Fuerzas de Elite

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NotaPublicado: 02 Ago 2016 07:56 
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Pagina de buscadores de metales, con imágenes de hallazgos de la Wehrmacht.

https://hobby-detecting.com/bolshoy-tyu ... wehrmacht/

Saludos

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"Si deseas la paz, preparate para la guerra"
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NotaPublicado: 27 Jul 2017 20:39 
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Fuente: http://www.roc21.com/2017/07/26/mas-400 ... normandia/

Enlace directo a las fotografías: https://www.flickr.com/photos/photosnormandie/

Más de 4,000 fotografías tomadas durante la invasión de Normandia

En una cuenta creada en la plataforma Flickr, publicaron un poco más de 4,300 fotografías. Tomadas durante todo el día, de la batalla de Normandía y días posteriores de su toma. En concreto el día 6 de junio del año 1944, en adelante. Un día decisivo para la segunda guerra mundial.
Son fotos que muestran los preparativos de la invasión, el desembarco de todos los militares, batallas entre los aliados y el ejercito nazi. Hasta fotos de los soldados aliados, tomando las distintas calles de la ciudad.

Todas estas fotos fueron recopiladas de: los archivos de Normandie, La librería municipal de la ciudad de Cherbourg-Octeville y los archivos Americanos. Las publicaron en Flickr, para invitar a todos los usuarios a que; dejen comentarios en las fotos, identifiquen lugares, identifiquen a los soldados, identifiquen a los fotógrafos que tomaron esas fotos.
Todo esto con el objetivo de que, se tenga una mejor documentación del Desembarco de Normandía. Si entran a ver las fotos, eso ya está pasando. Hay personas que identifican a los soldados que aparecen en las fotos.
Otros usuarios dejan los nombres de las armas, nombres de los vehículos y de más objetos que cargaban los soldados. Otras personas no sólo están compartiendo el nombre de los lugares, que se ven en las fotos. Sino que dejan el lugar exacto, donde se tomó la foto. Para que se pueda ir a ver en Google Street View.

Si no tienes información y sólo quieres ir a ver las fotos, también lo puedes hacer. Por que son fotografías muy buenas. Algunas muy impactantes, por que se ven soldados heridos o muertos. Algunas fotos aparecen soldados bromeando, son fotos muy graciosas.
Otras fotografías documentan momentos importantes para la historia. Por que se ve como soldados nazis se rinden. En algunas fotos se ven a los soldados aliados tomando instalaciones y edificios. Y muchas documentan la destrucción de la batalla de ese día y de otros. Hay muchos edificios en ruinas, casas y carros quemados, etcétera.
Todas las fotos están en una resolución muy buena. Lo que permite ver muchos detalles. Además las fotos tienen una licencia royalty free. En Creative Commons, están con una licencia: Attribution-ShareAlike 2.0 Generic (CC BY-SA 2.0). Es decir que puedes utilizar las fotos para compartirlas, editarlas y adaptarlas.
Pero deben de dar el crédito, dejar un enlace de donde se encuentra la foto original. Y si se hizo una edición, la foto se debe de compartir bajo la misma licencia; Creative Commons 2.0
Entren a ver todas las fotos que puedan. Se van a entretener y advertir mucho mirando tantas fotos. Y si tienen información que puedan compartir, háganlo por que el proyecto colaborativo es muy interesante.

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Un saludo esCOPeteado.

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NotaPublicado: 06 Ago 2017 12:50 
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Corrían malos tiempos. Apenas dos años después de rematada la Guerra Civil, 1941, con la hambruna haciendo estragos, en plena efervescencia de la segunda guerra mundial y Alemania esperando algún gesto del nuevo gobierno de Franco que finalmente se concretó en la creación de la que se bautizaría como División Azul, ideada, según algunos historiadores, por los falangistas. En realidad era la 250 División de Voluntarios Españoles de la Wehrmacht.

Muchos fueron los españoles que se alistaron en esta aventura, que los conduciría al frente soviético y a un gran número a la muerte o al padecimiento de los implacables gulags. “La gloriosa epopeya de los voluntarios españoles en la lucha contra el bolchevismo”, proclamaban desde el NO-DO, en la despedida de este contingente del que apenas quedan supervivientes. Los que quedan rondan el siglo.

El hambre en muchos casos, un espíritu aventurero, fidelidad al régimen o incluso jóvenes que pretendían purgar los pecados de sus familias que habían sido republicanas. Esas eran algunas de las razones para enrolarse y hacer casi 5.000 kilómetros, los últimos 1.200 a pie. Fue el caso del lucense Gerardo Dorado, a punto de cumplir 99 años, que vivió en primera persona la Guerra Civil y después se hizo voluntario de la División Azul.

Gerardo Dorado recuerda perfectamente el caldo "con 27 garbanzos" que le dieron en África

En el 37 lo llamaron a filas. Se incorporó a Astorga y un mes más tarde ya estaba en el frente en León. “Pertenecíamos a un batallón que venía de África”, se esmera en recordar este divisionario que no pierde la sonrisa, ni el buen humor. Después volvió a África y, una vez concluida la guerra, se embarcó en esta odisea que le llevó a Rusia, pasando por Ceuta, Sevilla, Berlín y Polonia. Ya desde Polonia, atravesaron más de 1200 kilómetros “a pie” sorteando temperaturas extremas; la más baja “53 grados bajo cero”. Una experiencia, la del frío, que le hizo presenciar cómo "a algunos compañeros les tuvieron que amputar los 20 dedos, de mano y pies".

