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NotaPublicado: 12 Feb 2017 15:13 
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Azu escribió:
GromX muy buen reportaje

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NotaPublicado: 09 May 2017 21:03 
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Registrado: 30 Jun 2015 12:00
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'Comando de Operações Táticas' de la Policía Federal brasileña.
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“En la pelea, se conoce al soldado;
sólo en la victoria, se conoce al caballero.”


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NotaPublicado: 24 Jun 2017 21:52 
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Fotografías del COT de la Policía Federal brasileña.

Con buena relación con unidades del JSOC, SOC-JC y HRT del FBI.
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“En la pelea, se conoce al soldado;
sólo en la victoria, se conoce al caballero.”


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NotaPublicado: 28 Jun 2017 09:07 
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Registrado: 15 Feb 2017 02:30
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En lo personal yo digo que el COT de la Policía Federal de Brasil es la mejor unidad contra-terrorista de Sudamérica llevándose mejor entrenamiento en ese campo a muchas unidades militares y policiales de la región e inclusive se ah demostrado que el COT ademas de estar mejor equipado (equipamientos full Crye Precision, cascos Ops Core FAST Maritme y demás gear utilizado por unidades de primer nivel) que sus contra-partes de el Ejercito, la Armada e Infantería de Marina, ademas como dice el compañero Strike20 dicha unidad tiene muy buenas relaciones con el JSOC, USSOCOM y el FBI HRT, de hecho hace pocos los chicos del COT realizaron ejercicios de rescate de rehenes con el CRF (Crisis Response Force) del 7th SFG (A) ahí mismo en Brasil, yo diría que las unidades que estén casi iguales de preparadas que el COT en la región de Sudamérica son pocas un ejemplo seria el AFEUR de Colombia o el FOES de la Marina de Guerra del Perú, pero inclusivamente ambas unidades son de aspecto militar, la única unidad que si siento que se lleve al COT por mucho en el área de contra-terrorismo y entrenamiento de rescate de rehenes es la unidad CT del Ejercito Mexicano, aunque igualmente cada unidad tiene lo suyo obviamente. :grin:

Foto de agentes del COT con un miembro CRF perteneciente al 7th SFG (A) estadounidense.
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"Creer en el futuro continuo de los hechos actuales es la inestabilidad de nuestra mente en su punto mas decadente"


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NotaPublicado: 09 Sep 2017 14:40 
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Registrado: 07 Feb 2007 09:27
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Ubicación: Pintiam.-
El compañero de Antonio se cortó el dedo índice de la mano para no tener que disparar. Otro policía entró uniformado en una de las favelas más peligrosas de Río de Janeiro y se puso a pegar tiros al aire: quería que los traficantes le mataran para morir en servicio y que así su mujer cobrara la pensión. Las viudas de los policías suicidas apenas reciben ayuda.

María Eduarda Alves tenía 13 años cuando una bala perdida de un tiroteo entre policías y delincuentes le voló la cabeza mientras hacía su clase de Educación Física en un colegio de Acarí, al norte de Río de Janeiro). Desde hace 35 días una vecina de la favela del Complejo del Alemán -amenazada de muerte por la policía, no puede decir su nombre- se despierta cada mañana con una lluvia de tiros y pasa al menos una hora al día tumbada en el suelo para esquivar las balas. Marinete Menezes, de 56 años, no pudo esquivarla: murió de un disparo en la sien cuando volvía a casa del trabajo.

La Policía Militar de Río de Janeiro (PMRJ) es la que más mata en el mundo. También la que más muere. En 2016 acabaron con la vida de 920 personas, casi tres por día. Entre 2006 y 2015 mataron a 8.052, como si hubieran caído 29 aviones Boeing 787. Todos los pasajeros muertos. En lo que va de año el Instituto de Seguridad Pública de Río de Janeiro dice que las muertes a manos de agentes policiales han aumentado un 120%.

Según la PMRJ, el asesinato de policías también se ha disparado: un 300%. Cada dos días muere un uniformado. El coronel Alberto Pinheiro Neto afirma que el 45% de los policías militares cariocas sufren estrés postraumático. La profesora Dayse Miranda, especializada en suicidio policial, dice que un tercio de los que trabaja en las Unidades de Policía Pacificadora (UPP) de las favelas tienen baja psiquiátrica.
La policía justifica las víctimas civiles: "Es zona de conflicto bélico y por eso hay daños colaterales"

«La institución está enferma y camina sin rumbo», lamenta el coronel Robson Rodrigues, que confiesa que hoy es visto como persona non grata dentro de la institución. Entre 2015 y 2016 fue Jefe del Estado Mayor General de la PMRJ, buscó alternativas a la política de plomo y sangre, apostó por una policía de cercanía. Redujo algunos números, se volcó con las UPP (unidades de policía especializada para pacificar algunas favelas de la ciudad), puso en marcha un proyecto piloto de medición de disparos para controlar el uso de la fuerza policial e incomodó a la vieja guardia: «Los comandantes tradicionales sólo hablan de guerra, no quieren saber de prevención, sus policías tienen que ser guerreros: cuanto más maten, mejor».

