos años en Moscú un fajo de documentos que contenían -entre otras cosas- testimonios de 215 testigos presenciales de la batalla: vecinos, enfermeras, soldados y partisanos. Sus historias habían sido recabadas sobre el terreno por un grupo de historiadores coordinados por Isaak Mints. Llevaban años documentando la guerra civil rusa pero la invasión nazi hizo que reorientasen su misión. Se lanzaron con tal arrojo que llegaron a la batalla de Stalingrado en diciembre de 1942, cuando todavía quedaba más de un mes para que acabase. Volvieron a visitar el lugar poco después de la rendición de los últimos soldados del general alemán Friedrich Paulus el 2 de febrero de 1943. El resultado de su trabajo es un relato en caliente que dibuja unos soviéticos muy ideologizados, comprometidos con la aniquilación del fascismo, y también cargados de un inevitable odio hacia quien intenta destruir su país.

Hellbeck ha plasmado estos testimonios en Stalingrado: La ciudad que derrotó al Tercer Reich, que Galaxia Gutenberg publica el 14 de febrero y que reconstruye minuciosamente, a través de los recuerdos de los oficiales soviéticos, escenas como la fría rendición de unos mandos nazis con barba de varios días y la mirada nublada por el desánimo.

El pulso por la ciudad fue algo personal entre Hitler y Stalin, «aunque creo que tenía todavía más importancia para los alemanes», explica Hellbeck desde Nueva Jersey. Stalingrado tenía una importante industria militar con las fábricas de tractores Octubre Rojo y de cañones Barricady, y poseía un nudo ferroviario crucial de la línea que unía Moscú, el mar Negro y el Cáucaso.

Aquel verano de 1942 las sirenas de los ataques aéreos sonaban a diario. Stalin ya había emitido su famosa Orden 227: «Ni un paso atrás». Una joven escribía en su diario el 4 de septiembre: «Llevamos dos semanas siendo bombardeados a diario. Ya no queda nada en pie que se pueda bombardear».

En un primer momento no se permitió a los civiles abandonar la ciudad, para así alentar a las fuerzas soviéticas con la presencia de sus familiares. Entre el atroz bombardeo del 23 de agosto y los de las dos semanas que le siguieron murieron bajo las bombas de los Heinkel 111 y los Junkers 88 unos 40.000 de los más de 600.000 habitantes de la ciudad. Ese día la secretaria local Claudia Denisova miró al cielo y lo vio «cubierto de aviones». Al día siguiente el industrial Ivan Zimenkov contempló cómo «repartían en el parque armas entre los obreros, y de ahí iban al frente».

El 13 de septiembre, los alemanes entraron en Stalingrado. Parte de la ciudad fue ocupada y se decretó la aniquilación de comunistas y judíos, se ocuparon viviendas y en otros casos las quemaron con la gente dentro. Una funcionaria municipal recordaría siempre volver a su barrio tras la liberación de la ciudad y encontrar a una población en shock: «Entre las minas había gente que había perdido la memoria, otros que temían el sonido de su propia voz».

«Los soviéticos poseían un ejército más unido en torno a una ideología: el amor por la patria y el odio por los invasores», explica Hellbeck. Las historias de la crueldad nazi se propagaron por todo el país y aumentaron la determinación de los rusos por la lucha. Vasili Zaitsev, el francotirador que mató a 242 soldados alemanes, contó a los historiadores que había podido luchar hasta la extenuación impulsado por las escalofriantes imágenes que había presenciado: «Soldados alemanes arrastrando a una mujer para violarla, chicas jóvenes y niños ahorcados de los árboles...».

Los soldados nazis no tenían una narrativa a esa altura, y además se toparon con el invierno ruso, para el que no estaban preparados. De hecho, cuando se rindieron, una de las primeras cosas que preguntarían a los mandos soviéticos que los pusieron bajo custodia fue cuándo iba a acabarse ese endemoniado frío. Los miembros congelados se gangrenan enseguida y las manos y piernas amputadas aquella Navidad por los cirujanos aparecían amontonadas en la nieve. Para sobrevivir se podía robar la ropa a los muertos, pero tenía que ser antes de que se congelase y quedase unida al cuerpo como una masa deforme. Los soldados serraban las piernas de los cadáveres de sus enemigos para calentarlas luego y poder arrancarles las botas.

Se luchó calle a calle. Un soldado recordaba cómo estaban en el segundo piso de un edificio con el enemigo atacando desde el primero, «en el piso de arriba luchaban los nuestros pero la última planta estaba en manos de los otros». La Luftwaffe redujo parte de la ciudad a escombros. Los tanques y la artillería no son de gran utilidad en una ciudad molida. Los alemanes lo llamaron Rattenkrieg, «guerra de ratas».

A partir de noviembre de 1942 una contraofensiva soviética embolsó a los hombres del general Paulus, que se rendiría con la mayoría de los suyos el 31 de enero, refugiado en los almacenes Univermag del centro de la ciudad.

El general rojo Konstantin Abramov se encargó de las formalidades: «Paulus estaba sin afeitar pero con sus condecoraciones, dijo que se rendía porque no les quedaba munición ni alimentos. Le dimos comida pero la rechazó y después no quiso beber con nosotros porque tenía el estómago vacío; añadió que no estaban 'acostumbrados a beber vodka como los rusos', pero al final se tomó dos vasos... dijo que a nuestra salud».

Hoy, en las afueras, a modo de recuerdo de las altas exigencias de aquella victoria, dos cementerios velan una memoria del brutal choque del siglo XX: 60.000 soldados alemanes en uno, 20.000 soviéticos en el otro. Los cadáveres desperdigados siguen apareciendo: 700 el año pasado. La ciudad, que hoy se llama Volgogrado, no necesita de momento volver a su viejo nombre para recordar una batalla que dejó agitado el subsuelo.
https://www.elmundo.es/papel/2018/01/29 ... b45d8.html

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