“Aún lo cuento hoy”, resopla mientras se recrea hablando de las “varias razas” que conoció en el frente ruso: alemanes, italianos, rumanos, pero “como el español nada”, comenta eufórico. La comida fue una de las razones que le llevaron a Rusia, o el hambre en su caso, dentro de ese contingente de unos 46.000 hombres de los que 4.954 murieron. Hubo también casi 9.000 heridos de los que 2.100 resultaron mutilados y casi 400 fueron hechos prisioneros.
Gerardo Dorado, uno de los últimos de la División Azul.
Gerardo Dorado, uno de los últimos de la División Azul. P. S. Mendoza

Mariano Tejero es hijo de un oficial lucense con el mismo nombre que también combatió contra la Unión Soviética. Era hijo de un teniente que el siete de julio de 1941 era movilizado. Con más suerte que Gerardo Dorado, por ser hijo de un mando, hizo el mismo itinerario de Sevilla, Francia y Berlín. El 26 de julio fue designado jefe superior al mando de la tercera columna de la División Española de Voluntarios, y su traslado al frente ruso se hizo en una brigada móvil alemana, de moto y sidecar.

“En uno de los combates sufrió congelamiento. Al cabo de un mes le dieron la baja por agotamiento físico”, narra el hijo. Dice que su padre “prácticamente no hablaba nada” de su experiencia. “Lo que decía era que pasó mucho frío”, evoca quien guarda su legado con numerosas fotografías de su padre con alemanes, o el sable que le regaló un oficial de la Wehrmacht y también condecoraciones.

Los españoles “trataban muy bien” a los prisioneros rusos en comparación con los alemanes

En el caso de Dorado, la escasez de comida era tal que rememora con sorprendente precisión cómo cuando estaba en África le dieron un plato “de caldo, solo con nabizas y 27 garbanzos”. “No les entendíamos nada... y a los alemanes tampoco”, rememora el anciano, que al igual que Tejero fue herido durante un ataque que sufrió su unidad a cargo de la aviación rusa. En otro momento de la conversación se muestra lleno de un orgullo que él califica de “patriótico” y dice que ellos también fueron capaces de abatir dos aviones. Apenas habían transcurrido cinco meses y fue hospitalizado. Después, trasladado a Madrid.

Los cinco meses transcurridos no estuvieron exentos de aventuras, como cuando recogieron y devolvieron a España a "12 niños de la Pasionaria que estaban abandonados". También en Alemania antes de partir al frente, cuenta cómo él y cinco compañeros más fueron ignorados en una “cantina” donde habían pedido unas cervezas. Un amigo cogió un banco y lo hizo golpear contra una mesa. Llegaron hasta allí policías militares nazis. Echaron a correr, y cuando llevaban 200 metros gritó uno de los militares españoles “cada uno por donde pueda”, se escabulleron y así esquivaron un casi seguro castigo.

Usaron los cadáveres de los soldados rusos a modo de escalones para bajar al río helado en busca de agua potable

La propaganda franquista del 41 al 43 a mancillar la imagen del dictador soviético al que se señalaba como el “georgiano sanguinario”. Un reclamo, el del anticomunismo, que no caló tanto entre la tropa. Gerardo asegura que los españoles “trataban muy bien” a los prisioneros rusos en comparación con los alemanes. Los españoles rebajaban la vigilancia mientras "jugaban a las siete y media", en tanto que los nazis "los ataban con alambres de espino", una crueldad que no dejaba indiferente al contingente español, que "ofrecía comida" a los rusos.

Este veterano divisionario combina serenamente esta “epopeya” con episodios de la Guerra Civil. El uno de agosto de 1937 fue incorporado a filas. Cuatro años después combatía contra los soviéticos. Sin perder cohesión en el relato justifica el porqué de esta guerra perdida: “Fue por pagar una deuda que tenía Franco con Alemania”. Muchos de los combatientes experimentaron la crueldad de la batalla en el cerco a Leningrado, de los más violentos asedios en la historia de la humanidad, con miles de muertos. Las autoridades soviéticas reconocieron en su momento que fueron 600.000, una cifra que según algunos historiadores se podría doblar. 900 días con sus 900 noches.

Gerardo revive con lucidez cómo en medio de la batalla él y sus compañeros se encontraban a un lado del puente. Frente a frente con el enemigo. Se abastecían de agua, burlando a los soviéticos, en un lago helado y tenían que descender a él sorteando un sinfín de obstáculos. Al joven soldado en aquel momento, con 23 años, originario del municipio lucense de Baleira, se le ordenó ir a la “cabeza del puente”. “Ten cuidado, me dijeron”, y en eso que vio aproximarse hasta la posición que defendían los españoles a “tres o cuatro rusos” con trajes blancos que se confundían con la nieve. “Así vestidos casi no se notaban. Avisé al cabo. Me dijo: déjales que se acerquen y haz fuego. Los dejé acercar y disparé con el fusil ametrallador hasta que cayeron todos”, cuenta entusiasmado y presumiendo de sus dotes bélicas.