EN GUERRA. Imaginemos un enorme bloque de hielo. La temperatura supera los 40 grados y un ejército de hombres armados con pequeños paños de cocina tienen como misión que ese glaciar no se derrita. Esta imagen absurda es la metáfora que repite la Policía Militar de Río de Janeiro para hablar de su día a día en la guerra contra las drogas: «Secamos hielo». En portugués: enxugar o gelo. Ésa es su forma de decirnos que su trabajo no sirve para nada.

El coronel Pinheiro Neto, ex jefe del Batallón de Operaciones Especiales (BOPE) -la Tropa de Élite de la Policía Militar que inspiró la película con el mismo nombre-, pertenece a la línea dura pero trabajó del lado de Rodrigues para intentar frenar «la sangría que nunca termina». Si se le pregunta por letalidad policial te responde con geografía: «No se puede entender lo que pasa con la policía carioca si no pensamos en el territorio en que se mueve».

En los morros que aparecen en las postales de Río miles de familias buscan un hueco para construir su vida y los traficantes, un reducto para esconderse. Desde la playa de Ipanema, o desde la Avenida Brasil cuando se llega del aeropuerto, las chabolas emergen como un ejercicio de puntillismo. De cerca, las calles se tuercen antes de ver tu propia sombra. El cielo es una maraña de cables, ropa tendida y una casa a medio hacer un poco más arriba. La desconfianza se huele, se mira, se toca. En el Morro del Juramento o en la Plaza del Samba del Complejo del Alemán, camiones blindados, tanques de guerra y policías con el fusil de 7.62 mm y el dedo en el gatillo son tan parte del paisaje como el Pan de Azúcar y el Cristo Redentor para el turista recién llegado a la Ciudad Maravillosa.

«La estructura de las favelas favorece a los núcleos de resistencia», dice Pinheiro Neto. «La Policía no logra controlar el terreno y una bala perdida atraviesa esas paredes que son de papel y a veces yerra con el objetivo. Pero hay que tener en cuenta que son zonas de conflicto bélico. Por eso hay daños colaterales».
Hay un tope de muertos al mes por agente, pero "matamos 10 y apuntamos dos. ¿El resto? Lo tiramos al monte".

La falta de preparación de los praças -como llaman a los soldados de bajo rango- es otro de los problemas: «El entrenamiento no es como el de antes y el nivel de exigencia para entrar ha bajado mucho. No están preparados para la guerra, pero se enfrentan a tiros todos los días y salen a defender su vida», continúa el ex jefe del BOPE, que no quiere hablar de las víctimas que deja la institución y sí de la frustración de los soldados: «Un día incautan mucho armamento, pero a la semana siguiente los traficantes tienen más armas y mejores. Matan a un traficante, pero enseguida hay tres niños nuevos para sustituirle. Es normal que sientan que su trabajo es enxugar gelo y ver morir a compañeros».

LA LEY DEL SILENCIO. Carlos y Silvia no son sus nombres. Son dos policías militares de Río de Janeiro que no pueden hablar. Su institución no se lo permite. Tampoco pueden sindicarse, hacer una denuncia anónima o dar su opinión. A pesar del anonimato, saben que una entrevista pone en peligro su trabajo. Pero hace más de una década que conviven con el miedo y dicen que hasta ahora nadie se había interesado por ellos. Ambos nacieron en una favela; ahora se enfrentan a ella.

Carlos se acerca a los 40, todo un veterano en una profesión que se alimenta de veinteañeros. Siempre trabajó en batallones tradicionales y hoy forma parte del más letal, el que incauta más armas, el que sale siempre en los periódicos. Este hombre que supera el metro ochenta, tiene la espalda como un armario y mueve la pierna izquierda de manera compulsiva, es el ejemplo de «guerrero». «Convivimos con tres facciones de narcos. Aunque quisiéramos, no podríamos matar menos», nos dice sentado en una mesa de madera de una panadería de esquina de la zona norte.

No lleva la cuenta de las personas que ha matado. Cree que son más de 10 y menos de 52, la cifra récord de uno de sus compañeros del batallón: «A él le deben perseguir todos los espíritus, pero yo estoy muy tranquilo, no soy de los que abusa», dice como quien hablara de comer golosinas.