No se quedó ahí la cosa. Al día siguiente de la escaramuza, a alguien se le ocurrió utilizar esos cadáveres a modo de escaleras para bajar al lago y hacerse con agua potable. “Pasábamos por encima de los cuerpos y así estuvimos un mes en que avanzamos adelante”, describe. “Aún lo cuento hoy”, sonríe delante de su hija y su yerno que lo saca a la calle y lo acompaña abriéndose a las vivencias del casi centenario. Gerardo se lanzó a la guerra por el hambre y así lo confiesa muchas veces durante la conversación.
https://politica.elpais.com/politica/20 ... 92593.html

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NotaPublicado: 26 Ago 2017 19:35 
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Un gran arco de acero y cemento, un puente de campanillas, un pedazo de puente, el más lejano de todos (aunque no el más distante), es el que cierra esta serie en la que hemos revisitado el de Remagen, el del río Kwai y el Pegasus, en Normandía. El puente de Arnhem, en la ciudad holandesa del mismo nombre, tendido sobre el Bajo Rin, un señor puente de treinta metros de altura, fue, del 17 al 26 de septiembre de 1944, escenario central de una de las batallas más encarnizadas y espectaculares (y épicas) de la Segunda Guerra Mundial. Como los otros tres con los que ha compartido estas páginas es un icono de esa contienda y como el de Remagen y el del Kwai ha tenido su propia película (Pegasus, que ya aparecía en El día más largo, tendrá próximamente la suya), en este caso la famosa superproducción de Hollywood plagada de estrellas Un puente lejano (1977), basada en el no menos célebre libro del mismo título escrito por Cornelius Ryan (Inédita, 2005).

El puente de Arnhem, su captura, era el objetivo fundamental, indispensable, de la Operación Market Garden con la que los Aliados, en un momento de euforia tras el desembarco de Normandía y la liberación de París, pretendían conseguir un atajo para derrotar a los alemanes y acabar la guerra en 1944, un año antes de cuando realmente finalizó. La idea era lanzar una poderosa ofensiva por el norte del frente desde Bélgica hacia Holanda para entrar en Alemania por la región del Ruhr tras atravesar el Rin, flanqueando la Línea Sigfrido, y darle la puntilla al III Reich. No funcionó y todavía hubo mucha guerra y sufrimiento por delante (incluido ese último espasmo de Hitler en el Oeste que fue la batalla de las Ardenas) hasta que los soviéticos tomaron Berlín en abril de 1945.


El plan, concebido por el de natural prudente mariscal Montgomery en un insólito subidón de audacia que dejó estupefacto a su propio bando (Bradley dijo que no le hubiera sorprendido más ver aparecer a Monty, abstemio recalcitrante, haciendo eses con una cogorza), presuponía un masivo empleo de fuerzas aerotransportadas (británicas, estadounidenses y polacas libres) como no se había visto nunca: 20.000 hombres que debían capturar previamente los puentes a lo largo del corredor que seguiría el grueso del ejército aliado. Market Garden (el primer nombre era el de la operación aérea y el segundo el de la terrestre) se convirtió en uno de los mayores desastres de la guerra, con 15.000 bajas, al no poderse tomar los puentes clave, especialmente el nuestro, el de Arnhem, y significó de hecho el fin de la 1ª división británica aerotransportada, los diablos rojos (por el color de sus boinas), que perdió dos tercios de sus efectivos.

No es que la idea de Monty (que acabó echando la culpa injustamente a los polacos, que siempre reciben) no fuera buena, es que había demasiados imponderables, como le señaló al mariscal el general Browning, vicecomandante del Primer Ejército Aerotransportado aliado, “señor, creo que tal vez sea irnos a un puente demasiado lejano”, frase que ha hecho época (y libro y película) y que compite con otras célebres acuñadas en esa guerra como “nunca tantos han debido tanto a tan pocos”, “¿arde París?” o “cuando acabemos esto solo se hablará japonés en el infierno”.

El problema con esas tropas de élite que son las fuerzas aerotransportadas (en parte lanzadas en paracaídas y en parte llevadas en planeadores tras la líneas enemigas en Market Garden), a las que puedes poner donde quieres en un momento, es que te dan el elemento sorpresa y una ventaja inicial enorme pero, al carecer de equipo pesado, no poseen el poder suficiente para aguantar mucho tiempo por sí solas si se enfrentan a fuerzas convencionales y no son apoyadas por efectivos terrestres propios. En síntesis, eso es lo que pasó en Arnhem. Se quedaron luchando solas, muy valientemente, eso sí, hasta que las aniquilaron.

Fallaron muchas cosas: pese a que se tomaron enclaves a todo lo largo de la ruta (la 101 ª de EE UU capturó 9 de los 11 puentes encomendados), el avance por tierra se ralentizó demasiado; en el sector de Arnhem, las unidades aterrizaron demasiado lejos del puente y de día (a diferencia de lo que sucedió en el Pegasus, como vimos), las comunicaciones fallaron estrepitosamente, no se utilizó a la Resistencia holandesa, y, sobre todo, se dió la mortal casualidad de que en la zona, en la que los informes de inteligencia más optimistas –los otros se descartaron negligentemente- preveían solo la presencia de fuerzas alemanas muy débiles, se concentraban por casualidad dos divisiones panzer de las SS especialmente entrenadas para la lucha contra tropas aerotransportadas, que ya es desgracia. Los paracaidistas, que se dirigieron hacia el puente se encontraron con una oposición cada vez más dura y cabreada, un verdadero avispero que incluía tanques Tigre, a los que no capeas con la boina. “Aparecían un regimiento tras otro de los alemanes que no tenían derecho a estar allí”, observó un paracaidista británico indignado.
Grupo de paracaidistas británicos, conocidos como los diablos rojos, en Holanda, durante la Operación Market Garden. ampliar foto
Grupo de paracaidistas británicos, conocidos como los diablos rojos, en Holanda, durante la Operación Market Garden. TOPFOTO WAR

El batallón del teniente coronel John Frost (encarnado en el filme de Richard Attenborough por Anthony Hopkins), que soplaba un cuerno de caza, consiguió llegar al puente principal de Arnhem tras siete horas de marcha, y se hizo fuerte en el lado norte. Pero el extremo sur lo ocupaba un desapacible grupo de Granaderos Panzer de las SS. Progresivamente, los alemanes fueron inyectando unidades y presión en Arnhem y la batalla por el puente, feroz, a menudo cuerpo a cuerpo, se decantó a su favor, aunque, en uno de los episodios más famosos, los diablos rojos, lanzando su grito de guerra Whoa Mohammed! (adquirido en el Norte de África), detuvieron a brazo el avance por el puente del batallón de reconocimiento de la 9ª Panzer de las SS.

Fue un espejismo. Superados tres a uno, rodeados, sin blindados, sin auxilio, lo que quedaba a los paracaidistas era apretar los dientes, combatir con coraje y resistir todo lo posible. Y eso los exhaustos soldados británicos lo hicieron ejemplarmente, como suelen desde Rorker’s Drift. Mal asunto, sin embargo, cuando la épica y las Cruces Victoria han de sustituir a la estrategia y al triunfo. A los cuatro días, las fuerzas en el puente fueron arrolladas por los nazis y a los nueve, los restos de la división escaparon como pudieron o fueron capturados. La batalla devastó la ciudad, convertida en un Stalingrado en miniatura. La población civil sufrió un verdadero infierno y una imagen que no hay que olvidar entre tanta aventura, pólvora, medalla, miscelánea militar y testosterona –la recoge Ryan en su magnífico libro- es la del padre que corre desesperado hacia un hospital llevando en brazos a su hijo moribundo, al que las explosiones de unos u otros han arrancado un brazo y una pierna y tiene todo el costado derecho abierto. La guerra, señores.
La gallina paracaidista

Junto al comandante británico Digby Tatham-Warter, que conducía excéntricamente las cargas contra el puente con un paraguas en la mano (aparece en la película), otro de los grandes personajes de la batalla es Myrtle, la gallina paracaidista (una obvia contradicción en términos), mascota del teniente Glover, que saltó sobre Arnhem con su dueño. No sobrevivió, cayó en combate y fue enterrada con solemnidad.

Arnhem y sus alrededores han convertido la batalla y su memoria en un atractivo turístico. En el centro de todo (monumentos, cementerios, museos públicos -el mejor, el de Oosterbeek, que ofrece la impagable Airborne Experience- y privados) está, claro, el puente lejano. Rebautizado en 1977 John Frostbrug, puente John Frost, en memoria del teniente coronel que luchó por tomarlo, el que hoy puede verse, majestuoso, no es, en realidad (ya estamos otra vez), el auténtico. El de la batalla, que ya había sido reconstruido justo en agosto de 1944 tras haberlo volado los propios holandeses en 1940 para retrasar la invasión alemana, fue hundido por bombarderos B-26 Marauders en octubre de 1944. El actual fue vuelto a reconstruir con el mismo aspecto y en el mismo lugar en 1948. Un pilar del verdadero puede verse en el memorial en la Airborneplein, rodeado de banderas. El que aparece en el filme Un puente lejano tampoco es el de Arnhem: dado el crecimiento urbano en la zona, las escenas en que aparece se filmaron en un puente parecido en Deventer, sobre el IJssel.
https://elpais.com/cultura/2017/08/25/a ... 22288.html

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NotaPublicado: 28 Oct 2017 08:34 
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Eran en su mayoría muy jóvenes, algunas unas crías. Procedían de toda la Unión Soviética. El Ejército Rojo las reclutó a millares en la Segunda Guerra Mundial para emplearlas como francotiradoras: debían apuntar sus armas en la distancia y volarles los sesos a los soldados enemigos, literalmente. Esa era su misión, ese era el oficio para el que las preparaban meticulosamente, y aunque mataban nazis que habían invadido y devastado su país y muchas consiguieron largas listas de víctimas e incluso algunas llegaron a disfrutarlo, no hubo prácticamente ninguna que no se desmoronora y llorara su primera vez, al alcanzar con su arma a un ser humano. Tampoco se libró ni una de ellas, rodeadas de una gran masa de camaradas sexualmente hambrientos, de tener que soportar el acoso y los abusos de sus mandos y compañeros varones, mayormente ebrios: un verdadero combate en dos frentes. Pese a que varias se hicieron muy populares y hasta consiguieron el título de Heroinas de la URSS, no pudieron hacer luego carrera en el ejército y a su regreso a casa se las denostó a menudo como viragos o prostitutas.