Otros compañeros no son tan contenidos: «Al que se le va la mano un día pone sus muertos a nombre de otro que esté limpio». Carlos se refiere al sistema de turnos que establece su batallón para no superar la cantidad máxima mensual de cadáveres que permite la institución a cada agente. No dice cuál es esa cifra, pero asegura que si matan a 10 anotan a dos.

-¿Qué hacen con el resto de cadáveres?
Una policía destapa que la violación por parte de compañeros es habitual: "No se denuncia por miedo"

-Los tiramos al monte.

Cada vez que Silvia sale de casa rumbo al trabajo, justo antes de cerrar la puerta, no piensa si ha dejado abierto el gas o si apagó la luz del baño. Lo último que se le pasa por la cabeza es si volverá a abrir ese cerrojo que acaba de claudicar: «Todos los días pienso si volveré a casa con vida».

Hubo dos ocasiones en que creyó que iba a morir pero no quiere recordarlas, aparecen en una pesadilla recurrente que tiene en las pocas ocasiones que consigue dormir. Cuando dispara no piensa en nada, se concentra en el ángulo de visión y en la mejor estrategia para sobrevivir: «Nunca he recibido un disparo y no he matado a nadie, pero he herido a unos cuantos», nos dice mientras se come unos niguiris en su restaurante japonés favorito.

Supera por poco la treintena y llega al metro sesenta subida en unas plataformas de 10 centímetros. Alternó su carrera universitaria con el entrenamiento en un batallón «de los duros». Ha pasado por varios grupos, pero en los últimos años trabajó en la Unidad de Policía Pacificadora de una de las favelas más violentas de la ciudad: «Bromeábamos con que deberíamos cambiar el cartel de UPP por el de 'Bienvenidos al infierno', cada tres días estamos allí».
Un agente reconoce que roba a los vecinos: "Es imposible no ser corrupto. Los compañeros no te lo permiten"

En la película Tropa de Élite dicen que la policía carioca se divide entre el corrupto, el omiso y el que elige ir a la guerra. Si hubiera que escoger uno de esos perfiles, Silvia entraría en la tercera categoría. Le gusta la calle y entiende su trabajo como una «lucha del Bien contra el Mal», ésa era la máxima de aquel comandante que le enseñó a ser una guerrera.

De cada frase, tres palabras son tacos. No para de repetir que hay que acabar con los vagabundos -como llaman a los delincuentes- y está harta de que se critique a la Policía: «Trabajamos en lugares donde nos miran mal, nos insultan, nos escupen y encima nos acribillan a tiros». Como la bala perdida que mató a una compañera en la oficina y a una menor que venía a presentar una queja. Las paredes de su unidad están completamente agujereadas.

Por ser mujer ha tenido que demostrar «100 veces más» su capacidad y quitarse de encima la etiqueta de «follable»: «Nuestros compañeros dicen que estamos para $%&ª con el comandante, cuando en realidad tenemos que sacárnoslos de encima». Una de las veces que se negó a irse a la cama con su superior la castigaron dos meses pelando patatas en el rancho, donde cocinan para el batallón. Fue uno de sus peores momentos, pero se siente afortunada porque nunca la han violado: «Muchas compañeras han pasado por eso y no denuncian por miedo, somos la última mierda de la institución».

A Silvia le cabrean muchas cosas. La primera, que su madre se avergüence de su profesión. La segunda, que la institución les tenga abandonados: «No hay suficientes chalecos antibalas, nuestras armas son viejas y se encasquillan, cobramos mal y con retraso, tenemos que pagarnos hasta el uniforme. Y jamás nos defienden, estamos solos». Pero no duda en hacer autocrítica y la tercera cosa que más le irrita es la corrupción de sus compañeros a la que responde con una muletilla: «A la mierda».

A la mierda el día que un colega le pidió dinero para sacarle una copia del certificado de nacimiento. A la mierda la tarde que un conductor que iba en sentido contrario le ofreció 50 euros para librarse de la multa. A la mierda cuando desarticuló un esquema de corrupción de uno de sus colegas que sacaba un extra con sobornos en carga y descarga de mercancías: «Me preguntó que cuánto me quería llevar y cuando le contesté que eso no iba conmigo, me dijo que por menos había matado a un compañero».