Lo cuenta la investigadora rusa Lyuba Vinogradova (Moscú, 1973) en su espeluznante y a la vez conmovedora historia de esas francotiradoras Ángeles vengadores (recién publicada en Pasado & Presente). Vinogradova, reconocida colaboradora de Antony Beevor y Max Hastings y de la que la misma editorial ya publicó su obra sobre las no menos asombrosas aviadoras soviéticas de la misma contienda (Las brujas de la noche, 2016), incluye en su libro los testimonios directos de algunas francotiradoras a las que ella mismo conoció y entrevistó. Como Yekaterina Térejova, de 90 años y con una leve cojera resultado de una herida de guerra en Sebastopol, que había abatido a treinta alemanes. Aunque parezca un score tremendo, la cifra palidece ante las de algunas de sus camaradas, como la legendaria Liudmila Pavlichenko, considerada la mejor francotiradora de todos los tiempos, a la que se acreditan 309 víctimas mortales (Vinogradova cuestiona el dato), la mayor parte con su rifle semiautomático Tokarev SVT-40 con mira telescópica de 3.5 aumentos (la mayoría de los francotiradores, sin embargo, preferían el más sencillo rifle de cerrojo Mosin-Nagant, más preciso).
Duelos con ases del rifle alemanes

Vinogradova refiere numerosos casos de duelos de francotiradoras con su contraparte alemana (siempre hombres), incluso con ases del rifle. Como el que se le acredita a Pavlichenko, que se habría cargado, tras acecharlo 24 horas, a un tipo que había comenzado a cazar en Dunkerque y llevaba (según la libreta que se recuperó del cadáver) 500 enemigos cobrados. Ese sería uno de los 33 francotiradores alemanes liquidados por la ucraniana.

Tosia Tinguinova tuvo su duelo a los veinte años. Dispararon a la vez. Mató al francotirador alemán. A ella la salvó el retroceso del fusil que la apartó unos centímetros, con lo que la bala del enemigo fue a perforar la culata de su arma en vez de alcanzarla en la cabeza.

Las francotiradoras fueron, con las aviadoras, la élite de las mujeres soldado soviéticas, de las que el Ejército Rojo, ante la escasez de varones por la sangría de la contienda, envió al frente más de medio millón (muchas más si incluimos a las partisanas y las milicias civiles) para servir en todos los puestos, desde simple infantería a zapadoras, artilleras y tanquistas. La iniciativa contrasta con la oposición absoluta de Hitler a que las alemanas tomaran las armas.

A las francotiradoras, que obligaron a millares de soldados alemanes a andar a gatas, se las adiestró como a sus colegas masculinos y padecieron como ellos los rigores de una guerra salvaje, a los que se sumaron penurias específicas como que les cortaran las trenzas, no disponer de ropas y calzado adecuados, de instalaciones sanitarias específicas o de las medidas de higiene que requerían. La regla era un fastidio cuando cazabas nazis. Muchas, cuenta Vinogradova, llevaban las braguitas y sujetadores que habían traído de casa debajo de la ropa interior reglamentaria de hombre. Se las enseñó a disparar, a camuflarse, a permanecer inmóviles largos periodos de tiempo. Vinogradova cita que algunos estudios apuntaban (valga la palabra) que ellas podían tener más rendimiento en la caza al ser más tranquilas y pacientes. En su contra tenían la dificultad de encajar el violento retroceso del fusil.

“Era por supuesto mucho más difícil y traumático matar a una persona con el rifle que desde un avión”, señala. “A 200 o 300 metros, a través de la óptica, ves perfectamente la cara de tu víctima, sabes muy bien a quién estás matando. Todas explican que el primer muerto era un gran shock. Algunas se acostumbraban, otras no”. Al matar a su primer alemán, Lida Lariónova saltó de la trinchera horrorizada y corrió hacia sus filas gritando: “¡He matado a una persona!”. Tonia Majliaguina, que era huérfana, se lamentó tras abatir al primero de los suyos: “¡Era el padre de alguien, y yo lo he matado!”. La muerte fue dejándolas de impresionar de manara gradual. “¡Un cartucho, un fascista!”, animaba Roza Shánina cuando llevaba ya más de veinte alemanes. Murió casi al final de la guerra, con el vientre abierto por la metralla, tratando de contener con las manos los intestinos que se le desparramaban y pidiendo a sus compañeros que la mataran rápido. Cuando le entregaron la medalla que había ganado, Bella Morózova hizo lo posible por enseñar solo un lado del rostro.Una bala le había entrado por la sien del otro atravesándole la cavidad nasal y dejándola sin un ojo. Tenía solo 19 años. Y regresó al frente. El soldado que se había enamorado de ella no cambió de opinión tras verla desfigurada y tras la guerra formaron una familia y vivieron muchos años juntos; un raro final feliz.

Las francotiradoras luchaban en parejas y la muerte de la compañera, muy habitual, solía representar un trauma terrible. Alguna perdió hasta cuatro.


Vinogradova resigue la carrera de un buen número de francotiradoras a lo largo de la guerra. Casos muy notables como los de Natasha Kovshova (capaz de darle a sus objetivos en el puente de la nariz, su firma) y Masha Polivánova, una de las parejas más notables de francotiradoras. En 1942, en Sutoki-Byakovo, prestaban apoyo a un francotirador varón y un ataque los dejó aislados a los tres. Fueron heridos y las chicas —su compañero pudo arrastrarse y escapar— se juramentaron en su pozo de tiradoras para no caer vivas en manos del enemigo (lo que significaba invariablemente para una francotiradora violación, tortura y ejecución). Quitaron el seguro de sus granadas, esperaron a que llegaran los atacantes y entonces las hicieron estallar matándose y llevándose por delante a unos cuantos alemanes.

Hay casos como el de Sasha Shlíajova, a la que la coquetería de conservar una bonita bufanda roja durante su sus misiones le costó que la matara un francotirador alemán. A Tania Baramziná, elegida como francotiradora aunque era corta de vista y llevaba gafas, la capturaron, torturaron y mataron con un lanzagranadas.

Dedica un capítulo Vinogradova a Pavlichenko, que visitó EE UU en loor de multitudes, a la que Woody Guthrie le dedicó una canción y que fue admirada por Chaplin, que le besaba los dedos fascinado, decía, de que hubieran matado a centenares de nazis. “Encuentro su historia muy extraña”, señala la autora. “En realidad considero que cualquier estrella con más de 300 muertos, femenina o masculina, es falsa. La propaganda necesitaba héroes”. Vaya, ¿y Záitsev, el gran tirador que aparece en Enemigo a las puertas? “Muchos de los francotiradores que he conocido eran muy escépticos con su tanteo. Lídiya Bakieva, que mató a 76 alemanes me dijo: 'Eras super afortunada si le dabas a uno al día. Matar diez, bueno, ¡eso habría requerido que se pusieran en fila esperando a que les dispararas!”.

https://elpais.com/cultura/2017/10/21/a ... 15725.html

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NotaPublicado: 03 Ene 2018 16:37 
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Cuando me preguntan cuál es mi historia favorita de la Segunda Guerra Mundial, lo que no sucede tan a menudo como desearía, no tengo dudas. Al menos desde que descubrí, gracias a Arturo Pérez Reverte (quién sino cuando se trata de amistad, honor y redaños), una absolutamente imbatible. La del piloto de caza alemán que, un día de Navidades, decidió no derribar al bombardero estadounidense que tenía indefenso a su merced e incluso lo ayudó a volver a casa. Una historia tan buena que parece que no pueda ser verdad, pero lo es.

Resulta curioso que la sanguinaria segunda contienda tenga episodios edificantes, y más aún que transcurran durante la terrible campaña de bombardeo aliado que laminó las ciudades de Alemania y desató un odio indecible en los cielos, donde la aviación alemana luchaba por evitar la destrucción de sus casas y sus familias y las jóvenes tripulaciones británicas y estadounidenses peleaban rabiosamente por sus vidas. En esos días mirabas al cielo y veías caer continuamente aviones y pilotos como ícaros y meteoros envueltos en llamas, miedo y coraje.

La bonita historia del caza Messerschmitt Bf-109 G y el bombardero B-17 la cuenta un libro que es además de los mejores (si no el mejor) que he leído sobre la aviación de la Segunda Guerra Mundial, A higher call, de Adam Makos con Larry Alexander (Atlantic Books, 2014), y que va a convertirse en película, con guion de Tom Stoppard. Makos, periodista, historiador y editor de una revista de aeronáutica militar había entrevistado a numerosos veteranos estadounidenses –jamás pilotos alemanes, a los que categorizaba invariablemente como “nazis”- cuando el ex piloto de bombardero Charlie Brown (¡) le contó la historia y le puso en la pista del otro protagonista de la misma, “el verdadero héroe”, le recalcó, el as de caza alemán Franz Stigler. El renuente Makos descubrió, como deberíamos hacer más a menudo todos, que mantener opiniones inflexibles sobre los demás es una majadería.

Stigler resultó ser una gran persona, aparte de que su carrera de aviador, que A higher call sigue como si estuvieras presente, es apasionante y espectacular. Descubres cosas como que nunca hay que atacar un P-38 de frente o que todos los pilotos se orinan encima en el primer combate. El piloto alemán (487 misiones de combate, 28 victorias confirmadas, 30 probables –dejó de contar hacia el final de la guerra- y una herida de bala en la cabeza) combatió en África, donde conoció a Marseille, y aprendió de sus mayores un código moral impecable. Luego peleó en Sicilia (su aeródromo estaba el pie del monte Erice) y acabó defendiendo el cielo de Alemania. Amigo, entre otros nombres famosos, de Galland y Steinhoff (del que describe su terrible accidente), terminó la guerra nada menos que en la JV-44, la inigualable escuadrilla de ases, los Experten, donde pilotó los siniestramente tan bellos reactores Me-262.