Carlos reconoce que ha pedido mordidas y que ha robado dinero a vecinos «para pagar la tasa que cobra el comandante para no enviarnos a zonas de peligro». Dice que «es imposible no ser corrupto. Los compañeros no te lo permiten, si haces bien las cosas te trasladan a otro batallón y vuelta a empezar». Pero lo que más indigna a este hincha del Flamengo adicto al gimnasio es la corrupción de los de arriba: «Nuestro comandante gana 12.000 euros por semana con el Juego del bicho -un juego de apuestas ilegal-, gana con lo que le dan los traficantes y con lo que nos saca a nosotros, pero quien se juega la vida en la calle soy yo».

Entramos en contacto telefónico y vía mail con la Policía Militar de Río de Janeiro e informamos sobre las declaraciones de sus policías. Preguntamos sobre la desaparición de cuerpos, la corrupción de los comandantes, el estímulo para acabar con los delincuentes. Prometieron dar una respuesta que sigue sin llegar.

CORRUPCIÓN Y SOLEDAD. No todos soportan ser guerreros. Antonio -tampoco es su verdadero nombre- dejó de serlo el día que le pegaron un tiro en el cuello que le salió por la cabeza. Era un tipo duro que le gustaba la pelea, pero la lesión le dejó fuera de la calle. Desde entonces empezó a reflexionar sobre lo que la institución había hecho con él. El compañero de Antonio fue quien se cortó el dedo porque no podía seguir adelante. «Nos enseñan a maquillar escenas del crimen para que matemos con coartada, nos usan para eliminar marginales pero cuando dejamos de servirles nos abandonan. El policía está solo y no puede confiar en nadie».

Supera los 40 años y dice que ya ha visto de todo. Por eso tiene claro que la política de diente por diente no lleva a ninguna parte, pero matiza: «Hay que estar en la calle para entender lo que pasa, sufrimos una presión constante. Por un lado nos atacan por matar demasiado y luego cuando estás frente a un ladrón la gente te pide que le mates».

La adrenalina, el poder, el estatus y llevar un arma era lo que le quería a los 22 años cuando decidió entrar en la Policía Militar. También el dinero. «La mayoría de los PM tenemos pocos estudios y si queremos ganar 1.000 euros al mes no hay otras opciones de trabajo». Hoy es universitario y prepara su doctorado, titulado Estudio para pensar en otra forma de ser policía.

Antonio sobrevivió a la institución, pero otros se quedan en el camino. Están los que se alcoholizan y se ponen de cocaína hasta arriba -«muchos lo hacen para tener el coraje de salir a matar», nos dice este convertido- y otros, como Douglas de Jesús Vieira, entran en Facebook, cogen un arma y se pegan un tiro en la cabeza mientras lo retransmiten online. Sucedió el pasado 29 de enero. Douglas tenía 28 años y sus hermanas vieron en directo como se quitaba la vida.

Dependiendo del año la tasa de suicidio dentro de la policía carioca es entre cuatro y siete veces superior a la del resto del estado. La profesora de la Universidad del Estado de Río de Janeiro, Dayse Miranda, especializada en suicidio policial, dice que no es fácil conseguir el número exacto de víctimas porque los compañeros cambian la escena del crimen para que parezca una muerte violenta. Así la familia del suicida puede obtener alguna ayuda.

Según Miranda la institución es la que los enferma, porque al principio llegan entusiasmados pero se encuentran que mientras arriesgan sus vidas, los jefes les humillan y chantajean, la corrupción de los compañeros les pone en peligro, la familia les reclama presencia, que paguen las cuentas, pero el dinero no llega. En sus días libres empiezan a trabajar como seguridad privada o como conductores de Uber, y cuando vuelven al batallón se enteran de que otro compañero ha muerto. Todo eso con libre acceso al alcohol y a las drogas y con un arma en la mano: «Son una bomba de relojería a punto de estallar», resume la investigadora.

Algunos estallan en la calle y le meten 50 balas a un coche con cinco jóvenes que volvían de celebrar que habían conseguido trabajo. Sucedió en la favela de Costa Barros, meses antes de los Juegos Olímpicos. «Hay muchos agentes que toman medicación psiquiátrica, tanto ansiolíticos como antipsicóticos, y patrullan por la ciudad sin control psicológico. Como faltan hombres no les quieren dar de baja y les mandan a la guerra», dice la profesora.

Pero Antonio dice que, a pesar de todo, la institución que les maltrata es para muchos lo único que les queda, lo que mejor conocen y lo que les enseñaron a defender: «Cuando uno entra en la Policía Militar se aísla del mundo. Por un lado te sientes poderoso y por el otro, ves que las personas no te respetan, te desprecian. Así comienza un ciclo enfermo de venganza. El combate está en la calle y el enemigo es la sociedad».
http://www.elmundo.es/papel/historias/2 ... b45a9.html

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