Stigler puso el dedo sobre el disparador de sus cañones para rematar al avión enemigo, pero no hizo fuego. Voló junto al bombardero observando sus heridas y cruzó la mirada con sus tripulantes a través del fuselaje abierto

Toda la trayectoria anterior y posterior de Stigler, militar y humana, se concentra en ese 20 de diciembre de 1943 en que apareció a la cola del devastado B-17 de Brown. El bombardero, bautizado The pub, había sufrido lo indecible atacado poco antes por un enjambre de cazas alemanes y se arrastraba maltrecho de vuelta a casa, agujereado como un gruyer, con el artillero de cola decapitado y el resto de la tripulación manando sangre, como una bestia herida, apenas capaz de mantenerse en el cielo. Stigler puso el dedo sobre el disparador de sus cañones para rematar al avión enemigo, pero no hizo fuego. Voló junto al bombardero observando sus heridas y cruzó la mirada con sus tripulantes a través del fuselaje abierto. Decidió que no abatiría el avión. Una decisión absolutamente fuera de lugar y que podría costarle a Stigler el pelotón de fusilamiento (de entrada le supuso no ganar la preciada Cruz de Caballero que le hubiera correspondido automáticamente de apuntarse esa victoria). Pero no solo no derribó al bombardero sino que ¡lo acompañó por encima de las líneas de sus propios antiaéreos para evitar que le disparasen! Luego incluso les recomendó por señas a los perplejos y maltrechos estadounidenses que se dirigieran hacia Suecia. A los mandos de su avión arruinado, Brown acabó entendiendo una cosa: fuera lo que fuera que se propusiera aquel aviador enemigo, que se despidió con un saludo, era un buen hombre.

La historia tiene una coda; tras la guerra, a la que ambos sobrevivieron, Stigler milagrosamente dado el índice de supervivencia de los ases alemanes, los dos aviadores se encontraron. Fue en 1990 y desde entonces hasta su muerte, que se produjo, curiosamente, la de los dos, el mismo año 2008, Brown y Stigler fueron grandes amigos.

¿En qué pensó el piloto alemán aquel día en el cielo sobre Alemania? Él dijo que en su hermano, también aviador y opositor a los nazis,que había muerto en acción. Y en su mentor, el as Gustav Roedel, que le advirtió que jamás disparara a un enemigo indefenso. En todo caso su código establecía que había que celebrar victorias, no muertes, y saber cuándo era el momento de escuchar, allá arriba, una llamada más alta, la de la caballerosidad y la compasión.

https://elpais.com/cultura/2018/01/02/a ... 84485.html
Foxtrot36 escribió:
Gran historia y poco conocida Munifex
En palabras de Stigler, no había honor en derribar un avión indefenso. Era como disparar a un paracaidista. Simpre se rigió por ese codigo de caballero.
El grupo sueco Sabaton compuso la canción No Bullets Fly que narra ésta historia.
Saludos

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NotaPublicado: 07 Ene 2018 12:28 
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Witold Pilecki, un oficial polaco de inteligencia, sospechaba que los nazis estaban exterminando civiles en lo que, para los aliados, solo era un campo de prisioneros. En pleno apogeo de la Segunda Guerra mundial, la existencia de un campo de prisioneros en el sur de Polonia no era nada extraordinario, aunque se tratase de un campo que ocupaba una gran extensión y que además no paraba de crecer.

Nadie podía concebir el horror que aguardaba tras la puerta coronada por la siniestra frase “Arbeit macht frei” ("El trabajo os hará libres", en alemán). Los trenes de mercancías llegaban cada día desde la estación de la cercana Cracovia, se detenían frente a la entrada de Auschwitz y volvían a alejarse, vacíos, por la línea de ferrocarril construida especialmente para aquel lugar.
Permiso para entrar en Auschwitz

En 1940, Pilecki ya había luchado como partisano contra nazis y soviéticos y vivía en Varsovia, trabajando como espía para la resistencia polaca bajo la apariencia de encargado de un almacén de cosméticos. Cuando pidió a sus superiores permiso para entrar en Auschwitz, sabía que estaba uniendo su destino al de miles de ciudadanos polacos que habían sido llevados allí y nunca habían regresado.


Allí se dibujaba el horror. Algunos de los retazos de aquel campo quedan ahora recogidos en el centro de exposiciones Arte Canal de Madrid. Cada bota, cada pijama, cada fotografías reflejados en la muestra son una ventana que se abre a aquel infierno que escapa a cualquier entendimiento. Pilecki abrió sus puertas y se arrojó a su interior.


En septiembre de ese año, portando documentos falsos, se dejó atrapar durante una redada y fue llevado a la estación de Cracovia, y de allí a Auschwitz. Cuando al llegar, cansado, tardó en descender del vagón, un soldado alemán le dio un golpe en la boca que le partió dos dientes.

Durante los dos años y medio que pasó en el campo nazi, Witold Pilecki fue víctima y testigo de un infierno planificado a escala industrial. Su carácter de superviviente nato le permitió no sólo conservar la vida, sino además mantener la moral de los internos, organizar una red de militares prisioneros llamada ZOW que intentó por todos los medios dar a conocer al mundo lo que allí estaba ocurriendo.
8.000 exterminados al día


Aquejado de una pulmonía casi permanente, Pilecki se las ingenió para construir una radio desde la cual se comunicaba con Londres, enviando informes detallados de las operaciones de exterminio nazis. Sus cálculos de que cada día se exterminaba a unas 8.000 personas, sus descripciones de los métodos de la Gestapo y sus peticiones de ayuda parecían, sin embargo, caer en oídos sordos. Un bombardeo certero o una operación de comando tal vez habrían impedido parte de la masacre de Auschwitz, pero jamás se puso en marcha ninguna operación aliada al respecto.

Una noche de abril de 1943, después de unos 30 meses en Auschwitz, Pilecki consiguió escapar junto a dos compañeros aprovechando que les asignaron el turno de trabajo de noche en la panadería. “Corrí tan rápido que cortaba el aire con mis manos, no sabría cómo describirlo”, dijo. Pronto consiguió contactar con la resistencia antisoviética polaca que, al conocer sus informes, intentó convencer al ejército Rojo de llevar a cabo un ataque conjunto contra el campo. Los soviéticos, a pesar de tener unidades en la zona, se negaron a ello.


La información recopilada por Witold Pilecki en el llamado “informe W”, firmado por un grupo de oficiales prisioneros en Auschwitz, ocupaba unas cien páginas. Sin embargo, no tuvo ninguna repercusión y cuando la Oficina de Estudios Estratégicos de Estados Unidos (predecesora de la CIA) lo recibió, se limitó a archivarlo. En el informe se menciona por primera vez la existencia de los hornos crematorios y los experimentos llevados a cabo con prisioneros y al final de la guerra, el testimonio de Pilecki fue fundamental para comprender las dimensiones del Holocausto. El suyo fue el primero de los testimonios proporcionados por testigos directos, de los que solo hubo tres, y que formaron los llamados “Protocolos de Auschwitz”.

A pesar de las evidencias presentadas, ni los aliados, ni los soviéticos, ni las Naciones Unidas ni ningún grupo de resistencia quiso o pudo hacer nada para detener la maquinaria mortal del mayor campo de exterminio nazi. Tras la guerra, Pilecki continuó recopilando información de manera secreta, esta vez sobre las atrocidades cometidas durante la ocupación soviética de Polonia. A pesar de cambiar varias veces de identidad, fue descubierto y torturado bajo la acusación de espía antisoviético.
Sentenciado a muerte

Durante el juicio, cuyo resultado estaba decidido de antemano, uno de los testimonios pronunciados en su contra fue el de otro superviviente de Auschwitz, Józef Cyrankiewicz, que llegaría a ser Primer Ministro de Polonia. Antes de que se ejecutase la sentencia de muerte, recibió la visita en prisión de su esposa, a la que ocultó las manos para que no viese que le faltaban las uñas tras las sesiones de tortura. “Van a por mí”, le dijo a su esposa. “Comparado con esta gente, Auschwitz fue un juego de niños”. Su cuerpo fue arrojado a una fosa común sin identificar.

Hasta 1989, con la caída del régimen comunista en Polonia, la figura de Witold Pilecki fue ocultada en los libros de historia y el informe que escribió tras su paso por Auschwitzz no fue publicado en su país natal hasta el año 2000.
El Caso Karski

Sin embargo, el caso de Pilecki, aunque tal vez el más llamativo, no fue el único. Jan Karski era un oficial polaco que se hizo pasar por soldado raso para poder ser trasladado a un campo de prisioneros desde un campo en Ucrania en poder soviético. Consiguió fugarse y empezó a trabajar como correo de la resistencia polaca, siendo apresado y torturado hasta casi perder la vida.

Si Pilecki se dejó capturar para ser llevado a Auschwitz, Karski decidió colarse en el gueto judío de Varsovia por razones parecidas. El de Varsovia era el mayor gueto de Europa y unas 400.000 personas se hacinaban en poco más de tres kilómetros cuadrados a la espera de ser enviados al campo de exterminio de Treblinka. Allí Karski fue testigo de la tragedia, el heroísmo y la locura. Con la determinación de buscar ayuda para toda aquella gente, consiguió escapar y huir fuera de Polonia.
Roosevelt no le hizo caso

En su particular misión por dar a conocer a los aliados la situación de los judíos en Europa, Karski llegó a entrevistarse con el presidente norteamericano Roosevelt. Tras escucharle en el despacho oval, y en vez de hacer ninguna alusión a su escalofriante relato, Roosevelt comenzó a preguntar a Karski sobre las condiciones de los caballos polacos en el ejército.
Jan Karski, foto de Małgorzata Miłaszewska-Duda


Por su parte, el juez del Tribunal Superior de Estados Unidos Feliz Frankfurter, de ascendencia austriaca, tampoco le prestó gran atención: “No dije que estuviese mintiendo, dije que no podía creerle”, dijo refiriéndose a su encuentro con Karski. Cansado de enfrentarse al escepticismo de sus interlocutores, Karski decidió escribir un libro titulado “Historia de un Estado Secreto”, donde contaba las penalidades y esperanzas del Gobierno polaco clandestino. Vendió 400.000 copias en plena Guerra Mundial y ha sido reeditado hace pocos años.

Más tarde, Jan Karski se instaló en Estados Unidos y se casó con Pola Nirenska, una bailarina polaca que había perdido a toda su familia en el Holocausto que él se había empeñado en detener, sin éxito. Nirenska se suicidó en 1992 y poco después, un desencantado Karski declaraba en una entrevista que “los judíos fueron abandonados por todos los gobiernos, iglesias y jerarquías. Si sobrevivieron miles de ellos fue gracias a la ayuda de personas individuales. Ahora, todos los gobiernos e iglesias dicen ´intentamos salvar a los judíos´, porque están avergonzados, quieren mantener sus reputaciones. No ayudaron, porque seis millones de judíos murieron, pero los líderes de gobiernos e iglesias sobrevivieron. Nadie hizo lo suficiente”
https://www.elespanol.com/reportajes/20 ... 901_0.html

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